lunes, abril 27, 2009

En una cabina puneña...

Estoy en Puno, guareciéndome del sol altiplánico en una cabina del jirón Lima, la agitada vía peatonal que une el parque Pino con la Plaza de Armas, la sencilla iglesia de San Juan -el hogar de la virgen de la Candelaria- con la enorme Catedral de piedra con su fachada barroca, donde un par de sirenas tocan charango.

Hay varios turistas en la cabina. Gritan, vociferan, meten chacota. Están felices. Me pregunto si así se comportarán en sus países, mientras peleo con este teclado que para variar tiene la tilde en el lugar incorrecto y un espaciador que no entiende de delicadezas. Sólo funciona con porrazos o golpes de karate.

Así que estas palabras son el fruto de una batalla campal, sólo espero que tanta lucha no estropee mi estilo y menos me desvíe de lo que pensaba relatar en esta entrada; aunque para honrar a la verdad no tengo muy en claro que cosa escribir. Ni en este instante ni cuando subí a la cabina, luego de disparar mis primeras tomas, aprovechando el solcito y la ausencia de nubes grises de lluvia.

Pero más allá de mis enredos, la única certeza es que desde la noche de ayer estoy en Puno. Y si bien la ciudad no está embriagada de fiesta y baile, como ocurre en febrero durante la fiesta de la Candelaria, me alegra estar aquí, recordando viviencias y acumulando nuevas anécdotas, para colorear mis próximas crónicas que, a diferencia de esta entrada, serán más lúcidas y ordenadas.

Bueno, eso es lo que espero. Total, conmigo nunca se sabe y quizás, en el momento cumbre en el que debe primar una redacción sobria, me olvide de las teorías periodísticas y termine escribiendo algún disparate viajero, como aquel de la raya que era no era raya sino un punto, que publiqué hace mucho en esta misma bitácora.

Y ya que hablamos de punto, mejor me voy despidiendo. Escucho una banda que se acerca. Quizás sean diablos y diablitas nostálgicas de la fiesta de la Candelaria que se resisten a dejar de bailar. Vamos a ver que pasa...

lunes, abril 20, 2009

Salvado por la campana

Explorando no está muerto. Explorando vive y palpita. Explorando vuelve con sus relatos, crónicas y clic´s que muestran un Perú distinto, ese Perú que se descubre en cada travesía, en cada aventura.

Explorando acalló su voz viajera temporalmente y se refugió en el silencio por exclusiva responsabilidad de su autor, que se dejó absorber por los problemas urbanos y hasta se vio enredado –vaya uno a saber como- en la telaraña de la crisis internacional y el supuesto boom inmobiliario que vive el país.

Esas razones -tan mundanas, tan ajenas a las rutas-, lo pusieron al borde del nock out, entonces, ante el riesgo inminente de besar la lona, varias voces le advirtieron –acaso con goce, tal vez con preocupación- que ya estaba bueno, que era hora de tirar la toalla, de abandonar, de volverse un periodista serio.

Días de crisis y tensiones. Semanas de cuestionamientos y dudas. ¿Qué hacer? seguir peleando y aguantar los golpes hasta que suena la campana o, simplemente, dejarse caer y admitir que la realidad le dio una paliza a los sueños, tus sueños.

El combate ha terminado por ahora. No voló ninguna toalla y el autor de Explorando se mantuvo en pie. Hoy –como muchas otras veces- planifica nuevas escapadas.

Sí, seguirá explorando caminos. En ellos no hay voces que lo inciten a abandonar, en ellos se siente viajero y periodista… serio, muy serio.

miércoles, abril 01, 2009

Semana Santa... las de antes

De niño me ponía triste en Semana Santa, a pesar que los feriados del jueves y el viernes, solían interrumpir las clases escolares.

En cualquier otra época del año, dos días sin colegio hubieran sido motivo de alegría extrema para mí, tal y como sucedía cuando los microbuseros se ponían de paro o los maestros del SUTEP, iniciaban sus clásicas huelgas indefinidas.

Recuerdo que el gozo era aún mayor, si la protesta coincidía con alguna competencia deportiva, como un mundial de fútbol o las olimpiadas.

En aquellos tiempos –vale la pena decirlo- la selección peruana al menos se defendía. También la goleaban, claro está, pero no en las eliminatorias sino en el mundial. Eran goleadas de otro nivel.

Pero mi tristeza pascual no se cimentaba en la falta de transmisiones deportivas. Existían otros y muchos motivos que me ponían gris.

Y es que todo parecía estar lleno de nostalgia, de tristeza y culpa. Eso lo sentía en la calle y en mi casa, donde teníamos que estar particularmente tranquilos. Sin alborotos ni muchas bromas, casi sin juegos.

Tampoco podíamos cantar. Eso era malo, un auténtico despropósito en un día santo. Algo tan grave que ni las emisoras de radio se atrevían a poner música movida. Sólo emitían tonadas deprimentes o tediosos sermones.

La situación era igual de crítica en la TV. Allí Cristo era golpeado y crucificado a toda hora, en los tres canales que existían en mi infancia.

Ver esas películas terminaban por bajarme la moral hasta el piso; entonces, deseaba que los días se fueran rapidito para volver al colegio.

Admito que ese sentimiento me hacía sentir como un traidor a mis nacientes convicciones, porque desde pequeño casi cualquier cosa me parecía mejor que estar en el colegio.

No es que fuera un vándalo o un niño problema o la “lorna” del salón, tampoco me paraba “tirando la vaca”, simplemente nunca me consideré un fanático de las aulas de la 1100 o del Diego Ferré.

Semana Santa era la excepción. No sólo por la TV y la radio sino por la obligación de comer sólo pescado, visitar las iglesias en la noche y escuchar, aunque sea a lo lejos, la interpretación de las Siete Palabras del hijo de Dios.

La situación habría sido más llevadera con sólo cambiar el bacalao por un buen ceviche o jalea. Pero era un niño. Mi opinión no importaba.

Todo hubiera sido distinto, también, si los templos no lucieran tan lúgubres en jueves santo, con esas imágenes impactantes –desde mi perspectiva- de Jesús crucificado, sangrante o dolorosamente yerto en una urna de vidrio.

Lo del sermón no tenía arreglo. Lo pasaban por radio y TV y siempre lo sintonizaban en mi casa. Era un clásico. Tres horas de aburrimiento.

Así era mi Semana Santa. Qué fácil la tienen algunos niños de hoy, con cable, con Internet, con posibles campamentos o viajes; bueno, aunque pensándolo bien, eso no es del todo cierto. Ellos no han visto -ni verán- a la selección jugando un mundial.