domingo, junio 09, 2013

Clic de la semana


Filosofía camionera en la feria ganadera y gastronómica de La Tablada, en las afueras de Chivay, la capital de la provincia de Caylloma (Arequipa). Es curioso, pero la frase escrita con letras rojas en la carretera de madera, resume -en cierta manera- mi manera de andar en las rutas.

Sí, a veces voy con prisa y pasos certeros,  en otras ocasiones -sobre todo en las bajadas y en las subidas muy exigentes- mido mis pasos, me muevo con cautela y a mi propio ritmo. No hay apuro que valga cuando sabes que lo más importante es llegar bien, llegar seguro, para emprender nuevos caminos. 

Desconozco si el conductor de este camión sigue a pie juntillas la frase de la carreta. Lo único que sé es que el vehículo estaba indemne y que partiría hacia un nuevo destino -lento o rápido, siempre seguro-, cuando acabara esta feria en la que no hay un estrado ni un tabladillo para la presentación musical de Los Primos del Perú y en la que un trío de canchitos vertiginosos se escapa de sus dueños. 

martes, marzo 19, 2013

Consigna aventurera: Menos preguntas, más viajes


De arranque y a la mala. Sin siquiera decirte un mísero hola o un huachafísimo hi o hello. Ellos van al ataque, frontales y decididos, dispuestos a no perder un segundo con un cómo estás o con un qué es de tu vida, fórmulas básicas de cortesía que los desviarían o retrasarían en la consecución de su único y real objetivo: información, datos, tal vez un consejo.

Eso es lo que quieren, lo que buscan, lo que siempre ocurre cuando se acerca un fin de semana largo o una festividad cargada de feriados; entonces, solo queda armarse de paciencia y esperar que, tarde o temprano, por correo electrónico o a través del Facebook, a veces por el blog, casi nunca por teléfono, se desate un tiroteo de indagaciones viajeras de grueso calibre.

Hay interrogantes de todo tipo. Las ruteras: adónde voy, qué sitio me recomiendas; las económicas: cuánto me cuesta, cuánto me vale; las climatológicas: hace calor o frío, ¡llueve!; las fashion: qué ropa llevo, voy con mochila o maleta; las médicas: me dará soroche; las gastronómicas: qué tal el combo, bien taipá; las seductoras: están buenas las flaquita; y las de seguridad: me van a asaltar.

Algunos, más atrevidos y avezados, se suben al coche y se postulan como compañeros de aventura o desventuras. Otros, los más susceptibles, se ofenden hasta el tuétano si retruco con una broma, me demoro unos minutos en responder o les hago notar que ni siquiera me han saludado, si son amigos, o presentado, si son perfectos desconocidos.

Y no es que me moleste hablar de rutas y destinos. Viajar y escribir es lo que hago y lo que me gusta. Es mi forma de vida. Pero eso no significa que sea una especie de peruanísima Guía Inca -ambulante o en línea- que se puede consultar las 24 horas. Las inquietudes siempre son bienvenidas. Las impertinencias, los berrinches y los apremios, jamás lo serán. 

Disculpen esta catarsis. Sé que no les interesa en lo más mínimo. Total, este blog es de crónicas y exploraciones, no de pataletas o rabietas periodísticas-viajeras ocasionadas por las proximidades de la Semana Santa, una de las fechas en las que se intensifican los tiroteos descritos en los párrafos anteriores y en la que reaparecen, como por milagro, varios amigos y amigas que el resto del año no me dan ni pelota.

Así que ya empiezan los adónde me voy y qué lugar me recomiendas. Y ahora qué digo, qué sugiero. ¿Me la juego por los clásicos Tarma, Ayacucho, Catacaos, aunque sepa que esas ciudades estarán desbordadas de gente? ¿Propongo una escapada poco santa a una playita caleta y distante?, o, ¿una excursión entre el soroche y las últimas lluvias de la sierra?

