martes, octubre 02, 2012

Nostalgia periodística

Donde al autor -a falta de algo mejor o peor que hacer- se deja llevar por la añoranza y rescata de su memoria una anécdota del siglo y del milenio pasado, lo que demuestra, dicho sea de paso, que ya está bastante recorrido.

Aquel domingo mi cuadro de comisiones estaba cargado. Toda una novedad en mi apacible existencia laboral en la revista Sí, donde solo los días de cierre se presentaban vertiginosos. El resto de la semana transcurría apaciblemente, con escasos sobresaltos y esporádicos apuros.  

Pero esa jornada era especial por varios motivos. Más allá de las comisiones encomendadas, me enfrentaba a dos situaciones inéditas en mi naciente carrera: trabajaría un domingo –algo que nunca hacía- y me estrenaría profesionalmente en una justa electoral, con acreditación especial y pase de voto rápido.

Hoy, después de tantos años, no recuerdo con exactitud mi peregrinaje informativo. Me parece que estuve en algunos o en varios centros de votación, en el local de Transparencia y, después de los resultados, acompañé a dos colegas al comando de campaña de Javier Pérez de Cuéllar, el candidato derrotado por Alberto Fujimori.

De más está decir que allí primaba la tristeza y el desconcierto. Mucho silencio, pocas palabras. Lo mejor era volver a la revista para terminar la edición. Salimos. Tomamos un taxi. Mis colegas empezaron a conversar de los acontecimientos políticos, de sus dudas sobre la limpieza del proceso y del hedor que emanaba del gobierno reelecto.

La conversación andaba de lo más animada hasta que el auto se detuvo de manera intempestiva y a la vez injustificada. La calle estaba vacía y ninguna luz roja ordenaba el pare. De pronto, entre el desconcierto y la incertidumbre, la voz del chofer irrumpió con furiosa y amenazante certeza: “no hablen mal de mi presidente”.

Después, con mayor encono, ordenó que nos bajáramos de su auto. “De una vez, rápido, qué esperan”. Nuestro desconcierto era mayúsculo. Qué hacer. Apelar a la libertad de expresión, proponer un intercambio de ideas, iniciar un debate alturado o escapar de allí a la velocidad de un suspiro.  
Intentamos de todo un poco. Fue inútil. Nada funcionó. El conductor estaba ofendidísimo y nos miraba con una mezcla de cólera, desprecio y hasta odio. Sé que nos dijo más cosas, pero es imposible rescatarlas con exactitud de mi memoria. De lo que estoy seguro es que él no pensaba mover su vehículo ni un centímetro.

Y eso fue lo que ocurrió el domingo en el que me estrené como reportero en un proceso electoral. Respecto al final de la historia con el taxista, solo me queda agregar que esa noche descubrí que, en ocasiones, es recomendable caminar al término de una larga jornada periodística. Sirve para pensar y aclarar las ideas.

lunes, octubre 01, 2012

El despertar de la vocación

Un pálpito me llevó a estudiar periodismo. Digo un pálpito como podría decir que fue la casualidad o un auténtico champazo. 

No sería exagerado afirmar, también, que llegué por descarte a la escuela de Comunicación Social, o, para ponerlo en jerga electoral, me dedicí por el mal menor.

Claro, entre las profesiones llenas de cálculos, fórmulas y números o aquellas donde se diseccionaban cuerpos y se estudiaban virus, bacterias y todos los males habido y por haber, las letras y humanidades surgían como una esperanza y una salvación. 

En aquel momento de incertidumbre, ese era ya un tremendo avance. Pero aún quedaba un problema. Qué carrera de letras escogería. 

¿Sería de utilidad en estos casos echar una moneda al aire o apelar al desesperado de tin marín de do pingüé? Esas disquisiciones atribulaban mi existencia hasta que apareció el pálpito o la casualidad o el argumento del mal menor de los que les hablé al principio.

Eso sí, en aquel momento, la posibilidad de ser periodista parecía un tremendo disparate por varias razones fácticas que iban desde mi exagerada timidez hasta mi fobia de hablar por teléfono, además de mi renuencia casi insensata de hacer preguntas de cualquier tipo.

A pesar de eso y de otros cosas más que no les comento –por vergüenza y para no aburrirlos con mis traumas y taras- decidí arriesgarme y hacerme periodista, tal y como se me había ocurrido al escuchar una transmisión en radio Callao, la que "si corre toda la cancha".

Y la corre hasta hoy, aunque ya no la escucho, aunque ya no sé si estará por ahí Julio Julián Figueroa y Bruno Espósito Marzán o si continúan cerrando su programación con emisiones extranjeras, como lo hicieron esa noche de revelación, esa noche en la que pensé que podía hacerme periodista.

Fue una de esas emisiones las que me liberó de la moneda al aire y la elección al azar. Recuerdo haber escuchado una voz trémula, apasionada y anónima que narraba con exactitud los festejos de un equipo campeón.

Aquella voz me contagió su alegría, su emoción y hasta su nudo en la garganta, entonces, sentí que no estaría nada mal que yo, en algún momento y de alguna manera, pudiera conseguir algo parecido. 

Sí, caray, tenía que ser periodista, aunque fuera tímido, leyera poco y escribiera solo para los exámenes del colegio.

Con el tiempo me daría cuenta que mi vocación despertó esa noche. Desde ese  momento no se ha vuelto a dormir. Se mantiene vigilante, me acompaña en los caminos y se aparece súbitamente inspirada cuando estoy sufriendo frente al teclado y la pantalla en blanco.

Hoy, después de más 20 años de decidirme a ser periodista, sigo recorriendo la cancha de la información, igualito que radio Callao, la emisora que por esas cosas de la casualidad, los pálpitos y hasta los males menores, despertó mi vocación profesional.