jueves, enero 26, 2006

Clic de la Semana


En su rústico taller, un artesano posa al lado de su obra inconclusa. "Es mi novia", bromea antes de iluminar su rostro con una sonrisa, la misma que parece prolongarse al rostro de arcilla de su coqueta acompañante.

Los creadores chulucanos (provincia de Morropón, Piura), son herederos de una rica tradición alfarera que se remonta a tiempos prehispánicos, cuando los tallanes y los hombres de la cultura vicús dominaban estas calurosas tierras.

"El arte viene de familia. Me lo enseñaron mis padres", se ufana César Alache Adrianzén, quien dijo estar dispuesto a adpotarme si es que por esas cosas del destino, abandonaba los caminos y decidía aprender las ancentrales técnicas del paleteo (moldeo a mano y con golpes de paleta), y la “pintura negativa” (método de decoración basado en la reducción del oxígeno en la cocción), fundamentales en la preciada cerámica de Chulucanas.

Aún no he aceptado la oferta de César. Por ahora sigo en los caminos, mientras él continúa dándole vida a la arcilla, como lo hicieron sus padres y lo harán sus hijos... bueno, si es que algún día de estos, su robusta y sonriente novia se anima a darle el sí.

martes, enero 24, 2006

Baila el Altiplano (Final)

De ángeles, diablos y otros danzantes

Sus cachos serpentean como si fueran lenguas de fuego. Su rostro es aterradoramente colorido. Es el diablo, el maligno, el príncipe de la oscuridad...pero en Puno camina como cualquier mortal y cuando quiere driblear a la lluvia o alejarse del cansancio, detiene un “taxi cholo” y anda sobre ruedas, eso sí, siempre pide una rebajita.

Durante la fiesta de la Candelaria, las puertas del infierno se abren de par en par; entonces, la ciudad es invadida por decenas de diablos y chinas diablas. Se les puede ver en todos los rincones, protegiendo sus capas de la lluvia, tomándose una cervecita en un quiosco del mercado, devorando un plato de chicharrón con papitas y chuño o bailando como poseídos en el jirón Lima, la calle principal de la urbe altiplánica.

Lo más impactante es que los diablos –mansitos como si salieran de una sesión de exorcismo- veneran con incomparable devoción a la Virgencita y hasta le piden o le agradecen un milagro. Después vuelven al infierno o quién sabe a dónde, pero ya no se les encuentra en Puno.

Particularidades de la fe, contradicciones de una fiesta en la que todo puede suceder y en la que nada sorprende, ni siquiera ese oso polar que salta como si tuviera un resorte o aquel gorila mal carado que blande una cadena o esos morenos de máscaras plateadas que zarandean una matracas de inusuales formas.

No hay fiesta sin baile. Y los hijos del lago lo saben muy bien e incluso hasta exageran un poquito, por qué dónde se ha visto que en una sola celebración se presenten más de 200 danzas autóctonas y... zapatean los comuneros, los campesinos, los mineros, corretean los llameros y los pastores de las alturas inhóspitas, quiebran las cinturas o regalan sensuales mohines las chinitas de la ciudad.

El vendaval de color y movimiento se inicia el primer domingo de febrero en el exiguo gramado del estadio Enrique Torres Belón, escenario del Concurso Regional de Danzas Autóctonas, en el que participaron conjuntos de Puno y de las provincias y comunidades cercanas.

Los sicuris (antaras con dos series de 7 tubos) convertían el viento en melodía, los bombos marcaban el pulso de la fiesta. El estadio era un espiral de alegría con las pandillas carnavaleras y los grupos de wifalas (danza pastoril quechua de origen colonial). Las zampoñas y pincullos (flauta de huarango con 6 agujeros), no cesaban de sonar, sus notas parecían provenir de los meandros del tiempo y la eternidad.

En los días siguientes, los conjuntos folclóricos de la ciudad ensayaban sus movimientos, ajustaban sus coreografías, probaban sus trajes de luces y sus máscaras de espanto. Las horas pasaban como un suspiro. La ciudad dormía arrullada por los alaridos de las pandillas que recorrían las calles o la afinada destreza de las bandas de músicos.

