jueves, mayo 29, 2008

Carta al Presidente García

Señor Alan García Pérez
Presidente Constitucional de la República del Perú.

De mi mayor consideración.-

Me dirijo a Usted, para expresarle de la manera más respetuosa posible (algo que debería aprender, si me permite el consejo) mi malestar y fastidio frente a sus constantes arremetidas verbales,
contra todos los ciudadanos que no pensamos como Usted y que, de manera democrática, disentimos con muchas de sus ¿geniales? propuestas.

En verdad, es bastante desagradable para mí -e imagino para muchos peruanos, escucharlo con cierta frecuencia a la hora del desayuno, queriendo destrozar con sus adjetivos, los argumentos y críticas planteadas a su gestión, desde diversos sectores sociales y políticos.


No lo tome a mal, señor Presidente, pero le aconsejo que duerma unas horitas más. Así –y disculpe esta frase un poquito soez- matamos dos pájaros de un solo tiro: evitamos la indigestión de muchos compatriotas y Usted no empaña su fama de brillante orador, con esas diatribas matutinas cargadas de imprecaciones e insultos.

Recuerde que en boca cerrada no entra mosca -vuelvo a pedirle disculpa por el uso de refranes, quizás no están a la altura de un “estadista” que cita a Calderón de la Barca y a Vallejo-, imagino que para Usted eso es bastante complicado, pero en verdad inténtelo, se lo digo de todo corazón. Total, ya no está en campaña. Ya no tiene que mentir para ganar un voto.

No se moleste por mi comentario. No es un insulto ni una falacia. Usted, yo y millones de peruanos, sabemos que en su gobierno está haciendo todo lo que dijo que no haría.


Que mucha prensa sufra de amnesia y otra le haya perdonado ese “pecadito” venial, no le da derecho, señor García –y aquí le quito lo de presidente porque estoy empezando a molestarme- a despotricar contra quienes pensamos que muchas de sus propuestas carecen de fundamentos y son sólo disparos al aire, para distraer la atención.

Pero no quiero alejarme de la razón de esta carta. Como le decía al principio, le escribo para expresarle como ciudadano peruano que ya estoy cansado de escuchar los agravios que Usted, el presidente de mi país, espeta sin ninguna muestra de respeto hacia sus conciudadanos.


No es justo ni digno para un primer mandatario que se precie de serlo, llamar apocados o deprimidos a quienes consideran poco viables –por no decir traídas de los cabellos- algunas de sus propuestas.

Capaz no lo recuerda. Tal vez su verborrea “tiene vida propia” y le hace decir tantas sandeces. Por eso, voy a transcribir lo que dijo ayer, cuando arremetía contra quienes consideramos su propuesta olímpica, como un auténtico disparate, un engaña muchacho, una broma de mal gusto para un país pobre, donde millones de personas apenas si pueden llevarse un pan a la boca.


No digo más. No quiero que me acuse de resentido o demagogo –de esto último Usted sabe mucho-. Ahora procedo a citarlo. Lea con atención señor García y dígame que le parece esta párrafo:

El Perú va a presentar su candidatura para el año 2020, definitivamente. Y que no le tengan miedo los apocados, los deprimidos, los que juegan en segunda y tercera división. Que se queden en la tribuna y dejen jugar al Perú en primera”.

¿Se da cuenta de las barbaridades que habla?, ¿ya comprende mi fastidio y el de muchos peruanos? Reconozco que no comparto
su “espíritu olímpico”. ¿Es delito no hacerlo? ¿Eso me convierte en apocado y deprimido?. Tampoco crea que soy extremadamente susceptible, pero ya son varias las veces en que le escucho decir cosas similares.

En verdad, uno se cansa de su violencia verbal, de sus palabras impertinentes, también de su estrenado optimismo que linda con la ingenuidad. Por eso le escribo, señor García, para decirle que deje de insultarnos y termine con sus ridículos sueños de grandeza.

Somos compatriotas y en vez de desdeñar nuestra posición con sus palabras venenosas, convénzanos de su proyecto con una propuesta seria, que avale -si esto es posible- la candidatura de Lima a ciudad olímpica... aunque creo que le estoy pidiendo mucho.

