viernes, junio 24, 2011

La huida del torero

Advertencia: los hechos relatados en esta historia son reales y ocurrieron en un pueblo de la sierra peruana hace varios años. El autor -vaya uno a saber porqué- ha preferido mantener en reserva el nombre de la localidad y de todos los personajes involucrados, incluyendo al astado que es uno de los protagonistas principales de esta historia.

Y salió corriendo. Sí, rapidito se fue, como alma que lleva el diablo se fue. En dos papazos trepó el muro y salto. Agilito era o sería el susto el que lo puso así porque detrás de él andaba medio pueblo. La gente echaba chispas. Quería agarrarlo y no para pasearlo en hombros. Ellos se morían de ganas por meterle una paliza de padre y señor mío.

La cosa se había puesto fea, como nunca antes en la fiesta. Bueno, también era la primera vez que venía un matador de la mismísima España. Eso le daba un gustito especial a la corrida y estábamos bien contentos. Sacando pecho y sonriendo de oreja a oreja esperábamos la llegada de los cargontes, las autoridades y de los invitados.

Ellos vinieron con banda de músicos, bailando y tomando chicha. Entraron al ruedo y le dieron la vuelta completita. Esa es la costumbre. Todos los años es igual, desde antes de que hubiera plaza, cuando las corridas se hacían cercando una calle. Bravo, era. Los toros se escapaban saltando. Uy, viera como se asustaba la gente. Salían embalados.

Desde que se hizo el coso la situación es distinta. Ya los toros no se escapan. Ahora solo huyen los toreros, bueno, no son toreros de verdad, solo aficionados entusiastas o borrachitos que se hacen los valientes o, lo que es peor, ni siquiera se dan cuenta de lo que están haciendo. Casi siempre los revuelcan pero ellos se pasan de tercos e insisten. Así nomás son las corridas en el pueblo.

Pero esta vez iba a ser distinto porque una paisana recién llegadita de los Estados Unidos, quiso demostrar su alegría por el retorno, contratando a un matador auténtico. Al fin la gente vería en vivo y en directo el arte de la tauromaquia. Por eso creció la expectativa. Todos queríamos que de una buena vez saliera el español e hiciera un faenón. Con eso les sacaríamos cachita a nuestros vecinos.

Lo bueno demora. Tuvimos que esperar un montón. Los toros, como siempre, se pusieron rebeldes. Es que no son animalitos de casta, son de la chacra. De allí los traemos y allá vuelven cuando termina la corrida. Ay, los pobrecitos se asustan, se desesperan, se ponen bravos con los gritos y la música de la banda. Varios comuneros tienen que jalarlos para hacerlos entrar.

En fin, lo de todos los años. Lo único nuevo era la expectativa por el “gringuito”. Ya va a salir, a qué hora entra, ya lo has visto, preguntaban por aquí y por allá. Más de uno alegraba la espera brindando con cerveza o caliche (calentito). Trago no falta en la celebración y a quién no le gusta empinar el codo. Lo malo es que a varios cabezas de pollo se les pasó la mano y, cuando llegó el gran momento, dormían como guagüitas.

Con hartos aplausos recibimos al torero que se paseó por el ruedo. En verdad el joven  tenía su estampa y su traje de luces era bien bonito, aunque -y no lo digo por rajón- su ropa le quedaba muy apretada. Se le veía rarito, pero igual a las chicas se le salían los ojos y por timidez nomás no lo piropeaban. 

Los chibolos sí que se pusieron saltones y de pura piconería comenzaron a silbarlo, pero se aburrieron rápido y dejaron de meter bulla. En el fondo también estaban ansiosos por ver la corrida.  Claro, era lógico. En ese momento nadie dudaba de su éxito. Sí, pues, nadie –ni el más pesimista- imaginó lo que iba a suceder después.

Al principio el espectáculo prometía. El españolito se defendía bien con el capote, ponía la rodilla en el piso, reclamaba teatralmente la ovación del público y se daba maña para atraer a un toro que parecía más interesado en volver a la chacra que en embestir. A pesar de eso, la corrida estaba linda. Nos ardían las manos de tanto aplaudir y, los más picaditos, lanzaban vivas en honor a la madre patria.

