lunes, marzo 16, 2015

Los caballitos de don Meche

José Mercedes Huamanchumo Ucañán o simplemente don Meche es pescador desde hace 53 años en las aguas no siempre pacíficas de Huanchaco (Trujillo, La Libertad). 

Él no es el primer pescador de su familia. Tampoco será el último. Dos de sus hijos se ganan la vida en el mar. Ellos siguen los pasos de su padre, sus abuelos y bisabuelos. "Viene de generaciones", proclama enjundioso. 

Así se aprende. Así se mantiene una tradición que va más allá de las faenas oceánicas. Y es que don Meche, a sus 73 años, sigue siendo un "trome" en la construcción de los caballitos de totora. 

"Cuando era muchacho en 12 horas me hacía hasta 18 caballitos de tres tamaños distintos. Terminaba muerto. Ese día mi señora descansaba tranquila", bromea sin dejar de darle forma a esa embarcación de origen prehispánico que todavía se mantiene a flote en algunas caletas del norte peruano.  

Una más, una de muchas, una de tantas, tantísimas, que ya no tiene ni idea de cuántas ha construido en su vida. Lo que si sabe es que él, con su hermano, son los únicos "viejos" que continúan con esa labor artesanal.

"Los otros son muchachos -como su sobrino Ernesto Montoya quien lo acompaña en esta jornada-. En total seremos 30. No hay más", afirma con nostalgia o como si temiera que esa muestra de resistencia cultural, termine por hacer agua y naufrague.

Mejor no pensar en eso. Mejor terminar el caballito al toque y recuperar fuerzas con un buen ceviche o un cangrejo reventado. Y es que don Meche no solo se entiende con la totora y las redes, también tiene una ramada donde se preparan delicias marinas que arman la fiesta en los paladares. 

Pero eso será después. Ahora, don Meche, sigue trabajando, sigue perpetuando la costumbre de su pueblo. 

jueves, febrero 05, 2015

El primer Clic del 2015


Máscaras de carnaval en el taller de Roberto Aguirre Bazán, el Chinito, diestro artesano que desde hace 57 años contribuye con su arte a mantener la alegría de la mayor celebración de su ciudad, Cajamarca.  

Desde su taller en el jirón Junín del Centro Histórico, el maestro se deja ganar por la tristeza cuando recuerda los carnavales de antaño. Su actitud nostálgica y su gesto de desaliento no encaja con el espíritu festivo de su obra. 

Son cosas que pasan. Contradicciones carnavalesca en una capital regional que el 14, 15 y 16 de febrero será invadida por los personajes enmascarados de las patrullas y comparsas que se forman en los barrios urbanos. 

¿Cuántas de esas caretas habrán sido fabricadas por don Roberto? 

miércoles, diciembre 31, 2014

El retorno de Explorando

Preparen los clarines. El autor de Explorando promete volver con fuerza en el 2015 

Soy un ingrato. He abandonado este espacio. Me he dejado vencer por la desidia. Fui seducido por la brevedad y la inmediatez de las redes sociales. Allá se fueron mis palabras, mis historias, mis dudas y hasta mis temores. Aquí se entronizó el olvido, como si no tuviera nada que contar o ya no me interesara compartir las vivencias del camino.

Soy un ingrato. Lo sé. Lo admito. También me arrepiento. No debí alejarme de este blog… pero lo hice, sin darme cuenta que Explorando fue siempre una ventana abierta para la anécdota y la reflexión viajera, donde experimenté y hasta jugué con las palabras. Así nacieron muchos textos extraños o disparatados. Relatos que no olvido. Relatos que me siguen gustando.

Soy un ingrato con propósito de enmienda. Hoy rompo el silencio para decir que en el 2015, se acabará el olvido. Explorando volverá. Es una deuda que tengo que saldar. Es algo que le debo a mis lectores y a los caminos. Bienvenidos nuevamente. Feliz año para todos. 

