jueves, octubre 31, 2013

Una historia de fantasmas, sin fantasmas


Hace algunos días me preguntaron si en mis viajes había tenido encuentros paranormales. Con un poco de tristeza –porque siempre es bueno tener una historia alucinante que contar- confesé que jamás he vivido una experiencia con fantasmas, aparecidos, cucos, condenados o cabezas voladoras. Tampoco con esa banda de pishtacos saca grasas de la que habló cierta autoridad policial.

Nada de nada, admití ante la desazón de quienes me escuchaban. Ellos tuvieron con conformarse con una que otra anécdota relacionadas con el tema y que no eran demasiado terroríficas e impactantes. Pero no era mi culpa. Las almas en pena se rehúsan a asustarme y ni siquiera se animan a darme una ‘jaladita de pata’. Y no precisamente por la razón que varios de ustedes podrían estar pensando.

Lo más extraño –y esta es una reflexión que fungió como respuesta- es que he estado en lugares en los que, según varias voces, han ocurrido sucesos inexplicables, de esos que te ponen la piel de gallina y los pelos de punta, aunque esto último sería prácticamente imposible en mi caso. Los que me conocen o hayan visto una fotografía de mi rostro, sabrá entender el porqué.

Volviendo al tema, en una de esas ocasiones recibí pautas y consejos sobre la manera en la que debería de actuar, si mi sueño era interrumpido por algún aparecido. El procedimiento era bastante sencillo o al menos parecía serlo. Lo único que tenía que hacer era mantener los ojos cerrados y decir todas las groserías, lisuras, sapos y culebras que fueran parte de mi vocabulario.  

Fue un profesor de escuela el que me dictó esas recomendaciones. Creo que también me dijo que no era mala idea, poner una tijera o cuchara debajo del colchón, aunque esto podría ser una jugarreta de mi memoria. Lo que si recuerdo con claridad es que el docente sazonó su prédica con varios “ajos y cebollas”, como para que no quedara ninguna duda.

En aquella clase inesperada en uno de los cuartos del hotel Municipal de L…, en la sierra de Lima, se hablaría de una maestra que se marchó del pueblo muerta de miedo, por las situaciones paranormales que casi todas las noches acontecían en su cuarto. La pobre jamás pudo derrotar o espantar a los fantasmas, supongo que por una carencia alarmante de “verbo florido”.

Después de todo lo escuchado, estaba seguro que al fin me enfrentaría a un espectro. Así que antes de dormir, preparé y ordené mentalmente un variado y procaz repertorio, que incluía harta jerga para despistar más a mi posible contrincante. De esa manera le quedaría claro que que no se enfrentaba a un palomilla de ventana sino a un viajero que tenía calle y esquina.

Pero esa noche no pasó nada. Bueno, nunca ha pasado nada. Quizás en mi próxima travesía. Uno nunca sabe. Ojalá nomás que recuerde mi arsenal de palabrotas, con sus ajos y cebollas, con sus sapos y culebras. Eso demostraría que no fue en vano la lección recibida en el cuarto del hotel Municipal de L…, en la serranía de Lima. 

lunes, octubre 21, 2013

Explorando Waqrapukara

Es un niño, un niño que se aleja de su comunidad por un sendero sinuoso que, irremediablemente, terminará faldeando los cerros. Es un pastor, un pastorcito con una varilla en sus manos con la que juguetea sin demasiada alegría. Es un niño y es un pastor que va detrás de su rebaño que no es numeroso, apenas unas cuantas cabezas, tan pocas que le sobrarían los dedos de las manos para contarlas.

Tanto el niño que es pastor y sus animales que jamás serán mascotas, andan con pereza, sin apuro ni prisas, como si estuvieran aburridos de hacer el mismo camino todos los días, bueno, al menos los cuadrúpedos, porque el niño no anda por aquí todos los días. Durante la semana es un estudiante que aprende a leer y escribir en la modesta escuela de su pueblo.

Pero hoy es sábado. No hay lecciones en las aulas ni travesuras en el recreo. Por eso el niño es un pastor que solo volverá a su casa en la antesala de la noche, cuando el frío de las alturas se despereza y se impone. Si se apura en el retorno, quizás pueda corretear tras la pelota en las afueras de la vieja iglesia. Allí juegan los muchachitos de Santa Lucía. Allí gritan sus goles y festejan sus triunfos. 

Eso es lo que podría ocurrir después, no en este instante, porque el niño, que también es pastor, ha detenido sus pasos al escuchar una voz en quechua, una voz que no conoce, una voz que no es de su pueblo. La conversación es breve. Un puñado de frases. Varios gestos y un dedo infantil señalando un punto lejano, remoto, perdido en el horizonte.

No hay otras palabras ni señales. El niño vuelve a quedarse solo. Delante van sus animales. Estos se orillan o se espantan aterrados cuando esos extraños se acercan a paso vigoroso. Ellos –aún frescos y pletóricos de energía- quieren ganarle la partida a las horas. Su deseo es retornar bajo el amparo de los rayos de ese Sol que despunta impetuoso entre las cumbres.

Sospechan del clima. Le temen a la lluvia. Sienten incertidumbre. Es la primera vez que emprenden esta ruta. “Es la más corta a Waqrapukara, cerquita está”, les había dicho un emolientero en Pomacanchi. “Fácil es. En la tarde ya están de regreso”, agregaría Ignacio, el taxista que los condujo a la comunidad de Santa Lucía. “Sigan el camino. No se perderán”, recomendaría Celso desde la puerta de su casa.

