sábado, abril 29, 2006

Tribulaciones de un viajero varado en Lima

Hoy debería postear desde Cotahuasi, el cañón más profundo del mundo, pero diversas razones que no vale la pena explicar, atentaron contra esta nueva aventura. Y bien, ahora estoy en Lima, algo aburrido y abrumado. No por haberme quedado en mi ciudad, sino por que me siento solo, aislado y triste por una serie de razones, golpes, contrariedades que ensombrecen -temporalmente al menos eso espero- mis horas y mis días.

Lo mejor es tratar de no pensar en todo aquello que me entristece. Mejor creer que estoy en el pueblo del cañón, andando hacia la espectacular catarata de Sipia o fotografiando a los jóvenes entusiastas que participan en el VI Festival Ecodeportivo de Aventura Cotahuasi 2006, organizado -como todos los años- por la Asociación Ñan Perú (Camino Peruano).

Sí, debo imaginar que estoy allí para censurar los pensamientos aciagos que en estas horas amenazan con acorralarme, invadirme, apoderarse de mi voluntad, mis ganas y esperanzas, también de mi sueños. Debo luchar para evitarlo, pero no encuentro fuerzas. Estoy solo y no sé que hacer y cierro los ojos y pienso en mis viajes, en mi textos y fotografías. Pienso en Cotahuasi.

Y de pronto reviven los recuerdos de otras jornadas viajeras, de otros festivales en las alturas cotahuasinas y veo un hombre que vuela en el cielo de los cóndores y a un joven avezado que reta a la profundidad y se entromete en los dominios del cañón.

Recuerdas y sonríes y crees que ya no estás tan sólo, estás con tus vivencias y anécdotas andariegas, la joyas de tu tesoro personal. Sí, quizás mi único tesoro, quizás mi única riqueza. Y es que mi historia reciente -buena o mala, provechosa o inútil- la he escrito en los caminos, en los pueblos y comunidades.

Mi vida es una mochila repleta de anécdotas viajeras... y recuerdo los calambres recurrentes en mi primera visita a Sipia, esa poderosa catarata de 150 metros de altura; los pasos inciertos en un viejo puente colgante, las aguas relajantes de los baños de Luicho, el bailongo con la música del Ángel de La Unión y los brindis con vinos sin nombres, sin fama, irresistibles en sus botellas de cerveza o de gaseosa descartable.

En Cotahuasi debería estar ahora, disfrutando el festival; pero me quedé en Lima, con mis problemas, ah, claro, también con mi arsenal de recuerdos, que me hacen pensar que mi existencia, a pesar de los bajones y enredos personales, vale la pena. No tengo dudas, explorar los caminos es -al menos para mí- la mejor manera de vivir. La mejor manera de acabar con los problemas.

martes, abril 25, 2006

Clic de la Semana


Con este grafito que expresa el grado de incertidumbre y temor que genera el TLC en amplios sectores de la población andina, Explorando Perú vuelve a postear, luego de una semana de silencio informativo, ocasionado por un intenso viaje a la provincia de Esmeraldas, en Ecuador.

Hace menos de un mes, las organizaciones campesinas del vecino país del norte, bloquearon la red vial en protesta ante la proximidad de la firma de un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos.

Las huellas de la protesta son aún evidentes en las calles de las diversas localidades ecuatorianas, como lo demuestra la imagen captada en el pequeño y acogedor balneario de Súa, en el cantón de Atacames, una zona espléndida donde la magia del Pacífico se complementa con una geografía llena de verdor.

Al igual que en el Perú y en Colombia, el TLC es muy cuestionado en Ecuador. El tema está en plena vigencia tras la renuncia de Venezuela a la Comunidad Andina y el pronunciamiento del presidente de Bolivia, Evo Morales, quien calificó de traidor a su homólogo peruano, Alejandro Toledo, por haber suscrito dicho acuerdo con los Estados Unidos.

