viernes, enero 25, 2008

Baila el Perú


Quiebres, mohínes, gracia, galantería... revolotear de pañuelos: Marinera, danza primorosa que anualmente se viste de fiesta, de concurso, de corso vibrante en las calles y el coliseo Gran Chimú de Trujillo, la ciudad señorial en la que centenares de parejas provenientes de todo el país, muestran lo mejor de su arte a un público entregado y conocedor.

La XLVIII edición del Concurso Nacional de Marinera, se inició el martes 22 y terminará el domingo 27. Días de jolgorio, de música, de baile infinito que conmueve y emociona, porque cada uno de los pasos de la danza nacional, se revelan como los versos de un inspirado poema en movimiento.

Hoy, cuando la capital liberteña disfruta de su baile consentido, Explorando Perú rescata estas imágenes del concurso del 2005, para rendirle tributo a los hombres y mujeres de todas las edades, que conservan la tradición y la prestancia de la marinera. ¡A sacar los pañuelos, señores!

jueves, enero 24, 2008

Cena sobre ruedas (Parte I)

Señores pasajeros, en breves minutos ofreceremos nuestro servicio de cena. Por favor, coloqué sus asientos en posición vertical y recuerde que el uso de los servicios higiénicos quedará temporalmente suspendido…

Anuncio esperado, palabras benditas, frases salvadoras cuando uno lleva horas de horas viajando sin probar siquiera una hamburguesa de carretilla, una fritanguita donde los agachaditos o un festivo siete colores made in mercado.

Nada de nada, señor, ni un chancay de a medio, ni un caramelo monterrico, tampoco ese toffee solitario con el que alguna vez endulcé de soledad –para sorpresa y horror de mis padres- la “loncherota” que llevaba al patriótico jardín Perú.

Esos eran otros tiempos. Hace décadas que me gradué sin honores del jardín de niños. Así que mejor me olvido del toffee y espero con ansias e ilusión el “servicio de cena” que ya está por llegar, que ya se acerca en las manos –ahora sublimes, ahora provocativas- de una terramoza apretadita y sonriente. Al fin. Al ataque. Buen provecho.

Ni mucho ni poco. Ni frugal ni opíparo. Ni rico ni feo… digamos que se deja comer y cuando el hambre aprieta, no hay que andarse con exquisiteces ni refinamientos. Todo es bienvenido con tal de silenciar al estómago y de espantar la modorra del cuerpo, abatido por esa premura viajera que te lleva a obviar el desayuno y el almuerzo, con la intención de ganarle horas al reloj y arribar cuanto antes al destino final.

Entrada, plato o taper o caja de fondo y postre. Un verdadero banquete en comparación al paquete de galletas de soda y el vaso de gaseosa que alguna vez me sirvieron volviendo de Arequipa. Y si bien he olvidado el nombre de la empresa –será un efecto de la inanición- me acuerdo claramente de la angustia que me atormentó durante más de 12 horas.

Aquel día me moría de hambre y no podía creer que eso fuera todo y le pedí explicaciones al asistente del chofer y me respondió que qué más quería y le contesté algo que no debió ser muy educado ni muy decoroso, porque el señor con el que compartía el asiento, salió disparado con cara de susto y gesto de “ay, la juventud está perdida”.

A decir verdad, mi compañero hacía buen rato que buscaba la ocasión de escapar. No lo culpo y hasta lo entiendo, porque más allá de mi arrebato de hambriento, ese día andaba con una pinta de pirañita revejido o de faite caído en desgracia.

Esa era la consecuencia de un largo trayecto sin desayuno que comenzó en ¿Cabanaconde? o ¿Chivay? -bueno, en el Valle del Colca para evitarnos problemas- a bordo de una couster que dejaba ingresar con beneplácito el polvo del camino. En aquel entonces –esta historia se remonta al milenio pasado- la vía que une el Colca con Arequipa era muchísimo peor que ahora.

Cerca de las tres de la tarde llegué a la “Ciudad Blanca”. Ni bien pisé el terminal, comencé a buscar un bus que saliera hacia Lima. Me urgía volver. El viaje se había alargado más de lo previsto y en la redacción en la que trabajaba, no sabían si ponerme de patitas en la calle o declararme mártir de periodismo.

