domingo, octubre 18, 2009

Tata Pancho, perdóname

No es fácil Tata Pancho. Entiéndeme, perdóname… todavía soy un alma débil. Créeme que lo intenté con todas mis fuerzas, que luché con férrea decisión y que, durante horas, resistí heroicamente los provocadores embates de aquellas huestes demoníacas que, valiéndose de sensuales argucias, buscaban afanosamente guiarme y perderme por el mal -¿o buen?- camino.

Sabes que no miento. Tú lo ves todo desde tu anda florida y bendecida, esa que ahora está en el atrio de un templo que jamás será tuyo, aunque seas la imagen más querida, la que todos veneran y engríen en la primera quincena de octubre, cuando tu fiesta es lo más importante en la provincia fronteriza de Yunguyo (Puno) y centenares de hombres y mujeres te rezan, te cantan y hasta bailan en tu honor.

A pesar de eso, la iglesia no lleva tu nombre sino el de Nuestra Señora de la Asunción. Ella ocupa el altar mayor. Quizás sea injusto… bah, pero tú eres un santo y no sientes ni celos ni envidia, tampoco te molestas. Y no creas que te adulo para que olvides mi falta, mi penosa claudicación frente a unos guiños seductores y el vuelo pecaminoso de varias falditas microscópicas.

Tú tienes la certeza de que mis intenciones –al inicio del día- eran buenas y sinceras. Me viste contrito en la iglesia, escuchando al párroco que relataba algunos pasajes de tu vida: tu origen noble, tu servicio a los reyes, tu entrega a Dios, tu afán evangelizador, tu vida sacrificada y los milagros que te llevarían a los altares, San Francisco de Borja, el querido Tata Pancho de Yunguyo.

Luego, acompañé tu procesión. Lluvia de papel picado a la salida del templo, vibrar de notas musicales, alboroto de fe en una plaza exultante de fiesta. Me acerqué a ti, burlando a los serenos que querían cortarme el paso, como si fuera un indeseable que pretendiera hacerte daño. Sólo quería verte de cerca para fotografiarte, para tener un recuerdo de tu imagen, de tu rostro barbado, de tu sombrero campesino.

Hasta ahí todo iba bien. Reflexión y plegarias. Nada más. Estaba alejado de las tentaciones y de cualquier pensamiento sombrío. Tú eres testigo, Tatita Panchito, que estaba decidido a marcharme, a volver a Puno, a ignorar a las diablitas que esperaban el fin de la procesión, para imponer sus movimientos condenatorios en la misma plaza que tú recorriste en hombros de tus devotos.


Pero me quedé. Tal vez porque quería mostrarte que podía derrotar a esas chinitas endemoniadas, imponer mi férrea voluntad frente a sus mohines turbadores. Y empecé bien. Estuve a tu lado, viéndolo todo con gesto de indiferencia, reprobación y desdén. No las seguiría, no brindaría con ellas, tampoco me acercaría para perpetuar con mi cámara, alguna de sus perniciosas sonrisas.

Quería portarme como un santo al menos una vez en mi vida. Ser como tú, que renunciaste a los privilegios de la nobleza y a las frivolidades de la corte,
para ser un fiel servidor del Señor que está en los cielos; sí, allá arriba, lejísimos y, quien sabe, si ese fue el origen de mi desgracia, porque mientras el todopoderoso seguía refugiado entre las nubes, aquí, en el altiplano, decenas de diablos y diablas desfilaban ante mis ojos confundidos.

Y ellas me miraban, me coqueteaban, me invitaban a acercarme y se les veía tan lindas, tan alegres, tan animadas. De pronto, no sé como -quizás tú puedas explicármelo San Francisco de Borja- me alejé de ti, me acerqué a las bailarinas. Esa fue mi perdición.


