viernes, julio 27, 2007

Feliz Día Perú

Sin bandera ni escarapelas. Sin desfiles ni discursos. Sin cantar el himno ni brindar con pisco; hoy, en Explorando, festejamos al Perú -con un día de adelanto por si acaso- de una manera distinta, mostrando los rostros de su gente, nuestros hermanos, nuestros compatriotas que hacen patria al ladito del Pacífico, en las faldas de los Andes, en las islas del Titicaca, en las riberas de los grandes ríos Amazónicos.

Los rostros del Perú, rostros de peruanos retratados en mis andanzas por las caminos de mi tierra, nuestra tierra; aquella que no deja de sorprendernos por su belleza y su diversidad cultural, aquella que no deja de dolernos por sus desigualdades e injusticias.

El país es así. Hermoso y doliente. Depende de nosotros conseguir un cambio que nos permita integrarnos y consolidar nuestros objetivos como nación. Hay esperanzas. No todo está perdido. Eso lo aprendí en los caminos, eso me lo han enseñado los miles de rostros del Perú.




miércoles, julio 25, 2007

Reflexiones de escalofrío en una couster limeña (II)

Como no hay primera sin segunda y además una es ninguna, el autor cumple con publicar la parte final de sus larguísimas reflexiones de escalofrío, con la única pretensión de calentar en algo el ambiente limeño.



Exijo una explicación
Al verme rodeado de tanta gente con frío, me doy cuenta que mi estrategia para enfrentar el invierno no es muy popular, quizás, porque solamente a un bicho raro que ve musas en las cousters, se le puede ocurrir que la mejor receta contra las bajas temperaturas, es la de no pecar por exceso ni por omisión.

Sé que se lee complicado y que más de uno exigirá una explicación, al mejor estilo de Condorito. En realidad, el asunto no es tan confuso y se puede sintetizar como un esfuerzo por no caer en los extremos, es decir, no abrigarse con severidad de esquimal ni andar medio culuncho como gringo en el Caribe.

La estrategia funciona bastante bien en Lima, pero es un auténtico fiasco en las alturas andinas. Y es que en más de una ocasión he estado a punto de convertirme en una estatua de hielo, por mi peregrina idea de no pecar por exceso ni omisión, máxima que en asuntos viajeros puede o debe traducirse, como la acción de no llevar muchas ni pocas chompas o casacas en la mochila.

Sólo lo justo o lo que uno cree que es lo justo para no morirse de hipotermia. Pero a veces los cálculos fallan y en ese paraje que uno imagino tibiecito y hasta querendón, hace un frío criminal, inédito e inesperado; entonces, empiezas a extrañar a ese polar que se quedó en el armario.

En esas circunstancias, mi preocupación mayor ya no es el “exceso” de peso sino el “exceso” de frío, porque ahora me falta abrigo… maldita sea mi suerte o mi necedad o mi falta de musculatura que me impide cargar una de esas mochilazas en las que entra una casa completa, con mascota incluida, por si acaso.

Confieso que en más de una oportunidad, el exceso y la omisión me han jugado malas o, mejor dicho, frías pasadas. Noches largas. Noche congelada en el interior de esa carpa frágil, delgada, apenas playera, en la que busqué refugio y protección en una noche de viento lacerante en los dominios del Coropuna, en la ruta a Cotahuasi (La Unión, Arequipa), el cañón más profundo del mundo.

Temblé y mis dientes castañearon. Angustia. Qué hacer o qué no hacer. ¿Aguantar?, ¿esperar resignadamente al sol?, ¿pedir ayuda?... ¿a quién?, a mis compañeros que roncaban de lo lindo en esa carpa convertida en tugurio, en dudoso bastión contra las inclemencias de la puna.

Pensar o intentar pensar. Nada, sólo los escalofríos y el “tac-tac-tac” irrefrenable de los dientes hasta que uno de tus compañeros se despierta, te mira, te atiende, te cubre con un papel plateado de apariencia interplanetaria. Dices gracias o intentas decirlo. Cesa el temblor de tu cuerpo, el castañeo, la angustia. Ya sabes que hacer: dormir, soñar y roncar hasta que aparezca el sol.

¡Ay, qué frío!
Ahora ya entiendo que es lo que buscaba mi musa. Ya sé cual era su propósito al proponerme aquel minuticidio. Ella quería que recordara esos instantes fríos, esas anécdotas invernales. Así tendría algo que contar hoy, algo que quizás, quién sabe, porqué no, podría servir para calentar el ánimo de los limeños y limeñas que hoy se sienten dentro de una nevera.

