Veo a un hombre que dice que sobrevivió de milagro y a una señora que busca a un familiar entre los fierros retorcidos. Escucho a los reporteros que le preguntan ¿cómo se siente? a un herido con múltiples traumatismo y a una persona que acaba de enterarse que uno de sus seres queridos, encontró a la muerte en una noche de niebla en la Panamericana Sur.
Una tragedia más en los caminos del Perú. Una de tantas, una de aquellas que permite elaborar grandes titulares, si el “accidente” es cerca a Lima o en una carretera principal; o apenas encuentra un lugarcito en la sección de noticias nacionales, cuando el ¿accidente? se produce en una sinuosa vía de penetración, sin asfalto, sin corresponsales de prensa.
Pero más allá de lo alboroto mediático, de los pedidos de investigación, de la exigencia a las autoridades a tomar medidas correctivas que impidan la aparición de más crucecitas fatídicas en las carreteras, lo más probable es que ocurra lo de siempre, es decir: NADA; porque la prensa olvidará el tema hasta la próxima desgracia y los gobernantes y empresarios se esforzarán por lavarse las manos.
¿Acaso alguien lo duda? La lavada de manos empezó ayer, ni bien se informó sobre el accidente en el desvío hacia Acarí (Arequipa). El primero en hacerlo fue el representante de la empresa Civa, quien en el noticiero de América Televisión, aseguró, acaso con macabro orgullo, que en su bus no había víctimas. Todas son de Cueva, mintió por desconocimiento o descaro.
En este carrusel de acusaciones nadie está libre de sospecha o culpa. El ministerio de Transportes y Comunicaciones con su fallido plan Tolerancia Cero, los presidentes regionales incapaces de poner en marcha dicho programa, los policías de carretera que “dormitan” o “coimean” en las bermas de las vías, los empresarios que explotan a sus choferes y se olvidan del mantenimiento de sus máquinas.
También son culpables los conductores imprudentes y temerarios, los pasajeros –usted o yo- que exigen más velocidad o se suben al bus más barato, al más viejo, al más informal. En fin, nadie se salva de las acusaciones, ni los perros taimados que cruzan como suicidas las carreteras ni los pastores que llevan despreocupadamente sus rebaños por las vías asfaltadas o polvorientas.
Mal de muchos, consuelo de tontos. Y mientras todos levantamos el dedo acusador, las carreteras no dejan de teñirse de sangre. Ayer fue un choque frontal entre dos ómnibus, la semana pasada, un conductor de Civa perdió el control al tratar de cerrar la puerta; hoy, el despiste de un bus de Unión Molina en la carretera de Los Libertadores, según dicen, por la voladura de una llanta.
Las tragedias continúan. Más de 200 muertos en las carreteras peruanas en lo que va del año. Tantos vidas truncadas, tanto dolor, tantas familias destruidas, tantos hermanos que no llegaron a su destino. Lamentablemente, esas imágenes y voces que todos escuchamos con espanto y tristeza, no nos han llevado a enfrentar seriamente este problema.
De nada servirán los golpes de pecho, las lágrimas, los gestos de indignación, los titulares sensacionalistas, mientras todos nos lavemos las manos, mientras nadie asuma sus culpas. Hasta que eso ocurra, las carreteras seguirán llenándose de crucecitas.