sábado, agosto 27, 2005

El Click de la Semana


Una pintoresca casa de madera en la pequeña comunidad de Pampa Verde, la primera que encontramos en el camino hacia la Cordillera del Sira. Fue en este sosegado y caluroso paraje donde descubrí la inmensidad de las ampollas -parecían cráteres lunares- que comenzaron a torturar mis pies en los primeros rigores de una jornada que alcanzaría los 28 kilómetros (sólo en su primer día). Lamentablemente y a pesar de la acertada "intervención quirúrgica" de José Luis, el líder de la travesía, tuve que abandonar la aventura y desandar lo andado en una frágil pero invicta canoa.

*Más información en: rollyvaldivia.blogspot.com/2005/08/ltimo-minuto.html

viernes, agosto 26, 2005

El Final del Camino


Bienvenidos Chasquis de la Paz

Luego de casi cuatro meses de andar infatigable y agotador, los chasquis de la paz, Felipe Varela Travesí, Nilo Niño de Guzmán Velásquez, Aydeé Soto Quispe y Abel Simeón Solís, cumplieron su kilométrica hazaña de 2,200 kilómetros de recorrido por el mítico Qhapaq Ñan de los incas.

De Ayabaca (región Piura, al ladito del Ecuador) hasta Desaguadero (región Puno, al costadio de Bolivia), esa fue la ruta seguida por los caminantes, con el objetivo de difundir en las comunidades y pueblos andinos, un mensaje de paz, reconciliación y reparación para los familiares de las 69,280 víctimas de la violencia política que llenó de dolor y agudizó la pobreza del país en las últimas décadas del siglo pasado.

Hoy los chasquis serán recibidos en el Congreso de la República, el Palacio de Gobierno y la sede del Acuerdo Nacional. Al caer la tarde, en la avenida de la Peruanidad (Campo de Marte en Jesús María) se realizará un evento conmemorativo por el segundo aniversario de la publicación del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (www.cverdad.org.pe/). Además, Felipe, Aydeé, Abel y Nilo entregarán los "quipus de la memoria" que recogieron durante su andar.

Explorando Perú felicita sinceramente a los aguerridos caminantes. Hoy estaremos con ellos, compartiendo su éxito y alzando nuestras voces para recordar a los hermanos que ya no están.

¡Bienvenidos Chasquis!

Más información: http://www.caminataporlapaz.org.pe

miércoles, agosto 24, 2005

Accidente Aéreo en la Selva


Reflexiones de una Tragedia

Estoy en Lima, otra vez. Mi retorno marca el final definitivo de mi frustrada excursión a la Cordillera del Sira. Ahora ya no estoy en una cabina de internet sino frente al computador de la oficina, decidido a ordenar mis recuerdos y escribir un texto coherente sobre mi penosa travesía al mundo verde e ignoto, pero no puedo. La radio me bombardea con las dolorosas repercusiones de la caída de un avión de la empresa Tans, ocurrida la tarde de ayer en la amazónica ciudad de Pucallpa.

Me resisto a escribir la palabra "accidente". Sé que alguien cometió un error. Dicen los especialistas que han tomado casi por asalto las cabinas de radio y los set de televisión, que el culpable es el piloto. Quizás sí, tal vez no. No sé si creerles, no sé si esperar el resultado de unas investigaciones que seguramente nunca conoceré, no sé si echarle la culpa al tiempo, a la lluvia... ¿a Dios?. Sí, alguien cometió un error, en el cielo o en la tierra, en el hangar o en la cabina, en la torre de control o en las oficinas en las que se piensa más en el lucro que en la seguridad.

Y así como me resisto a escribir la palabra "accidente" me niego a escribir el número de víctimas, porque los pasajeros que perdieron la vida en esa fatídica aeronave, son más que un número, más que una fría estadística. Nos duelen no porque sean 20 o 50, nos duelen porque eran nuestros hermanos, gente que debería estar aquí, con nosotros, con los suyos. Pero ya no están, porque alguien -¡diganme quien, por favor!- se equivocó.

El Perú se ha colocado una vez más el crespón negro de la tragedia. Sí, la noticia entristece, quiebra e indigna. Otra vez el dolor, las lágrimas, los golpes en el pecho, los pedidos de investigación, las etapas de ese círculo perverso que siempre se cierra con el olvido y la indolencia, con un indignante voltear de página y a seguir viviendo, sin sancionar a los culpables, sin reforzar las medidas de seguridad, esperando la próxima desgracia: un incendio en una discoteca sin extintores, la explosión de toneladas de pirocténicos en un mercado repleto de gente, la caída de un bus a un abismo de muerte. Y hay quienes se atreven a decir que Dios es peruano.