Hasta que llegó el momento de la verdad: segundo domingo de febrero, más de 60 conjuntos de morenada, diablada, caporales, sicuris y saya, compitieron entre sí, para saber cual era el mejor.

Una vez más, en el estadio Torres Belón se cambiaron los goles y las posiciones adelantadas, por los acordes musicales y los pasos de baile del Concurso de Danzas con Trajes de Luces.

Movimientos de cinturas, saltos frenéticos, ángeles que luchaban contra los diablos, caporales que dirigían los giros y volteretas, morenos de andar rítmico y matracas con garraspera. Los ejércitos danzarines en honor a la patrona de las alturas, conquistaban aplausos y capturaban la admiración de las miles de personas que copaban el coloso de cemento.

Y la rítmica batalla se prolongó hasta lunes, cuando los conjuntos participaron en la Gran Parada de Veneración a la Virgen de la Candelaria; entonces, toda la ciudad se contagió de los ritmos frenéticos y hasta la querida Mamita, salió al atrio de su iglesia, para observar el paso de sus devotos y recibir la pleitesía de sus hijos.


Las celebraciones no concluyen con la parada, prosiguen durante varios días más. Ya nadie recuerda las palabras del párroco y si alguien piensa en ellas prefiere acallar los clamores de su conciencia con un buen vaso de cerveza. Salud, por Puno, la Virgen de la Candelaria y las decenas de diablos que la veneran.
(Rolly Valdivia)

lunes, enero 23, 2006

Baila el Altiplano (Parte I)

La Mamacha de Puno

Ante la proximidad de la fiesta de la virgen de la Candelaria, pusimos de cabeza nuestros archivos periodísticos para ver si encontrábamos algún texto relacionado. La búsqueda valió la pena, porque encontramos esta crónica inédita que relata los pormenores de una de las celebraciones más coloridas e impresionantes del Perú.

La mamita no está en la Catedral. No, ese era el templo de los principales, de los ricos que pretendían purgar sus pecados con sonoros golpes de pecho o ganarse el cielo con dispendiosos donativos que servían para robustecer los campanarios de piedra o acicalar los altares de los santos.

No, ella no está en la Catedral. Ella encontró un lugar en San Juan, esa iglesia pequeña, discreta, poco atractiva y de torres delgaduchas, donde oraba la gente del pueblo: mineros extenuados, campesinos harapientos, hombres y mujeres que no tenían nada en la vida, excepto esa fe –rara, extraña, a veces hasta incomprensible- traída del otro lado del mundo.

Allí está desde hace mucho tiempo, oyendo plegarias y lamentos, viendo bailotear la resplandeciente candela de los cirios, regocijándose con los cantos en español, quechua y aymara. Sí, está en San Juan, porque ella misma lo quiso, porque era ella –la Virgen- quien aliviaba el sufrimiento infernal de los mineros en los asfixiantes y oscuros socavones.

Cuentan que un día, allá en el año 1675, la Virgen se apareció envuelta en llamas en Laycacota para impedir que se cumplieran las órdenes del español José Salcedo, quien -inflamado de poder- pretendía destruir las casas de los indígenas que trabajaban incansablemente en la oquedad devoradora de las minas.

Y las apariciones se sucedían una tras otra. Y los comentarios sobre la piedad infinita de la madre de Cristo resonaban en las alturas. Y hasta se corrió el rumor de que ella solita, había derrotado a las huestes de hormigas, sapos y –como si esto no bastara- a una gigantesca serpiente enviada por el demonio con el maléfico objetivo de destruir Puno (3,827 m.s.n.m.).

Así nació la fe en la Virgen de la Candelaria, la engreída del altiplano, la mamita o “mamacha” de los campesinos y mineros, la bella señora de sereno semblante ante la que hoy se postran poderosos y desposeídos, creyentes y no tan creyentes, ángeles que luchan contra la maldad terrenal y diablos apóstatas exiliados del averno.