El bastión del rebelde
Ese niño, ese pastor. Sí, a él había que preguntarle, él tenía que saber si ese era realmente el trazo que, en dos o en tres horas, los llevaría a esa ¿fortaleza?, ¿ciudad? o ¿templo? que era linda, hermosa y bien bonita, como les habían comentado al servirles la yapa en sus vasos humeantes, al pedir orientación en una bodega sombría y en las casi dos horas que dieron brincos por una carretera agujereada.

Debían alcanzarlo. Hacer que se detenga. Un grito en quechua y ese niño, ese pastor, voltea, los mira, los espera. Frente a frente. Ojos grandes, pómulos prominentes, mejillas irritadas de Sol. Un gorro de lana, un pantalón raído y la varilla inmóvil en su mano. Monosílabos. Diálogo exiguo. Gestos con las manos y la cabeza. Lo necesario para saber por dónde está el legado de piedra de los antiguos.

Se esfuman las dudas. Derrotero correcto. Es cuestión de no dejarse ganar por el cansancio ni la altura, tampoco por la ansiedad que acelera su persistencia andariega, sus deseos de admirar cuanto antes las escaleras, las hornacinas, las puertas trapezoidales y el rosario de recintos erigidos por los hombres de la cordillera en un tiempo donde la historia se entrelazaba con las leyendas y los mitos.

Travesía hacia el pasado para descubrir el ¿reducto?, ¿pueblo? o ¿adoratorio? que los qanchis diseñaron con sapiencia en un lejana atalaya de piedra arenisca y que los Incas perfeccionarían después, dejando su sello en esa montaña de la margen derecha del río Percca (distrito de Acos). Un bastión de la arquitectura andina apenas conocido a pesar de su monumentalidad y lítica grandeza.

Ese era su destino. No estaban lejos. Se lo anunciaba el cansancio y la visión de esa formación rocosa similar a una cornamenta, a la que se aproximaban por una pendiente. De ella deriva el nombre del conjunto arqueológico de Waqrapukara (waqra: cuerno; pukara: fortaleza), el bastión y refugio de Tito Qosñipa, el curaca rebelde que encendió la ira del poderoso Huayna Cápac.

Pregonan las leyendas que la nación qanchi fue rebelde desde siempre. Este grupo humano, cuya pacarina (lugar de origen) habrían sido los cerros Willkacalle y Pucara, tuvo varias disputas con los incas. Vientos de guerra soplarían en las quebradas y las pampas, cuando Qosñipa se opuso a las exigencias de más tributos, planteada por el soberano cusqueño. 

Fortaleza de piedra
Ellos no pelean contra nadie. Solo quieren vencer su agotamiento para conocer la fortaleza en la que el cacique resistió el asedio de los Hijos del Sol. Dicen que la lucha duró un mes, que los levantiscos se quedaron sin agua, que los apresaron y los condujeron al “ombligo del mundo” para ser ejecutados. Eso nunca ocurrió. Respetaron sus vidas. Su castigo fue otro. Les cortaron las orejas.

Los pasos finales. Waqrapukara. 4163 metros de altitud. La cornamenta natural. Los recintos levantados desde antes de la rebelión de Qosñipa. Arquitectura prehispánica. Paisaje cerril. Contemplación sosegada para aquellos viajeros que tomaron el camino que nace en Santa Lucía, el más corto, pero no el único que serpentea victorioso hasta esta cumbre que atesora importantes huellas del pasado.

Varias rutas. Distintos puntos de partida: Huayki, Sangarará, Canchanura, Mulawata o Sarwiqocha. El mismo final: el emblema arqueológico de la provincia de Acomayo, con su “contorno pétreo que llama la atención debido a sus formas caprichosas, que la erosión fluvial y eólica fue plasmando en el transcurso del tiempo, adquiriendo algunas formas que insinúan figuras antropomorfas y zoomorfas”.

Así describe el panorama que observan los visitantes, Pedro Lizarzaburu Prado, arqueólogo responsable del Informe Anual 2011, conservación y mantenimiento de zonas y sitios arqueológicos de Canas y Acomayo. En su estudio señala que este lugar presenta “la característica de acoger los primeros rayos del Sol por las mañanas y los últimos en el ocaso”. Una evidencia de su importancia estratégica e ideológica.

Recuperar el aire. Se apacigua el corazón. Subir por escalerillas líticas de peldaños desiguales. Ascenso a las cornamentas, aquellas que se veían desde antes de llegar y eran el indicio, la razón para seguir insistiendo y conquistar lo más alto. Allí hay una plaza, un par de recintos de carácter ceremonial y hornacinas de doble y triple jamba, un detalle que demuestra el tesón y la prolijidad de sus constructores.
         
Arriba oteándolo todo. Las terrazas cultivables. Los otros senderos. Los requiebres del cañón del Apurímac. “Es linda, hermosa y bien bonita”, les habían dicho antes de partir hacia esa fortaleza que tiene algo de ciudad y de templo. Ya no sospechaban del clima. Retornarían con calma, acaso guardando físico para pelotear frente a la iglesia, con ese niño que los sábados es pastor y futbolista.