martes, noviembre 21, 2006

Disculpa electoral

Confiado en que más vale tarde que nunca, le comunico respetuosamente al presidente de la mesa 128530 del distrito de La Perla, Callao, que por motivos de fuerza mayor, no pude asistir al proceso electoral del domingo 19 de noviembre.

Espero que el distinguido presidente sepa comprender mis razones y lamento si mi ausencia le generó algún problema o dificultad adicional en el cumplimiento de su patriótica función.

Ahora bien, es muy probable que el ciudadano presidente ni siquiera se diera cuenta de mi ausencia. Si ese es el caso, este escrito -como tantos otros que he redactado en mi vida- no tiene ningún sentido. Pero igual sigo dándole a las palabras.

En verdad es complicado imaginar lo que pensó el obligadamente entusiasta
presidente y sus dos secretarios. Ellos se pasaron todo el domingo viendo votar a decenas de compatriotas, haciéndoles firmar el padrón, evitando que algún descordinado derribe el pomito de tinta indeleble y, a partir de las cuatro de la tarde, contando una a una las papeletas.

La situación se agrava si uno tiene la mala suerte de encontrarse con un personero fogueado y chinchoso, entonces, hay que resolver sus quejas y reclamos -a veces hasta inverosímiles- en defensa de los sagrados intereses del partido y de su "adorado" candidato.

Lo más irónico del asunto es que en las últimas elecciones presidenciales, algunos de los perdedores le achacaron su derrota a los sacrificados miembros de mesa "que no sabían llenar las actas" o "tenían su corazoncito a favor del otro partido" y otros argumentos similares que, a mi modesto entender, sólo demostraban su incapacidad de aceptar la derrota con hidalguía.

Pero ese es otro tema. Hoy -aunque es tarde- escribía para excusarme por mi ausencia. Confieso que es la primera vez que no asisto a un proceso eleccionario. Siempre lo he hecho, un poco por miedo a la multa y otro poco porque, de una u otra manera, me gusta expresar mi opinión que, casi siempre, es viciada o blanca.

No quiero darle más vueltas al asunto y si alguno de los miembros de mi mesa de votación lee este post, en especial el presidente y sus secretarios, les digo que no asistí porque me encuentro fuera del país.

Eso sí, no piensen que estoy de vacaciones o travesía de placer; tampoco estoy cumpliendo una tortura o algo así, sencillamente estoy haciendo mi trabajo de periodista itinerante o vagabundo profesional -como me autocalifiqué en otro texto- pero no en tierras peruanas, como es mi costumbre, sino en el Ecuador.

Antes de iniciar esta aventura periodística, quise solicitar una dispensa ante las autoridades competentes, pero fue imposible. Sólo los ciudadanos enfermos tienen ese privilegio. Si la ausencia es por otro motivo, hay que pagar la multa calladito nomás.

De nada valen tus antecedentes como votante consecuente e infaltable. A pagar la multa señor, esa la única salida... y me pregunto ¿hasta cuándo la democracia peruana obligará a sus ciudadanos a votar?, ¿hasta cuándo nos tratarán como a niñitos malcriados a los que se les castiga si no hacen su tarea?

No digo esto porque al volver deba pagar una multa (¿el agente de migraciones me querrá cobrar por adelantado en la frontera?), tampoco lo hago por un afán abstencionista. Sólo creo que al ser la democracia un sistema que se basa en la libertad, resulta ilógico que los ciudadanos estén obligados a asistir a las urnas.

Acaso se construyen gobiernos sólidos o instituciones fuertes, cuando se vota por mandato imperativo de la ley, sin saber siquiera quienes son los candidatos o, lo que es peor, dejándose convencer por el ciudadano verborreico y partidarizado que nunca falta en la cola.

