miércoles, julio 26, 2006

Especial Fiestas Patrias II


Tumbes y Piura
La Costa del Sol

Aproveche el feriado largo y encuéntrese con el mar en las playas del norte. No se arrepentirá...

Despiertas. Te desperezas. Miras a tu alrededor. No hay nadie o hay muy pocos. Goce en soledad. Te sientes el dueño del mar y de sus olas, el dueño del mundo. Te levantas. ¿Caminar de nuevo?, no, mejor no, mejor zambullirse en el Pacífico infinito, el Pacífico y sus aguas calientitas, ricas, relajantes. Inolvidables.

Veranear todo el año. Sí, también en el invierno, por qué aquí, en Punta Sal y en Zorritos, en Máncora y en Colán, exquisitas playas tumbesinas y piuranas, el calorcito siempre está de moda, siempre es una justificación o una excusa para tomar abrasadores baños de sol en una irresistible hamaca o dejarse acariciar por los vaivenes del mar.

Días de relajo a más de mil kilómetros al norte de Lima. Días en los que sus únicas preocupaciones serán decidir en qué playa pernoctar y escoger entre un buen ceviche de conchas negras, una enorme langosta en salsa de mariscos o un apetecible filete de mero. Lo demás es sencillo: broncearse, nadar, tomarse un traguito, cabalgar, tal vez salir de pesca.

Y para evitarle los desvelos vacacionales, le explicaremos algunas de las gracias de los balnearios de Tumbes y Piura. Comenzaremos por Punta Sal, uno de los más famosos de estas tierras. Su belleza es indescriptible y, a falta de adjetivos para retratarla, repetiremos la opinión de muchos: es la mejor playa del país.

Los encantos naturales de Punta Sal –a sólo 84 kilómetros de la ciudad de Tumbes, la capital regional- se complementan con una adecuada infraestructura turística.


Aquí los buenos hoteles, restaurantes y bungalow configuran un lunar de urbanidad en las amplias costas oceánicas, cercadas por varios cerros que le conceden un aire de intimidad.

Este balneario es una excelente posibilidad para sus vacaciones, pero no es la única. Otro rincón del solaz es Zorritos, una primorosa caleta de mar sereno y aire cálido. Un muelle artesanal y un simpático faro, son dos detalles pintorescos de este rincón del Pacífico, localizado a 27 kilómetros de Tumbes.

La riqueza ictiológica de sus aguas asegura intensas jornadas de pesca deportiva, pudiéndose capturar róbalos, lenguados y corvinas, entre otras especies. Un detalle interesante -aunque no muy playero- indica que en Zorritos se perforó el primer pozo petrolero de Sudamérica.

Otras opciones tumbesinas son la caleta La Cruz, en el kilómetro 1,248 de la Panamericana Norte, Punta Mero, en el 1,203, y Acapulco, en el 1,225, son tentadoras alternativas, pero, tenga en cuenta que los servicios turísticos son de menor calidad.

En el lado piurano, Máncora (provincia de Talara) y Colán (provincia de Paita) son los balnearios estrellas. El primero, a 180 kilómetros al norte de la capital regional, cuenta con excelente infraestructura turística, especialmente en la zona de Las Pocitas, donde plácidos hoteles le dan cara al océano.

La oferta se extiende al vecino distrito de Los Órganos (a 15 minutos de Máncora), que ofrece espléndidas olas para los surfistas en Punta Veleros, relajo absoluto en los espléndidos hoteles de Vichayito y un toque de atractiva rusticidad en la modesta caleta de pescadores El Ñuro.

Colán –a 60 kilómetros de Piura- es, quizás, el balneario más tradicional de la región. Más allá de su belleza costera y de sus viejas casas de madera sostenidas por pilotes enterrados en el fondo marino, en este pedazo del Pacífico se encuentra la iglesia de San Lucas, un monumento histórico de gran valía, por ser la primera iglesia católica de Sudamérica.

Las costas de Tumbes y Piura son un espejo del paraíso. Sus fascinantes litorales, sus siluetas de arena fina y sus apacibles semblantes de lugarcitos perdidos, las convierten en refugios perfectos, íntimos y placenteros al ladito del mar. Allí la vida es más sabrosa. (Rolly Valdivia).

martes, julio 25, 2006

Especial Fiestas Patrias

Caballos peruanos de paso
Los embajadores silenciosos

Pasos de tradición, elegantes y sobrios, simplemente majestuosos; pasos en la costa y en la sierra, en los valles y quebradas, también al ladito del mar o al pie de una montaña. Pasos peruanos, peruanísimos, únicos, antiguos y admirados, aquí y allá, en todo el mundo.

Y esta crónica se escribe y debe ser leída paso a paso, bueno, al menos en sentido figurado, porque aquí, de lo que se trata, es de imaginar y reconstruir a través de las palabras y frases, el cuatricentenario andar del Caballo Peruano de Paso, una noble raza o casta equina que es considerada Patrimonio Nacional y Embajador Silencioso del Perú.