Y así, la fiesta se encaminó bien bonito a su momento cumbre. El maestro se preparaba para matar y dar su última estocaba. Y lo hizo… pero no tan bien. La espada cayó en la arena y el toro seguía vivito y coleando. La escena se repetiría dos veces más con similares resultados.  

Ese toro parecía gato. Tenía siete vidas. Y el español –enojado y frustrado- seguía metiéndole la espada al animalito que ya ni oponía resistencia. Eso nos molestó. Mucho abuso, pues. Pobre torito. Ahí sufriendo y el otro torturándolo. No era justo y comenzamos a pifiar, a gritarle que lo dejara en paz. En vez de hacernos caso, el matador se asó, perdió el control, se puso malcriado. Nos enseñó el dedo.

Para que lo hizo. Hasta ahorita debe estar arrepintiéndose. Los paisanos saltaron en mancha a la arena, entonces, salió corriendo, así como le conté al principio. Los policías al toque se pusieron en marcha. Detrás de la gente iban, intentando calmar a la muchedumbre. Algunos dicen que uno disparo al aire, pero no lo recuerdo. A mí me pareció que reventó un cohetón.

Ahora me da risa recordar lo ocurrido. El torero escapándose de los indignados comuneros, de los chibolos picones y de los borrachitos con ganas de armar pelea. Atrás, los policías tratando de poner orden. Ellos iban con la lengua afuera. Después del tumulto volví a la plaza a seguir con la fiesta. Todos hablábamos de la corrida y del torero faltoso que, según decían, se salvó por poquito. Un ojo morado nomás se llevó por su gracia.

Desde entonces, no he vuelto a la fiesta. Mis paisanos me cuentan que ningún otro matador de verdad ha llegado al pueblo. Solo aficionados y borrachines se enfrentan a los toros sin casta que abren los surcos de nuestras chacras. Sí, pues, esa es la costumbre.

jueves, junio 23, 2011

Atención: dos ciudadanos polacos habrían desaparecido en Atalaya

Ayer por la mañana, recibí una comunicación del periodista polaco Tomek Surdel. En su mensaje, me informaba que dos de sus compatriotas habrían desaparecido en Atalaya (Ucayali), localida a la que arribaron con la intención de navegar en kayak hasta Pucallpa, la capital regional.

En su mensaje, Surdel -editor de la página web Tierra Latina- mencionó que los presuntos desaparecidos serían los esposos Jaroslaw Frackiewicz (70) y Celina Mróz (58), quienes en viajes anteriores habrían realizado travesías similares en ríos de Canadá, India y Egipto, entre otros países.

Hace unos minutos llegó a mi bandeja de correo, una comunicación del ciudadano polaco Pawel Jan Mróz, quien me hizo llegar la nota que transcribo a continuación y que confirma la expuesto en los párrafos anteriores.

Explorando difunde este hecho para aletar a las autoridades peruanas y con el deseo de recabar información valiosa que permita develar el paradero de los deportistas europeos.

Dos canoeros famosos desaparecieron en Ucayali


Dos experimentados canoeros de Polonia, Jaroslaw Frackiewicz y Celina Mróz desaparecieron en Perú. Sabemos que pasaron por el río Urubamba y se estaban preparando para navegar 600 km por el río Ucayali. Ayer iban a volver a Polonia. No volvieron.

La última vez que se contactaron con la familia de Polonia fue el día 26 de mayo. Estaban en Atalaya, un pueblo cerca de la desembocadura del río Ucayali. Planificaban navegar 600 km con el kayak hasta Pucallpa, la ciudad más grande de la región.

Según su plan querían estar de vuelta en Lima, los días 16 y 17 de junio. De la capital peruana partirían de retorno a Polonia el lunes pasado. Ayer deberían haber aterrizado en Polonia.

No aterrizaron. No se contactaron con nadie. La verdad que no sabemos que está pasando con ellos desde el día 26 de mayo, cuando salieron de Atalaya.

