jueves, agosto 31, 2006

A correr en el norte

Al ritmo del Surfing

No es una verdad histórica, advierto. Es sólo una frase ingeniosa para empezar está crónica y como no encuentro otra que me parezca o sea más adecuada o simpática, decido escribir entre irónico y filosófico que el iniciador y fundador de las civilizaciones norteñas, Naylamp, fue el primero en correr olas en el Perú y, quizás, en toda América.

Es bueno aclarar, para evitar posteriores confusiones, que el mencionado personaje no surfeo en una de las sofisticadas tablas que hoy utiliza la supercampeona Sofía Mulanovich, tampoco lo hizo en uno de esos mastodontes hawaianos que, a mediados del siglo pasado, aparecieron la Costa Verde de Lima, rompiéndole el ojo a los curiosos y bañistas de aquel entonces.

Sin tabla pero con un portentoso caballito de totora, él surcó las olas del Pacífico. No es un invento, eso dicen las leyendas, eso se ve en las iconografías preincaicas; lo que nadie dice es que Naylamp escogió un excelente lugar para surfear, porque en la costa norte del Perú hay por lo menos una veintena de memorables points… y esta es una verdad que no acepta discusiones.

Por las razones mencionadas me atrevo a afirmar -medio en broma medio en serio- que las raíces del surf peruano se remontan a las culturas primigenias y que los pescadores de Huanchaco (La Libertad) y Pimentel (Lambayeque) que diariamente se hacen a la mar en los míticos caballitos de totora, son, a su manera y quizás sin saberlo, hábiles tablistas.

Y así como hace miles de años el legendario fundador disfrutó de lo lindo con los embates del Pacífico; hoy, decenas de deportistas, peruanos y extranjeros, hombres y mujeres, niños y adultos, comulgan con el mar y las imponentes olas que revientan en la zona costera, sobre todo en las regiones de La Libertad y Piura.

Las olas sobran en el norte. Las hay de todos los tamaños y para todos los gustos. Y es que esta parte del océano es privilegiada, con playas de trascendencia mundial como Chicama y Pacasmayo (La Libertad), Los Órganos, Máncora, Nonura y Cabo Blanco (Piura).

Sin lugar a dudas, los tablistas que llegan a esta región del Perú se deleitarán con algunas de las mejores izquierdas del planeta. No es un cliché o un alarde, es una verdad incontrastable que se hace enorme en Chicama (kilómetro 614 de la Panamericana Norte), la ola más larga del planeta. Su recorrido es de casi un kilómetro y su altura bordea los 2 metros.

Igual de excitante es Cabo Blanco (kilómetro 1137 de la Panamericana Norte) que presenta fuertes izquierdas de tubos largos y de hasta 3 metros de altura; y su Panic Point (localizado al sur), de olas rápidas -de 1 a 4 metros de altura- que revientan en un fondo de piedras. Un reto reservado para los deportistas extremos.

Pacasmayo (kilómetro 663 de la Panamericana Norte) con su poderosa y larga izquierda; Los Órganos (km. 1153) exigente pero buenísima, y, Nonura (km. 886) que rompe en la arena, son el paraíso de los deportistas expertos; mientras que Máncora (km. 1164), es una auténtica bendición para los principiantes y novatos.


Las olas son muchas y el espacio es muy corto. Debo buscar una frase para rematar la nota; tal vez sería buen mencionar de nuevo al mítico fundador… bah, mejor me olvido de todo y disfruto del mar y del calor, también de las olas, aunque no sé cómo correrlas. Quizás el espíritu de Naylamp quiera enseñarme.

jueves, agosto 24, 2006

Música de viaje

Música sobre ruedas, a todo volumen, como si estuviera en una fiesta, tonazo, pollada o vacilón y no en un largísimo y agotador viaje interprovincial, acosado por el sueño, vencido por el tedio y casi criogenizado por esa maldita ventana que no cierra, se malogra, se roba en plena puna bajo cero.