Ya no quiero redactar más. Estoy triste, lo confieso sin pudor. Deseaba escribir sobre el Sira y hasta había colocado una foto del inicio de la expedición en el torrente sediento del río Yuyapichis, pero no puedo hacerlo. Es culpa de la radio, del llanto de los sobrevivientes que narran sus increíbles historias de salvación, de los sollozos desolados de los familiares de las víctimas. Es culpa del círculo vicioso y del "accidente" que no fue un accidente.

lunes, agosto 22, 2005

Último Minuto

Las Ampollas del Sira

Esta vez la Cordillera del Sira nos ganó la partida. No pude derrotar sus intrincados caminos, abrirme paso entre su follaje desordenadamente vivo ni vencer sus montañas tapizadas de verdor.

Sólo vi al amanecer su henchido perfil alumbrado por un sol vigorosamente naranja. La imagen fue algo así como la despedida, la estampa del adiós, el premio consuelo para el expedicionario que tenía que volver a Yuyapichis por río, a bordo de una frágil canoa conducida por un malabarista de los torrentes: Óscar, un nativo ashaninka de la comunidad de Pueblo Libre, donde el grupo de caminantes pernoctó en su primer campamento en el monte.

¡Buena suerte!, grito al despedirme de mis compañeros José Luis, Américo y Erick. Mucho gracias le digo con sinceridad a Manuel Díaz, el guía local que con paciencia y buen humor, soportó con estoicismo mis berrinches de caminante frustrado, de andarín sediento, agotado y sudoroso que con pasos lastimeros, lacónicos, dolientes, trataba de llegar al campamento para completar una "sencilla" jornada de 28 kilómetros de recorrido.

Manuel -trejo, corpulento, irreductible- anduvo a mi lado con paciencia de santo. Apaciguando mis ánimos, contándome historias, ofreciéndome agua blanca del río Negro, en fin, haciendo más llevadera mi torturante travesía, mi calvario selvático que se inició antes de llegar a la comunidad de Pampa Verde, cuando la jornada no sobrepasaba aún los 8 kilómetros.

Fue allí donde comuniqué al grupo lo que entonces era - a mi entender- un "problemita" que podía solucionarse con un estratégico cambio de calzado. Me equivoqué. El cambió de las botas de jebe por los zapatos de trekk, sólo me brindó una momentánea comodidad.

Las ampollas ya estaban ahí, vigorosas, expansivas, ardientes como pedacitos de carbón, haciéndome sufrir a cada paso, retrasando mi marcha, alejándome del grupo... faltaba tanto por recorrer y el calor galopaba, se imponía, se hacía intenso. Sufría, pero seguía en el camino. No había otra posibilidad.

Hoy escribo estas líneas desde la ciudad de Pucallpa. Es lunes y el abandono se produjo el sábado por la mañana. Esa misma tarde llegué a Yuyapichis, allí pasé la noche porque no encontré ningún vehículo que me llevara a Puerto Zúngaro, donde debía abordar la camioneta al kilometro 86 de la vía Federico Basadre y luego subirme a un colectivo que me trasladara a mi destino actual, localizado a 24 horas de carretera de Lima, la capital del país y la ciudad en la que resido.

Todo un embrollo de subidas y bajadas. Un padecimiento que se hizo más agradable gracias a la amabilidad de la señora Bertha y sus hijos Badwin y Henry, iqueños que por esas cosas del comercio hoy tienen una surtida tienda en Yuyapichis.

Bajo el toldo de su negocio, en el que se puede encontrar desde una aguja hasta una cocina a gas, pasando por machetes y casetes de música infantil, esperé durante horas del sábado y el domingo, al vehículo que a trancazos me dejaría en Puerto Zúngaro...

Mi tiempo se acaba. Tengo que buscar la forma de volver a Lima. Allí continuaré con mi historia. Esta vez no llegué al Sira, pero estoy seguro que mis compañeros lo harán. Ellos nos contarán sus aventuras y con sus palabras revelarán el misterio de una selva aún inexplorada. (Pucallpa 8 de agosto del 2005, a las 9 horas con 4 minutos, en la cabina de internet Amarillas. Fin del reporte).

martes, agosto 16, 2005

Explorando la Selva


En la Búsqueda del Jaguar

En este mundo cada vez más globalizado, todavía existen lugares en los que el hombre puede sentirse solo y en íntima comunión con la naturaleza. Uno de esos rincones maravillosamente aislados es la cordillera del Sira, en la provincia de Puerto Inca (Huánuco), un retazo de selva donde la flora y fauna es variada, prodigiosa y exuberante.

Y es por estas razones que Explorando Perú recorrerá el Sira en bote y a pie, remando o abriendo trocha, para descubrir los rincones más salvajes de esta ignota cordillera. Serán más de una semana de andar por el bosque, de oír las infinitas voces del monte, de dormir en una carpa que se alzará en donde nos encuentre la noche.