También podría plantear una tórrida travesía surcando ríos y explorando trochas amazónicas, o, una achicharrante búsqueda de geoglifos en las arenas y dunas del desierto sureño. Y es que al final, con o sin recomendaciones, con datos certeros o a punta de puros pálpitos, los caminos siempre se disfrutan. Es cuestión de animarse, de armar la mochila, de salir de casa e iniciar el recorrido.

Preguntar menos y viajar más. Quizás esa sea la moraleja de este texto que comenzó como un berrinche y termina siendo una invitación abierta a recorrer el Perú, porque más allá del destino elegido, echarse andar siempre es mejor que quedarse en casa. Se lo digo por experiencia, esa misma experiencia con la que absolveré las inquietudes de quienes quieren aventurarse en Semana Santa.

Eso sí, no dejen de decirme hola y de tenerme un poquito de paciencia.

miércoles, febrero 27, 2013

Crónica de la nada

Donde el autor trata de justificar su disparatado texto y su carencia de ideas, apelando al ridículo argumento de que sus neuronas están de vacaciones o en huelga. 

Quiero escribir. El problema es que no se me ocurre ningún tema. Creo que mis neuronas están de vacaciones o se han declarado en huelga, aunque desconozco su posible lugar de descanso y no sé nada sobre su pliego de reclamos. Otra posibilidad –que me resisto a admitir- es que las susodichas se encuentren medias oxidadas por falta de uso o utilización inadecuada.


Debo alejar ese pensamiento. Esta falta de ideas es temporal. Voy a concentrarme, a recordar, a buscar anécdotas, personajes, vivencias que pueda contar. Vamos, Rolly, escarba en tu memoria, enfócate en un viaje, en un pueblo, tal vez en un día de fiesta con procesión y plegarias, con bombardas y sahumerios, con danzantes y músicos, con harta cervecita y tragos de fantasía.

Ya me estoy animando. Recuerdo a unas chinas diablas de miradas seductoras, y minifaldas encogidas que me incitan a… ¡no!, ¡alto!, lo dejo ahí. Van a creer que mi creatividad solo se aviva al evocar el bailoteo insinuante de una señorita de sonrisa fulminante. No hay duda, debo cambiar de remembranza para no estropear -¿aún más?- mi reputación.

Cero celebraciones y muchachas danzarinas. Caminata. ¡Una caminata! Eso está mejor. En dichas historias escasean las chicas minifalderas. Lo que sobra es el cansancio, los calambres y, en las primeras aventuras, las ampollas. ¡Oh, no!, ahora voy a parecer un debilucho, eso atenta contra mi imagen de viajero de pasos vencedores y andar incansable.


No digo irresistible porque me da roche y después van a estar murmurando que me promociono descaradamente, cuando en verdad soy como un pan que no se vende y firme candidato para quedarme vistiendo santos o santas. Qué horror.  Descarto la caminata por ser atentatoria a mis intenciones de conquistador y mis afanes casamenteros, inubicables todavía, pero por algún lado deben de estar.


Sin fiesta y sin andanzas. Qué me queda. Un pueblo, una playita o paraje de altura. No está mal. Cuento como llegué y lo describo. Suena simple, sencillo, papayita, pero –ahí está el maldito pero que todo lo malogra- si mi pensante está de vacaciones o en huelga, se refugiará en la ley del mínimo esfuerzo, entonces, mis párrafos serían un derroche de “hermosos”, “fantásticos”, “espectaculares” y “bellísimos”.


En ese caso preferiría apagar la máquina y darle la victoria a la pantalla en blanco. Me niego a escribir en modo folletín turístico. La situación amerita medidas extremas. Es hora de cachetearme, de tirar de las últimas mechas de mi ya casi extinta cabellera. Es hora de recurrir al guapeo, a las arengas, a los sapos y culebras, a las frases cargadas de ira que anuncian mi retiro prematuro de las lides periodísticas.