Un jalón de orejas
Unas cintas blancas cruzan el techo del templo como si fueran telarañas de fe. Las bancas están llenas. Los pasadizos repletos. Un niño llora, un celular repica con fastidiosa insistencia. Se encienden decenas de velas, se iluminan rostros cetrinos. Estalla un flash y el anda resplandece. Destellos plateados en la iglesia de San Juan.

Misa en honor a la Virgen de la Candelaria. Hombres y mujeres vestidos de domingo. Sacos lustrosos, corbatas que aprietan demasiado y zapatos con gotitas de barro porque el cielo se ha echado a llorar desde la noche anterior, frustrando los festejos de la víspera, humedeciendo la pólvora de los castillos de artificio, ahogando el estallido de los cohetes y bombardas traídos por los devotos de las comunidades cercanas.

La estentórea voz del párroco aniquila a los demás ruidos del templo. Todos callan y prestan atención... “el padrecito se ha puesto bravo”, musitan con temor... y es que el sacerdote habla de la fiesta y sus excesos nada santos, de la felicidad desmedida, de las danzas que nunca terminan, de las minifaldas demasiado cortas de las bailarinas y de los tragos que van y vienen y nunca se detienen.

Y los fieles guardan silencio y asienten con un leve movimiento de cabeza, mientras miran de soslayo a sus vecinos, como achacándoles las culpas de todos los excesos cometidos y por cometer en esa fiesta religiosa que se inicia el 24 de enero y culmina en las vísperas del carnaval, luego de un sinfín de bailes, rezos y brindis.

Respetuosos, asustados y quizás hasta un poquito arrepentidos, los puneños escuchan el sermón del padre... pero no le hacen caso. ¡Cómo se va a dejar de bailar para la mamita! Fiesta sin diablada o sin trago no es fiesta, porque a la virgencita le gusta que sus devotos dancen y le agradezcan vestidos de ángeles o demonios los milagros que ella les concede.

Sí, porque para la mamita no hay imposibles. Enfermedades incurables desaparecen más rápido que un resfrío, campos yermos se vuelven pródigos y productivos, hombres perdidos en las sombras del pecado retornan a la senda del bien; además, ella vela por la ciudad y su lago inmenso y legendario que está tan cerca del cielo, el Titicaca.

Cómo dejar de bailar, si los estudiosos del pasado y del presente, esgrimen, argumentan, aseguran que la fiesta de la Candelaria es una expresión del sincretismo religioso, en la cual el culto a una imagen católica se relaciona con antiguos ritos a la Pachamama o madre tierra... (Continuará)

viernes, enero 20, 2006

Clic de la Semana



Una pareja de bailarines, invade con sus pasos y mohínes un rincón de la plaza de Armas de Trujillo (región La Libertad), una ciudad de reminiscencias coloniales que todos los años se convierte en la capital de la Marinera, la danza nacional del Perú.

Desde mañana y hasta el 5 de febrero, centenares de parejas harán volar sus pañuelos y derrocharán gracia, plasticidad y galanura en el coliseo Gran Chimú, un auténtico templo de esta danza coqueta y de enamoramiento eterno llamada marinera.

El Concurso Nacional de Marinera de Trujillo es el más importante del país. Organizado por el club Libertad, el certamen convoca a bailarines de la costa, sierra y selva, quienes muestran lo mejor de su arte en jornadas pletóricas de ritmo y elegancia.

Niños, jóvenes y adultos, también ancianos, compiten en las diversas categorías, con la esperanza de ceñirse la banda reservada a los mejores; mientras esto ocurre en el Gran Chimu, alguna parejas se dan un tiempito para mostrar su destreza en las calurosas calles trujillanas.

*Trujillo en Explorando Perú

miércoles, enero 18, 2006

Lima de fiesta... pero sin foto

Hoy es el aniversario de Lima y deseaba colocar una imagen de su vasta geografía urbana, pero no encontré ninguna en mi archivo digital. Quizás esa es el mejor ejemplo de mi extraña relación de convivencia con la ciudad en la que nací y crecí, de mis sentimientos encontrados respecto a la metrópoli en la que vivo y en la que probablemente muera.