La travesía se realizará en una zona geográfica de transición entre la selva alta y la baja, en la que se han reportado la presencia de jaguares, osos de anteojos y montones de monos.

El punto de partida será el distrito de Yuyapichis y, según la información proporcionada por el líder de la expedición, José Luis Lescano, tardaremos cinco o seis días en llegar a Puerto Inca, la capital de la provincia del mismo nombre.

Nos vamos a explorar la selva, gracias a la invitación de José Luis y de las autoridades de la zona. Mientras dure nuestra aventura que empieza esta noche con un viaje en bus a la ciudad de La Merced, nos será imposible publicar nuevas crónicas y fotografías porque, como dijimos al principio, estaremos en uno de esos pocos lugares en los que el mundo aún no está globalizado.

domingo, agosto 14, 2005

El Click de la Semana

Con carteles y banderitas blancas, un grupo de comuneras de la provincia de Quispicanchis, da la bienvenida a los chasquis de la paz que el viernes 12 de agosto llegaron a la ciudad del Cusco, "el ombligo del mundo inca". Explorando Perú fue testigo de las emotivas y coloridas ceremonias que se realizaron en Saqsaywaman, la plaza de Armas y el Qoriqancha, en las cuales se recordó a las víctimas de la violencia política que ensangrentó al Perú en las últimas dos décadas del siglo pasado. Los infatigables caminantes arribarán el jueves 25 a Desaguadero (Puno), el punto final de su larguísima travesía de 2,200 kilómetros que se inició en Piura el 1ro de mayo. (Mayor información en: http://caminataporlapaz.org.pe)

Un Mundo de Nieve

Pasos Congelados en Pastoruri

¿Seguir o retornar?, es la pregunta que revolotea en la mente de un viajero amenazado por el soroche (mal de altura) que se aferra al efímero bienestar de los caramelos de limón, durante un tortuoso ascenso en el que alucina al Pastoruri -uno de los espléndidos nevados del Parque Nacional Huacarán, Ancash- como un vaso de raspadilla sin miel, rodeado por hormigas de varios colores.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

El corazón se encabrita, el aire es escaso y parece que no alcanza. Uno, dos, tres pasos más hacia la cima. Detenerse: Las piernas pesan una tonelada, las sienes palpitan, la cabeza retumba como el bombo en un desfile. ¿Continuar o regresar?... humm, caramelito de limón para espantar el soroche: efímero y ácido bienestar a miles de metros de altura.

Carpas escarchadas de nieve, una pequeña laguna de aguas oscuras, una cueva congelada que se deshace en gélidas lágrimas en la agonía de un sendero agreste y pedregoso. Límite entre una tierra opaca y un mundo de hielo. ¿Seguir o retornar?, ¿atacar la cumbre que se pierde en el cielo de nubes barrigonas? o ¿volver a la base, donde humean las ollas de caldo de cabeza y las tazas de mate de coca?De vuelta al camino.

Uno, dos, tres pasos más hacia esa cima -hermosa, distante, ¿inconquistable?- que vista desde lejos parece ser un vaso de raspadilla sin miel, rodeado por un batallón de afanosas hormiguitas rojas, verdes y azules. Sopor, oídos tapados, imágenes borrosas, alucinaciones de la altura: pulmones a medio llenar en búsqueda de un carrusel de balones de oxígeno.

“Señor, quiere que lo ayude con sus cosas”, propone, invita, tienta un chiquillo de ojos fulgurantes, cabellos azabaches, pómulos salientes, nariz de frijol y piel calcinada por el sol andino... “¿No quiere, está seguro?”, pregunta -quizás ofendido, tal vez con indiferencia- antes de marcharse en búsqueda de otro de los pretendientes de las blancas alturas del Pastoruri (5,220 metros de altura).

Ahora todo es de nieve. Ya no hay camino ni senderos. Los pies se hunden, se enfrían, se congelan en el hielo menudo. El viento se desata, se cuela entre los resquicios de la ropa, perfora los huesos y se apodera del cuerpo cuando el sol –esplendoroso pero tibio- es borrado del horizonte por una nube espeluznante, que amenaza con estallar en miles de gotas.

Volver, la palabra reaparece, se agiganta, se torna más persuasiva y convincente... de pronto, una voz apabulla al silencio: “Vamos, vamos, no podemos rendirnos”, es la arenga redentora de uno de las “hormigas coloradas” del Pastoruri y, en ese instante –conmovedor, extraño o mágico- deja de faltar el aire. Se esfuman los deseos de marcharse.

Sólo hay que mirar hacia delante y olvidarse de los senderos agrestes, de los caballos huesudos que sus dueños alquilan para los primeros tramos del ascenso. Sí, continuar con los pasos de nieve. La cumbre es la meta y se debe conquistar aunque la cabeza sea el bombo de una banda de guerra, aunque las piernas pesen una tonelada, aunque se hayan terminado los caramelitos de limón.