Más allá de mis argumentos, afirmo que si hubiera estado en La Perla el pasado domingo, habría ido a votar -en blanco- al colegio Keneddy y este post no existiría. Cosas de la democracia.

lunes, noviembre 13, 2006

Clic de la Semana

La silueta de un iglesia colonial despunta tras los enormes muros incásicos del templo de Wiracocha, en Raqchi (Cusco), evidenciando, en cierta forma, la raíces del Perú actual, una nación que -para bien o para mal- se sustenta o debería sustentarse, en su riqueza y diversidad cultural.

Se dice que el Perú es un país de todas las sangres y que aquí el que no tiene de "inga tiene de mandinga"; sin embargo, nunca faltan los necios que pretenden soslayar o miran con desdén esa pluralidad de culturas y sentires, entendiéndola como un obstáculo en el camino del desarrollo y la integración, en vez de enfocarla como una fortaleza y un signo de orgullo frente a otras naciones.

En Raqchi, como en otras partes del Cusco, es evidente la coexistencia de los andino y lo occidental. Es parte de su encanto más allá de las opiniones que se puedan tener sobre la invasión o conquista española -me inclino por el primer término- y el posterior periodo colonial.

Nos guste o no, lo ocurrido en el pasado no puede cambiarse. Se debe ser crítico y hasta rebelde, pero esta crítica y rebeldía tiene que ser herramienta de cambio y servir para escribir una historia diferente, con menos injusticia y pobreza, sin excluidos y sin corrupción, sin odio y sin violencia entre los propios peruanos.

jueves, noviembre 09, 2006

Crónica Rayada...



Un texto de confusiones y enredos en el que el autor demuestra que, a veces, anda un poco rayado.

Lluvia y granizada. Hace frío y no dan ganas de bajar del bus, pero el bicho motorizado se para en seco y abre las puertas de par en par. La gente se levanta, se despereza, dice que nos hemos detenido en una raya que también es punto...

No entiendes nada, es como si hubieras sufrido un congelamiento neuronal. Si es que esa enfermedad existe -claro está- o será acaso que la acabas de
inventar, con el perdón de los médicos y demás profesionales de la salud.

Y si uno inventa un mal tiene el derecho de inventar la cura, más aún cuando se está en una raya que es punto al mismo tiempo… y con tanta raya y punto como que ya tengo la impresión de andar escribiendo en clave morse y eso es demasiado enredo, demasiado congelamiento neuronal.

Frío, lluvia y granizo. Bus detenido. Raya y punto, punto y raya. Neuronas congeladas… y sigo sin entender nada y para colmo me voy quedando solo, porque todos abandonan sus asientos y bajan apuraditos y bien abrigadotes, como si algo importante ocurriera en esa raya que es punto y, quizás, otras cosas más que me gustaría averiguar, aunque la prudencia me indica que lo mejor es olvidarme de todo y tratar de dormir.

Bostezo, me acomodo, cierro lo ojos. No hay sueño por culpa del instinto periodístico o del temor a quedarme solo en el bus (de repente le cae un rayo y soy el único achicharrado). No tengo más remedio que bajar a pesar
de estar casi seguro que mi naciente congelamiento neuronal se convertirá en un congelamiento generalizado y ahí sí que voy a necesitar un médico de verdad.

Invadido por esos malos presagios, decido bajar del bus, pero despacito, en cámara lenta, con la intención de evitar cualquier ataque artero del soroche, porque si bien me encuentro enredado por toda esa historia de la raya, no ando tan perdido como para no darme cuenta que estoy a miles de metros sobre el nivel del mar.

Lo mejor es no apurarse, respirar profundo y caminar a paso de tortuga, a pesar de que nunca he visto una tortuga en la puna, pero esta mañana es extraña y cualquier cosa puede pasar; basta con decir que hace 10 minutos el sol brillaba como zapato recién lustrado y... ¡zas! de pronto se desató el granizo y alguien habló de rayas y puntos, desatándose este calvario que tan desordenadamente narro.