Es raro lo que me ocurre con Lima. A veces no la soporto, la odio a muerte, la detesto por su cielo deprimente y mustio, por sus interminables días huérfanos de sol y su humedad que enferma, por su tráfico salvaje, enredado, casi surrealista y sus calles de violencia; entonces, me dan ganas de marcharme de su plúmbea faz urbana, de decirle adiós a sus tugurios y sus miserias, también a sus barrios pitucos, asépticos, sin alma.

Hay otros días en los que me siento en paz con mi entorno. Son periodos de feliz reconciliación, en los que Lima, a pesar de todos sus problemas, es realmente mi ciudad, la casa de mis recuerdos y de mi historia personal; entonces, me parece irresistiblemente hermosa y siento orgullo de su pasado colonial, cuando era la Perla del Pacífico, la Ciudad Jardín, la urbe más importante del Nuevo Mundo.

Y me regocijo al ver su mar prodigioso y cercano, al caminar por sus plazas ahítas de historia y tradición o al sentir la pujanza de la Lima provinciana, la Lima de los migrantes que sembraron sus esteras en los arenales infinitos o colgaron sus casas en las faldas de los cerros, convirtiéndola en una sinopsis del país, en un crisol de razas y costumbres.

Hoy estoy bien con Lima, quizás mañana, cuando haya pasado su aniversario, la odie de nuevo y me quiera marchar. No lo sé, nuestra relación es confusa como las de esas parejas que se aman mucho, pero pelean siempre y se amistan siempre. Nunca se separan.

Así que sólo queda aguantar o escaparse a cualquier lugar cuando el cielo se pinte de melancolía. Luego, al volver, sentirás que Lima es tu casa y tu refugio; simplemente tu ciudad. (Rolly Valdivia Chávez).

*Lima en Explorando Perú

sábado, enero 14, 2006

Mar del Desierto


Dunas sedientas que se convierten en orilla humedecida. Siluetas de arena que contrastan con el lomo espumoso de las olas. Desierto y mar. Dos gigantes que se observan, se acercan y encuentran para formar playas preciosas, solitarias, inspiradoras, también ignoradas, casi desconocidas.

Y el desierto de San Juan de Marcona (a 600 kilómetros al sur de Lima, aproximadamente) se vuelve acantilado, roca humedecida por las olas del Pacífico, refugio de aves y de lobos marinos; se llena de vida y de sal, de graznidos y espuma. Sacia su sed y se olvida de su sempiterna y kilométrica soledad.

Al vagabundear por las dunas o al dejar tus huellas en la orilla, descubres, te acercas, conversas con los pescadores del pueblo, con los hombres del mar, los marisqueros de una localidad conocida únicamente por su ¿riqueza? minera; sí, riqueza entre signos de interrogación, porque Marcona luce descuidada, mustia y entristecida, con casas deshabitadas, clausuradas para siempre por el capricho de los mandamases de la empresa, por los todopoderosos funcionarios chinos de Shoungang Hierro Perú.

Conversamos con los marisqueros. Nos invitan un erizo. Lo disfrutamos, les damos las gracias y observamos el horizonte marino. A nuestra espalda está el desierto, las dunas y sus siluetas de arena. También los bloques habitacionales de los mineros, sus calles sin pavimentar y los carteles que anuncia que todo es propiedad privada, ajena, quizás prohibida.

Felizmente el mar sigue siendo de todos, al menos hasta hoy que lo contemplo y lo admiro.

miércoles, enero 11, 2006

Clic de la Semana


Estilizadas y sorprendentes, quizás indescifrables, las líneas y geoglifos tatuados en la reseca piel del desierto por los hombres de la cultura Nasca, son uno de los grandes misterios de la humanidad; un enigma sin resolver que seduce e intriga a investigadores de todo el mundo.

Descubiertas por Toribio Mejía Xesspe en 1926 y estudiadas durante más de 50 años por la matemática alemana María Reiche (ya fallecida), estas figuras geométricas, antropomorfas y zoomorfas, ocupan un área de 350 kilómetros cuadrados, en la pampa de San José y los cerros del valle del Río Grande.