Ahora cabalgamos hacia el pasado, para descubrir los orígenes de una raza que enorgullece a todo un país por su porte y señorío, su temperamento y vigor, su resistencia y docilidad, y, claro, su trote suave y arrogante, auténtica armonía entre el garbo y el movimiento.

Todas estas razones lo convierten en el mejor caballo de silla en el mundo entero… ¡Alto! no hay que desviarse del camino, debemos seguir el viaje hasta 1532, el año en el que Francisco Pizarro y sus hombres venidos de occidente, ingresaron al actual territorio del Perú, en búsqueda del inca Atahualpa, el Hijo del Sol.

El hecho es de vital importancia para esta crónica que va paso a paso. Y es que la llegada de los españoles, significó la aparición en los caminos costeros y andinos de un cuadrúpedo imponente y fabuloso, nunca antes visto en el vasto imperio inca. Su presencia causó estupor en los valles y punas.

Y tenían razón de estarlo. El brioso animal era capaz de soportar el peso de esos extraños hombres y, como si eso fuera poco, recorrer grandes distancias. Con el paso del tiempo, los caballos de origen andaluz se adaptarían a la siempre variada y exigente geografía peruana, desarrollando algunas cualidades especiales que lo distinguirían de sus congéneres.

Los potrillos de estos equinos andaluces, serían, años después, los “patriarcas” de los actuales caballos peruanos de paso, una casta sin parangón en el planeta que es el resultado de varios siglos de selección, cruces y mejoramiento de la raza, un proceso impulsado por los aguerridos criadores.

Hay versiones que aseguran que el suave trote de los equinos, nació en las tibias arenas de las playas del Pacífico, porque los animales, para aligerar su paso en las orillas costeras, levantaban las patas más de lo normal. El resultado es ese toque de distinción que hoy maravilla ha propios y extraños.

Caballos ciento por ciento peruanos. De andar exquisito y natural, de tamaño medio y contextura elegante. Estos entrañables animales tienen orejas pequeñas y puntiagudas, cuellos poderosos y pechos anchos, como los sombreros y los ponchos de sus distinguidos chalanes (jinetes).

Se acaba el camino. La crónica paso a paso y sus sentidos figurados. Lo que si se prolongará por siglos son los Caballos Peruanos de Paso y sus diestros criadores y chalanes. Ellos tienen aún mucho camino por recorrer, en la costa y en la sierra, en todo el mundo. (Rolly Valdivia)

lunes, julio 17, 2006

A brindar con masato

No es una insinuación, tampoco la expresión de un deseo velado de continuar con los festejos por el primer aniversario de Explorando Perú.

En realidad es pura coincidencia, una de esas casualidades de la vida que nunca faltan la que me hace publicar este post, con la fotografía de una mujer asháninka de la comunidad de Coriteni Tarzo (provincia de Satipo, Junín), en plena faena de preparación del tradicional masato, la bebida infaltable en el verdor amazónico.

A puro punche y con gran esfuerzo, el ollón con varios kilos de yuca y camote sancochado es molido, triturado, convertido en masa pastosa con un remo "disfrazado" de cucharón.

El procedimiento es más que agotador y la señora lo realiza en silencio, totalmente concentrada y sin mirar a los curiosos que pululan por su minúscula comunidad, perdida en el exuberente follaje que tapiza las orillas del río Tambo.

En la selva se masatea de día y de noche, cuando hay fiesta o hace calor, cuando llega un visitante o se van los maestros de la escuela. Se toma siempre suavecito o bien fermentado.

Si alguna vez se lo invitan, acepte sin chistar, beba aunque sea un poquito, porque en muchas comunidades su rechazo se interpreta como un terrible desplante.

Eso sí, trate de pensar que la bebida se preparó como se ve en la imagen y no en la manera antigua y tradicional que consistía en masticar la yuca y luego escupirla, para que esta se fermente. ¿Delicioso, verdad?

Si usted le pregunta a los pobladores cómo se hace el masato, es muy probable que ellos le respondan con una sonrisa enigmática, a veces cómplice.

Más allá de los temores y los secretos de preparación de los "barmans" selváticos, la bebida de yuca se deja tomar y, luego de unos cuantos sorbos, podría parecerle excelente... en fin, cosas del trago, misterios insondables del arte de empinar el codo.

martes, julio 11, 2006

Explorando de Fiesta...

Hay viajes que se inician sin pensarlo mucho. Sin tener un mapa de la ruta y sin saber muy bien lo que se encontrará en el destino elegido. En esas travesías inesperadas se valoran los pálpitos, entonces, uno se deja guiar por las corazonadas y saborea la ansiedad de conocer o descubrir un lugar maravillosamente impensado.

Hace un año, inicié uno de esos periplos sin rumbo ni itinerario definido. Lo decidí de un momento a otro, sin tener muy en claro lo que haría en la ruta. Sí, todo comenzó por la insistencia de Sandro Medina Tovar, amigo y colega que me convenció -o ¿obligó?- a subirme al viaje de palabras e imágenes de los weblogs.

