viernes, marzo 19, 2010

La chica del tiempo

Hoy no llueve, sólo hace calor, mucho calor, cerca de 40 grados me comenta azorada la dependiente de una tienda. Me parece que exagera, aunque quien soy yo para contradecirla. Ella está en su tierra, en su ciudad, conoce sus agobios y sus diluvios; yo no sé nada o sé muy poco, recién estoy aprendiendo o recordando lo que viví en mis anteriores visitas a Puerto Maldonado, siempre más cortas, siempre insuficientes.

Así que por lo que a mí respecta, el calor llega a los 40 grados. Total, qué importa si es uno más o un par menos. Igual la ciudad parece un horno, aunque pasado el mediodía el cielo se encapotó y nubes amenazantes coparon el cielo hasta entonces diáfano, claro, celestísimo. Se viene la tormenta, pensé y aceleré el paso y busque refugió en el hotel. Se escucharon truenos portentosos.

Falsa alarma. Me equivoqué. Soy un fracaso como meteorólogo. No llovió, no cayó ni una gota y el sol reapareció brillante y fastidioso, bañando con su luz las casas de madera de la avenida León Velarde, el extraño y surrealista árbol de cemento conocido como el Mirador de la Biodiversidad, las canoas dormidas del puerto de la Capitanía, las "chatas" que cruzan el río Madre de Dios, con las maquinarias que abrirán una ruta bioceánica y con los vehículos que se dirigen hacia Iñapari, el último pueblo del Perú.

Salgo de mi refugio. Otra vez a la ciudad y sus calles y el zumbido de sus motos. Otra vez la plaza de Armas, tranquila, amplia, con su glorieta algo maltrecha, otra vez explorando Puerto Maldonado, buscando sombras en los aleros de sus casas antiguas, refrescándome con cremolada de carambola y cocona; y, sintiendo siempre, que todo es inútil, que nada doblega a ese calor aniquilante.

Hay que aguantar nomás, como lo hacen todos. Igual, mañana hará calor, quizás más, tal vez un poco menos, no lo sé. Tal vez debería preguntárselo a la dependiente de la tienda. Ella debe saberlo; ella, con sus sonrisas, podría aumentar la temperatura. Y no hay que ser un meteorólogo para saberlo.

miércoles, marzo 17, 2010

Tribulaciones de un viajero solitario

Puerto Maldonado. Calor. Lluvia. Cielo despejado. Cielo brumoso. Aroma a monte. Ruidos de ciudad. Mototaxis. Taximotos. Avenidas y calles. Semáforos en rojo. Mala suerte. Asfalto. Barro, charcos. Casas de madera. Un mirador para otear la selva. Una plaza para ver dos ríos. Muchas canoas. Varios embarcaderos... y más calor, más lluvia, más Puerto Maldonado.

Buscar destinos. No Tambopata. No Bahuaja Sonene. No lago Sandoval. No collpas de guacamayos. Algo cerca nomás. Alrededores. Baratito nomás. Nada. No saben, no opinan. Sólo entregan trípticos en el municipio y en la Dircetur. Pregunte en las agencias, dicen, aconsejan. Otra fiasco. Mínimo dos pasajeros. Sólo no se pude. Muy caro. Qué problema ser un solitario.

Se necesita acompañante. Amigo, amiga, quieres viajar conmigo. No, qué roche. Me chupo. Paso. No estoy tan desesperado. Mejor sigo vagando. Lateo por latear. Caminar sin rumbo.

A la izquierda, a la derecha. Madre de Dios, Dos de Mayo, Moquegua, Gonzalez Prada, Fitzgerald, León Velarde, tanta calles, tantos nombres que leo, recuerdo, me olvido. Y hace calor y parece que va a llover y sigue oliendo a monte. Estoy en Puerto Maldonado y no sé adonde ir.

Cae la noche, mañana encontraré un destino...