martes, abril 22, 2014

De huelgas y mundiales

Donde el autor vuelve a las andadas y en vez de escribir sobre su último viaje a Huancavelica, se atreve a publicar este extraño texto, inspirado en el paro de los maestros. 

Desde el balcón de mi primer hogar en Jesús María, veía marchar a los profesores de mi colegio, la 1100. Ellos estaban en huelga, en esa gran huelga de los últimos años de la dictadura militar que coincidió con mi estreno como estudiante de primaria y mi debut como espectador de los mundiales de fútbol.

Así, entre las arengas de los profesores, el intercambio de figuritas para el álbum de Argentina 78, y los comunicados oficiales del ministerio de Educación que se leían en las pausas de los programas televisivos, fui aprendiendo a leer el mi mamá me mima en las páginas del ya mítico libro Coquito.

Aprendí a pesar de la huelga y de esas marchas de la que era testigo desde mi balcón, lo que me permitía identificar a los profesores de esa escuela experimental en la que se estudiaban “las ciencias y el arte”, con el propósito de sacar adelante a “nuestra gran patria”. Al menos eso es lo que decía el himno que entonábamos los lunes.

Lamentablemente, los jugadores dirigidos por Marcos Calderón desconocían el cántico de mi colegio. Incapaces de sacar adelante a “nuestra gran patria”, ellos retornarían del mundial con las maletas llenas de goles, luego de una auspiciosa fase de grupos en la que el equipo fue una máquina de buen fútbol.

Pero la segunda vuelta fue un desastre. Perú, como se ironizó en un diario de la época, fue un equipo de “acero”: cero puntos y cero tantos a favor; en cambio, los goles en contra fueron muchos, tres contra Brasil, uno frente a Polonia y seis en el duelo con Argentina, resultado milagroso que clasificaría a los locales a la final del campeonato.

Que se pierda por goleada no es una novedad. Todo lo contrario. Suele ocurrir para tristeza de los hinchas. Esa lección la aprendí siendo un niño, pero no en el libro Coquito ni en las aulas de la 1100, tampoco en el balcón desde que veía marchar a los docentes de las escuelas nacionales de Jesús María.

Y allí estaba el profesor Bustamante, que tenía fama de malo y castigador, aunque solo en las aulas. Nunca cuando “afanaba” a la profesora Rebeca que, según parece, tenía mucho que enseñar. Tampoco en los estadios, donde cambiaba la tiza por el silbato y los cuadernos por las tarjetas rojas y amarillas.

Decían en el colegio que el díscolo Roberto Challe lo golpeó en pleno partido. El “profe” –tan rudo y severo con sus estudiantes, a quienes ordenaba hacer ranas y planchas si se portaban mal o no sabían la lección- no reaccionó. Arrugó toditito, como cuentan que sucedió, también, con varios de los jugadores de nuestra selección.

Ellos, claro está, no fueron golpeados por el “niño terrible”. Nada de eso. Su susto tendría su origen en la inesperada visita de un cruento dictador que, en un inesperado arranque de pasión futbolística y de cordialidad extrema, quiso conocer a los jugadores de la blanquiroja.
  
Jorge Videla, en ese entonces presidente del país anfitrión, no era amante del balompié, pero sabía que la obtención de la Copa del Mundo distraería a sus compatriotas. Esa conquista aplacaría las tensiones políticas, dándole un respiro a su gobierno.

Eso explicaría el repentino interés de Videla por ingresar al camarín peruano en los instantes previos al decisivo partido contra Argentina; bueno, decisivo para ellos que debían de ganar por cuatro goles de diferencia, no para los nuestros que –vaya novedad- ya estaban eliminados hasta matemáticamente.

Al final fueron más de cuatro. Dos goles de yapa como para no levantar sospechas. Fue inútil. Hasta hoy existen dudas sobre ese encuentro que, tal vez por un mecanismo de defensa de mi memoria, he olvidado por completo. Es como si no lo hubiera visto.