Es difícil prever lo que pasará más adelante. Sólo esperamos que el mensaje del grafito no se haga realidad y que los tiempos por venir -con o sin TLC- no estén marcados por las lágrimas.

jueves, abril 13, 2006

El Cristo del Cerro San Cristóbal

En el año 2000, cuando desempeñaba mi labor periodística en el diario oficial El Peruano, fui comisionado para cubrir la representación anual de la pasión de Cristo en Lima, celebración religiosa que termina en la cumbre del cerro San Cristóbal, el legendario apu (montaña sagrada) de la capital peruana.
Han pasado 6 años desde entonces y Mario Valencia Rivadeneira sigue siendo Jesús en Semana Santa. Hoy, rescatamos esta nota del archivo para revivir los pasos de Cristo... el de Lima, el universal.

Caminas por el asfalto caliente, arrastrando una cruz que tu mismo te has impuesto. Y zigzagueas cuando un par de latiga­zos ardorosos enrojecen tu piel envuelta en sudor. No lloras, pero gritas, gimes, te desplomas y tus ojos se clavan en el cielo, con esperanza, con furia, con humildad. ¿Es de ahí de dónde sacas tu fuerza?

Por qué lo haces, ¿acaso sigues expiando los pecados de un tormentoso pasado? o ¿es que quieres demostrarles a todos el gran dolor que sufrió Cristo en su calvario?... pero a ¿quiénes? -te lo has preguntado-, porque la gente en vez de sentir compasión por ti, se burla y se mofa de tu sufrimien­to, de tus caídas aparatosas -¿reales? o ¿actua­das?-, de tu sangre de aseptil rojo y tus costras de pegaloto­do.

Sí, te lo debes haber preguntado desde la primera vez que decidiste ser Cristo en Semana Santa y representar la vida, pasión y muerte del hijo de Dios, del Mesías que murió en la Cruz para salvar a la humanidad de todos sus pecados.

Eso fue hace 18 años* y los que te conocen -Mario Valen­cia, así se llama el Cristo que en Semana Santa se crucifica en la cúspide del Cerro San Cristóbal- dicen que ahora tu ascenso es más lento y que te caes más. Es que el tiempo no pasa en vano y la Cruz es tan pesada (80 kilos) y el camino tan largo.

¿Qué te duele más? Los golpes que recibes en el camino o la indiferen­cia de los cientos, tal vez miles de curiosos que no te compren­den, que estallan en carcajadas cuando no puedes alzar tu Cruz y te lanzan botellas y corontas de choclo.

Sí, te das cuenta de la indiferencia y por esos te sales del libreto y gritas en tono redentor: Padre, perdona a esta gente que hoy se ríe, se mofa y se burla de mí. Perdónalos, no saben porque están aquí...entonces, todos cuchichean como si fueran escolares reñidos por la maestra.

Y una viejecita -mirada piadosa, rostro corrujado- comenta llena de ira: todo lo ven chiste estos chicos. No saben que Diosito los está escuchando allá arriba. ¿Dónde está la fe?

Quizás en los ojos de aquella viejecilla o en tu sufrimiento, y es que te deben doler las piernas, la espalda, la cabeza coronada de espina. Estás crucificado y pareces una sombra del hombre barbado, con impecable túnica blanca que curaba orates e invidentes en el anfiteatro del parque del Maestro en San Juan de Lurigan­cho.

Fue en ese lugar, donde al lado de tus compañeros del grupo de teatro Emmanuel, iniciaste tu calvario. Las escenas de los prodigiosos milagros de Cristo, se sucedie­ron como una catarata de esperanza, pero luego llegó la traición, el beso espurio, las calumnias de los sacerdotes, el pedido de muerte de un pueblo olvidadizo.

Los rayos del sol besaron tus primeras heridas, mientras caminabas por las calles de la vieja Lima, pero fueron las sombras del ocaso, las que cubrieron tu dolor en la cruz, después de un penoso ascenso que demoró cerca de dos horas.

Ya es de noche. Desde el San Cristóbal -con sus faldas incrusta­das de ladrillos y adobes- la ciudad es un mar de luces a la deriva. La gente se va y siguen las bromas, las respiraciones agitadas, el desorden, el olor a sudor. ¿Alguien se acuerda de tu sufrimiento?

¿Dónde está la fe?, vuelvo a preguntar, pero ahora no la encuentro y sólo veo a la ciudad con sus destellos urbanos que intentan opacar las miserías diarias. Sólo veo indiferencia, una indiferencia que tratarás de borrar el próximo año. De eso no hay duda, Mario Valencia, el Cristo de la Semana Santa.