Muñecos de nieve
Se pierde la noción del tiempo. ¿Cuántas horas han pasado? Una o dos, tal vez son más. Quién sabe. Mejor no pensar, mejor no mirar el reloj y seguir en el ascenso, aún falta mucho para coronar la cumbre y no hay que perder fuerza en los recuerdos de esa travesía que empezó a las 6 de la mañana, cuando un ómnibus partió de Huaraz (capital del departamento de Ancash) con destino a Pastoruri.

Trayecto fascinante. El paisaje serrano se dibuja, cambia, se transforma tras la ventana humedecida del ómnibus. Nevados recónditos quiebran el horizonte, cerros pelados contrastan con el verdor de las tierras de cultivo, campesinos solitarios, casitas de adobe prendidas de la altura, retorcidos puentes de madera sobre ríos sedientos de lluvia.

Más adelante, cuando el sol despunta en las alturas, se descubre en la quebrada de Catac un bosque de puyas de Raimondi, una inflorescencia única en el mundo, porque cada planta alcanza los 10 metros de altura y tiene más de 3,000 flores y 6 millones de semillas. Su ciclo biológico bordea los 40 años y su nombre recuerda al sabio italiano que estudió está zona del Perú.

Prolegómenos de una gran aventura. Estampas espléndidas del Ande en un lugar engreído por la naturaleza... y ya falta sólo unos pasos para la cumbre. El último esfuerzo en ese mundo de nieve que, según dicen, está en peligro por los deshielos producidos por el efecto invernadero y la desidia de algunos visitantes que ensucian con botellas, bolsas y otros objetos, las faldas antes impolutas del Pastoruri.

La cumbre, al fin, es un propósito cercano. Agotamiento y felicidad. Los indicios del soroche se mezclan con la alegría infinita cuando la montaña de raspadilla está a punto de ser conquistada por una de las hormigas de color. Uno, dos, tres pasos más, ya falta poco, sólo queda seguir y seguir. No hay que detenerse...No hay que detenerse.

*Información aventurera de la Cordillera Blanca: http://www.aventurarse.com/turismo/cordillerablanca.html

*Más imágenes de Pastoruri: http://flickr.com/photos/27547235@N00/33951219/ y http://flickr.com/photos/27547235@N00/33951220/


lunes, agosto 08, 2005

Crónica del Recuerdo



Nostalgia Ayacuchana

En 1998 viajé por primera vez a Huamanga y la Quinua en Ayacucho, el departamento más golpeado por la violencia política que ensangrentó al Perú en las últimas décadas del siglo pasado.
La visita me impactó particularmente, porque pude descubrir que las heridas abiertas por la subversión y el accionar represivo del Estado, todavía no cicatrizaban.
Ahora que el presidente de la República, Alejandro Toledo, expresó su deseo de cumplir en su último año de gobierno con las reparaciones pecuniarias y morales a las víctimas de la guerra interna ordenadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) http://www.cverdad.org.pe/, quiero compartir con ustedes este texto, cuya versión original fuera publicada por la revista Ecomundo.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Se puede escribir que en Ayacucho hay 37 templos de origen colonial y valiosas casonas edificadas por ricos españoles; se puede escribir también, que en los alrededores de la ciudad existe un bosque de puyas, impresionantes restos arqueológicos de la cultura Wari y la histórica pampa de la Quinua, lugar en el que se sellara la independencia de América.

Se puede llenar muchas páginas con eso, pero no has querido hacerlo. Prefieres ver cientos de veces, quizás miles, el desafiante titilar del cursor que parece agrandarse en cada una de sus pulsaciones en la esquina siniestra de una pantalla en la que todo está en blanco. No encuentras palabras para expresar tus confusos pensamientos.

Escribes un párrafo: Ayacucho, a 2,761 m.s.n.m. y a 500 kilómetros de Lima, es una nostálgica ciudad bordeada por cerros jazpeados de tunales. Fundada el 25 de abril de 1540 con el nombre de Huamanga, todavía mantiene su arquitectura colonial y...

¡Basta!, gritas y dejas de escribir. Quieres que tu texto no sea una trillada descripción de atractivos turísticos, sino un testimonio de las sensaciones contradictorias que te invadieron al conocer Ayacucho, esa urbe andina que fue catalogada por José de la Riva Agüero, como una “vieja ciudad eclesiástica y devota, tierra de añoranzas y soleado silencio, de profundísimo sello español...que mantiene inmutables entre sus cerros las creencias y las costumbres que le enseñaron sus padres los conquistadores”.