Jaroslaw Frackiewicz es filósofo, jubilado profesor de la Politécnica en Gdansk. También trabajó en la Universidad de Gdansk. Su mujer, Celina Mroz, es jubilada en ingeniería hidráulica. Practican piragüismo juntos desde hace 20 años. Pasaron por los ríos en Egipto, India, Turquía, Canadá, España y Portugal.

Los servicios diplomáticos ya se enteraron de la desaparición. Los familiares y amigos de los canoeros, piden ayuda a los peruanos, a la polícia, a los polacos en Perú e incluso a los turistas de Polonia que están de vacaciones en ese país.

Nuestro e-mail es paweljanmroz@gmail.com Estaremos agradecidos por cualquier información.

jueves, junio 02, 2011

Cuando el viajero no quiere escribir...

Repite diez veces: debo olvidarme de las elecciones. Vamos. Dilo. Hazlo. Tú puedes… aunque sea un ratito, al menos lo suficiente para que escribas alguito y lo subas a Explorando.

Hace semanas que no publicas nada por andar metiendo tus narices en la coyuntura política que -con sus olores poco fragantes o más bien putrefactos- te ha constipado el olfato viajero.

No te distraigas. Ya, dime, cuántas veces lo has repetido. ¿Qué?, ¿una?… eso es ninguna o jamás has oído esa arenga clásica, infaltable y bien mentadita en cantinas de poca monta y chinganas de dudosa reputación… o al menos eso es lo que me han contado, porque –valgan verdades y sin querer pegármelas de zanahoria- aquellos lugares los “desconozco” mayormente.  

En tu caso, me parece que la situación es distinta, pero tampoco voy a aprovechar este espacio para sacar tus trapitos al sol. Mi único propósito, por ahora, es hacerte reaccionar, entrar en razón y sacarte del hipnotismo en el que te encuentras en los últimos días y semanas.

Por eso te pido y, si quieres, hasta te imploro, que repitas 10 veces: debo olvidarme de las elecciones. Lo hago por tu bien y por el de tus lectores, aunque de esto último no estoy muy seguro.

A estas alturas fácil que no te queda ninguno o ellos están mejor sin leer tus enrevesados textos… ey, tranquilo, que te pasa, es una broma. La campaña te avinagrado el humor y, en vez de estar renegando por la coyuntura con sus ráfagas de guerra sucia, deberías de contar tu último viaje.

Pero no quieres. Prefieres seguir pegado al twitter leyendo todas las noticias y comentarios sobre la votación del próximo domingo, en vez de contar lo que hiciste el último fin de semana.

Volviste al camino. Un breve adiós a Lima gris. Una calidad bienvenida en Lunahuaná y su río, sus cerros y sus mosquitos que pican más que un sorbo de buen pisco o de la copita de vino que se prueba casi a la volada en sus bodegas.

Tantas veces Lunahuaná. Tantas, que ya no quieres ni contarlo o, al menos, esa es tu excusa para seguir pegado a las redes, buscando resultados de encuestas que por ley no se pueden publicar en el país.

Tú, como buen peruano, deberías cumplir esa norma aunque sea absurda; pero, si hablamos de cosas disparatadas, fácil te llevarías el premio por tu injustificable abandono de Explorando.

Así que déjate de cosas y repite conmigo: “debo olvidarme de las elecciones y escribir sobre Lunahuaná”… Ah, te pones malcriado. Que no te fastidie, que no lo harás, que te preocupa demasiado la votación del domingo y que –a fin de cuentas- todos saben o han escuchado del clásico festival deportivo que organiza la Asociación Latinoamericana de Deportes de Aventura (Aldea).

Esto es demasiado. Uno quiere ayudar y lo terminan gritando. Sabes, mejor me voy. Te dejo con tu política y tu rabia electoral. 

Tarde o temprano escribirás y colgarás fotos como éstas, que evidencian todo lo que viviste el fin de semana pasado sin noticias de los candidatos y sin decir una sola vez “debo olvidarme de las elecciones”. 

Viajar, como siempre, es la mejor terapia, la mejor manera de encontrar al relajo.