Pero lo vi. A blanco y negro. En una televisión que tenía patitas y que solo encendía cuando calentaban los tubos. Sí, allí lo miré, luego de haber pasado varias horas en ese balcón desde el que oteaba a los profesores de la 1100, aunque no a todos, siempre faltaba la señorita Marielena. Mi maestra del primer grado.

Ella quería que dejara de ser zurdo. No lo consiguió. Mi madre se opuso tenazmente. Después me enseñaría a escribir -no la culpo de mi mala letra- y a leer en el libro Coquito, a pesar del percance ocurrido en la página que decía fruta (de niño no podía pronunciar la sílaba fru y la reemplazaba por pu).

Felizmente superé ese problema de lenguaje. Otras señoritas no habrían sido tan condescendientes como aquella docente que nunca estuvo en las protestas con el árbitro Bustamante ni con el profesor Callirgos, un maestro en el arte de renegar que, cuatro años después, le diría a sus alumnos que a Perú siempre lo goleaban en los mundiales. 

Cosas que ocurren cuando uno va a clases después de una derrota catastrófica. Ya no eran seis a cero contra Argentina sino cinco a uno frente a Polonia, con la diferencia que esta vez ningún dictador estuvo en el camarín de los nacionales. 

Perdimos por malos y acaso por pura costumbre, como siguen siendo una costumbre los paros, las huelgas y las marchas de los profesores, aunque no de la 1100. Y es que mi colegio ya no existe.   

viernes, abril 11, 2014

Recuerdo mundialista


Buscando en mis archivos fotográficos encontré esta imagen del 2006. La hice en Puerto Ocopa (Satipo, Junín), una tarde de fiebre mundialista en la que las selecciones de Brasil y Ghana se enfrentaban en Alemania... bueno, al menos, eso es lo que me dicta la memoria que, en cuestiones futboleras, suele ser bastante acertada.

Quizá por eso quería ser periodista deportivo. Esa era mi intención cuando postulé a la carrera de Comunicación Social. Ya en las aulas de San Marcos cambiaría mi perspectiva profesional, pero mi pasión se mantendría incólume. 

Una pasión que se incrementa día a día. Y es que Brasil 2014 está a la vuelta de la esquina. Justo en ese estado de expectación -que sería desbordante si la selección hubiera logrado el milagro de la clasificación- encontré el clic que acompaña estas palabras, entonces, decidí rescatarlo del olvido, para demostrar que el fútbol siempre será mucho más que una barra brava

Pero eso no es todo. Este encuentro fortuito me ha llevado a preguntarme si este año volveré a perderme algunos partidos por mis afanes de viajero. Me sucedió en Japón-Corea 2002. En esa ocasión, por andar de caminante en Choquequirao y el Camino Inca a Machu Picchu, me desentendí de los encuentros por varios o, quizás, demasiados días. 

Cuatro años después, tuve que partir hacia la Selva Central para visitar la catarata de Koari. En los inicios de esa travesía, una antena parabólica y un televisor protegido en un cajón de madera, me permitieron ver unos minutos al pentacampeón que sería eliminado por Francia en los cuartos de final.

En el último mundial, el camino me llevaría a una ruta de artesanos en Junín, la cual me impediría ser testigo del choque entre Uruguay y Ghana, un partido memorable por la mano de Suárez y el penal errado por los africanos en el último suspiro del suplementario. 

Al día siguiente, solo pude escuchar por radio la paliza de Alemania a la Argentina de Maradona y Messi, y ver de lejitos y en pleno almuerzo, el triunfo agónico de España contra la aguerridísima Paraguay. 

Qué se hace. Son gajes del oficio. Cosas que pasan y que, muy probablemente, se repetirán este año. Eso sí, la inauguración y la final no me las pierdo por nada... bueno, al menos esa es mi intención. 

martes, marzo 04, 2014

Hambre viajera

Protesto. No era una cena. Ni siquiera podía ser calificada de modesto lonchecito o frugal refrigerio. Me habían estofado, digo, estafado vilmente, y, para colmo de males, estaba bien frito pescadito. Y es que no existía manera de mejorar ese guisado, perdón, de solucionar el tremendo desaguisado, que tuvo su origen en mi pretenciosa intención de querer matar dos pájaros de un solo tiro.