El cursor comienza a moverse frenéticamente. Escribes: Al ver por primera vez la amplísima Plaza de Armas de Ayacucho, sentí una profunda tristeza que parecía emanar de las arquerías de piedra que la rodean. La sensación se hizo más grande al recorrer sus empinadas calles, sus antiguos templos o al escuchar la voz de sus cantores y las guitarras de sus músicos.

Fue como si una bruma de desconsuelo, mezcla del olvido, el atraso, el hambre de siglos y el dolor generado por la violencia política, cubriera todos los rincones de Ayacucho.

Hay mucho dolor, heridas abiertas, corazones destrozados. Un pueblo que vivió entre los demenciales ataques de Sendero Luminoso y la cruenta represión de las Fuerzas Armadas. El horror ha dejado su impronta en la memoria de los ayacuchanos. En su mentes aún retumban los estallidos de las bombas, el sonar de las sirenas, el llanto de las madres.

Los ojos de la noche
Cuando aquellos ojos claros comenzaron a llenarse de lágrimas, sentí que irremediablemente me vencería la tristeza.

Era la última noche que pasaría en Ayacucho y lo que había comenzado como una trivial conversación, se convirtió, repentinamente, en un sombrío relato.

Los ojos claros se deshacían en lágrimas al recordar el terror. “En las noche no había luz y no se podía salir por el toque de queda. Vivíamos con miedo. Era terrible”, nos dice con infinito dolor la joven de los ojos claros.

Nos quedamos en silencio frente a una iglesia. Se persigna. “Aquí reinaba la muerte, cualquiera podía ser víctima. Mataron autoridades y soldados, pero también ancianos y campesinos que sólo sabían de trabajo, de arar la tierra para sobrevivir. Gente del pueblo...” -otra vez las lágrimas y de pronto la voz se convierte en un murmullo.

“Sabes, es muy difícil que alguien te hable de la violencia. Todavía hay mucha desconfianza. La gente prefiere callar -nos dice en tono de sentencia y da por terminado el tema. La conversación vuelve al rumbo que tenía al principio. Las lágrimas empiezan a secarse, se vislumbra una sonrisa. Brillan los ojos claros.

“Todavía hay mucha desconfianza”, era la segunda vez que escuchaba la misma frase. Horas antes, un miembro de las Fuerzas Armadas me había comentado -gesto de molestia, FAL amenazador en el hombro- que la gente de la ciudad miraba con recelo a los uniformados: “cuando estamos de civil no hay problema, pero si nos ven con el uniforme no nos hablan ni siquiera nos quieren atender en las tiendas. Hay resentimiento”.

"Quiero que me trasladen y no porque haya violencia, todo está tranquilo, lo que pasa es que Ayacucho me entristece. No me siento cómodo”. El joven suboficial tenía ganas de hablar, de desahogarse; sin mediar ninguna pregunta siguió con su relato: “El otro día fuimos a patrullar a un barrio que está en el cerro -con su dedo señala un punto gris en el horizonte- no te imaginas la pobreza que hay. Es desesperante, nunca había visto un lugar tan mísero. Aquí hay mucho por hacer, se ha solucionado la violencia pero hay otros problemas”.

La noche se extingue con diáfanas gotas de lluvias. Ayacucho despierta. Amanecer transparente. El sol es una bola incandescente que aparece tras de los cerros. Su ígneo fulgor contrasta con la atmósfera azulada del cielo...de pronto el retumbar de unos pasos quiebra la armonía del alba.

Desfile de Ronderos. En la Región Los Libertadores-Wari, a la que pertenece Ayacucho, miles de campesinos tomaron las armas para enfrentarse al terror. Hoy, aunque se respira un aire de aparente paz en las ciudades y pueblos de la zona, siguen alertas, con las armas al ristre para evitar cualquier rebrote de la subversión.

En ese amanecer, se dirigían al pueblo de la Quinua a controlar el orden durante la representación de la Batalla de Ayacucho, que 2 mil personas realizarían en la histórica Pampa donde se selló la libertad de América.

La representación de la batalla fue la actividad principal de la Semana de la Libertad Americana. Entre las actividades destacó el II Festival de Deportes de Aventura-Ayacucho 98. Parapente, ciclismo de montaña, escalada en roca, canotaje y bungee jump (salto desde un globo aerostático), fueron las disciplinas que se desarrollaron en la ciudad de Ayacucho, la Pampa de la Quinua y en Huanta.

Ayacucho posee un impresionante potencial para el turismo convencional y el turismo de aventura. Superado el problema de la violencia, esta región del Ande puede convertirse en un importante destino para los viajeros de todo el mundo.

Atractivos no faltan. Templos, casonas y conventos coloniales. Restos arqueológicos de la cultura Wari -el primer imperio Andino- e incaicos, como la ciudadela de Vilcashuamán; cálidos valles de fantásticos paisajes como Huanta; cuevas cargadas de historia como Pikimachay donde se encontraron vestigios pertenencientes a los hombres más antiguos de los Andes Centrales (10,000 a 15,000 a.C.).