Sólo al sobrevolar la zona, las líneas se observan a plenitud. Así se descubre la ya mítica imagen del colibrí o picaflor (en la foto), del mono, la araña, el perro y hasta de una ballena, también un par de manos y un hombrecito con apariencia de astronauta, entre otras figuras que habrían formado un inmenso calendario solar, según la teoría de la doctora Reiche.

Las líneas de Nasca (región Ica) son un lugar mágico. Al visitarlo, usted tendrá su propia teoría y quedará impresionado con la capacidad creadora de los antiguos peruanos.

sábado, enero 07, 2006

Los Encantos del Mar...

El verano pasado descubrimos una caleta encantada en la costa piurana. Al lado de varias lanchas invencibles, esuchamos historias asombrosas de lanchas hundidas misteriosamente y bebimos chicha con veteranos hombre de mar. Los pormenores de nuestra travesía por el distrito de Los Órganos, fue publicada en la revista Viajeros de Lima. Hoy, al tirar un anzuelo en nuestro archivo periodístico, pescamos esta sabrosa nota.

Melodías de verano
El son playero de Los Órganos

En una caleta escondida, un hombre tostado de sol y mar, vaticina el futuro: “tú vas a volver. Es parte del encanto”. Sus compañeros que lo rodean asienten con sonrisas escuetas, tal vez cómplices o aseveran con un leve movimiento de cabeza, casi tan tenue como el vaivén de las olas que arrullan y acarician a los veleros de mástiles desnudos que bailotean en un mar sin puerto.

¿Encanto?, ¿volver?... no entiendo nada, caray. Recién llego y ¡zas!, un pescador –semblante de patriarca, voz de jaranero y gesto de ‘no me discutas, caramba”-, profetiza mi inminente retorno a la arena caliente de la caleta El Ñuro, en el distrito talareño de Los Órganos, con un aplomo y confianza que causarían la envidia del mismísimo Nostradamus.

Absorto e incrédulo, voy en busca del pescador que augura mi pronto retorno. Camino de cara al mar, disfrutando la tibieza de la arena y mirando de reojo al farallón que cercena el horizonte mientras me acerco a varias balsas rústicas, veleros en reparación y a un par de camiones frigoríficos que alimentan sus cámaras congeladas con kilos y más kilos de calamares gigantes, tollos, agujas y merluzas.

En este lugar retozan quienes “cosechan en el mar”. Ellos aprovechan la débil sombra que proyectan sus embarcaciones convalecientes o la sospechosa comodidad de las javas de plástico… ¿Y cómo sabe qué volveré?, pregunto a boca de jarro.

El hombre levanta su gorra para verme a los ojos: “la gente retorna, siempre lo hace”, añade en tono rutinario, de verdad mil veces repetida. “Es parte del encanto”, concluye con algo de desgano.

Quiero repreguntar pero no puedo, porque el hombre –tan patriarca, tan profeta- resultó ser un hablantín de polendas y se desternilla en carcajadas y palmotea a sus “socios” y pide una fotito y posa con sus compañeros; y, en vez de sonreír, sigue con su derroche oratorio, sin permitir interrupciones. Quién lo para por Dios… ¿tal vez sólo el encanto?

De su avalancha de palabras logro entender que en junio estaré nuevamente en El Ñuro, rezando y bailando de lo lindo en la fiesta de San Pedro o Pedrito, el entrañable patrón de los pescadores, “de nosotros, pues, ¿entiendes?...” y al fin deja de hablar y cuando me animo a preguntar, uno de sus compañeros arremete, alza la voz, se apodera de la “conversación”.

“Venga, es bien bonito. Aquí todos somos amigos. Nuestra caleta es tranquila”, animan, invitan, se entrometen los compañeros de las sonrisas frugales; “capaz hasta se enamora y se nos pierde por ahí”, imaginan romances los que asintieron con la cabeza. “Se nos vuelve pescador”, concluye el ‘Nostradamus norteño’ y todos ríen, arman alboroto, bullicio, chacota. Sepultan la rutina en las orillas del Pacífico.