Me olvidé de las oraciones. Me dejé llevar por la música contagiante de las bandas de nombres espectaculares y auténticos, por la algarabía de las chinas diablas, el menear de caderas de las morenitas y el ritmo divertidamente sobrio de las cholitas veteranas; entonces, fui perdiéndome en el palpitar de los conjuntos y brindé con diablos de máscaras abstractas, con gorilas y osos y hasta con hombres vestidos de toro.

No es lo que quería, no es lo que buscaba, Tata Pancho; pero las cosas se presentaron así. Sé que vas a perdonarme. Tu bondad es infinita. Eso me lo han dicho tus devotas y devotos que te quieren tanto, aunque se vistan como el maligno y conozcan las maña para desviar a los aspirantes de santos.

Todo es parte de la fiesta, tú lo sabes, tú lo entiendes; por eso, año tras año, sales al atrio, para ver a los conjuntos, y, también, por qué no, a los viajeros que como este humilde cronista, se pierden, se alejan y se vuelven parte de ese jolgorio que tu piedad y tus milagros, Tata Pancho, generan en todo un pueblo, tu pueblo de Yunguyo.


*Para ver más fotos de Tata Pancho haga clic aquí.

lunes, octubre 05, 2009

Juguemos a la Oca



El tablero está ahí. No luce impecable ni reluciente, pero todavía se ve, aún podría ser utilizado si alguien quisiera hacerlo, aunque eso no ocurre desde hace lustros. Quizás porque los tiempos de boato y esplendor son parte del pasado, tal vez porque nadie en la ciudad se acuerda de las reglas.

El último que las conoció no quiso revelarlas y ni siquiera se las contó a don Rolando Añasco, el propietario actual de la llamada Casa de la Oca, una de las tantas maravillas de Lampa, una ciudad que vivió envanecida por el animado derroche de hacendados y mineros de caudalosas fortunas.

En aquella época -siglos pasado, milenio pasado-, la casa de don Rolando, que pertenecía a la familia Valdez Carrión, fue el escenario de intensas jornadas del juego de la Oca, divertimento de raíces españolas en el que se formaban equipos, se lanzaba un dado y se avanzaba por un camino numerado en el que no escaseaban los castigos y los premios.

"Algo así como el ludo. Se formaban cuatro equipos: el cóndor, el perro, la liebre y el venado", comenta el propietario. No hay más explicaciones. Sólo queda imaginar las risas, el bullicio, la alegría desbordante de aquellas jornadas de relajo y distensión.

Pero la costumbre se perdería con los años; bueno, no es lo único. También se está perdiendo -poquito a poco- la prestancia de ese tablero gigante, único, vistoso, hecho con miles de piedrecitas blancas y negras.

Se calculan que son más de diez mil, perdón, eran más de diez mil. Muchas ya no están en su lugar. Se salieron. Culpa del descuido. Lo peor de todo es que seguirán "perdiéndose" sin que nadie haga algo para evitarlo. Y es que nadie quiere iniciar el juego de la restauración.

El tablero de la Oca de Lampa, la "Ciudad Rosada", va perdiendo la partida, sigue sin encontar la suerte. Ahora está deteriorado, maltrecho, en vías de desaparecer como los hacendados y mineros derrocharadores que recorrieron sus casilleros, como el hombre que jamás quiso revelar las reglas y se las llevó a la tumba.

jueves, octubre 01, 2009

De celebraciones y puyas

Sí, lo sé, lo mejor sería decirle a mi jefe –ese renegón que se cree un gran periodista- que hoy nos olvidemos de los textos, las fotos, la búsqueda de información y que cerremos el quiosco hasta nuevo aviso, para irnos de pachanga con algunos colegas y varias coleguitas.

Pero él quiere pegársela de santurrón y responsable, cuando en verdad es un plomazo; entonces, me sale con eso de que el periodismo es un apostolado y que la mejor forma de celebrar este día –o nuestro día- es escribiendo como locos; sobre todo, porque las últimas semanas por andar medios perdidos en las alturas puneñas, no se ha publicado ni una coma en Explorando.

