martes, enero 12, 2010

El abogado del diablo

Dónde el autor, para evitar los sapos y culebras y cuidar su hígado, funge de abogado del diablo y -con ironía, desvergüenza y argumentos falaces- trata de justificar un hecho sencillamente injustificable.

No son delincuentes ni vándalos, sólo chicos traviesos. Total, lo que hicieron no es tan malo, muchos lo hacen y quedan impunes. Su único error -el mismo que demuestra su inocencia e ingenuidad- fue el de filmar su divertidísima hazaña y, luego, llevados por la emoción y deseosos de difundirla en el mundo entero, la colgaron en la Internet.

Eso es todo. Mucho barullo por tan poco. Y, lo más grave, es que la gente insidiosa, en vez de mostrarse indulgente y aceptar que la juventud a veces es alocada, atrevida y hasta un poco tonta, se les prende y los llena de agravios e insultos. Qué no les han dicho a los pobrecitos.

Para colmo de males, quieren castigarlos como si fueran narcos o terrucos; como si meterle patadas y tirarle piedras a una de las paredes de adobes de la huaca Dragón, en Trujillo, fuera algo gravísimo. Ni que hubieran estado en Machu Picchu. Esa sí es una "Maravilla del Mundo".

Ahora todos se rasgan las vestiduras, como si no supieran que las ruinas en el país se caen solitas. Además, si dicen que ésta es tan valiosa e importante para la humanidad entera, porque diablos las autoridades no contratan más guardianes o colocan cámaras de vigilancia.

Al final, si uno lo piensa fríamente, la culpa es de ellos por confiados y creer que los visitantes se van a portar como angelitos, cuando se sabe que hay hartos maleantes sueltos por ahí.

Maleantes en serio, no estos chiquillos que su único pecado es ser un poquito inquietos y "figuretones", pero jamás pirañitas o barras bravas, menos pandilleros, como dicen muchos sin conocerlos y sin saber que en verdad son muchachos que sueñan con ser profesionales: médicos, diseñadores o, quién sabe, después de esta experiencia terminan siendo arqueólogos.

Son tan nobles que han salido a pedir perdón, porque reconocen que metieron la "pata". Qué más quieren. Eso es suficiente y, como dijo ayer con justeza un reportero de la TV, ya aprendieron la lección. Así que dejen de pedir que los envíen a Maranguita. Son tonterías de gente malvada que quiere ensañarse con estos pobres muchachos, más odiados que la "roba pulmón".

En conclusión, olvídense ya de la travesura de los alumnos del colegio Mariscal Toribio de Luzurriaga. No pasará nada o pasará muy poco. Pronto será noticia de archivo y la indignación momentánea se convertirá en desidia. Nadie tomará una acción que genere un cambio y los sitios históricos quedarán a merced de los vándalos.

Y, claro, aparecerán más pintas y grabados en las paredes de adobe o piedra, como la que existen hoy en muchos recintos arqueológicos. También se destruirán tramos del camino inca para asfaltar carreteras y los huaqueros seguirán saqueando las tumbas prehispánicas y, siempre por error jamás con afán delictivo, se borrarán geoglifos en Nasca y en Palpa.

Por todo lo expuesto, propongo dejar en paz a los pobres escolares. Ellos no son los primeros ni serán los últimos que cometan este tipo de deslices que, los más iracundos y exagerados, califican con el feo nombre de delito.

Eso sí, permítanme una recomendación a toda la muchachada: jamás filmen sus travesuras y, si lo hacen, no sean tan bestias de subirlas a la Internet. Así se evitarán problemas.

Fin del alegato.

*Más allá de la ironía de esta entrada, Explorando expresa su indignación por el atentado contra la huaca Dragón, perpetrado por un grupo de alumnos del colegio Mariscal Toribio de Luzurriaga de Los Olivos. Acciones como esta demuestran la carencia de valores y el escasa información histórica que reciben los escolares en sus hogares y en las aulas.

En nuestros diversos viajes, hemos visto con tristeza el olvido y abandono de muchos sitios arqueológicos. La falta de protección por parte del estado y de las propias poblaciones, es aprovechada por vándalos que mancillan el legado arqueológico, tal como lo demuestran las imágenes que mostramos a continuación.

Desde esta bitácora viajera, proponemos que nuestra enjundia se convierta en fuerza de cambio. Todos, de una u otra manera, debemos de denunciar los atentados contra el patrimonio cultural. Es la única manera de generar un cambio de actitud.





domingo, enero 03, 2010

Relajo de diciembre

Donde el autor se revela contra las crónicas de viaje y, vaya uno a saber por qué, se manda con una larga añoranza sobra las raíces del espíritu de vagancia que lo embarga en diciembre...

Nunca he tenido ganas de hacer grandes cosas en diciembre. Me pasa desde el colegio, donde el aroma a las vacaciones próximas era una abierta invitación al relajo, avalada por los salvadores 42 puntos que convertían a los exámenes del cuarto trimestre en pura rutina porque levantar mi promedio o buscar un inédito diploma, no eran parte de mis planes de escolar mediocre.