Sí, pues, era mi culpa por no preguntar nada y creer ciega e ingenuamente en ese cartelito en el que se leía cena a bordo y servicio directo. Esos eran los dos pájaros que quería matar de un solo tiro, para tranquilidad de mis amigos observadores de aves quienes, probablemente, ya estaban desenfundando sus plumas virtuales para aderezar esta entrada con una retahíla de comentarios harto picantes.

Por eso aclaro el punto y agrego por si las moscas –con la venia de los entomólogos- que aquí no se describirá ningún “pajaricidio”.  Solo se recordará la desventuras de un viajero con más filo que una navaja Suiza y las angustias de un joven periodista al borde del despido -o acaso ya expectorado de la redacción- por no avisar que alargaría su travesía.
        
Esta situación desesperada le revelaría que el apuro, el hambre y la estrechez económica jamás son buenas consejeras. De esos son testigos el viajero y el periodista o, mejor dicho, el autor de estas palabras que se pegó uno de los mayores fiascos de su vida, cuando recibió aquella cena que jamás sería una cena, por más que la anunciaran con letras grandes, tan grandes que resultaban apetitosas.

Al menos para mí, al menos en aquella tarde de hace más de una década, en la que me aventuré en aquel bus que prometía comida y prontitud. Sí, sus motores ya estaban encendidos. Saldría rápido y en un par de horas mi estómago sería recompensado por la larga espera. Todo por el mismo precio. Baratito nomás. Qué más podía pedir. Estaba salvado y, gracias a mi genial decisión, me daría el lujo de conservar las diez luquitas del respeto.

Bueno, eso es lo que pensé al comprar mi boleto en el Terminal Terrestre de Arequipa, al que llegué abatido y con un apetito voraz –es pertinente señalar que no había desayunado ni almorzado- desde las alturas de Caylloma. En ese momento de tensión y debilitamiento, me debatía entre atacar cuchillo en mano algún buen potaje o subirme a las corridas al primer bus que saliera hacia Lima.

Fue entonces que leí aquel cartel que no era un cartel sino un milagro. En aquellos tiempos no existían demasiados servicios directos y menos alimentación a bordo. Es más, hasta ese momento nunca había comido en un vehículo en movimiento, desconociendo que dicha actividad requiere de ciertas habilidades relacionadas con las artes circenses.

Y es que se debe actuar como malabarista en las curvas cerradas y en las paradas intempestivas, para evitar una desgracia que podría indisponernos seria y severamente con el pasajero vecino. Pero eso lo aprendería después, no en el trayecto que estaba a punto de emprender con una sonrisa de satisfacción por mi sagacidad y por haberme librado de los restaurantes carreteros.

No es que sea un sibarita o una joyita para comer –recordando la frase de un comercial televisivo- pero la experiencia me ha enseñado que más allá de la buena sazón o de la salubridad, el criterio de selección de los choferes se sustenta en la abundancia, evidenciada clara y notoriamente en los platos con los que ellos son premiados por su fidelidad como clientes.

A ellos les importa muy poco si sus pasajeros tienen que andar como peregrinos para encontrar una mesa, hacer una cola digna del primer gobierno de García al momento de pedir su menú y, luego, llamar a los gritos o perseguir al mozo al mejor estilo de Reyna con Maradona, para que le lleven su plato de seco con frijoles.

Nada de eso pasaría gracias a mi brillante y certera decisión. Solo tenía que esperar, mantenerme tranquilo y no pensar en comida… fue imposible, me moría de hambre y mi mente -sin quererlo yo- imaginaba un lomito saltado, un arroz con pollo, un ají de gallina, un bistecito con sus papas fritas. Uhm, por qué no servían ya, ahora. Por qué la hacían tan larga.