Foto referencial: Clarinero en la plaza de Armas de Cajamarca.

martes, abril 22, 2014

De huelgas y mundiales

Donde el autor vuelve a las andadas y en vez de escribir sobre su último viaje a Huancavelica, se atreve a publicar este extraño texto, inspirado en el paro de los maestros. 

Desde el balcón de mi primer hogar en Jesús María, veía marchar a los profesores de mi colegio, la 1100. Ellos estaban en huelga, en esa gran huelga de los últimos años de la dictadura militar que coincidió con mi estreno como estudiante de primaria y mi debut como espectador de los mundiales de fútbol.

Así, entre las arengas de los profesores, el intercambio de figuritas para el álbum de Argentina 78, y los comunicados oficiales del ministerio de Educación que se leían en las pausas de los programas televisivos, fui aprendiendo a leer el mi mamá me mima en las páginas del ya mítico libro Coquito.

Aprendí a pesar de la huelga y de esas marchas de la que era testigo desde mi balcón, lo que me permitía identificar a los profesores de esa escuela experimental en la que se estudiaban “las ciencias y el arte”, con el propósito de sacar adelante a “nuestra gran patria”. Al menos eso es lo que decía el himno que entonábamos los lunes.

Lamentablemente, los jugadores dirigidos por Marcos Calderón desconocían el cántico de mi colegio. Incapaces de sacar adelante a “nuestra gran patria”, ellos retornarían del mundial con las maletas llenas de goles, luego de una auspiciosa fase de grupos en la que el equipo fue una máquina de buen fútbol.

Pero la segunda vuelta fue un desastre. Perú, como se ironizó en un diario de la época, fue un equipo de “acero”: cero puntos y cero tantos a favor; en cambio, los goles en contra fueron muchos, tres contra Brasil, uno frente a Polonia y seis en el duelo con Argentina, resultado milagroso que clasificaría a los locales a la final del campeonato.

Que se pierda por goleada no es una novedad. Todo lo contrario. Suele ocurrir para tristeza de los hinchas. Esa lección la aprendí siendo un niño, pero no en el libro Coquito ni en las aulas de la 1100, tampoco en el balcón desde que veía marchar a los docentes de las escuelas nacionales de Jesús María.

Y allí estaba el profesor Bustamante, que tenía fama de malo y castigador, aunque solo en las aulas. Nunca cuando “afanaba” a la profesora Rebeca que, según parece, tenía mucho que enseñar. Tampoco en los estadios, donde cambiaba la tiza por el silbato y los cuadernos por las tarjetas rojas y amarillas.

Decían en el colegio que el díscolo Roberto Challe lo golpeó en pleno partido. El “profe” –tan rudo y severo con sus estudiantes, a quienes ordenaba hacer ranas y planchas si se portaban mal o no sabían la lección- no reaccionó. Arrugó toditito, como cuentan que sucedió, también, con varios de los jugadores de nuestra selección.

Ellos, claro está, no fueron golpeados por el “niño terrible”. Nada de eso. Su susto tendría su origen en la inesperada visita de un cruento dictador que, en un inesperado arranque de pasión futbolística y de cordialidad extrema, quiso conocer a los jugadores de la blanquiroja.
  
Jorge Videla, en ese entonces presidente del país anfitrión, no era amante del balompié, pero sabía que la obtención de la Copa del Mundo distraería a sus compatriotas. Esa conquista aplacaría las tensiones políticas, dándole un respiro a su gobierno.

Eso explicaría el repentino interés de Videla por ingresar al camarín peruano en los instantes previos al decisivo partido contra Argentina; bueno, decisivo para ellos que debían de ganar por cuatro goles de diferencia, no para los nuestros que –vaya novedad- ya estaban eliminados hasta matemáticamente.

Al final fueron más de cuatro. Dos goles de yapa como para no levantar sospechas. Fue inútil. Hasta hoy existen dudas sobre ese encuentro que, tal vez por un mecanismo de defensa de mi memoria, he olvidado por completo. Es como si no lo hubiera visto.