En un par de minutos y casi sin darme cuenta, Sandro me había convertido en un blogger. Al fin tenía una ventana propia para contar mis historias y anécdotas de periodista andariego; un espacio en el que podría publicar mis vivencias con absoluta libertad, sin esperar la aprobación o los tijeretazos de algún sesudo editor.

En aquel momento de partida, cuando mi guía en estos menesteres me preguntó que nombre le pondría a la bitácora, recordé el título de un proyecto editorial que nunca llegó a concretarse. “Compadrito, ponle Explorando Perú”, le dije a Sandro, queriendo rescatar aquella idea fallida, planeada hace algunos años con un par de entrañables compañeros de aventuras.

Explorando está de aniversario y me he permitido develar algunos de los detalles de su nacimiento. Total, estoy o estamos de fiesta (los incluyo a ustedes compañeros de aventura, reales o virtuales), de pachanga y de tono. Hay que alegrarse, sonreír y, claro, por qué no, hasta brindar una semana entera, como en fiesta patronal, con banda y castillo, con mayordomo o cargonte.

Todos son bienvenidos a nuestra fiesta. Quienes siempre nos visitan, los que nos leyeron una vez y nunca más regresaron; los que escribieron un mensaje halagador, una crítica constructiva u opinión contraria; los que nos encontrarán en el futuro y, sobre todo, a los compatriotas que de una u otra forma, me han permitido con su apoyo manifiesto o silenciosa colaboración, recorrer los fantásticos caminos del Perú: mi tierra, mi hogar… mi inspiración.

Feliz cumpleaños Explorando Perú… y, como uno es ninguno, nos vamos por el segundo aniversario.

viernes, julio 07, 2006

Clic de la Semana


Una niña de la comunidad nativa de Coriteni Tarzo, provincia de Satipo (Junín), se desentiende de sus deberes escolares, para darle una miradita de seria ternura al lente viajero de Explorando Perú.

A pesar de las carencias y la inadecuada infraestructura, en la única aula del Centro Educativo Estatal 31823, el experimentado profesor Leonidas Portero Sergio -"tengo 25 años de experiencia, amigo"-, enseña las primeras letras en ashaninka y en español, a sus alumnos de siempre y a los visitantes inesperados que por esa cosas de la aventura, armaron sus carpas en las orillas amazónicas del río Tambo.

Y mientras la niña vuelve a sus cuadernos, su maestro me explica en tono pausado y rutinario que en el idioma ashaninka no existe la "U" -para alegría de los aliancistas-; luego anuncia la llegada del recreo y los pequeños alumnos -descalzos, tímidos, movedizos- juguetean en el monte, desvisten un árbol cargado de naranjas o se dan una escapadita a sus casas, siempre rústicas, siempre de madera, siempre sin servicios básicos.

No hay campana ni timbre, pero la lección llega a su fin. Nos llevamos una foto y una frase aprendida: Pimpokajeite Obametantsipankori Oñaakaro 31823 (Bienvenidos al Centro Educativo Estatal 31823).

martes, julio 04, 2006

Silencio selvático

Quería escribir, expresarme, nutrir con palabras e imágenes los espacios virtuales de Explorando Perú, pero no había forma de hacerlo. La falta de Internet amordazó mis post y me obligó a refugiarme en el silencio, mientras surcaba las aguas peleadoras del río Tambo, recorría las sendas ancestrales del pueblo ashaninka, o escuchaba voces de leyenda en una noche de misteriosa oscuridad.

Experiencia de verdor en una tierra cercanamente distante: distrito de Río Tambo, provincia de Satipo, región Junín, en la calurosa espesura de la Selva Central… sí, allí donde el monte es una enhiesta cadena de colinas conquistadas por el follaje exuberante y los ríos corren presurosos para entregar sus aguas a los serpenteantes tributarios del Amazonas.

Tanto por contar y escribir. Y es que cada parada en la travesía -¿zarpamos de Puerto Ocopa o Puerto Chata?- cada conversación –me llamo Reunel y soy de la comunidad de Betania, ¿usted conoce?- y hasta cada comida –¿se anima por una chupadora (pez de río)?- se convierte en anécdota, en descubrimiento, en vivencia pura e inigualable, en insumo preciado para la redacción de un post imposible de escribir en el monte no globalizado.

Ahora que estoy en la ciudad trato de revivir con palabras las sensaciones de esos días distintos, aventureros, quizás mágicos; entonces, piensas en la pequeña comunidad de Coriteni Tarzo -olvidada, austera, todavía nostálgica-, en la fabulosa catarata de Koari–distante, seductora, impoluta- y en las piedras resbalosas de ese camino sin nombre –perdido, oculto, tal vez inexistente-.

Voy ordenando los detalles, las historias, recordando a mis compañeros de viaje… y me animo, creo, me convenzo de que sigo en la selva, quizás sea por el resfrío que me traje de souvenir o, tal vez, por las picaduras -aún perdurables- de los atrevidos mosquitos… caray, qué mala suerte, ya no hay más tiempo. El deber me llama (léase trabajo, ¿se vería bien si escribo el mundial?).


Se acaba este post, pero la aventura en Satipo recién comienza...Acompáñenos.