Anímense conciudadanos, total, aquí no hace tanto frío como en Pampas Galeras (Lucanas, Ayacucho), donde, después de achispar la conciencia con unos calentitos, se me congeló hasta el alma al retornar a mi refugio, el sencillo cuarto de una base militar abandonada.

Me tumbé en la cama. Una, dos, tres frazadas. Frío intenso, frío penetrante. Urgencia. Desenrollar la bolsa de dormir como último recurso. Nada, ni un poquito de calor; entonces, quieres salir en busca de más botellitas. Es tarde. La fiesta de la víspera del chaccu (esquila de la vicuña) ha terminado.

Sólo quedaba aguantar como los machos. Así lo hice en Galeras y también lo haría en Pacaipampa (Ayabaca, Piura), donde pecaste por omisión al no llevar nada de abrigo, en la creencia que dormirías en el pueblo y no al ladito de una laguna que estaba demasiado cerca al cielo.

Y lo volverías a hacer en el abra Málaga, en un azaroso viaje de retorno al Cusco, desde la verde y cálida Quillabamba. En aquella ocasión, este sector de la carretera había sido bloqueado por la nieve, con rapidez, destreza y contundencia que causaría la envidia de los piquetes huelguistas del Sutep.

“No hay pase”, dijo el conductor del bus a golpe de dos de la tarde. Esperar. Ver correr el reloj. Sentir hambre. No encontrar un lugar donde comer. “No hay pase”, repite a las seis. Sombras. Oscuridad. Frío. Acomodarse en el asiento y tratar de dormir como sea, cruzando los brazos, usando una delgada camiseta como manta, porque en Quillabamba hace calorcito. La ropa de abrigo se quedó en un hotel del Cusco.

A las doce de la noche, una figura fantasmal ofrece café caliente a los pasajeros. ¿Un sol o dos soles? Negocio redondo. Dame uno, por favor. Muy tarde, se acaba. Piña, recontra piña. Ya vuelvo, se compromete la señora. No lo hace. Nunca más aparece. Y te quedas con las ganas y te quedas con sed y hambre. Te quedas en un bus anclado en medio de la noche.

Despiertas. No hay pase, tampoco desayuno; pero si hay nieve, mucha nieve y vehículos detenidos. Tiempo de decisiones. Hora de arriesgarse, de bajar, de echarse a andar, de encontrar la punta de ese enredo motorizado y tirar dedo o seguir caminando hasta que aguanten las fuerzas, hasta que alguien se apiade de ti, viajero empapado y hambriento. Muerto de frío.

Y avanzas con pasos humedecidos. Una o dos horas. Ves una camioneta. Gritas, alzas los brazos. Te hacen caso. Agradeces. Subes a la tolva. Te sientas. Cierras los ojos, piensas en un caldo humeante y en la ropa abrigadoramente seca que te espera en el Cusco.

“Permiso, voy a bajar”, rompe el encanto del minuticidio, la voz del pasajero del mp3. Salgo de esa especie de trance al que me había conducido mi musa microbusera, mi musa escapista que se fue sin decir adiós. “Así son todas”, sentencio con tonito de amante resentido o de afanador fracasado al que le han dicho mil veces “sólo quiero ser tu amiga”.

Desaparece la inspiración. Ahora ya no hay pasajeras que parezcan modelos del polo norte ni voces enamoradas que pidan abrazos de osos para abrigar la mañana. Todo vuelve a su gris y fría cotidianeidad… “Habla chino, vas”.

martes, julio 24, 2007

Reflexiones de escalofrío en una couster limeña (I)

Donde el autor reconoce que se le fue la mano y redactó más de la cuenta, por obra y gracia de una musa microbusera. Consciente de su exceso y con la intención de no aburrir a sus pacientes lectores, publicará su “inmenso” relato en dos partes. Eso sí, no le pregunten cuál es el tema, porque ni el mismo sabe muy bien que cosa ha escrito.

De un tiempo a esta parte, la inspiración se me aparece de súbito en las combis y cousters. Sé que no es el lugar más apropiado para entrar en un trance creativo, pero en estos tiempos en los que todo parece andar de cabeza, no puedo darme el lujo de desdeñar a las musas, por más que estas sean microbuseras. Total, necesito de su ayuda para elaborar un buen texto.

Admito que no es fácil concentrarse y escucharlas entre los “habla chino, vas” del cobrador, la estridencia reggetonera o cumbiambera de la radio o el fastidioso “chucuchuchún” o algo parecido, que se escapa de los audífonos del pasajero de a lado, convertido en una especie de zombi gracias a su mp3.