Cuando ya estaba al borde del desmayo, detecté que el ayudante del conductor realizaba varios movimientos sospechosos y, a la vez, alentadores. Lo raro es que por ningún lado veía viandas, fuentes, platos ni tenedores. Tampoco percibía la tentadora fragancia de algún guiso. Traté de no preocuparme. Quizás estuviera constipado o existía un sistema que reducía los olores.

Qué ingenuo. Tremendamente ingenuo. De eso me daría cuenta después, al recibir la cena soñada. Casi me muero de la impresión. No me sirvieron papas, ni arroz, ni carne, ni pollo, ni pescado, tampoco vegetales o menestras. Lo único que hizo el ayudante fue entregarme un paquete de galletas de soda pequeñas y delgadas como hostias, y un vaso de gaseosa a medio llenar, para que el contenido no se rebalsara

Eso era todo. Eso era nada. La galleta no le hizo ni cosquillas a mi hambre. Exigí repetición. Fue inútil. Luego, le pregunté a mi compañero de asiento si sabía a qué hora pasaban el plato de fondo. Me miró raro. Se asustó. Prefirió cambiar de lugar. No quería viajar con ese loco que hablaba de un cartel con la palabra cena, una cena que no había visto ni olido ni comido.

Mis reclamos fueron vamos por lo que decidí cambiar de estrategia. Ya no pedía un plato rebosante, me conformaba con que el ómnibus se detuviera en el peor restaurante de la carretera o en cualquier puesto o carretilla modesta, donde ofrecieran algo que se pudiera comer. Pero eso era imposible. Recordé que en el cartel también se leía: servicio directo. 

Tuve que resignarme. Esa larga noche la pasaría descubriendo pollerías y chifas en las ciudades y pueblos que bordean la Panamericana. Al llegar a Lima, lo único en lo que pensaba era en un buen desayuno. No recuerdo si ese pensamiento se concretó, como tampoco recuerdo el nombre de la empresa que me trajo desde Arequipa. 

De lo que si estoy seguro es que no me echaron de la redacción y que, desde entonces, cuando tengo hambre, mucha hambre antes de subirme a un ómnibus interprovincial, me doy un tiempo para entretener a mi estómago, aunque esto atente contra mis diez luquitas del respeto. 

jueves, enero 02, 2014

El último clic, el primer clic

Antes de los brindis y las bombardas, de los abrazos y los bailes, de las doce uvas, del puñado de lentejas, de los baños de florecimiento, de las prendas amarillas y de las viajerísimas vueltas a la manzana... sí, antes de todas las celebraciones y rituales que marcaron el final y el principio de un calendario, la cámara de Explorando Perú llegó hasta la llamada Lengua Misteriosa, una oquedad natural en los alrededores de los baños de la Juventud en Churín (Pachangará, Oyón).

En este espacio natural de sombras y contrastes, en el que resplandecen las aguas del río Pachangará, se hizo el último clic del 2013, marcando el final de un año de exploraciones, relatos y fotografías en distintos escenarios del Perú, el país que seguiremos recorriendo con pasión y perseverancia en el 2014.

Al día siguiente, al recorrer las somnolientas calles de Churín, nos topamos con este camión. La provocadora frase escrita en su tolva, tentó a nuestro lente viajero que -por su labor itinerante- conoce alguito de carreteras y caminos, de curvas retadoras y huecos peligrosos, por lo que entiende y comparte la filosofía de manejo del propietario de este vehículo... por qué estamos hablando de conducir... ¿no es cierto? 

Espero no estar equivocado. Pero más allá de mi error o mi excesiva candidez, esta divertida frase se convirtió en el motivo principal del primer clic del año; pero, también, en una especie de tributo a la vieja costumbre de perpetuar mensajes de todo tipo en las tolvas de los camiones, una ingeniosa práctica que se va perdiendo poco a poco.  


jueves, octubre 31, 2013

Una historia de fantasmas, sin fantasmas


Hace algunos días me preguntaron si en mis viajes había tenido encuentros paranormales. Con un poco de tristeza –porque siempre es bueno tener una historia alucinante que contar- confesé que jamás he vivido una experiencia con fantasmas, aparecidos, cucos, condenados o cabezas voladoras. Tampoco con esa banda de pishtacos saca grasas de la que habló cierta autoridad policial.