Paseo por la Quinua
“¡Moldes?”...el maestro clava su mirada entre ofendido y admirado. “Moldes, has dicho moldes”, vuelve a repetir y me voy dando cuenta que mi pregunta, que sólo tenía la intención de conocer alguno de los secretos de la artesanía de Quinua, había sonado a impertinencia y logrado el efecto contrario.

El maestro se irritó, pero su enojo fue momentáneo. Luego de unos segundos, no sé si por defender el honor de los artesanos de la Quinua -mancillado por la irreverente pregunta- o simplemente para dejar constancia de mi ignorancia, recalcó que ellos no utilizaban ningún tipo de molde al hacer esas iglesias de campanarios torcidos.

“Todo sale de aquí -se golpea la sien al decirlo- por eso ninguna iglesia es idéntica a la otra”. Tras la aclaración, Raúl Palomino, uno de los artesanos del pueblo de Quinua, vuelve a pintar, con un delgado pincel, las torres de su última iglesia.

Palomino es heredero de una larga tradición alfarera que tiene su origen en las culturas Warpa y Wari. Él, como los demás artesanos del pueblo, moldea con sus manos diestras la tierra rojiza de la localidad, en un pequeño horno de leña cocen brevemente la pieza, aproximadamente una hora, para luego pintarla con pigmentos de tierra.

Además de templos de cerámica, los alfareros representan grupos de músicos y pastores, toritos, candelabros, cántaros y platos con diseños tradicionales, que son inconfundibles por su tono opaco y su aspecto terroso.

Habitado por alfareros y agricultores, la Quinua se encuentra a 32 kilómetros de Ayacucho y a 3,300 m.s.n.m. Tejas, calles adoquinadas, casas pintadas de blanco de típico estilo serrano, hacen de este pueblo un remanso de paz y tranquilidad.

Y si Ayacucho tiene 37 iglesias, en Quinua hay muchísimas más, aunque son pequeñitas y están hechas de cerámica. Tienen los campanarios retorcidos y al cura y a los feligreses en la puerta. Tradicionalmente estas iglesias se colocan en los techos de las casas recién ocupadas para mantener lejos a los malos espíritus y son regaladas por los padrinos.

En las calles de la Quinua, me olvidé de la tristeza, me alejé de la bruma que opaca a la antigua Huamanga, quizás el secreto de este sosegado pueblo, que es difícil creer que haya sido sacudido por la violencia, estriba en esas iglesias torcidas que encaramadas en lo alto de rojizos tejados otean un verde panorama.

Aclarado el asunto de los moldes, el artesano continuó con su trabajo. Lo observamos. No se incomoda. Maestro, una fotito, le decimos con algo de temor y él acepta pero nos dice que una nomás, porque es mejor que guarde rollo para cuando vaya a la Pampa o recorra el museo de sitio que se encuentra justo al frente de su taller.

Le hacemos caso y nos marchamos apenas se extingue el destello del flash. El pueblo no es sólo célebre por sus artesanos. Unas de las páginas más gloriosas de la historia americana se escribió en esta tierra.

El 9 de diciembre de 1824, las tropas patriotas y realistas se enfrentaron en la Pampa de la Quinua...y el Mariscal Antonio José de Sucre alza su espada y da la orden de ataque. Ha llegado el momento decisivo.

Las tropas se enfrentan. Se escucha el fragor de los cañones. Caen las primeras víctimas. Somos testigos de un momento trascendental. Es 9 de diciembre y 2 mil jóvenes, entre universitarios y escolares, reviven 174 años después, la epopeya de Ayacucho.

Termina la batalla. Cadáveres regados en toda la pampa. Sucre pasea victorioso. El público aplaude y se emociona, como si realmente en ese momento se estuviera obteniendo la libertad de un continente. Al fondo, el Obelisco erigido en 1974 en honor a los vencedores de Ayacucho, parece rozar el cielo.

Dejamos la Quinua con sus iglesias y artesanos. Dejamos Ayacucho con su velo de tristeza. Un arco iris cruza el horizonte. Una voz quebrada entona el adiós pueblo de Ayacucho. Un trueno retumba en la ciudad.

Nos alejamos. Cae la niebla. Arrecia el frío. La experiencia se convertirá en recuerdo. ¿Volveré?, no lo dudo; ¿me abrumará la nostalgia?, es difícil saberlo, sólo sé que las heridas tardan en cerrar y que un pueblo que supo vencer la violencia, sabrá imponerse ante la melancolía: La bruma cederá y no habrá más ojos claros que lloren en la noche.