Ah, claro, también, te desconcentran las vocecillas empalagosamente enamoradas que cuentan su día entero por el bendito celular o, lo que es peor, las evoluciones de esas parejas que creen que los asientos –casi siempre desfondados y estrechísimo- son equivalentes a las bancas de un parque sombrío o a la última fila de un cine solitario, de barrio, nunca de estreno.

Ignorando el entorno desfavorable, bullanguero y terriblemente hostil, la inspiración se me presentó -de lo más osada- mientras viajaba por “toda La Marina, Javier Prado, Camino Real…” y un sinfín de lugares cuya sola mención me bastaría para llenar de cabo a rabo esta pantalla, posibilidad realmente tentadora que me evitaría exprimir aún más a mis ya gastadas -pero heroicas- neuronas.

Pero hoy ando iluminado o al menos eso creo, así que no tendré que recurrir al recurso pueril de describir todo la ruta, para darle una ayudadita a mi inspiración que, al menos hasta ahora, se mantiene vigorosa a pesar de las piruetas de kamikaze del chofer, los achorados “sube-sube” del cobrador y los mimosos “ay, mi amorcito” de la vocecilla empalagosa. ¡No, no soy un picón!

En medio de aquella batahola urbana, me entendí a la perfección con mi musa. Fue así que ella, de manera inexplicable, me pidió que buscara un método inofensivo y práctico de matar el tiempo, actividad en la que -dicho sea de paso- tengo una vastísima experiencia (si lo duda haga clic aquí).

Lima antártica
Sin presentar objeción alguna, acepté la extraña sugerencia de la musa, mi musa. Vamos a ver que pasa, pensé, mientras declaraba el inicio del minuticidio con una certera mirada a esa muchachita con rigidez de momia, que parecía ser prisionera de sus tupidas y recias prendas invernales.

Alejada totalmente del romanticismo y la impudicia, mi mirada como que se congeló al descubrirla, porque aquella señorita -¿acaso una modelo del polo norte?- se había puesto todo el ropero encima. Sí, el de ella y el de su hermana, caray, el de toda la familia.

Una chalina con amplitud de frazada, un gorro de bailarín de kasachov, unos guantes de andinistas, un pantalón térmico debajo del cual se presumía la existencia de una malla, unas medias de lanas que debían llegar hasta las rodillas, un polar delgado, otras más grueso y, para terminar la envoltura, un peruanísimo poncho multicolor, eso sí, este último caía a pelo con el ambiente patriótico de estos días.

Con aquel arsenal de prendas, se protegía del frío casi “antártico” de la vieja Lima, bueno, “antártico” en la percepción de la gran mayoría de los habitantes de esta tres veces coronada villa, que se sienten en pleno proceso de criogenización, cuando los termómetros marcan los 12° centígrados (sobre cero, por si acaso) y la sensación de humedad alcanza niveles submarinos.

Dejo constancia que no me incluyo entre los limeños “antárticos”. Mal que bien, soporto sus “gélidas” temperaturas sin mayores excesos de vestuario (para alivio de mis bolsillos). Nunca un gorro o un chullo, jamás una chalina o un guante en mis andanzas por las calles. Esas tenidas las guardo para las punas y cordilleras, en las que el agua se convierte en hielo sin necesidad de refrigerador.


Y si bien el invierno capitalino dista mucho de esas rigurosidades, los limeños se lo toman muy en serio, demasiado en mi opinión. Me basta con ver a la muchachita de indumentaria polar y escuchar a la vocecita cursilona que le dice a su amor que “está congeladita” y necesita con urgencia un apapachador abrazo de oso –¡me apunto como voluntario!-, para darme cuenta que mi pensamiento no es exagerado.

Mi opinión se fortalece al ver a una señora con cabellera de plata que busca el calor ausente en un par de guantes, a un niño que se frota las manos mientras su mamá le acomoda un gorro de lana y a un hombre con pinta de don Juan trasnochado, que estira las mangas de su saco y entierra el mentón en el cuello de su chompa Jorge Chávez, para protegerse del airecillo traicionero que se filtra por la ventana. (Continuará)

miércoles, julio 18, 2007

Clic de la Semana

Dos sombras viajeras se proyectan diminutas sobre los espléndidos muros exteriores de la fortaleza de Kuelap, un ciclópeo legado prehispánico que se yergue, enorme y majestuoso, en las encrespadas alturas del distrito de Tingo, (provincia de Luya, Amazonas).

