martes, junio 26, 2007

Jolgorio a la chachapoyana

Inspirado por el dicho aquel de que más vale tarde que nunca, al autor recuerda emocionado, los pormenores del Raymillacta de los Chachapoya, festividad que conmocionó la región Amazonas, el pasado 9 de junio.

De un momento a otro y casi sin darme cuenta, vivo, siento, palpito la euforia de un carnaval inédito, trepidante, fuera de calendario; entonces, se desata una lluvia de pica-pica, mientras la música impone su ritmo contagiante, sus compases alborotados y sus notas afiebradamente bailables.

Y dan ganas de sacudir el esqueleto aunque uno no sepa hacerlo, aunque uno nunca encuentre el ritmo y sea un completo desorejado. Y dan ganas de despojarse de la cámara y arrojar la libreta de apuntes, para seguir a esa comparsa agitadísima y bullanguera que brinda con guarapo.

Y, claro, también dan ganas de vengarse de esa señora que aprovecha el pánico, el barullo, el tole-tole, y se acerca con tremendo desperpajo e impunidad, para abofetearte y embadurnarte la cara con talco
.

Pero no hay venganza que valga, total, el carnaval tiene cierto parecido con la lluvia y es que cuando se carnavalea en Chuquibamba (provincia de Chachapoyas, Amazonas), todos se mojan o bailan o beben o cantan; en fin, todos se divierten, ríen, jaranean de lo lindo y hasta se enamoran entre el vuelo de las serpentinas, el correr de las botellas y los quiebres de las danzas.

La comparsa avanza, vibra, se apodera de la plaza de Armas de Chachapoyas, la capital regional de Amazonas, que hoy se ha vestido de fiesta, de carnaval, de peregrinación, de rituales andinos y amazónicos, para mostrarle a propios y extraños que en estas tierras casi siempre postergadas, los hombres y mujeres luchan por mantener sus raíces y su cultura. Su forma de entender el mundo.

Y esa explosión de color, de danza, de música, de costumbres tan distintas, tan diversas, tan peruanas, son parte del jolgorio desbordante, acaso infinito, del Raymillacta, la gran celebración, el inmenso pasacalle que reúne y convoca a los pueblos y comunidades de las siete provincias de la región, desatando un irrefrenable vendaval de alegría que atiza el orgullo de los amazonenses, el orgullo de los peruanos.

Los sones del carnaval se extinguen pero el jolgorio continúa. Y es que más de 50 delegaciones de la altura y la montaña, se congregan en el corazón urbano de Chachapoyas, que durante horas late fervoroso ante el paso irrefrenable de las comparas y pandillas, o, está a punto del infarto por tanto movimiento, por tantas danzas de la sierra y la selva.

Veo a miles de personas bailar con pasión, veo a miles de compatriotas mostrar lo suyo con legítima jactancia. “No es gente disfrazada, no son artistas”, me habían dicho antes del inicio del Raymillacta de los Chachapoya… y era verdad, todo era auténtico, real, “esto es pueblo, nuestro pueblo”, me comentaría al vuelo uno de los bailarines, en los fragorosos vaivenes del pasacalle.

De puro gusto comparto un traguito con él. ¡Salud, carambas, por Amazonas y su gente!, brindo con entusiasmo, brindo con nadie o con todos, porque el hombre ya desapareció y ahora estoy en medio de una procesión y huele a sahumerio y hay velas encendidas y mayordomos que llevan el “voto chachapoyano”, una especie de estandarte en el que se colocan frutas, panes, tubérculos y hasta pollos.

La Fiesta de los Pueblos (traducción del nombre en quechua) se prolonga desde el mediodía hasta la antesala del anochecer, aunque uno quisiera que nunca acabe, para que sigan las comparsas, las danzas que representan las faenas agrícolas o la molienda de la caña, también los acelerados y enigmáticos ritmos de la selva.