*La crónica fue escrita en el año 2000

viernes, abril 07, 2006

Clic de la Semana


Ni las aguas legendarias del gran Titicaca, el lago navegable más alto del mundo, se libran de la propaganda política que en las últimas semanas ha atiborrado las ciudades y pueblos del Perú, ante la proximidad de las elecciones presidenciales y parlamentarias.

Cualquier lugar es bueno, esa parece ser la consigna de los candidatos de turno. Lo importante es hacerse conocido, "sembrar" la banderola o pegar el afiche en un espacio visible, ignorando el ornato o la belleza paisajística.

A pesar de los afanes propagandísticos de los postulantes, la indecisión sigue siendo el principal candidato en las islas de Los Uros, Taquile y Amantaní en el lago Titicaca (región Puno). "No sabemos por quien votar. A ninguno conocemos", comentaron varios pobladores a Explorando Perú.

Ellos aseguran que gane quien gane en las elecciones del domingo, la vida en sus alejadas comunidades no cambiará. Lo dicen con resignación, lo dicen por experiencia, lo dicen a pesar de las banderolas, los afiches, las sonrisas, bailes y brindis forzados de unos candidatos que "nunca han estado por aquí".

domingo, abril 02, 2006

Otro comunicado desde Puno

... Y ya se van haciendo costumbre

Hoy retorné al Perú desde Bolivia. Ingresé por Yunguyo y cuando daba mis primeros pasos por el territorio patrio, un efectivo de la gloriosa Policía Nacional me exige a voz en cuello que le presente sin dudas ni murmuraciones mi documento de identidad.

Se lo muestro sin problemas. Él lo mira y me mira. Le da vuelta, lo observa hasta de costadito. Qué fiasco, nada irregular, pero igual decide que tengo que acompañarlo al puesto. Le hago caso, total, el que nada debe nada teme, parafraseando al verborreico Alan García.

Entramos a la oficina. Él se coloca tras un escritorio -su parapeto de autoridad- y con voz grave y gesto contrariado -¿quiere meterme miedo?- me dice que debe revisar mis cosas.

Reclamo sin mucho entusiasmo, le digo que no es justo, que así no juega Perú, que a pesar de mi aspecto desarrapado yo no soy un delincuente; pero mis argumentos no le interesan ni un comino, porque estamos en un puesto de control y usted puede traer drogas o contrabando.

Rebajado a la condición de sospechoso. Intento creer -llámenme iluso si quieren- que me he encontrado con un efectivo sumamente escrupuloso en el cumplimiento de su deber; entonces, decido colaborar y le alcanzo la pequeña mochila que siempre llevo a mano.

El benemérito representante de la ley es incapaz de abrirla. Le doy una mano, total, siempre hay que colaborar con la policía, porque ellos son nuestros amigos; bueno, deberían serlo, aunque en este caso más que un "patita del barrio", el efectivo parecía un jurado enemigo, dispuesto a atemorizarte para luego pedir unos cuantos solcitos para la desayuno.

El policía mueve las cuatro cosas que hay en la mochila. El cargador de la cámara, el impermeable... y de pronto me pregunta: a qué se dedica usted. Soy periodista le digo y me pide una credencial y se la muestro y él sonríe y cierra la mochila. Ya no soy un delincuente, tampoco un viajero al que se le puede sacar una propinita. El carné de prensa es mágico.

Otra vez me salvó la credencial. No sé que haría sin ella, bueno, si sé, llevar mucho sencillo para contentar a las autoridades o, de una buena vez, mostrame más formal, afeitarme, halar un maletín con rueditas en vez de mochila, quitarme la gorra de lana, los pantalones con muchos bolsillos y vestirme como si fuera a una reunión, el día que deba cruzar la frontera.

Salí de la oficina, cruce la pista en busca de un colectivo que me llevara a la plaza de Yunguyo. Eran las 8 de la mañana y en la fachada del puesto se izaba la blanca y roja. Manos al pecho y que nadie se mueva, tampoco el guardia que pensó que era traficante o contrabandista. Sí, ahora se le ve muy disciplinado, muy responsable. Caray, qué viva el Perú...

Ahora ya estoy en Puno y, por si acaso, trato de andar lejitos de los policías. Pero por si las moscas tengo mi carné a la mano. Uno nunca sabe de que lo puedan acusar.