Por varios minutos me sentí como un necio. Escuchaba los gritos, veía los abrazos, los bailes, los ojos llorosos de decenas o centenares de compatriotas; entonces, pensé que había sido un testarudo al nadar contra la corriente, al ignorar los repetidos llamados a la peruanidad, al parapetarme tras “mis agudas reflexiones” para mantenerme a salvo del bombardeo mediático.
Sí, por varios minutos pensé que la alegría por la designación de Machu Picchu como una de las Nuevas 7 Maravillas del Mundo, no me correspondía, era de otros, de los hombres y mujeres que gritaban kausachun o formaban rondas bailarinas, trémulas, festivas en la plaza de Armas del Cusco, y hasta de aquella gringuita que zapateaba de lo lindo en Aguas Calientes, tan cerquita a la fantástica ciudadela inca.
El triunfo era de ellos. De todos los que promocionaron y votaron más de una vez por Machu Picchu; nunca de los otros, de los amargados, de los aguafiestas de siempre que, como yo, decían que eso de las 7 nuevas maravillas era sólo un engaña muchachos, un show, pura peliculina. El gran negocio tramado por el cineasta suizo Bernard Weber, el hábil promotor del concurso.
Total, pensaba antes de esos minutos inciertos, Machu Picchu y la gran mayoría de las candidatas eran –con o sin votos de respaldo- auténticas maravillas. Y, en el caso de la espléndida construcción incásica, nuestra responsabilidad fundamental como peruanos, no era la de sufragar por consigna, sino la de preocuparnos por su preservación.
Pero confieso que sentí que mis argumentos se iban al tacho, cuando el alcalde de Aguas Calientes, agradecía a Taita Inti en plena noche europea, y el vice ministro de turismo, bien al terno y la corbata, saludaba emocionado a los presentadores de la ceremonia, realizada el sábado último en el estado de La Luz en Lisboa (Portugal), el feudo futbolero del Benfica.
La ceremonia continuó. Se leyeron los nombres de los monumentos que faltaban (Machu Picchu fue la cuarta en ser mencionada) pero apenas si les prestaba atención. En verdad, me sentía acongojado por mi aparente error de perspectiva, porque 100 millones de votos avalaban la elección, total, no dicen que la voz del pueblo es la voz de Dios.
Cómo pude pensar que sólo era un negocio, me recriminaba agriamente y ya estaba a punto de meterle un par de cabezazos a la pared –por bestia, tarado y hasta por traidor a la patria, caray- cuando Weber me hizo posponer mi decisión al anunciar su próximo proyecto: ¿trabajos de conservación en las flamantes maravillas?, ¿dinero para restauraciones?, ¿programas de turismo sostenible?...Nada de eso.
Al escucharlo se esfumó mi arrepentimiento. No estaba equivocado, al menos no del todo, porque el suizo, ni corto ni perezoso, aprovechó la ocasión, la audiencia, la atención de buena parte del mundo, para revelar su brillante y originalísima iniciativa: la elección de las siete maravillas naturales del mundo.
Dejé de sentirme un aguafiestas y uno de los amargados de siempre. Otra vez, al menos desde mi perspectiva, el concurso me mostraba su verdadero cariz: un magnífico negocio. Ahora, ya estamos advertidos, además de Miss Universo y Miss Mundo, tendremos, cada cierto tiempo, la elección de maravillas.
Dos años más de arremetida mediática y llamados a la peruanidad. ¿Por quién deberemos de votar ahora?, ¿por el Manu, por Pacaya Samira, por la cordillera Blanca o el cañón del Colca?; sí, el negocio continúa y cuando esté a punto de terminarse, al brillante señor Weber se le ocurrirá buscar otras joyas planetarias, no ocho ni seis, siempre siete. Un número cabalístico. Su número de la suerte.