Con entusiasmo y motivación marketera, Kuelap es llamada por algunos como el otro Machu Picchu o el Machu Picchu del norte, con la intención de captar el interés de los viajeros, aprovechando la fama de la ciudadela inca.

Sin embargo, Kuelap no es Machu Picchu; ni siquiera se le parece, ni siquiera fue erigida por los Hijos del Sol, sino por los shashapuyos, un pueblo aguerrido que se adaptó a la enrevesada geografía del nororiente peruano, donde las cadenas montañosas coquetean con la selva, con la Amazonia.

Las comparaciones siempre serán odiosas. Lo mejor es olvidarse de las etiquetas y las frases clisé, para contemplar los frisos, los ambientes circulares, las terrazas y esos muros asombrosos que alcanzan hasta los 20 metros de altura; entonces, te convertirás en una sombra diminuta que disfruta de Kuelap y su monumental singularidad.

Y es que la gran fortaleza que los shashapuyos construyeron con piedra caliza en el siglo VIII d.C. y que fuera descubierta en 1843 por Juan Crisóstromo Nieto, nunca será ni se parecerá a Machu Picchu, aunque los marketeros digan lo contrario.

miércoles, julio 11, 2007

Brindis frustrado

En mi calendario particular, el 11 de julio es una fecha especial. No, no es mi cumpleaños –aunque normal si quieren caerse con un regalito- ni mi aniversario de bodas o de compromiso, porque aún soy soltero, solterísimo –chicas, no se cohíban, escríbanme con confianza- tampoco es día de pago ni de farra ni de fiesta patronal ni de final de copa del mundo.

Nada de eso, el motivo es otro y los involucra a todos ustedes, pacientes y abnegados lectores. Y es que hoy, sí, hoy, se cumple... no, mejor escribo se conmemora (es más elegante), el segundo aniversario de Explorando Perú, esta bitácora viajera que se nutre con las anécdotas, historias, vivencias y hasta con los pálpitos que surgen en los caminos de mi tierra, de mi país.

Por esa razón, pensaba invitarles a destapar una o varias botellas –virtuales o reales, de ustedes iba a depender- para brindar por Explorando, esta pequeña ventana que se abrió al mundo casi de casualidad. Ese era el plan: festejar, pachanguear, tonear, pero, siempre hay un pero en esta vida, ya no lo haré.

La fiesta se pospone hasta nuevo aviso. El país está tenso. Hay huelgas, paros regionales, marchas y bloqueos de carreteras. Dirigentes politizados, quizás de ideas trasnochadas, tratan de poner en jaque a un gobierno jactancioso que no encuentra soluciones, salvo la de calificar a todos sus opositores de "comunistas" y la de recurrir al ejército para "imponer" el orden, de la única manera que los uniformados saben hacerlo, es decir, a sangre y fuego.

Y por eso que el primer ministro, Jorge del Castillo, recurre sin vergüenza ni pizca de pudor, al viejo dicho de "guerra avisada no mata gente" al explicarle o amenazar al país, sobre los motivos de la controvertida decisión gubernamental que parece reconocer la incapacidad policial, para restituir la normalidad en el territorio nacional.

Al final, nadie entiende nada, para que sacar a las tropas cuando el presidente de la República, Alan García, y los principales líderes de su partido, no dejan de repetir que los revoltosos no pasan de 200 personas.

Sí, se esfumaron las ganas de brindar y celebrar, más aún, cuando acabo de escuchar que la justicia chilena rechazó el pedido de extradición de Alberto Fujimori. Caray, nunca más volveré a marcar el 11 de julio en mi almanaque. Buscaré otra forma de recordar el aniversario de Explorando.

lunes, julio 09, 2007

¡Qué maravilla!

Por varios minutos me sentí como un necio. Escuchaba los gritos, veía los abrazos, los bailes, los ojos llorosos de decenas o centenares de compatriotas; entonces, pensé que había sido un testarudo al nadar contra la corriente, al ignorar los repetidos llamados a la peruanidad, al parapetarme tras “mis agudas reflexiones” para mantenerme a salvo del bombardeo mediático.

Sí, por varios minutos pensé que la alegría por la designación de Machu Picchu como una de las Nuevas 7 Maravillas del Mundo, no me correspondía, era de otros, de los hombres y mujeres que gritaban kausachun o formaban rondas bailarinas, trémulas, festivas en la plaza de Armas del Cusco, y hasta de aquella gringuita que zapateaba de lo lindo en Aguas Calientes, tan cerquita a la fantástica ciudadela inca.