Nada de nada, admití ante la desazón de quienes me escuchaban. Ellos tuvieron con conformarse con una que otra anécdota relacionadas con el tema y que no eran demasiado terroríficas e impactantes. Pero no era mi culpa. Las almas en pena se rehúsan a asustarme y ni siquiera se animan a darme una ‘jaladita de pata’. Y no precisamente por la razón que varios de ustedes podrían estar pensando.

Lo más extraño –y esta es una reflexión que fungió como respuesta- es que he estado en lugares en los que, según varias voces, han ocurrido sucesos inexplicables, de esos que te ponen la piel de gallina y los pelos de punta, aunque esto último sería prácticamente imposible en mi caso. Los que me conocen o hayan visto una fotografía de mi rostro, sabrá entender el porqué.

Volviendo al tema, en una de esas ocasiones recibí pautas y consejos sobre la manera en la que debería de actuar, si mi sueño era interrumpido por algún aparecido. El procedimiento era bastante sencillo o al menos parecía serlo. Lo único que tenía que hacer era mantener los ojos cerrados y decir todas las groserías, lisuras, sapos y culebras que fueran parte de mi vocabulario.  

Fue un profesor de escuela el que me dictó esas recomendaciones. Creo que también me dijo que no era mala idea, poner una tijera o cuchara debajo del colchón, aunque esto podría ser una jugarreta de mi memoria. Lo que si recuerdo con claridad es que el docente sazonó su prédica con varios “ajos y cebollas”, como para que no quedara ninguna duda.

En aquella clase inesperada en uno de los cuartos del hotel Municipal de L…, en la sierra de Lima, se hablaría de una maestra que se marchó del pueblo muerta de miedo, por las situaciones paranormales que casi todas las noches acontecían en su cuarto. La pobre jamás pudo derrotar o espantar a los fantasmas, supongo que por una carencia alarmante de “verbo florido”.

Después de todo lo escuchado, estaba seguro que al fin me enfrentaría a un espectro. Así que antes de dormir, preparé y ordené mentalmente un variado y procaz repertorio, que incluía harta jerga para despistar más a mi posible contrincante. De esa manera le quedaría claro que que no se enfrentaba a un palomilla de ventana sino a un viajero que tenía calle y esquina.

Pero esa noche no pasó nada. Bueno, nunca ha pasado nada. Quizás en mi próxima travesía. Uno nunca sabe. Ojalá nomás que recuerde mi arsenal de palabrotas, con sus ajos y cebollas, con sus sapos y culebras. Eso demostraría que no fue en vano la lección recibida en el cuarto del hotel Municipal de L…, en la serranía de Lima. 

lunes, octubre 21, 2013

Explorando Waqrapukara

Es un niño, un niño que se aleja de su comunidad por un sendero sinuoso que, irremediablemente, terminará faldeando los cerros. Es un pastor, un pastorcito con una varilla en sus manos con la que juguetea sin demasiada alegría. Es un niño y es un pastor que va detrás de su rebaño que no es numeroso, apenas unas cuantas cabezas, tan pocas que le sobrarían los dedos de las manos para contarlas.

Tanto el niño que es pastor y sus animales que jamás serán mascotas, andan con pereza, sin apuro ni prisas, como si estuvieran aburridos de hacer el mismo camino todos los días, bueno, al menos los cuadrúpedos, porque el niño no anda por aquí todos los días. Durante la semana es un estudiante que aprende a leer y escribir en la modesta escuela de su pueblo.

