domingo, julio 19, 2009

Hacia el puerto del inca

Dentro de unas horas volveré al camino. Mi destino será Puerto Inca. Antes he estado ahí, pero solo unos minutos. Llegué luego de un largo viaje que acabó en una lancha. Solo tuve tiempo para tomar un jugo, antes de embarcarme hacia Yuyapichis.

Lo que allí ocurrió ya lo narré anteriormente y, para no imitar a un disco rayado, sólo diré que mi ansias de conocer la cordillera del Sira, se vieron truncadas por unas ampollas con apariencia de cráteres lunares.

Después de una jornada en el monte, tuve que retornar en canoa a Yuyapichis. Allí
estuve con Badwin y su familia -ellos tienen una tienda bastante surtida-, esperando un auto que me acercara a Pucallpa.

Recuerdo que no me sentía muy bien. Mis pies daban pena y tal vez hasta algo de miedo. Quizás por eso, el médico de la posta no se atrevería a tocarlos cuando me atendió. Sólo me entregó unas pastillas y me dijo que descansara.

Hoy me preparo para retornar a esa parte de la región Huánuco. Y si bien no iré a Yuyapichis, en esta ocasión tomaré más que un jugo en Puerto Inca,
la capital de la provincia del mismo nombre y en el distrito de Honoria.

Esta vez las ampollas no frustrarán mi camino -al menos es lo que espero- y aunque no llegaré caminando al Sira, estoy seguro que descubriré parajes exuberantes y pletóricos de verdor.

Me jugaré una revancha simbólica, porque la verdadera revancha todavía está pendiente. Cuando esta ocurra, me reencontraré con Badwin, su madre y su hermano, pero no con el médico que me atendió de lejitos nomás.

viernes, julio 17, 2009

Los santos de Piscobamba

San Andrés es muy educado y respetuoso, todo un caballero. Libre de la envidia y de otros sentimientos ponzoñosos -esos que envenenan las almas de los simples pecadores- se enfundó sus mejores galas y, en hombros de sus devotas, salió rapidito para la iglesia de Piscobamba.

El santo, todo un galanazo con su sombrero rojo, quería saludar con suma reverencia y afecto a sus colegas, Pedro y Pablo, que estaban de fiesta, como siempre ocurre a finales de junio.

No se trata de una celebración cualquiera, claro está. De esas que empiezan y acaban con la procesión. Nada que ver. Todo lo contrario. A San Pedro y a San Pablo los agasajan a lo grande, como manda y ordena la costumbre. Así no se resienten y siguen bendiciendo a la ciudad, a la provincia de Mariscal Luzuriaga (Áncash), a todo el Callejón de Conchucos.

San Andrés, el ilustre visitante, fue recibido con beneplácito por los agasajados. Ellos, muy circunspectos y ceremoniosos, lo invitaron a ser parte de la procesión; entonces, los tres recorrieron el perímetro de la plaza de Armas, escuchando las plegarias de sus fieles, el estallido de las bombardas, las armoniosas melodías de la orquesta y el contagiante ritmo de las roncadoras (grupo de flauta y bombo).

A su paso, los caballeros se quitan los sombreros o las gorras; las damas apreitan más las cuentas de sus rosarios y, los niños, se mueren de ganas por irse a jugar, aunque sus padres les exigen estar quietecitos y muy serios porque ya vienen los santitos.

Pero la seriedad que les falta a los niños, les sobra a los "huancas", danzantes que visten chaquetas azules, corbatas rojas y camisas blancas. Ellos están enmascarados, portan espadas y se protegen del sol cordillerano con un sombrero con penachos de varios colores.

Cuando sale la procesión, guardan sus pasos, dejan de bailar, caminan con parsimonia y hasta cruzan los brazos en señal de recogimiento. Igual se comportan los "huanquillas", también enmascarados, también con espadas y sombreros estrambóticos.

Quienes no respetan nada son los "sargentos" o "tuyrurus". Traviesos y chispeantes, se aprovechan que lo santos patrones y su dilecto invitado están de buen humor y no los castigan por andar culebreando y saltando cuando los demás oran y escuchan las sabias palabras del "señor cura".

Así se la pasan toda la procesión y buena parte de la fiesta, porque cuando San Pedro y San Pablo vuelven al templo -después de despirse con tres venias de San Andrés- los "sargentos" continúan con sus brincos al son de las roncadoras.

Eso sí, ahora también le entran al ritmo los "negritos" que en verdad no tienen mucho de negritos, los "huancas", los "huanquillas" y los devotos que se van corre-bailando a la casa del prioste o mayordono. Allí hay almuerzo, chicha de jora y cerveza.

Todos están invitados, menos San Pedro y San Pablo que se quedan descansando en la iglesia de Piscobamba. Cosas de la tradición y las costumbres.


*Para ver más fotos de la fiesta de San Pedro y San Pablo de Piscobamba, haga click aquí.

lunes, julio 06, 2009

Clic de la semana



Lo llaman el guardián de Yaino (provincia de Pomabamba, Áncash), un complejo arqueológico a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, al que solamente se llega caminando, ascendiendo, retando al cansancio, al sol, a la falta de aire.

Su nombre es Mariano Jaramillo y es mucho más que un guardián o, mejor dicho, él, es un guardián distinto, porque se entiende con la tierra y las montañas. Las ama, las respeta, las engríe con pagos y rituales, con hojitas de coca y palabras en quechua.

Amable, risueño y andariego, Mariano acompaña sus pasos con un bastón. "Tuve un problema en mi rodilla y me querían amputar la pierna". No quiso, se dio de alta, volvió a su tierra, al callejón de Conchucos. "Aquí me curé con un ungüento de llama", se ufana, sonríe, sigue caminando, aunque despacio. No hay que exagerar. Ya no es un muchacho.

En su casa -una vivienda solitaria cerquísima a Yaino, un legado arqueológico de la cultura Recuay- Mariano descansa y reflexiona de cara a una cadena de nevados, mirando de frente -con admiración y nostalgia- las cumbres congeladas de la cordillera Blanca, la cordillera tropical más alta del mundo.

"Ese es el Anqa, el otro el Puqaraju y el de allí el Taulliraju. Esa puntita es el Huascarán y el último el Huandoy", parece pasar lista Mariano quien asegura que antes, no hace mucho, allá por el año 60, todos los picos que hoy se ven en el horizonte de Yaino, tenían nieves perpetuas.

El mundo se está calentando. La cordillera se deshiela. Mariano lo observa diariamente, y, por más que él se entienda con la mamapacha y los apus, no podrá evitar lo inevitable. Cada vez habrán más picos negros en el horizonte y más nostalgia en su mirada.