El triunfo era de ellos. De todos los que promocionaron y votaron más de una vez por Machu Picchu; nunca de los otros, de los amargados, de los aguafiestas de siempre que, como yo, decían que eso de las 7 nuevas maravillas era sólo un engaña muchachos, un show, pura peliculina. El gran negocio tramado por el cineasta suizo Bernard Weber, el hábil promotor del concurso.

Total, pensaba antes de esos minutos inciertos, Machu Picchu y la gran mayoría de las candidatas eran –con o sin votos de respaldo- auténticas maravillas. Y, en el caso de la espléndida construcción incásica, nuestra responsabilidad fundamental como peruanos, no era la de sufragar por consigna, sino la de preocuparnos por su preservación
.

Pero confieso que sentí que mis argumentos se iban al tacho, cuando el alcalde de Aguas Calientes, agradecía a Taita Inti en plena noche europea, y el vice ministro de turismo, bien al terno y la corbata, saludaba emocionado a los presentadores de la ceremonia, realizada el sábado último en el estado de La Luz en Lisboa (Portugal), el feudo futbolero del Benfica.

La ceremonia continuó. Se leyeron los nombres de los monumentos que faltaban (Machu Picchu fue la cuarta en ser mencionada) pero apenas si les prestaba atención. En verdad, me sentía acongojado por mi aparente error de perspectiva, porque 100 millones de votos avalaban la elección, total, no dicen que la voz del pueblo es la voz de Dios.

Cómo pude pensar que sólo era un negocio, me recriminaba agriamente y ya estaba a punto de meterle un par de cabezazos a la pared –por bestia, tarado y hasta por traidor a la patria, caray- cuando Weber me hizo posponer mi decisión al anunciar su próximo proyecto: ¿trabajos de conservación en las flamantes maravillas?, ¿dinero para restauraciones?, ¿programas de turismo sostenible?...Nada de eso.

Al escucharlo se esfumó mi arrepentimiento. No estaba equivocado, al menos no del todo, porque el suizo, ni corto ni perezoso, aprovechó la ocasión, la audiencia, la atención de buena parte del mundo, para revelar su brillante y originalísima iniciativa: la elección de las siete maravillas naturales del mundo.

Dejé de sentirme un aguafiestas y uno de los amargados de siempre. Otra vez, al menos desde mi perspectiva, el concurso me mostraba su verdadero cariz: un magnífico negocio. Ahora, ya estamos advertidos, además de Miss Universo y Miss Mundo, tendremos, cada cierto tiempo, la elección de maravillas.

Dos años más de arremetida mediática y llamados a la peruanidad. ¿Por quién deberemos de votar ahora?, ¿por el Manu, por Pacaya Samira, por la cordillera Blanca o el cañón del Colca?; sí, el negocio continúa y cuando esté a punto de terminarse, al brillante señor Weber se le ocurrirá buscar otras joyas planetarias, no ocho ni seis, siempre siete. Un número cabalístico. Su número de la suerte.

martes, julio 03, 2007

Palpa, las otras líneas y geoglifos

Como si se tratara de un inmenso lienzo, las piedras, colinas y llanos desérticos de Palpa (a 408 kilómetros al sur de Lima, aproximadamente) atesoran infinidad de petroglifos y geoglifos, que convierten a esta pequeña, calurosa y acogedora ciudad de la región Ica, en un auténtico museo al aire libre, en un irreductible bastión de la historia.

Diversos animales, figuras geométricas, personajes extraños, acaso mitológicos, se revelan ante los ojos del viajero, como si fueran las piezas de un inmenso rompecabezas o las señales de un complicado acertijo, cuya resolución permitirá desentrañar los misterios de aquellos hombres, de aquellos pueblos que habitaron los valles costeros del antiguo Perú.

A diferencia de lo que ocurre con las cercanas y mundialmente conocidas líneas de Nazca (a menos de 50 kilómetros), en Palpa, no hay que realizar un sobrevuelo, para observar a plenitud los geoglifos trazados en la inmensidad del desierto por los Paracas, una cultura preincaica famosa por sus trepanaciones craneanas y sus magníficos mantos.

Con la intención de despertar el interés de los viajeros, Explorando Perú exhibe un grupo de imágenes de este destino injustamente ignorado. No lo piense más y anímese a descubrir los misterios de las líneas y figuras. Quizás usted encuentre la clave del acertijo.