Sin otro particular, me despido de Usted,

Atentamente,

Rolly Valdivia Chávez
(Superviviente de su primer gobierno)

sábado, mayo 17, 2008

Encumbradas reflexiones

Semana de cumbres. Bienvenidos, welcome. Banderitas en los postes. Desvíos en las calles. Congestión. Bocinazos. Fastidio. Autos por todos lados. Autos enredados. Autos que no avanzan. Es un sacrificio por la patria, cacarea una voz gubernamental.

Policías como cancha. Policías aburridos. Policías conversando. Policías muertos de frío. Hoteles sitiados. Tranqueras. Vallas. Rejas. Todos bajo sospecha. Todos pueden ser saboteadores o terroristas. Documentos. ¿A dónde va?, ¿por qué no se quedó en su casa? Usted pasa, usted no. Viva la democracia. Viva el libre tránsito.

Mañanas plúmbeas, tristonas, con garúa. Lima gris, más panza de burro que nunca. ¿Qué pensarán nuestros ilustres visitantes? ¿Qué dirán nuestros invitados?... Uy, qué mala suerte, señor gobierno; qué piña, presidente García. El clima –aún- no se rige con decretos.

Museo de la Nación. Presidentes, primeros ministros, cancilleres. Saludos. Sonrisas. Discursos. Alan se luce. Alan hipnotiza con sus palabras. Lo aplauden. Lo lisonjean. Resaltan sus dotes de orador. Uno de los mejores del mundo o algo así, dice Zapatero. Lástima que los países no se gobiernen con palabras. Seríamos potencia mundial.

Promesas. Proposiciones. Buenos deseos. Nada concreto. Mucho ruido pocas nueces. Escoltas presurosas. Carros empitonados. Se van los presidentes. Se acabó la cumbre. Se retiran las rejas. Desaparecen los policías. Las banderitas se desintegrarán en los postes. Para bien o para mal, Lima vuelve a ser la de siempre. Me siento en casa.

miércoles, mayo 14, 2008

¿Se fue el verano?

Cuando el sol ya casi ni aparece en el cielo limeño y la niebla gris impone su presencia, rescatamos esta crónica con aroma a mar, escrita hace algunas semanas para una revista que nunca salió. Cosas de la prensa.

Máncora...
Nostalgia veraniega

Una brisa de nostalgia y las ansias de retornar cuanto antes al paraíso costero de Máncora (provincia de Talara, Piura), son las claves de este relato playero que va más allá del mar, la arena y los hoteles de lujo, para describir las vibrantes pulsaciones de un antiguo pueblo de pescadores.

Debo ser sincero, hoy no tengo ganas de escribir ni las iniciales de mi nombre. A pesar de eso, estoy aquí, sentadote frente al computador, viendo desde hace un montón de minutos, una pantalla en blanco que parece gritarme a la cara –sin piedad ni recato alguno- la rotundidad de mi fracaso.

Es extraño lo que pasa y aunque no sé como explicarlo, tengo la esperanza que este relato -tarde o temprano, por milagro o de pura chiripa- se convierta en esa crónica de arena y mar que, seguramente, anuncia con entusiasmo el titular que presenta esta nota.

Así que para apurar el milagrito, pido encarecidamente a San Judas Tadeo y a San Cristóbal –patrones de los periodistas y los viajeros, respectivamente-, que valiéndose de sus excelentes relaciones con el todopoderoso, gestionen con carácter de urgencia la aparición de una musa playera -bronceadita y sensual, de preferencia- que me ayude a convertir en palabras mis vivencias en Máncora.

No es un delirio ni sigo atontado por la impetuosidad del astro rey. Tampoco soy víctima de una resaca prolongada por todo lo sufrido o, mejor dicho, todo lo bebido en las noches de desvelo e insomnio, de brindis y bailes, de acercamientos y conquistas en los pubs y discotecas mancoreñas… excitantes, sombrías, ¿pecaminosas?