“El lector merece respeto”, sentencia con odioso aire dictatorial. Y como es inútil discutir con él -jura que es infalible- aquí me tienen golpeando el teclado, más que fastidiado a decir verdad, porque setiembre –a pesar de todos los anuncios (ver entrada anterior)- se pasó sin festejos y octubre, que empieza con un día de aspiraciones bailables, pinta igual de aburrido.

Lo que no tuvo nadita de aburrido, eso sí, fue el último periplo a Puno. Viaje intenso y vital, en el que no alcanzó el tiempo para publicar. Y eso es lo que le revienta al explotador de mi jefe que –emponzoñado de envidia por su carencia de planes- me ordena que escriba al toque nomás, sobre las puyas en floración que encontré o encontramos en el altiplano.

Bah, que gran noticia. Las puyas de Raimondi florecen desde siempre por más que el pelmazo de mi jefe, se desgañite diciéndome que es un espectáculo que pocos han visto, menos en Puno, jamás frente al lago Titicaca. “Esa es una primicia”, se entusiasma, se frota las manos, se llena de orgullo y hasta parece que por la emoción va a disparar las dos “primeras”.

Falsa alarma. Se tranquiliza, se concentra, está pensando en esas puyas que sólo florecen una vez en su larga existencia, la cual, según dicen porque a mi no me consta, bordea los 100 años.

Tengo que seguir escribiendo, encontrar los datos en la libreta de apuntes, resaltar que en Lampa, al ladito nomás de la carretera que conduce al cañón de Tinajani (uno de los atractivos de la provincia de Melgar) aparece el rodal de Tarucani, grande, enorme, con muchas puyas.

Varias florecen, varias son acosadas por picaflores sin soroche que buscan su néctar y diseminarán sus semillas.

Eso sí que no lo había visto ni el parque nacional Huascarán (Ancash) ni en Titancayoc (Ayacucho). Al final, quizás mi jefe tenga una pizca de razón y está bien que posterguemos –ojo, postergar, no cancelar- los festejos. Sí, hay que trabajar, publicar, mostrar las imágenes y el texto que, a regañadientes, empecé a redactar hace varios minutos.

Y creo que ya está. Oleado y sacramentado. Subo la nota. Me voy. Me escapo... Me quedo. El odioso me sale con la cantaleta que no he puesto nada, nadita, sobre Piata, una comunidad lacustre en la provincia de Huancané, conocida como el Valle del Titicaca.

A Piata llegamos al final de la tarde, al final del viaje. Fue nuestra última parada. Ya habíamos visto el gran lago desde muchos sectores. Siempre fascinante y distinto, aquí nos mostraba un camino trepador que conducía a una especie de atalaya donde se veían inmensos totorales y orillas pesqueras.

Pero esa no era todo, lo más impactante, lo realmente inolvidable eran las puyas que se erguían florecientes e impetuosas, frente al lago legendario. No lo esperaba. Era extraño, inusual, tal vez fuera de contexto. Esas titancas –así las llaman en varios lugares de la sierra- no deberían estar ahí, pero allí estaban y era fantástico, absolutamente hermoso.
Listo. Ahora sí. Mi jefe parece contento. Capaz me da asueto y me deja salir a rumbear. Total, es el día del periodista y eso de trabajar puede ser contraproducente, genera estrés y quizás hasta alergia. Esta tiene que ser una jornada festiva, relajante, dispendiosa, también rebelde.

Corto el yugo. Me largo. Fue un gusto escribir para ustedes. Hasta el lunes, jefe renegón… bueno, soñar no cuesta nada.

El orden se impone. La jornada recién empieza y hay que editar textos, seleccionar fotos, bajar información y esto y lo otro y ese alguito más, brama mi jefe, mi otro yo. Discúlpenme, creo que cometeré un asesinato... o será un suicidio.