Pero lo vi. A blanco y negro. En una televisión que tenía patitas y que solo encendía cuando calentaban los tubos. Sí, allí lo miré, luego de haber pasado varias horas en ese balcón desde el que oteaba a los profesores de la 1100, aunque no a todos, siempre faltaba la señorita Marielena. Mi maestra del primer grado.

Ella quería que dejara de ser zurdo. No lo consiguió. Mi madre se opuso tenazmente. Después me enseñaría a escribir -no la culpo de mi mala letra- y a leer en el libro Coquito, a pesar del percance ocurrido en la página que decía fruta (de niño no podía pronunciar la sílaba fru y la reemplazaba por pu).

Felizmente superé ese problema de lenguaje. Otras señoritas no habrían sido tan condescendientes como aquella docente que nunca estuvo en las protestas con el árbitro Bustamante ni con el profesor Callirgos, un maestro en el arte de renegar que, cuatro años después, le diría a sus alumnos que a Perú siempre lo goleaban en los mundiales. 

Cosas que ocurren cuando uno va a clases después de una derrota catastrófica. Ya no eran seis a cero contra Argentina sino cinco a uno frente a Polonia, con la diferencia que esta vez ningún dictador estuvo en el camarín de los nacionales. 

Perdimos por malos y acaso por pura costumbre, como siguen siendo una costumbre los paros, las huelgas y las marchas de los profesores, aunque no de la 1100. Y es que mi colegio ya no existe.   

viernes, abril 11, 2014

Recuerdo mundialista


Buscando en mis archivos fotográficos encontré esta imagen del 2006. La hice en Puerto Ocopa (Satipo, Junín), una tarde de fiebre mundialista en la que las selecciones de Brasil y Ghana se enfrentaban en Alemania... bueno, al menos, eso es lo que me dicta la memoria que, en cuestiones futboleras, suele ser bastante acertada.

Quizá por eso quería ser periodista deportivo. Esa era mi intención cuando postulé a la carrera de Comunicación Social. Ya en las aulas de San Marcos cambiaría mi perspectiva profesional, pero mi pasión se mantendría incólume. 

Una pasión que se incrementa día a día. Y es que Brasil 2014 está a la vuelta de la esquina. Justo en ese estado de expectación -que sería desbordante si la selección hubiera logrado el milagro de la clasificación- encontré el clic que acompaña estas palabras, entonces, decidí rescatarlo del olvido, para demostrar que el fútbol siempre será mucho más que una barra brava

Pero eso no es todo. Este encuentro fortuito me ha llevado a preguntarme si este año volveré a perderme algunos partidos por mis afanes de viajero. Me sucedió en Japón-Corea 2002. En esa ocasión, por andar de caminante en Choquequirao y el Camino Inca a Machu Picchu, me desentendí de los encuentros por varios o, quizás, demasiados días. 

Cuatro años después, tuve que partir hacia la Selva Central para visitar la catarata de Koari. En los inicios de esa travesía, una antena parabólica y un televisor protegido en un cajón de madera, me permitieron ver unos minutos al pentacampeón que sería eliminado por Francia en los cuartos de final.

En el último mundial, el camino me llevaría a una ruta de artesanos en Junín, la cual me impediría ser testigo del choque entre Uruguay y Ghana, un partido memorable por la mano de Suárez y el penal errado por los africanos en el último suspiro del suplementario. 

Al día siguiente, solo pude escuchar por radio la paliza de Alemania a la Argentina de Maradona y Messi, y ver de lejitos y en pleno almuerzo, el triunfo agónico de España contra la aguerridísima Paraguay. 

Qué se hace. Son gajes del oficio. Cosas que pasan y que, muy probablemente, se repetirán este año. Eso sí, la inauguración y la final no me las pierdo por nada... bueno, al menos esa es mi intención. 

martes, marzo 04, 2014

Hambre viajera

Protesto. No era una cena. Ni siquiera podía ser calificada de modesto lonchecito o frugal refrigerio. Me habían estofado, digo, estafado vilmente, y, para colmo de males, estaba bien frito pescadito. Y es que no existía manera de mejorar ese guisado, perdón, de solucionar el tremendo desaguisado, que tuvo su origen en mi pretenciosa intención de querer matar dos pájaros de un solo tiro.