A las musas ni las llamo. Ellas me ignoran o me miran de lejitos. Ya no me susurran frases al oído. En parte es mi culpa. A veces o muchas veces, no seguí sus sugerencias y me despaché por mi cuenta y riesgo. Se resintieron, pues, y me dejaron tirando cintura. Se estarán riendo de mi aturdimiento y quizás –bien extremistas resultaron- hasta azuzando a mis neuronas para que sigan en huelga.


Hoy ninguna estrategia funciona. Ni los recuerdos ni los gruñidos. Solo me mantiene mi terquedad. Quiero elaborar un texto. ¿Sobre qué?, no tengo ni idea. Empezaré a teclear las palabras que se me ocurran, palabras que formarán frases sin sentido, las cuales terminarán redondeando párrafos descabellados que dirán poco o nada, o, visto desde otra perspectiva, tratarán sobre la nada.


Nunca he escrito sobre la nada. Me falta experiencia en ese tema que transciende a lo periodístico-viajero y se interna en las profundidades reflexivas de la filosofía. Caray, suena muy complicado. En mi cerebro hay menos luces que en una noche de apagón. Lo peor o lo realmente dramático es que no tengo ni un mísero fósforo que me permita alumbrar una idea.


Al tacho con lo de la nada filosófica por temor al papelón, la mofa y el escarnio. Mi situación es desesperada. Quizás mi única salida sea la de armar un escrito sobre nada importante. En ese menester, si es que les presto oído a los comentarios de mis críticos, soy bastante ducho. Y es que no faltan por ahí o por allá, algunas voces que espetan con desparpajo que eso de viajar y escribir no es cosa seria.


"Vacaciones disfrazadas". "Vagancia convertida en periodismo". "Notas de relleno en diarios y revistas". Eso dicen y si no fuera por el apagón en el que me encuentro, ni siquiera los mencionaría, pero en estas circunstancias debo admitir mi agradecimiento hacia ellos. Sus argumentos me sirven para completar un par de párrafos e ir sacudiéndome de a pocos de la pereza neuronal.


Después de todo y a pesar de todo logré escribir. Eso sí, no me pregunten de que va este texto porque en verdad no lo sé. Acordemos, entre ustedes y yo, que trata de nada y que de la nada también se puede hacer un relato. Si es bueno o malo, es otro cantar. Lo único que alegaré en mi defensa es que prefiero una pantalla llena de palabras -mis palabras- al vacío irritante y retador de un monitor en blanco.

miércoles, febrero 20, 2013

Viajar para escribir

Como en la repetición está el gusto y, además, no hay primera sin segunda, en marzo vuelve el taller de crónicas Viajar para escribir, una oportunidad de compartir con todos los que aman los caminos y la palabra escrita, lo que he aprendido -poco a poco, paso a paso- en las redacciones y en las rutas de todo el país.

En esta aventura no ando solo. Me acompaña el explorador Clever Sobrino, amigo y aliado a quien conocí en Tarma. Entusiasta de los viajes y del montañismo, él transmite su experiencia en los caminos dando pautas para organizar una travesía exitosa, segura e inolvidable.

Si te gusta viajar y escribir o si te gusta viajar y no sabes cómo contar tus experiencias, te espero en el único taller que te enseñará a mantener a flote todos tus relatos. Será un gusto conocer, será un gusto que estés ahí.   

martes, enero 29, 2013

Viajar, sí... pero ¿en domingo?

Donde el autor, al momento de salir de excursión hacia la catarata de Huanano (San Jerónimo de Surco, Huarochirí) con los participantes del taller Viajar para escribir, reflexiona e intenta explicar por qué no es un fanático de las salidas domingueras ni de los voy y vuelvo viajeros. 

No me gustan las excursiones de un día. Esas en las que el viajero despierta a una hora infame y se echa andar a paso de zombi por las calles vacías. La situación empeora si la salida es el domingo, jornada que debe consagrarse al descanso y la meditación. Eso es lo que ordena el Todopoderoso y, si bien no tengo actitudes de beato ni vocación de santo, en este punto soy más riguroso que el mismísimo Creador.