Sí, que no terminen los cantos, los mohines, los rezos de los hombres y mujeres de Tambolic, de Luya, de Leymebamba, de La Jalca, de Soloco, de Tingo, en fin, de todos los pueblos amazonenses, que respondieron al llamado de Elizabeth Terán Reátegui, directora regional de Comercio y Turismo (Dircetur), y decidieron mostrar lo mejor de su acervo cultural en el Raymillacta.

Persistente y tenaz, Elizabeth fue el pilar y el motor de la fiesta. Su tarea no fue fácil. Siempre hay problemas, inconvenientes, golpes bajos que complican la labor organizativa; pero su esfuerzo valió la pena y es por eso que comprendo su emoción cuando va y viene aplaudiendo, animando, solucionando problemas en la hormigueante plaza de Armas.

Día de fiesta. Día inolvidable en el que dan ganas de desdeñar el trabajo y unirse a esa comparsa que disfruta de un carnaval fuera de fecha, que te demuestra que la alegría es capaz de burlarse de los calendarios, al menos en Chuquibamba, al menos en el Raymillacta.
*Si quiere leer más del Raymillacta, haga clic aquí

lunes, junio 25, 2007

Clic de la Semana



Ignorando al cansancio, a las amenazas del soroche y a las decenas de kilómetros recorridos a todo pedal, dos ciclistas aventureros "vuelan" sobre un riachuelo que corre como serpiente en Ogopampa, un escenario geográfico con características de postal, en las afueras del brevísimo poblado de Santa Rosa (distrito de Aquia, Ancash).

Una, dos, tres veces, los deportistas iban y venían de un lado al otro, divirtiéndose como niños y disfrutando al máximo de su encuentro -cercano, entrañable, intenso- con las montañas y quebradas de la sierra ancashina.

Apenas transitada por pastores y arrieros, Ogopampa apareció como un milagro en la ruta de los "pedaleros". Allí, bajo la égida del apu Quicash, un gigante condenado al deshielo por el calentamiento global, levantaron sus carpas para pasar la noche; una noche fría y congelada, una noche bajo cero a pesar de las cimbreantes llamas de la fogata y la dudosa protección de las bolsas de dormir.

La noche se hizo larga, como largo fue el camino del puñado de aguerridos y osados deportistas de Aquia, Huaraz y Alemania, que decidieron ser parte de una aventura inédita: unir Aquia con Pastoruri, uno de los nevados emblemáticos del Parque Nacional Huascarán, en dos jornadas kilométricas.

Explorando acompañó a los deportistas la primera jornada, acampó con ellos y compartió la gélida noche en Ogopampa. Felizmente, nuestro lente no se congeló y pudimos rescatar este clic.

viernes, junio 15, 2007

Un, dos, tres... probando

Cambia, todo cambia, dice la letra de una canción que encaja perfectamente con el espíritu renovador de este post, surgido gracias al hallazgo fortuito de una herramienta en línea que permite realizar diversas presentaciones fotográficas, fáciles de colocar en los blogs.

Así que de puro curioso, me puse a experimentar (leáse jugar o matar el tiempo) hasta que le di forma a esta presentación con imágenes de los frisos chimués de la Ciudad de Chan Chan y las huacas Dragón y Esmeraldas en el Trujillo sin primavera que visitamos hace un par de semanas.



martes, junio 12, 2007

Clic de la Semana

Enigmas del pasado, trazos de historia en el desierto de Palpa, un caluroso pueblo de la región Ica, en el que abundan los petroglifos y geoglifos de las culturas prehispánicas de Paracas y Nasca.

A diferencia de lo que ocurre en las famosas líneas de Nasca, en este valle milagroso que verdea en medio del desierto, no se necesita sobrevolar la zona para admirar estas sorprendentes figuras, que aún no revelan su significado a los investigadores.