*Información sobre la Batalla de Ayacucho: http://www.altercom.org/article3154.html; acerca de la semana santa en ayacucho: http://www.angelfire.com/pe/huamanga/semana.html; sobre Vilcashuaman: http://www.arqueologia.com.ar/peru/vilcas.htm

sábado, agosto 06, 2005

El Click de la Semana


La señora Ricardina sazona con sonrisas el almuerzo que servirá a sus vecinos del caserío Usnio-Chagmapampa (distrito La Encañada, Cajamarca) que solidariamente participan en el techado de su casa, respetando y perpetuando una antigua costumbre andina llamada “minga”. Aquí se realiza un interesante proyecto de turismo vivencial. (Ver: http://www.vivencialtours.com.)

jueves, agosto 04, 2005

¿Crucero de lujo?


La historia de la Ruta del Caucho y del Lenia II, parecía estar condenada al olvido. Diversas circunstancias –entre dramáticas y fortuitas- impidieron su publicación en un par de revistas de circulación nacional. Hoy, he decidido sacarme el clavo y contar en Explorando Perú, algo de esta fabulosa aventura por los ríos de la Amazonia.

La ruta del Caucho

El Lenia II no es un barco de lujo, es más bien una modesta nave frigorífica con un tosco maquillaje de crucero, que a pesar del persistente olor a aceite chamusqueado de su motor, se aleja con sorprendente rapidez –aunque en realidad lo sorprendente es que pueda moverse- del caluroso y trajinado puerto de Pucallpa, la capital de Ucayali.

Su destino es Iquitos, ciudad a la que arribaría el… mejor es no pensar en eso, porque el Lenia II –y digo esto con todo respeto- tiene la pinta de ser el equivalente fluvial del mítico “tren macho”, sí, ese mismo, amigo lector, el que salía cuando quería de Huancayo y llegaba cuando podía a Huancavelica.

Ajena a los malos presagios, la pundonorosa embarcación surcaba de día y de noche, con el sol o las estrellas de testigo, las aguas iracundas del río Ucayali. Sí, no era un crucero de lujo, pero la nave capitaneada por Anderson, un gordito bonachón y sonriente, llevaría a buen puerto a los participantes en la Ruta del Caucho, un viaje de evaluación de potencialidades turísticas, realizado en abril del 2003.

Y en ese barco que no era ni bonito ni feo, ni grande ni chico, ni lujoso ni austero, un puñado de profesionales de los gobiernos regionales de Loreto y Ucayali y de otras entidades del sector público y privado (entre ellas la empresa Amazon Adventure, una de las promotoras del evento), comprobarían si la larguísima ruta era una alternativa viable para la implementación de cruceros turísticos.

La travesía se prolongó durante una semana. El Lenia II realizó paradas estratégicas en lugares de gran interés de las provincias de Ucayali, Requena y Maynas (todas en Loreto), pedazos de selva en los que la naturaleza ha desplegado toda su magia creativa. La experiencia terminó en Nauta, luego de conocer el punto geográfico donde las aguas del Ucayali y el Marañón se juntan para formar el Amazonas.

Pero la atracción excluyente es la Reserva Nacional Pacaya Samiria, la zona protegida más extensa del Perú, con más de 2 millones de hectáreas de alta diversidad biológica, con 439 especies de aves, 102 de mamíferos, 256 de peces y 1026 especies vegetales, siendo el bosque húmedo tropical su área de vida más representativa, según los datos del proyecto Dónde Comienza el Amazonas, del viceministerio de Turismo.

Un paraíso de verdor cautivante, localizado en las provincias de Loreto, Requena, Ucayali y Alto Amazonas. Un lugar de encanto salvaje que sirve de refugio para especies de suma importancia como el paiche (Arapaima gigas), el pez de agua dulce más grande del mundo, la vaca marina o manatí (Trichechus inunguis), y la tortuga charapa (Podocnemis expansa), por citar algunos.

Dentro de la llamada Selva de los Espejos, existen especies en peligro de extinción, como el lobo de río (Pteronura brasiliensis), la maquisapa negra (Ateles paniscus), la maquisapa pecho amarillo (Ateles beltzebuth), el mono choro (Lagothrix lagothricha) y el bufeo o delfín rosado (Inia geoffrensis), un peculiar mamífero acuático, que cautiva por su extraña coloración.

A pesar de malos presentimientos, el Lenia II llegó a Nauta sin mayores complicaciones, bueno salvo un pequeño cortocircuito en las cercanías de Contamana, capital de la provincia de Ucayali. El resultado del viaje fue alentador, sólo falta que las empresas y operadores turísticos se animen a zarpar en esta aventura llamada la Ruta del Caucho.

*Explorando Perú agradece a José Landeo de Amazon Adventures, por habernos permitido ser parte de esta aventura por los ríos de la selva peruana.