Alto, basta, no nos saltemos el calendario, por favor. Es enero todavía, verano tórrido aún y hierve el norte, aunque eso es casi una constante aquí; así que olvidémonos de junio, de la procesión en el mar, de la chicha en poto, del cevichito, la cerveza y del presunto romance (cómo duele escribir esto). Concentremos en el mar presuntuoso, en las olas refrescantes que parecen reventar solamente para mí.

Sí, ya entiendo lo del encanto. Es el mar y sus olas seductoras, la orilla amplia que hace pensar en el descanso, la voz amistosa y jovial de los pobladores, los veleros que se dejan arrastrar por el viento, el sol, el calor y hasta el vientito frío que corretea en algunas tardes invernales, es… “joven, el Encanto está allá, es la última montaña. Acérquese, pero vaya con cuidado”.

¿Qué?, ¿cómo?, ¿un cerro?... ¡No, qué abuso! ¿Voy a tener que borrar el párrafo anterior?, ¿con lo qué me costó escribirlo? Jamás, no puedo traicionar a mis musas, mejor lo dejo así y aprovecho el momento para explicar que el tan mencionado “encanto”, es, en realidad, un farallón mítico, hechizado, también temido. Más de un velero se ha hundido en la porción del mar que está al frente de él.

“No hay que pasar cerca. Es peligroso y traicionero”, asevera la gente de El Ñuro, incluso los pescadores que nacieron en otras tierras, tal vez en el Bajo Piura, quizás en la sedienta Sechura; y, aunque nadie sabe el origen de la historia, todos la repiten y hasta le agregan detalles, porque “a mí me han dicho que se ven procesiones fantasmas”, jura y rejura un poblador con su poto de chicha al ristre.

Ahora voy hacia El Encanto. Uno, dos, tres pasos y… un mal augurio: varios gallinazos sobrevuelan la zona. Los ignoro, cada vez me acerco más al gigante embrujado. Es inmenso y parece una sombría fortaleza con sólidas columnas. ¿Trepar?, ¿ascender a su cumbre? “Es peligroso”, recuerdas la advertencia del pescador y, por esta vez, prefieres hacer caso. Mirarlo de lejitos.

Lo que no me dijeron ni en la playa ni en las austeras casas de adobe o madera de la humilde pero preciosa caleta de El Ñuro (a 6 kilómetros del centro urbano de Los Órganos), es que el nombre del distrito también está relacionado al mentadísimo farallón.

Cuentan en las calles de la zona urbana, en el muelle artesanal, en el malecón recién pintadito y hasta en el despacho del alcalde, Ricardo Arca Aponte, que esta tierra, declarada distrito en 1964, fue bautizada así porque cuando el viento sopla o alguien grita cerca del farallón El Encanto, el sonido del eco se asemeja a la voz de los viejos órganos a tubos.

Eso es lo que dicen en la capital de Los Órganos, localizada en el kilómetro 1,152 de la Panamericana Norte (región Piura). Un pueblo costero que, contradictoriamente, vivió durante muchos años de espaldas al mar, debido a una “fiebre de oro negro” que se fue curando (o secando) de a pocos. Y llegó la crisis, el desempleo, el no saber qué hacer.

Actualmente se piensa en el turismo. Ahora se habla de la pesca de altura y se describen fabulosos merlines, peces espadas y también agujas; de la ola izquierda tubular que revienta en Punta Veleros y que cada año convoca a más surfistas y en esas primorosas playas “anchas y en forma de gran jota”, como las describiera Ricardo Espinoza, “El Caminante”, durante su travesía de arena de Tumbes a Tacna.

Y cuando camino por las playas de Los Órganos, lo hago con la intención de comulgar con el mar, de intimar con la arena, de dejar mis huellas en la orilla extrañamente desierta. Quiero sentir los rayos de un sol que brilla sin fuerza, irresoluto y tibión. Se ha disfrazado de invierno.

Al mediodía la playa principal o central del distrito (a la que acuden los lugareños), se llena de vida, de bullicio, de gritos y alaridos. Y hasta el sol parece despertar, desatando su calurosa furia, haciendo resplandecer las aguas, despertando a los pelícanos, alegrando a los vendedores de helados y raspadillas.