Pero hoy es sábado. No hay lecciones en las aulas ni travesuras en el recreo. Por eso el niño es un pastor que solo volverá a su casa en la antesala de la noche, cuando el frío de las alturas se despereza y se impone. Si se apura en el retorno, quizás pueda corretear tras la pelota en las afueras de la vieja iglesia. Allí juegan los muchachitos de Santa Lucía. Allí gritan sus goles y festejan sus triunfos. 

Eso es lo que podría ocurrir después, no en este instante, porque el niño, que también es pastor, ha detenido sus pasos al escuchar una voz en quechua, una voz que no conoce, una voz que no es de su pueblo. La conversación es breve. Un puñado de frases. Varios gestos y un dedo infantil señalando un punto lejano, remoto, perdido en el horizonte.

No hay otras palabras ni señales. El niño vuelve a quedarse solo. Delante van sus animales. Estos se orillan o se espantan aterrados cuando esos extraños se acercan a paso vigoroso. Ellos –aún frescos y pletóricos de energía- quieren ganarle la partida a las horas. Su deseo es retornar bajo el amparo de los rayos de ese Sol que despunta impetuoso entre las cumbres.

Sospechan del clima. Le temen a la lluvia. Sienten incertidumbre. Es la primera vez que emprenden esta ruta. “Es la más corta a Waqrapukara, cerquita está”, les había dicho un emolientero en Pomacanchi. “Fácil es. En la tarde ya están de regreso”, agregaría Ignacio, el taxista que los condujo a la comunidad de Santa Lucía. “Sigan el camino. No se perderán”, recomendaría Celso desde la puerta de su casa.

El bastión del rebelde
Ese niño, ese pastor. Sí, a él había que preguntarle, él tenía que saber si ese era realmente el trazo que, en dos o en tres horas, los llevaría a esa ¿fortaleza?, ¿ciudad? o ¿templo? que era linda, hermosa y bien bonita, como les habían comentado al servirles la yapa en sus vasos humeantes, al pedir orientación en una bodega sombría y en las casi dos horas que dieron brincos por una carretera agujereada.

Debían alcanzarlo. Hacer que se detenga. Un grito en quechua y ese niño, ese pastor, voltea, los mira, los espera. Frente a frente. Ojos grandes, pómulos prominentes, mejillas irritadas de Sol. Un gorro de lana, un pantalón raído y la varilla inmóvil en su mano. Monosílabos. Diálogo exiguo. Gestos con las manos y la cabeza. Lo necesario para saber por dónde está el legado de piedra de los antiguos.

Se esfuman las dudas. Derrotero correcto. Es cuestión de no dejarse ganar por el cansancio ni la altura, tampoco por la ansiedad que acelera su persistencia andariega, sus deseos de admirar cuanto antes las escaleras, las hornacinas, las puertas trapezoidales y el rosario de recintos erigidos por los hombres de la cordillera en un tiempo donde la historia se entrelazaba con las leyendas y los mitos.

Travesía hacia el pasado para descubrir el ¿reducto?, ¿pueblo? o ¿adoratorio? que los qanchis diseñaron con sapiencia en un lejana atalaya de piedra arenisca y que los Incas perfeccionarían después, dejando su sello en esa montaña de la margen derecha del río Percca (distrito de Acos). Un bastión de la arquitectura andina apenas conocido a pesar de su monumentalidad y lítica grandeza.

Ese era su destino. No estaban lejos. Se lo anunciaba el cansancio y la visión de esa formación rocosa similar a una cornamenta, a la que se aproximaban por una pendiente. De ella deriva el nombre del conjunto arqueológico de Waqrapukara (waqra: cuerno; pukara: fortaleza), el bastión y refugio de Tito Qosñipa, el curaca rebelde que encendió la ira del poderoso Huayna Cápac.

Pregonan las leyendas que la nación qanchi fue rebelde desde siempre. Este grupo humano, cuya pacarina (lugar de origen) habrían sido los cerros Willkacalle y Pucara, tuvo varias disputas con los incas. Vientos de guerra soplarían en las quebradas y las pampas, cuando Qosñipa se opuso a las exigencias de más tributos, planteada por el soberano cusqueño. 