Por el apuro obvié el almuerzo y me embarqué en el primer bus que encontré. Un bus con galletas y nada más que galletas. Dónde estaba el arroz con pollo, el lomito saltado, la milanesa con papas fritas y todas las delicias con las que soñé, después de comprar el boleto directo y con cena. Sí, cena, eso me dijeron.

De nada sirvieron mis reclamos. La noche fue una tortura de platillos imaginarios, una pesadilla de mesas servidas a las que no podía acercarme. Pero no todo fue tan malo, al menos tenía dos asientos para mí. Sólo para mí. (Continuará)

sábado, enero 12, 2008

Jaguar... ¿dónde estás?


Nunca he visto un jaguar en libertad. No es fácil, me han dicho con verdad los hombres del monte durante mis travesías por los verdes laberintos de la selva. Sin embargo, no me resigno ni pierdo la esperanza de toparme con el gran felino de la Amazonía.

Ojalá nomás que el encuentro sea sumamente amistoso y que el otorongo –como también se le llama- no me confunda con un apetitoso bocadillo (chicas, ustedes si pueden confundirse) y decida “darme curso” o “echarme diente”, porque si bien es cierto que otorongo no come otorongo, nunca he leído ni escuchado que otorongo no coma periodista.

En todo caso, durante el posible encuentro, sería adecuado mantener una distancia prudente. Y es que uno no es manco, señoras y señoras, y si el jaguarcito se pone saltón o faltoso, no tendría más remedido que presentarle pelea como los machos o, en caso contrario y Dios me libre de semejante papelón, recurrir a la huída vergonzosa al grito de “patitas pa’que te quiero”.

Sí, lo mejor será no estar ni tan lejos ni tan cerca, es decir, que nos separen los metros justos y necesarios para que el lente de mi cámara pueda retratar a plenitud al animal. Con eso me basta y sobra, total, no necesito una foto carné del audaz felino.

Pero más allá de mis delirios narrativos, el esperado encuentro –al menos lo es para mí... desconozco la opinión del jaguar- todavía no se produce. Sólo me queda ser paciente y creer que en mi próxima aventura selvática, veré por fin a la Pantera onca (ese es su nombre científico).

Soy optimista al respecto, porque el deseado encontronazo estuvo a punto de producirse en mi última visita a la Reserva Nacional Tambopata (Madre de Dios). Falto poquito, cuestión de minutos, 10 o 15 en opinión de Elesván, personaje emblemático del albergue Explorer’s Inn, que conoce los secretos del bosque y sus criaturas como una gitana las líneas de las manos.

Retornamos al albergue. Somos cinco personas (Elesván, tres turistas -dos españoles y un australiano- y su seguro servidor) caminando sin prisa pero sin pausa por una trocha enfangada por la lluvia matutina. De pronto, nuestro guía se detiene y con la punta de su machete nos muestra una huella fresca y bien definida al lado de un charquito de agua.

Era la huella de un jaguar, del jaguar que no pude ver o casi veo, del jaguar que, tal vez, me estaba viendo, porque el agua aún se movía y eso, nos reveló el guía, indicaba que el animal todavía andaba por ahí.

Seguro nos mira o algo parecido, comentó luego con tranquilidad pasmosa, como si ser observado por el felino más grande de toda Sudamérica, fuese cosa de todos los días, como toparse con la mascota del vecino o con un gatito enamorado que ronda los techos del barrio.

Cerca, muy cerca, tal vez cerquísima. Por ahí debía estar… pero dónde. Ojos bien abiertos. Nada, sólo verdor, árboles, lianas… selva. Después de unos minutos de espera, Elesván sugiere el reinició de nuestro andar, sepultando definitivamente la posibilidad del encuentro.

Será para la próxima vez, me consuelo mientras en la pantalla de la cámara, veo hipnotizado la imagen de la huella. Algo es algo, pienso antes de acelerar el paso, antes de seguir recorriendo los laberintos de verdor de la Amazonía.

jueves, enero 03, 2008

Viva el verano


Para refrescar el inicio del año, publicamos estas imágenes de la costa norte del Perú. Después de verla, no tendrá más remedio que reconocer que en el mar la vida es más sabrosa.