**Mayor información sobre Pacaya Samiria en:

http://www.peruecologico.com.pe/areaprotegida_pacaya.htm

http://www.enjoyperu.com/lo-nuevo-en-enjoy-peru/pacaya-samiria-una-gran-reserva-por-descubrir.htm

lunes, agosto 01, 2005

El Click de la Semana


Un danzante de tijeras (danza'k) sostiene con sus dientes un arpa, durante el tradicional atipanakuy en la plaza de Andamarca, un poblado Ayacuchano que en la segunda quincena de agosto se viste de fiesta por la llegada del agua (Yaku Raimi).

Los danza'k son unas de las estampas principales de la fiesta. Sus mágicas y sorprendentes evoluciones están consideradas entre las más representativas del folclore peruano. Antiguamente, se creía que ellos pactaban con el diablo, hoy, se sabe, que en realidad se entregan e invocan a los dioses antiguos: el sol, los apus y la pachamama.

Fiesta en Andamarca


Yaku Raimi

Cuando las aguas están de Fiesta

Texto: Rolly Valdiva Chávez

Del polvo del archivo rescatamos una crónica sobre la fiesta del agua en Andamarca, que publicamos originalmente en septiembre de 1999 en La Última Página del diario oficial El Peruano. El texto rescata las costumbres de una celebración que se mantiene vigente en esta pequeña comunidad ayacuchana, conocida como la "capital de los Rucanas" (un aguerrido pueblo preincaico) y la "ciudad de los andenes", por la proliferación de terrezas cultivables esculpidas en los cerros por los ingenieros andinos.
Al publicar esta nota, Explorando Perú quiere brindar un homenaje a los esforzados comuneros andamarquinos, quienes hasta en las épocas de mayor violencia política, siguieron respetando sus viejas costumbres, perpetuando una tradición de siglos.

Fiesta de comuneros. Revolotear de trenzas y polle­ras. Oleadas de chicha de jora y calentito. Zapateo interminable. Pueblo con­quistado por un batallón de mágicos danzantes, que con piruetas hechiceras, rompen el marasmo de la rutina y colorean las calles con los pinceles de la irreveren­cia.

Y la tierra se contagia del frenesí de los hijos de las alturas y se anima a bailar en vertiginosos remolinos cargados de polvo; entonces, el arpa ronca con furia y el violín derrama melodías confusas en todos los rincones del distrito de Carmen Salcedo-Andarmarca, provincia de Lucanas (Ayacucho).

Estampas de fiesta en un pueblo con aires de melancolía, que se sacude de las penas y el olvido en la Fiesta del Agua (Yarja Jaspey)... y hasta el "apu" Aijjaimarca parece revolo­tear su falda de andenes, ante el paso de los "pacos" o "llami­chus", que representan el trabajo de los pastores de las punas.

Al caer la tarde, bailarines de polvo forman una cadena serpentean­te, que se escabulle por sendas empinadas, en busca de la casa de los cargontes o mayordomos de la fiesta. Pero los eslabones se rompen ante el ímpetu de unos rostros embetunados, de impenetrables gafas oscuras.

Los llaman "negritos" y con sus movimientos rápidos e impredes­ci­bles, pretenden imitar a las límpidas agua de los ríos Negromayo y Vizca, que permiten regar los andenes prehispáni­cos de la comuni­dad.

"Son de temer y corretean por toda la comunidad. Juegan con el barro y reparten latiga­zos. Nadie se salva de sus bromas", advierte un comunero que brinda con la tierra... de pronto, los "negritos" destru­yen un cerco humano y se entrome­ten en el Atipana­kuy, esa competencia de sangre donde osados danzantes de tijeras desprecian al dolor.

Desaparecen los rostros embetunados, porque se acerca una comparsa de sacos raídos y camisas arruga­das. Son los "mis­tis", las autoridades del pueblo, que se jactan de su supuesto saber y ridícula prestancia..."doc­tor, doctor, dígame usted, cómo nace el agua", pregunta un comunero con voz de pito.

Andamarca vibra, brinda y baila; y la cadena serpenteante de bailarines de polvo, antes de ingresar triunfalmente a la casa de uno de los cargontes, se libra del látigo de una "vieja" ebria y un "arador" mandón, que no se cansan de abrir surcos en la tierra.

Puertas abiertas para todos los que quieran entrar. El cargonte mayor, Donaciano Páucar Inca, cumpliendo una vieja tradición, ofrece trago, música y comida para propios y extraños.

La fiesta termina al rayar el alba. Descansa el pueblo, también la tierra que ya no vuelve a levantarse en vertigino­sos remolinos. Desaparece la magia y las piruetas hechiceras, porque los danzantes de polvo se han transformado en laborio­sos campesinos. De vuelta a la rutina. Andamarca se envuelve de nostalgia.