Localizada entre Ica y Nasca, la sosegada provincia de Palpa se presenta como una interesante parada, para los viajeros que buscan acercarse a la historia y a los misterios prehispánicos, como ocurre en el mirador de Llipata, a la altura del kilómetro 408 de la Panamericana Sur. Fue allí donde captamos este clic.

domingo, junio 03, 2007

Segundo reporte al vuelo

Es definitivo, el sol no se dignó a iluminar mi visita a Trujillo. El astro sólo apareció un par de horas, desganado, sin brillo, como si fuera un rehén de las nubes. "Mala suerte, señor", me consuela un taxista; "será para la próxima", me tienta a retornar el mozo de un restaurante; "capaz usted trajo la niebla de Lima", levanta el dedo acusador la guía de la huaca de la Luna, en el valle de Moche.

Y es que por donde anduve, pregunté: ¿y qué fue de la "eterna primavera"?, y los trujillanos se reían o se quedaban pensativos o le hechaban la culpa a mi mala suerte -si todo los días estaba saliendo el sol-, al calentamiento global -y es que el clima anda de cabeza en todo el mundo, ¿no es cierto, señor?- y hasta al proyecto Chavimochic -no ve que ahora el desierto está verde, eso jala humedad-.

También me dijeron que es un castigo de Dios, porque Trujillo se ha vuelto una ciudad demasiado inquieta, noctámbula, digamos pecadora; en fin, si no le echaron la culpa al gobierno fue, quizás, porque la capital liberteña es un bastión aprista y el compañero Alan García no le quitaría el sol por ningún motivo, aunque en honor a la verdad histórica y dizque revolucionaria, en su primer gobierno aniquiló los soles de toditos los peruanos, para crear el tristemente célebre e inflacionario inti millón. ¿Lo recuerdan?

Con o sin sol mañana volveré a Lima, bueno, eso espero, capaz la niebla no deja despegar al avión; entonces, a ¿quién le echo la culpa?

viernes, junio 01, 2007

Reporte al vuelo

Acabo de llegar a Trujillo y me he quedado perplejo al descubrir que, al menos por hoy, su primavera dejó de ser eterna. Dicen que el sol aparecerá en la tarde de todas maneras, sin falta, como si tuviera un pacto de honor con esta querendona ciudad norteña.

Ojalá que el astro cumpla y me regale sus rayos.

Pero más allá de la falta del sol, lo que realmente me ha dejado de patas para arriba, es la absurda e ingenua pretensión de un taxista que quiso cobrarme 30 solcitos nomás porque el centro está bien lejos -cito textualmente al desubicado conductor- para sacarme del Aeropuerto -localizado en el camino al balneario de Huanchaco, sí, allí donde están los legendarios caballitos de totora- y llevarme al corazón urbano de la "capital de la eterna primavera" que, como ya hemos mencionado, no es tan eterna como podría pensarse.


Será que el hombre me vio cara de gringo, de míster, de viajero desbordante de dólares y tarjetas doradas. Qué iluso. Si supiera que uno casi siempre anda con las justas y, a veces, hasta con un poquito menos, es decir, uno anda con un presupuesto más apretado que mano de trapecistas o que pantalón de torero.

Al escucharlo no supe si irritarme o reírme a carcajadas. Al final opté por una sonrisita entre sarcástica, burlona e incrédula, gesto que rematé con una frase casi filosófica, por no decir socrática-achorada: "Treinta lucas ni a balas", espeté utilizando parte de mi repertorio replanero, de mis conocimientos de jeringa, así le dejaría en claro que algo de calle tengo.

La sonrisa y la frasecita surtieron efecto, porque mientras me alejaba del vehículo, el conductor empezó a reducir su tarifa: 25, 20 -y bajo del carro- 15 -quién da menos señores-, lo dejo a 10 concluyó en tono lastimero. Pero fue inútil, lo ignoré y seguí caminando y llegué a la carretera y tome un micro. Un solcito a la ciudad.

Ahora no me quedan dudas: a quien camina Dios lo ayuda.