jueves, enero 05, 2012

Pensando...

Donde el autor, por falta de viajes e imbuido por el ambiente reflexivo del nuevo año, recuerda sus vocaciones iniciales y los malos pensamientos que lo llevaron a ser periodista.

De niño quería ser basurero para andar por las calles tocando una campaña. Después, escuchando los caminos del inca y la carrera por la Marginal de la Selva, quise ser corredor de autos. Así recorrería todo el país.

Ya en la secundaria, no quería ser nada de nada; pero el tiempo pasó rápido y me vi obligado a pensar en lo que haría cuando fuera grande,

Y como me quedé retaco y eso de ser grande nunca se convertiría en realidad, me daba pereza pensar en un futuro que jamás llegaría. Bah, pero al final, igual tuve que hacerlo.

Ya no me atraía ser basurero o corredor de autos. Tampoco médico ni matemático ni físico ni ingeniero ni biólogo ni maestro. Nada me gustaba. Nada me parecía del todo interesante.

Había que seguir pensando. Y pensé y pensé y un buen día se me ocurrió ser arqueólogo. Parecía chévere, aunque quizás no tanto, por eso terminé postulando a contabilidad. No ingresé. Me salvé. A veces es bueno ser un poquito bruto.

Como no ingresé, seguí pensando y, mientras seguía pensando, persistí en mi error. Más postulaciones. Cero ingresos. Ser bruto se volvía un problema. Ya daba roche. Debía de pensar menos y estudiar más.

Y dejé de pensar. Y me puse a estudiar. Y por andar estudiando solo vi de reojo el mundial del 90. Sería contador y punto. No basurero ni corredor menos arqueólogo.

Hasta que un día volví a pensar. Era un mal pensamiento pero, los malos pensamientos, siempre se dan maña para hacerse escuchar. Lo escuché y me gustó o no me disgustó tanto. Así que ya no lo pensé más y me decidí y postulé y al fin ingresé. 

No era tan bruto después de todo; pero había un problema, un gran problema, nadie sabía a qué, todos creían que iba a ser contador, jamás comunicador, nunca periodista. No dije nada. Solo mostré el periódico con la relación de los nuevos cachimbos. 

Mi nombre estaba allí, ni muy arriba ni muy abajo, a media tabla nomás. Ese no era el problema; el problema era que aparecía en la lista de comunicación, no en la de ciencias contables.  

Tuve suerte. No se armó la grande en casa. Solo un par de gruñidos y  una breve pataleta. Luego vendrían las sonrisas, los abrazos, el corte de pelo y el pollito a la brasa como fin de fiesta. Uff, me había salvado.

Hoy, después de tanto tiempo y cuando empieza un año más, solo me queda reconocer que, a veces o casi siempre, los malos pensamientos no son tan malos como parecen. Es cuestión de entenderlos, procesarlos, tal vez hasta amaestrarlos. 

Y como he llegado a esta conclusión luego de mucho esfuerzo y casi se me han acalambrado las neuronas de tanta elucubración, es justo y necesario cerrar este texto de una buena vez. Eso sí, aprovecharé este final para prometer que seguiré malpensando en el 2012 y en los años que vengan después.