Como los equipos chicos en el fútbol, mi único objetivo en las aulas era el de salvar la categoría, para jugar las últimas fechas con absoluta tranquilidad, sin sentir el acoso del fantasma de la baja. Libre de él, carecía de sentido tener el cuaderno al día, hacer las tareas y asignaciones con excesiva pulcritud o estudiar hasta el desvelo para los exámenes finales.

Aquellos trajines eran para los chancones impenitentes o los alumnos angustiados que, a última hora, querían salvar el año a como diera lugar: por las buenas o malas, quemándose las pestañas o tentando al profesor con una canastita o un panetoncito que nunca cae mal.

Eso sí, tampoco era cuestión de perder por goleada. Debía de salvar mi reputación de alumno “vago pero no bruto”, con calificaciones más o menos decorosas. Además, si coloreaba mi libreta con hartos rojos, podía poner en riesgo el descanso vacacional. Mis padres no comprenderían mi filosofía de equipo chico y, muy probablemente, me obligarían a estudiar en el verano.

Por esa sencilla razón, tenía que evitar que los rojos proliferaran. A lo mucho uno en matemáticas, química o cualquiera de esas ciencias de las que no entendía ni michi y en las que me era imposible florear.


Nunca me llevé bien con los números, los teoremas y las fórmulas. Los detestaba más que al uniforme plomo, las formaciones de los lunes o las tortuosas ceremonias del calendario cívico.

A pesar de mis complicaciones con las ciencias,
mis diciembres fueron una pichanguita hasta la aparición de la quinta nota, alevoso cambio en las reglas de la educación pública, que puso al borde del infarto a miles de escolares a lo largo y ancho del territorio nacional”, como decía por aquel entonces Luis Izusqui, en sus narraciones madrugadoras de las épicas hazañas del vóley peruano.

Como suele suceder con las normas sacadas bajo la manga, nadie sabía muy bien qué diablos era la temida quinta nota. Los rumores corrían en los patios y en las aulas, creando incertidumbre y pánico entre el alumnado del CNV Diego Ferré de Jesús María, incluyendo al poco brillante chato Valdivia, el alias colegial de este escriba.

Se decía de todo un poco. Si jalan ese examen se van derechito a marzo, anunciaban los profesores más alarmistas. Esa nota vale el doble, decían otros con cautela. Tendrán que estudiar todo el cuaderno, aunque no sé para qué, ustedes igual nunca lograrán nada o algo parecido "rebuznaba" la profesora de inglés, célebre por sus faldas cortitas que causaban alboroto entre la muchachada.

Quizás como venganza a esas miradas procaces y precoces, ella dedicaba gran parte de sus clases a profetizar nuestro fracaso en la vida. Y es que en su opinión, el 99 por ciento de los “diegoferrinos” éramos unos perdidos incorregibles con vocación de pandilleros, no como los compañeros de su hijo en el San Agustín, todos tan seriecitos y estudiosos.

Por andar de pitonisa siempre dejaba de dictar su clase. Tanto así que en los cuatro años que la tuve como profesora, jamás pasó del verbo to be. En el colmo del desparpajo, en sus aburridas disertaciones siempre
se quejaba de la pésima calidad de los colegios estatales, como si ella no fuera parte del problema, como si ella no estuviera ahí para enseñarños, no para decirnos que teníamos pinta de prometedores delincuentes.

Quizas hubiera sido valioso que alguna vez enseñara algo más que sus piernas y el verbo to be. Pero nunca lo hizo. Eso sí, su desidia facilitaba el examen de inglés en la quinta nota, aquella funesta invención del primer gobierno de Alan García que, durante un par de años, estropearía mi plácido diciembre.

Felizmente, los rumores más grises acerca de esta norma lesiva para el interés estudiantil, jamás se confirmarían. La temida evaluación no anularía el resultado de los bimestres anteriores, más bien se promediarían, es decir, en vez de los benditos 42 puntos era necesario sumar 53.

Lo grave era que las preguntas podrían abarcar cualquier tema tratado durante el año, desde la clase inaugural hasta la última lección, por lo que si salías mal en las pruebas, quedaría la imagen de que no habías aprendido nada durante los cuatro bimestres.

Eso sí que me generaría un rochesazo en la casa, por más que pasara de año de forma invicta; entonces, solo me quedaba estudiar para refrescar los datos principales que pudieran sustentar un buen chamullo en los cursos de letras. Lo realmente complicado sería recordar todo lo olvidado en las ciencias.

Ahora, que han pasado más de dos décadas desde que salí del colegio, no recuerdo exactamente cuántas veces me sometí a la también llamada evaluación complementaria. De lo que si estoy seguro es que, increíblemente, aprobé todas las de ciencia y, como la vida siempre te da sorpresas, me aplazarían de manera inexplicable en Historia Universal, con un penoso 10.

Más allá de los promedios , la quinta nota no lograría quitarme las ganas de vagar en diciembre. Estas perduran hasta hoy, tal como lo demuestra esta entrada que quise publicar hace unas semanas, pero que recién terminó hoy, domingo 3 de enero. Es una suerte que en los trabajos no haya una evaluación complementaria que estropee mis planes de relajo.