Sí, pues, era mi culpa por no preguntar nada y creer ciega e ingenuamente en ese cartelito en el que se leía cena a bordo y servicio directo. Esos eran los dos pájaros que quería matar de un solo tiro, para tranquilidad de mis amigos observadores de aves quienes, probablemente, ya estaban desenfundando sus plumas virtuales para aderezar esta entrada con una retahíla de comentarios harto picantes.

Por eso aclaro el punto y agrego por si las moscas –con la venia de los entomólogos- que aquí no se describirá ningún “pajaricidio”.  Solo se recordará la desventuras de un viajero con más filo que una navaja Suiza y las angustias de un joven periodista al borde del despido -o acaso ya expectorado de la redacción- por no avisar que alargaría su travesía.
        
Esta situación desesperada le revelaría que el apuro, el hambre y la estrechez económica jamás son buenas consejeras. De esos son testigos el viajero y el periodista o, mejor dicho, el autor de estas palabras que se pegó uno de los mayores fiascos de su vida, cuando recibió aquella cena que jamás sería una cena, por más que la anunciaran con letras grandes, tan grandes que resultaban apetitosas.

Al menos para mí, al menos en aquella tarde de hace más de una década, en la que me aventuré en aquel bus que prometía comida y prontitud. Sí, sus motores ya estaban encendidos. Saldría rápido y en un par de horas mi estómago sería recompensado por la larga espera. Todo por el mismo precio. Baratito nomás. Qué más podía pedir. Estaba salvado y, gracias a mi genial decisión, me daría el lujo de conservar las diez luquitas del respeto.

Bueno, eso es lo que pensé al comprar mi boleto en el Terminal Terrestre de Arequipa, al que llegué abatido y con un apetito voraz –es pertinente señalar que no había desayunado ni almorzado- desde las alturas de Caylloma. En ese momento de tensión y debilitamiento, me debatía entre atacar cuchillo en mano algún buen potaje o subirme a las corridas al primer bus que saliera hacia Lima.

Fue entonces que leí aquel cartel que no era un cartel sino un milagro. En aquellos tiempos no existían demasiados servicios directos y menos alimentación a bordo. Es más, hasta ese momento nunca había comido en un vehículo en movimiento, desconociendo que dicha actividad requiere de ciertas habilidades relacionadas con las artes circenses.

Y es que se debe actuar como malabarista en las curvas cerradas y en las paradas intempestivas, para evitar una desgracia que podría indisponernos seria y severamente con el pasajero vecino. Pero eso lo aprendería después, no en el trayecto que estaba a punto de emprender con una sonrisa de satisfacción por mi sagacidad y por haberme librado de los restaurantes carreteros.

No es que sea un sibarita o una joyita para comer –recordando la frase de un comercial televisivo- pero la experiencia me ha enseñado que más allá de la buena sazón o de la salubridad, el criterio de selección de los choferes se sustenta en la abundancia, evidenciada clara y notoriamente en los platos con los que ellos son premiados por su fidelidad como clientes.

A ellos les importa muy poco si sus pasajeros tienen que andar como peregrinos para encontrar una mesa, hacer una cola digna del primer gobierno de García al momento de pedir su menú y, luego, llamar a los gritos o perseguir al mozo al mejor estilo de Reyna con Maradona, para que le lleven su plato de seco con frijoles.

Nada de eso pasaría gracias a mi brillante y certera decisión. Solo tenía que esperar, mantenerme tranquilo y no pensar en comida… fue imposible, me moría de hambre y mi mente -sin quererlo yo- imaginaba un lomito saltado, un arroz con pollo, un ají de gallina, un bistecito con sus papas fritas. Uhm, por qué no servían ya, ahora. Por qué la hacían tan larga.