En mi modesto parecer, cualquier actividad dominical debería considerarse como pecado mortal. Pero quién soy yo para darle consejos al de arriba, es más, quién soy yo para atreverme a aconsejar a los que andan aquí abajo, digamos en una coaster en la que no escasean los borrachitos insomnes y los trabajadores ojerosos que, entre bostezos, miran con cierto desdén o envidia a los achispados jaranistas.



Los pregones del cobrador y los alaridos radiales, casi siempre cumbiamberos o reguetoneros que se imponen en las charcherosas unidades del transporte público, son la banda sonora de esta escena. Pero eso no es todo, si uno es mala suerte, es posible que, a pesar de la hora, suba a la volada algún vendedor de productos golosinarios o un exconvicto redimido que ofrece cualquier cosa al precio ganga de un Nuevo Sol.

  
El producto no importa demasiado cuando el ofertante exhibe atrevidamente sus “chuzos”, cuenta varias de sus hazañas delictivas y explica que ya no quiere asaltarnos en una esquina. A buen entendedor, pocas palabras. A sacar el solcito o a pedirle a la virgencita de confianza que nuestros pasos no coincidan jamás con los del bisoño comerciante, menos en una esquina solitaria y penumbrosa.

Sé que podría salir perjudicado de ese encuentro, como sé, además, que al menos intentaría hacer la lucha. Eso sí, si en la mecha no me va muy bien, no tendría vergüenza de salir corriendo como alma que lleva el diablo, o, mejor dicho, como alma que escapa del choro. Así que esa no es la razón que me mantiene alejado o ajeno a las excursiones de ida y vuelta.



Mis razones son otras y las comencé a plantear en el primer párrafo, aunque en el segundo terminé yéndome por la tangente con esa historia de las coaster y sus alegres borrachines descarados que ahora proponían las del estribo y tentadoras incursiones hacia humeantes carpas de caldo de gallina o carretillas especializadas en la preparación de cebiches levantamuertos.



No, eso no. Prohibido cambiar de rumbo. Voy a una caminata dominguera por más que no me gusten las salidas de una sola jornada. Son muy cortas, rápidas, contra el reloj. Uno como que se queda con las ganas de seguir explorando y, de yapa, termina con un tremendo agotamiento y el lunes amenaza y hay que trabajar o, al menos, hacer la finta de manera convincente.



Sé que mi planteamiento puede sonar contradictorio. Soy un periodista viajero y dada mi condición no es descabellado colegir que soy un afanoso de las andanzas por las cercanías urbanas. Es no es cierto. Desconozco mayormente casi todas las cataratas, nevados, quebradas, pueblos y valles de la región Lima Provincias. Sí, lo admito, lo acepto con mucho pesar y hasta con cierto propósito de enmienda.



Y es que mi renuencia al ida y vuelta, y mi idea de que lo cercano lo puedo visitar en cualquier momento, cuando sea urgente y necesario, han conspirado en mi contra impidiéndome descubrir tantos lugares, cortándome la posibilidad de recorrer muchos caminos y de atesorar infinidad de vivencias y recuerdos, de esos que solo se encuentran en las rutas andariegas.



Intentaré cambiar. Quizás lo logre. Tal vez no. Por ahora, sigue sin cuadrarme eso de madrugar y salir a la calle hecho un muerto viviente. Tampoco me entusiasma retornar molido y pensando en las labores o en las fintas del día siguiente. No me queda otra que luchar contra mis ansias de sueño, mi flojera de fin de semana y hasta con el mandato divino que ordena descansar al sétimo día.

Si mis ganas de explorar terminan por imponerse, sumaré con resignación un pecado más en mi lista. Ya son muchos. Necesitaré tremendo abogado en el juicio final. Eso lo veré en su debido momento. Por ahora, no sé si ganará la pereza o la aventura. Ustedes qué creen. Le van al descanso desenfadado o al trajín rutero. Se aceptan apuestan. También cebiches y caldos de gallina.