Ya es verano otra vez. Enero, mes de cuerpos bronceados y zambullidas en ese mar que es de todos y para todos, del mar que no prefiere ni distingue ni a ricos ni pobres. Y aparecen los niños con cámaras infladas que fungen de salvavidas y se inician las ardorosas pichanguitas en la arena, los quiebres y las patadas, los goles y la piconería; también llegan las parejitas envueltas en mohines y caricias.

Hacia el sur y pasando el muelle del pueblo, está Punta Veleros. Aquí todo es más calmado, sin llantas salvavidas y sin partiditos entre solteros y casados. Sosiego y tranquilidad, la misma que se siente en Vichayito, la playa del distrito con mayor infraestructura turística. Se encuentra a 5 kilómetros al norte del centro de Los Órganos y al ladito de Máncora, nomás.

Dejo de caminar. Mis piernas piden descanso. Me siento en la arena y contemplo el mar y, quizás por el agotamiento, me parece que cada ola me convoca, me incita a entrar.

Pretendo hacerlo, me levanto, me acerco… me arrepiento, es culpa del encanto, porque vaya a saber porque extraña razón, percibo que si en ese instante me dejaba atrapar por las aguas, nunca más abandonaría Los Órganos.

Será para la próxima. En junio, cuando se festeje a San Pedro y este viajero –según el augurio de los pescadores- se perderá con alguna sirenita en los farallones de la caleta El Ñuro. Sólo queda esperar. El tiempo vuela, dicen. Ojalá que sea verdad. (Rolly Valdivia Chávez).

jueves, enero 05, 2006

Días de Verano

Caluroso norte de playas benditas y olas refrescantes. Sol y arena, días distintos y divertidos en la plácida Punta Veleros (distrito de Los Órganos, Piura), donde un grupo de niños -traviesos, inquietos, sonrientes-juguetean en las aguas del Pacífico, con viejas cámaras de neumáticos mil veces parchadas.
"Señor, señor, una fotito", piden y corretean... Clic, sus siluetas bronceadas fueron perpetuadas por nuestro lente.












La inesperada presencia de un intruso, genera el pánico en una colonia de aves marinas apostadas en un promontorio en el distrito de Los Órganos, entre la caleta El Ñuro y Punta Veleros, dos lugares fantásticos de la costa norteña.
Alas abiertas, un retazo de arena seductora y la espumosa agonía de las olas en la orilla playera, crean un ambiente en el que impera la magia de la naturaleza.

Mientras algunos se divierten o dormitan en la arena tibia, un aguerrido pescador de la Quebrada Verde (distrito de Los Órganos, Piura), hala una rústica balsa de madera, cargada con los "frutos del mar" extraídos por las bolicheras que despuntan en el horizonte.
En Quebrada Verde no hay muelle, por lo que las lanchas atracan a varios metros de la orilla, obligando a los curtidos hombres de mar, a realizar esta fatigosa tarea.

Cuando cae el sol al final de la tarde, el horizonte se convierte en una intensa hoguera naranja, entonces, sólo queda levantar la ojos, observar en silencio y dejarse embrujar, mientras en voz bajita agredeces al mar y al sol, a la arena y a las aves, a los niños con sus neumáticos salvavidas y los pescadores que cosechan en el Pacífico, por regalarnos días inolvidables y sabrosos. Días de verano.

martes, enero 03, 2006

El Último Clic del 2005


En un viaje relámpago a la calurosa ciudad de Nasca (Ica), el lente de Explorando Perú fue conquistado por los encendidos y provocadores colores del mural de una discoteca.

Cuando nos preparábamos a captar la imagen, la mustia cercanía de un triciclero se constituyó en un elemento de contraste, en un detalle irresistible que, a nuestro entender, mejoraba la composición fotográfica.

Así nació este clic que se convertiría en el último del 2005. La imagen, captada la mañana del 30 de diciembre, nos sirve para reafirmar nuestro compromiso de recorrer el Perú en búsqueda de experiencias y aventuras, que nos permitan nutrirnos con la sabiduría que emana de los caminos.

Como siempre, usted está invitado a viajar con nosotros. Prepare su mochila y únase a la aventura de conocer el Perú.