Cuando ya estaba al borde del desmayo, detecté que el ayudante del conductor realizaba varios movimientos sospechosos y, a la vez, alentadores. Lo raro es que por ningún lado veía viandas, fuentes, platos ni tenedores. Tampoco percibía la tentadora fragancia de algún guiso. Traté de no preocuparme. Quizás estuviera constipado o existía un sistema que reducía los olores.

Qué ingenuo. Tremendamente ingenuo. De eso me daría cuenta después, al recibir la cena soñada. Casi me muero de la impresión. No me sirvieron papas, ni arroz, ni carne, ni pollo, ni pescado, tampoco vegetales o menestras. Lo único que hizo el ayudante fue entregarme un paquete de galletas de soda pequeñas y delgadas como hostias, y un vaso de gaseosa a medio llenar, para que el contenido no se rebalsara

Eso era todo. Eso era nada. La galleta no le hizo ni cosquillas a mi hambre. Exigí repetición. Fue inútil. Luego, le pregunté a mi compañero de asiento si sabía a qué hora pasaban el plato de fondo. Me miró raro. Se asustó. Prefirió cambiar de lugar. No quería viajar con ese loco que hablaba de un cartel con la palabra cena, una cena que no había visto ni olido ni comido.

Mis reclamos fueron vamos por lo que decidí cambiar de estrategia. Ya no pedía un plato rebosante, me conformaba con que el ómnibus se detuviera en el peor restaurante de la carretera o en cualquier puesto o carretilla modesta, donde ofrecieran algo que se pudiera comer. Pero eso era imposible. Recordé que en el cartel también se leía: servicio directo. 

Tuve que resignarme. Esa larga noche la pasaría descubriendo pollerías y chifas en las ciudades y pueblos que bordean la Panamericana. Al llegar a Lima, lo único en lo que pensaba era en un buen desayuno. No recuerdo si ese pensamiento se concretó, como tampoco recuerdo el nombre de la empresa que me trajo desde Arequipa. 

De lo que si estoy seguro es que no me echaron de la redacción y que, desde entonces, cuando tengo hambre, mucha hambre antes de subirme a un ómnibus interprovincial, me doy un tiempo para entretener a mi estómago, aunque esto atente contra mis diez luquitas del respeto. 

jueves, enero 02, 2014

El último clic, el primer clic

Antes de los brindis y las bombardas, de los abrazos y los bailes, de las doce uvas, del puñado de lentejas, de los baños de florecimiento, de las prendas amarillas y de las viajerísimas vueltas a la manzana... sí, antes de todas las celebraciones y rituales que marcaron el final y el principio de un calendario, la cámara de Explorando Perú llegó hasta la llamada Lengua Misteriosa, una oquedad natural en los alrededores de los baños de la Juventud en Churín (Pachangará, Oyón).

En este espacio natural de sombras y contrastes, en el que resplandecen las aguas del río Pachangará, se hizo el último clic del 2013, marcando el final de un año de exploraciones, relatos y fotografías en distintos escenarios del Perú, el país que seguiremos recorriendo con pasión y perseverancia en el 2014.

Al día siguiente, al recorrer las somnolientas calles de Churín, nos topamos con este camión. La provocadora frase escrita en su tolva, tentó a nuestro lente viajero que -por su labor itinerante- conoce alguito de carreteras y caminos, de curvas retadoras y huecos peligrosos, por lo que entiende y comparte la filosofía de manejo del propietario de este vehículo... por qué estamos hablando de conducir... ¿no es cierto? 

Espero no estar equivocado. Pero más allá de mi error o mi excesiva candidez, esta divertida frase se convirtió en el motivo principal del primer clic del año; pero, también, en una especie de tributo a la vieja costumbre de perpetuar mensajes de todo tipo en las tolvas de los camiones, una ingeniosa práctica que se va perdiendo poco a poco.