lunes, mayo 31, 2010

Visiones de Nor Yauyos Cochas


De Lima a Huancayo. Viaje nocturno. Carretera bloqueada. Accidente. Pasar despacio. Retraso. Llegar más tarde a la "incontrastable".
Llamadas, coordinaciones. Ojalá no se vayan sin mí. Ojalá me esperen.

Arribo. Encuentro con los guardaparques del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp). Uf, me esperaron, me salve. Desayuno a la volada, desayuno entre nuevos amigos. Se prepara otra partida.

De vuelta a la carretera Central, como volviendo a Lima. Desvío en Pachacayo (provincia de Jauja, Junín). Hacia la izquierda. Hacia la SAIS Túpac Amaru. Hacia Nor Yauyos Cochas, la primera reserva paisajística del país.

Altura, páramos, montañas, nevados, también lagunas. El inicio de un camino antiguo, prehispánico, histórico, un camino que da ganas de recorrer. Será para la próxima. Hoy andas motorizado. Avance, saltos, polvo. Detener la marcha.

Pampa con vicuñas. Bajar, observar, ser golpeado por el viento. Volver al vehículo. Ventanas cerradas, calor acondicionado, calor mentiroso, calor sin sol. Cae la tarde en el trayecto a Tanta (provincia de Yauyos, Lima).

Otra laguna inmensa. Paucarcocha. Un pueblo más bien pequeño. Tanta. Una plaza ni tumultuosa ni abandonada. Un niño que mira con curiosidad o encono, una mujer que vuelve del campo, varios chiquillos correteando y peloteando.

Peligro de gol, peligro de lluvia. Peligro de llegar muy tarde a Vilca. Más kilómetros de curvas y ascensos. Oscuridad. Un hotel cerrado, un hotel que se abre. Todo es nuevo, dice un comunero.

Noche de estreno, de vientos andinos, de calles solitarias, de caldo y mate de coca. Noche silenciosa. Noche de sueños profundos.

Despertar. Un balcón para otear la plaza. Bajar, caminar, subir a un mirador. Cansarse un poco en el ascenso; recuperarse más que un poco viendo el paisaje. Los cerros, la laguna Papacocha, las caídas de agua. Más de Vilca, siempre vilca. Un puente, un camino, un arriero que anima a sus mulas.

Más andanzas. Otro pueblo. Otro mirador. Otras cascadas -espléndidas, alucinantes-, otras calles vacías en Huancaya y su iglesia de piedra y su puente de cal y canto y su puñado de hoteles sencillos. también con su corte de momias antiguas, misteriosas, de gestos sufrientes.

Lucha contra el tiempo. Se escapa el sol. Tarde gris en Vitis, en las aguas de Piquecocha, en la breve urganidad de Miraflores; tarde de fútbol y lluvia en Alis, de preparativos de fiesta en la plaza principal.

Noventa años de creación política. Una banda, una orquesta, un hombre que rasga las cuerdas de su guitarra. Una voz melancólica. Celebración con huayno y cumbia, con bailes y brindis repetidos, sin juegos artificiales. Quizás para el centenario.

Noche ruidosa de notas musicales. Levantarse temprano. El pueblo duerme. Cansancio y resaca. Alejarse de Alis. Acercarse al distrito de Carania, sólo acercarse. No hay tiempo. Será para la próxima.

De vuelta por el mismo camino, volver a la carretera principal, esa que une Lunahuaná con la reserva. Tomar un desvío. Rumbo a Laraos y sus andenes. Un alto en la ruta. Se abren las puertas. Entra el frío. Falta abrigo. Se calienta la mañana con un caldo de cabeza.

Continuar. Pasar Laraos. Ir hasta la laguna Pumacocha. Espejo de agua. Niños con anzuelos y carnadas. Varias alpacas sin pastor. Contemplarlas. Ser contemplados. Ellas miran, alzas sus orejas. Se alejan, se escapan, se protegen.

Buscar la entrada de la Sima Pumacocha. Cueva desafiante, cueva que se ve y no se explora. Faltan cuerdas, no hay equipos. Sólo mirar e imaginar sus misterios, sus secretos, su oscura profundidad.

Marcha atrás. Retorno. Laraos. Andenes y tábanos fastidios. Pachamanca postergada. Alis. Campeonato en instancias finales, plaza con la bandera de cabeza. Partida sin brindis. Ya no hay chamis o calentito.

Últimas visiones. Las paredes del cañón de Uchco que acorrala un torrente y flanquea a una serpiente de asfalto. Se acaba la región Lima, empieza Junín con más lagunas, con una
cadena de nevados que zigzaguea en el horizonte.

Y se baja una llanta pero ya no importan las demoras ni hay llamadas pidiendo espera. No existe apuro por volver a la capital, total, allí no hay cascadas ni espejos de agua, tampoco calles vacías.

jueves, mayo 27, 2010

Los pueblos de Nor Yauyos Cochas

Pueblos silentes de calles vacías. Quietud y sosiego en una plaza que empieza a despojarse de las sombras. Amanece. Sale el sol en Vilca. Despiertan los viajeros. Se asoman a la plaza. La glorieta, la iglesia, los cerros como telón de fondo. No hay nadie o hay muy pocos. Los comuneros se han marchado al campo, a sus estancias, a cuidar a sus ganados.