Pero intentaré corregirme y aclarar mis ideas, al menos un poquito y es que la situación como que empieza a arreglarse y hasta creo que he encontrado la cura inventada para ese mal también inventado, con el perdón de los médicos y demás profesionales de la salud, como indiqué al principio de este confuso relato.

Mis neuronas empiezan a descongelarse y el enredo deja de ser tan enredado y es que la mentada raya no es realmente una raya -de esas que hacía con regla, nunca a pulso, en el colegio (no pregunten por qué)-; tampoco un punto seguido o un punto aparte, menos un punto final (para tristeza de algunos lectores).

La raya de esta historia o La Raya, para escribirlo correctamente, es el “punto” más alto de la carretera Cusco-Puno (4,321 m.s.n.m.)., cimbreante vía asfaltada que une el “ombligo del mundo andino” con el lago Titicaca, el legendario mar interior del que emergió Manco Capac y Mama Ocllo, la pareja fundacional del estado Inca.

Raya-Punto, la clave morse está descifrada y me doy de alta, mientras observo el horizonte mustio por la lluvia, las brumas que cubren las colinas cercanas, las alpacas que pastean sin prisa, los mechones de ichu castigados por el granizo, también a las señoras que se protegen de la lluvia bajo un toldo improvisado y al comerciante heroico que a pesar de todo, sigue ofreciendo sus chullos, sus chompitas y chalinas.

No hay duda, estoy restablecido. El último párrafo fue más ordenado. Se acabó el congelamiento y la lluvia, entonces me animo a andar por ese paraje cordillerano que se ha convertido en parada casi obligada para los turistas que van y vienen del Cusco y Puno; por ese recodo del camino en el que varias mujeres ofrecen artesanías y hasta posan para la foto del recuerdo por un dólar, un sol o lo que sea su voluntad.

Pero en mis andanzas descubro que en La Raya hay dos líneas… No se asusten, por favor, no es una recaída, tampoco un trabalenguas ni un juego de sinonimia. Aquí no hay enredos ni mayores complicaciones, porque una de las líneas está muy cerca y no ha sido trazada con regla, sino por durmientes y rieles; la otra es más bien simbólica, política, se ve mejor en los mapas.

Línea férrea (une Cusco y Puno) y línea limítrofe (entre ambas regiones) en La Raya, un extraño lugar que por esas cosas del lenguaje y los enredos del camino, es, también, un punto...final.

jueves, noviembre 02, 2006

Clic de la Semana


Como si fuera un enorme espejo urbano, un edificio vestido de modernidad refleja nítidamente la torre colonial de la Catedral de Santiago de Chile, sintetizando de manera simbólica la unión entre el pasado y el presente, en plena plaza de Armas de la capital mapocha.

La imagen despertó el interés del lente viajero de Explorando Perú que, por esas cosas del destino y el mundo globalizado -ya les explicaré el por qué-, recorrió durante más de una semana varias ciudades chilenas.

Eso sí, que nadie se preocupe. Explorando sigue siendo bien peruano, peruanazo como el pisco y sólo pretende, a través de este clic, agradecer las atenciones recibidas durante el Seminario Internacional de Turismo Rural Los Desafíos del Siglo XXI, evento al que fui invitado como expositor.

Organizado por el Gobierno de Chile, a través del Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap) y del Programa Nacional de Turismo Rural, el certamen reunió durante tres días (11 al 13 de octubre) a especialistas de diversos países, constituyéndose en una valiosa experiencia, tanto para los expositores como para los participantes de las distintas regiones del país vecino.

Lo más curioso del asunto es que los organizadores se enteraron de mi existencia a través del Internet. Ellos buscaban un periodista viajero que pudiera decir algo sobre la importancia de la prensa en el desarrollo de un proyecto de turismo rural y... ¡zas! encontraron esta bitácora.

Esa fue la muesca que haría girar los engranajes de mi travesía chilena, académica en sus inicios, mochilera en sus tramos finales. Y de esas andanzas me traje este clic y un sinfín de buenos recuerdos.