Sospecho que las cosas empiezan a aclararse. No es culpa de las musas –muy tarde chicas, ya no estoy disponible- ni de la inoperancia de los santos, más bien es un problema geográfico el que me impide redactar la crónica prometida. Y es que de sólo pensar en ese paraíso del eterno verano, me dan unas ganas terribles de apagar la máquina, coger la mochila y enrumbar hacia el norte.

Sí, debería irme para sentir las caricias oceánicas y deleitarme con un cebichito fresco y picante. Pero no es posible, debo continuar en la ciudad, escribiendo lleno de nostalgia y bajo un cielo encapotadamente gris, que en Máncora el sol brilla con sabrosa intensidad y las olas se muestran más provocativas que un bikini.

Olas del pasado
Cuenta la historia o, para ser más exactos, me cuentan la historia de un Máncora desconocido, pequeño, modesto, apenas visitado por puñados de jóvenes que llevaban bajo sus brazos unas extrañas tablas. Ellos, acaso los precursores del surfing nacional, recorrían más de mil kilómetros desde Lima en busca de olas excitantes que pusieran a prueba su destreza y habilidad.

Tiempo pasado. Tiempos distintos en los que no existía nada o existía muy poco en ese pueblo de discreta belleza, en esa caleta de hábiles y jacarandosos pescadores que carecían hasta de un muelle bien puesto para sus embarcaciones. Ni pensar en discotecas o resort, con suerte un hotelito paupérrimo para adormecer o engañar al cansancio.

Pero los muchachos –limeños en su mayoría, aventureros en su totalidad- no dejaban de aparecer por aquellas playas riquísimas de aguas cariñosamente cálidas, tan distintas a las de la capital. Máncora empezaba a ganar fama.

La parte final de la historia no me la contaron. Sencillamente la viví y la disfruté. Y es que aquella caleta de hermosura ignorada, es, actualmente, un indiscutible destino playero, porque el Pacífico –tan lindo aquí, tan querendón aquí- convoca a surfistas y a trotamundos, a parejas enamoradas y a amigos a punto de enamorarse, a familias completitas y a solitarios empedernidos.

Gente de todos lados, de todos los tipos y todos los colores tostándose bajo un ser persistente. Ese es el lugar que extraño, ese es el lugar en el que quiero estar una vez más, contemplando un encendido ocaso o dormitando en una hamaca que bailotea bajo la sombra de una palmera.

Cara y sello
Hoy, cuando no tengo ganas ni de escribir las iniciales de mi nombre, declaro con total desparpajo y en absoluto control de mis facultades mentales –ojalá ustedes piensen lo mismo- que, contrariamente a lo que dicen los mapas, las guías viajeras y los documentos oficiales, en el norte existen dos Máncoras.

Eso sí, ambas comparten su mar exquisito y son algo así como los lados de una misma moneda. Cara y sello: lados distintos y a la vez complementarios. Cara y sello. Máncora pueblo, Máncora turística. Cara y sello: Máncora de pescadores que se enfrentan al olaje en lanchas y balsas heroicas, Máncora de refugios perfectos, íntimos y placenteros al ladito del océano, donde la vida siempre es más sabrosa.

Pasas de una cara a la otra. De las playas festivas y coloridas de la zona urbana, con sus cabañitas rústicas que ofician como templos del buen sabor y sus grupos de rastrafaris y hippies ofreciendo peculiares artesanías; a la serenidad y la calma del solitario balneario de Las Pocitas (10 minutos del centro en mototaxi).

Moneda al aire. Las caras se mezclan. Vas y vienes del pueblo jovial con sus niños incansables que corretean, ríen y la pasan de lo lindo en su mar azulito, a los impactantes hoteles y bungalows, donde la única preocupación es la de elegir entre un buen ceviche de conchas negras, una enorme langosta o un apetecible filete de mero. Lo demás es sencillo: broncearse, nadar, cabalgar, tal vez salir de pesca.

Y aunque todos me digan que sólo hay un Máncora, seguiré proclamando que existen dos. Ambos tienen su encanto y a ambos quiero volver, tarde o temprano, por milagro o de pura chiripa. Eso sí, ojalá que me acompañen un par de musas atrevidamente inspiradoras, con el perdón de San Cristóbal y San Judas Tadeo.