Calienta el día. Los viajeros excursionan. Suben hacia un mirador. Visiones desde la altura: la laguna Papacocha, varias caídas de agua, faldas montañosas tapizadas de verdor y el pueblo aún vacío, con su puente de piedra, con sus comuneros ausentes, con su río de aguas murmurantes.

Retorno a las calles de Vilca. Casas cerradas. Paredes de adobe y balcones de madera. Puertas con candados. Techos de calamina. Y seguimos andando. Nuestros pasos resuenan y levantan polvo. Nuestros pasos parecen conducirnos hacia el pasado. Nuestro pasos nos llevan a Huancaya, otro de los destinos de la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas.

De Vilca a Huancaya. Un puñado de kilómetros. Una vía cimbreante. Varias cascadas en un río encañonado, cercado por montañas inmensas. Es mediodía. Un puente de cal y canto nos da la bienvenida.

Otra plaza desierta, más calles vacías, más puertas cerradas. Una iglesia de piedra. Un par de turistas en busca de hospedaje. Un lugareño que los recibe con los brazos abiertos. Varias mujeres que ofrecen truchas con papa sancochada.

Más andanzas. Más pueblos sin comuneros. Vitis, Miraflores, también Alis, pero solo el domingo, no la noche del sábado, no cuando se celebra el 90 aniversario de creación política del distrito y se arma la fiesta en la plaza y se hace una campeonato futbolero en una cancha que coquetea con el río.

Pero cuando termina la celebración y se acaba el calentito y se acallan los sones de la banda, el pueblo vuelve a su sosegada realidad de calles vacías y casas cerradas. Los comuneros están en el campo mientras los viajeros siguen andando y escuchando el palpitar de sus pasos.

*Sepa cómo llegar a Nor Yauyos Cochas haciendo clic aquí

jueves, mayo 20, 2010

Clic de la semana



En su accidentado y fallido intento por descender a puro pedal desde Punta Callán hasta Huaraz (más de 20 kilómetros), el maltrecho lente de Explorando, se repuso de la fatiga y del susto de sus aparatosas caídas, para capturar esta imagen de unas aguas sospechosas, en las vistosas faldas de la cordillera Negra.

Agüitas nada santas, agüitas que no has de beber pero que nadie hace correr en las cercanías de la abandonada mina aurífera Santo Toribio (caserío de Shecta), cuyas instalaciones empiezan a ser golpeadas por el olvido y, donde la querendona mamapacha, parece estar herida sin que nadie la atienda, sin que nadie se preocupe por ella.

Desde este recodo del camino cimbreante que desciende a la capital ancashina, se observa a plenitud varios de los nevados de la cordillera Blanca, incluyendo al mítico Huascarán; pero, también, se vislumbran las instalaciones a tajo abierto de la gigantesca mina Pierina.

Al verla, uno se pregunta si el abandono actual de Santo Toribio se repetirá allí cuando el oro y la plata se termine, cuando ya no quede nada por explotar. Hoy, no tengo la respuesta. Hoy, mi única certeza es la que muestra este clic.

viernes, mayo 07, 2010

Valle de aventura

Ya pues, vamos, escribe. No seas flojo, no te abandones ni te entregues al relajo. O acaso piensas que aún estás en Lunahuaná, disfrutando del sol, de la bienvenida con pisco sour en una casa habitada por la historia, de la conversación con viejos socios de camino o de las palabras de estreno con flamantes conocidos.


Reacciona, ubícate, ya estás en la ciudad, frente al computador y no mirando el río Cañete con sus aguas esplendorosas ni caminando por el puente colgante del anexo de Paullo; menos en el concreto puente de Socsi, donde siempre llegan las balsas y los kayaks que participan en esa competencia clásica, tradicional, insustituible en los festivales de aventura que todos los años se organizan en el valle.

Tampoco estás sentado en la orilla ribereña o en el camping San Jerónimo, teniendo como única preocupación los ataques siempre traicioneros de los mosquitos.

Ojo, mira bien, estás en esa silla incómoda y algo desvencijada de tu dizque oficina, así que déjate de remembranzas, de creer que sigues allí, cuando estás acá y debes escribir, redactar, contar tu historia.


Es inútil, eres terco, sigues pensando que es fin de semana y que estás en Lunahuaná, en el festival realizado el fin de semana pasado con la organización de la Asociación Latinoamericana de Deportes de Aventura (Aldea) o en la fiesta sabatina al aire libre, esa que reúne a inga y a mandinga y en la que brindaste alguito y no bailaste nada, ni una pieza. Te salvaste.

Vuelan las horas, sigues con flojera y no pasa nada. Eres un caso perdido. Se te hace imposible escribir de Lunahuaná, porque sigues creyendo que estás en Lunahuaná, y, cuando estás en Lunahuaná –perdón por el trabalenguas-, jamás redactas.

Haces otras cosas, muchas cosas sobre las cuales escribirás cuando te des cuenta que has vuelto a Lima y que estás frente a tu computador, no frente al río Cañete.


*Vea más fotos del festival, haciendo clic
aquí.