Fortaleza de piedra
Ellos no pelean contra nadie. Solo quieren vencer su agotamiento para conocer la fortaleza en la que el cacique resistió el asedio de los Hijos del Sol. Dicen que la lucha duró un mes, que los levantiscos se quedaron sin agua, que los apresaron y los condujeron al “ombligo del mundo” para ser ejecutados. Eso nunca ocurrió. Respetaron sus vidas. Su castigo fue otro. Les cortaron las orejas.

Los pasos finales. Waqrapukara. 4163 metros de altitud. La cornamenta natural. Los recintos levantados desde antes de la rebelión de Qosñipa. Arquitectura prehispánica. Paisaje cerril. Contemplación sosegada para aquellos viajeros que tomaron el camino que nace en Santa Lucía, el más corto, pero no el único que serpentea victorioso hasta esta cumbre que atesora importantes huellas del pasado.

Varias rutas. Distintos puntos de partida: Huayki, Sangarará, Canchanura, Mulawata o Sarwiqocha. El mismo final: el emblema arqueológico de la provincia de Acomayo, con su “contorno pétreo que llama la atención debido a sus formas caprichosas, que la erosión fluvial y eólica fue plasmando en el transcurso del tiempo, adquiriendo algunas formas que insinúan figuras antropomorfas y zoomorfas”.

Así describe el panorama que observan los visitantes, Pedro Lizarzaburu Prado, arqueólogo responsable del Informe Anual 2011, conservación y mantenimiento de zonas y sitios arqueológicos de Canas y Acomayo. En su estudio señala que este lugar presenta “la característica de acoger los primeros rayos del Sol por las mañanas y los últimos en el ocaso”. Una evidencia de su importancia estratégica e ideológica.

Recuperar el aire. Se apacigua el corazón. Subir por escalerillas líticas de peldaños desiguales. Ascenso a las cornamentas, aquellas que se veían desde antes de llegar y eran el indicio, la razón para seguir insistiendo y conquistar lo más alto. Allí hay una plaza, un par de recintos de carácter ceremonial y hornacinas de doble y triple jamba, un detalle que demuestra el tesón y la prolijidad de sus constructores.
         
Arriba oteándolo todo. Las terrazas cultivables. Los otros senderos. Los requiebres del cañón del Apurímac. “Es linda, hermosa y bien bonita”, les habían dicho antes de partir hacia esa fortaleza que tiene algo de ciudad y de templo. Ya no sospechaban del clima. Retornarían con calma, acaso guardando físico para pelotear frente a la iglesia, con ese niño que los sábados es pastor y futbolista. 

miércoles, septiembre 04, 2013

Reflexiones viajeras: entre el azar y las vacas flacas

Donde el autor pierde la cordura y escribe sobre posibles sorteos inéditos pero sin cara y sello porque los tiempos no dan para lanzar monedas al aire. Todo lo contrario, es  menester atesorarlas hasta sumar por lo menos diez luquitas, cantidad que podría contentar, aunque sea un poquito, a los ladrones que pululan por la ciudad en estos tiempos de vacas flacas y crisis económicas, con posibles repercusiones interplanetarias. 

De tin marín de do pingüé. Así de simple debería de ser. Al chiripazo y a lo que salga para no torturar a mis neuronas. Sí, un sorteo, con papelitos garabateados –es decir, escritos con mi letra- y una mano casta, pura, casi inmaculada –quién dijo yo- escogiendo al azar el tema, la idea o el pálpito que debería inspirar y sustentar este relato.

Sí, lo sé, es un procedimiento que carece de profesionalismo y de agudeza periodística. Es más, ni siquiera es innovador. Todos los días se sacan papelitos al azar o se hacen volar monedas al aire, aunque el viejo método del cara o sello haya sido descartado por cuestiones de austeridad y de respeto a esas vacas flacas que jamás estuvieron demasiado gordas.

Al menos para mí, viajero convencido de que los caminos me llevarán a muchos lugares, pero jamás a la riqueza ni a la pobreza. Ni mucho ni poco. Lo necesario. Siempre las diez lucas del respeto y de la salvación en la billetera. Útiles ante cualquier urgencia económica, son también una especie de seguro de vida y antigolpizas, en el caso de ser atacado por uno o varios delincuentes de pacotilla.   

Y es que esos diez solcitos pueden marcar la diferencia entre pasar piola durante el atraco o recibir un terrible escarmiento por el delito de andar misio. La experiencia urbana enseña que los “choros” suelen molestarse cuando sus víctimas no tienen ni una tarjeta del Metropolitano. En cambio, no se avinagran demasiado si encuentran al menos un puñado de monedas o un billetito escondido.

Incluso se han reportado casos en los que el victimario luego de cumplir escrupulosa y diestramente con las tareas de su oficio, se ha apiadado de su ocasional víctima, entonces, con gesto desprendido y una bondad conmovedora, le ha “facilitado” un solcito para que “chape” su combi y se aleje cuanto antes de la escena del crimen.

También se sabe que, en alguna oportunidad, un ladrón satisfecho por la docilidad, cooperación y comportamiento ejemplar del asaltado, prometió protegerlo y no volverle a robar nunca más. Pero esta situación no se va a presentar si a uno lo encuentran recontra arrancado. Esa es la importancia y la función salvadora de las diez lucas del respeto, diez, no veinte como en el programa de la televisión.

Eso es demasiado, sobre todo en esta coyuntura en la que se informa, se explica, se alerta por aquí y por allá y no sé si en el más allá, que es el momento de apretarse los cinturones. Ay, mamita, se viene la crisis, sálvese quien pueda y qué Dios nos ayude, como dijera alguna vez un compungido exministro, porque esta crisis que ya llega o ya llegó, será nacional, internacional y según parece hasta interplanetaria.

Muchos se asustan, se desesperan y se deprimen por eso. No es mi caso. Yo estoy en otra. Yo estoy tentado de organizar un sorteo para decidir sobre qué diablos escribo. Eso sí, no será de la temida depresión con sus vacas flacas y sus ajustes de cinturones, aunque esto último sí lo necesito, por la súbita desaparición de mi prominente barriga que nunca fue cervecera… bueno, al menos no del todo.

Ya saben, si me ven por ahí y les sorprende mi delgadez, no piensen que es una consecuencia directa del caos económico mundial o de la subida del dólar en el mercado paralelo. Tampoco del bajón de los minerales o de la millonaria disminución del canon. Nada de eso… o quizás sí y ni siquiera me he dado cuenta. Vaya, esto es más grave de lo que imaginé.

Soy un irresponsable, señor, señora. En vez de pensar en redactar un artículo por órdenes del azar, debería de preocuparme de las inversiones que no tengo, de mis cuentas bancarias que jamás ganan intereses, de las tarjetas de crédito que nunca acepto, y, claro, cómo no, de iniciar cuanto antes los trámites de renovación de mi pasaporte. Así podría huir ni bien el barco empezara a hundirse.

No me burlo de la crisis. Lo que pasa es que siempre he vivido en crisis. Sí, lo sé, crisis personales, íntimas, cotidianas, no como esta que a decir de muchos analistas es nacional, internacional y acaso hasta interplanetaria. Eso sí que da miedo… bueno, a algunos compatriotas, no a todos, no a este viajero que siempre tendrá los caminos para perderse y encontrarse, para olvidar y soñar, para vivir y seguir creando.

Sí, creando relatos. ¿Mejores o peores que este? Eso no lo sé. Mi única certeza es que ya no haré un sorteo. Al final, la idea no prosperó. Fue un fiasco. Acabé escribiendo sobre otra cosa o sobre cualquier cosa. No es la primera vez. Tampoco será la última. De todos modos guardaré mis papelitos. Quizá elija uno antes de iniciar mi próximo texto.