En el Perú se viaja con música. Eso lo aprendí hace muchos años, cuando no había MP3 o discos compactos, sólo humildes casetes piratas o grabados a lo que salga de las radioemisoras (recuerdan la voz del locutor estropeando el final de la canción); cintas heroicas que, antes de colocarlas en el reproductor, se rebobinaban con la punta de los lapiceros, para evitar que los cabezales se gastaran.

En ese entonces, es decir en mis años aurorales como periodista viajero, los chóferes-disjockeys me torturaban con los ¿gallos?, ¿aullidos?, perdón, con las canciones de una intérprete de huaynos, techno-huaynos, folclore moderno o vaya uno a saber que ritmo era ese que escuchaba a todo volumen.

La vocecita impertinente no paraba nunca. Era imposible descansar y yo estaba agotado, hecho un trapo porque venía de cubrir una fiesta-noctámbula de 5 días; entonces, casi sin darme cuenta, casi inconsciente, casi dormido, se me escapó un estentóreo, radical y exigente: ya pe’ tío (léase señor conductor) apague esa música, es más fea que una desgracia

Y el tío que me oye y el tío que me mira y el tío que no apaga nada, más bien alza el volumen para sacarle cachita a su nuevo sobrino (entiéndase periodista con traza de mochilero) y, de paso, ganarse el apoyo de los pasajeros, coléricos ante el grito censurador del peluconcito ese con cara de faltoso, que quería silenciar a Dina Páucar, Dinita, estrella naciente –perdón no lo sabía- del renovado folclore nacional.

A partir de ese día, Dina se convirtió en mi socia de viaje. Su voz –sin imaginarlo ella y sin quererlo yo- me ha cantado en muchísimas travesías interprovinciales y urbanas, porque aquella estrella naciente que quise censurar en la altura puquiana, se convirtió –a punta de gritos y chillidos, perdón, de canciones- en la "Diosa Hermosa del Amor", un fenómeno musical con serie en la TV y película en el cine.

El caso de la Diosa censurada es apenas una perla del collar musical que he ido engarzando en mis recorridos. Confieso que rara vez coincido con los gustos de los conductores, pero viajar enseña a ser tolerante y, a falta de un walkman (que antiguo suena eso), un CD player o un reproductor MP3 (ojo, mi cumpleaños es en octubre), no tengo más remedio que escuchar, literalmente, lo que venga.

Un compañero musical más reciente fue William Luna. Lo he oído en los ómnibus, custer, combis y hasta en mototaxis; lo he escuchado en Puno, Cusco, Arequipa, Ayacucho y Huancayo, también en un taxi limeño… en todos lados, como si me persiguiera con su linda es mi cholita se va poniendo su monterita o su niñachay dijiste que me querías.

Confieso que la pasé relativamente bien con Luna. No es mi favorito pero su música de aires andinos, sus letras sentimentales y la ausencia de gallos y estridencias, lo convierten en un apacible y llevadero fondo musical, mientras se cruzan abras y pampas o se tienta al mareo en un serpentín de curvas más cerradas que la mente de un fanático.

Más allá de Dina y William –sin apellidos porque ya hay confianza entre nosotros- en los buses peruanos se escucha de todo: huaynos, sayas, pasillos del ecuatoriano Segundo Rosero, chicha del mítico Chacalón y de Los Shapis, boleros cantineros de Guiller (el "Rey de las Cantinas") o Iván Cruz. Dan ganas de cortarse las venas.

Los éxitos de Agua Marina, Agua Bella y no sé cuántas agüitas más, la salsa de Óscar de León o Eddy Santiago, con suerte alguito de Rubén Blades (solo Pedro Navaja o Decisiones) y, para mala suerte, muchísimo de las peruanazas Abencia Meza “La Reina de las Parranditas” y de la "Internacional" Sonia Morales-Sonia Morales que ‘es mil veces mejor que Dina, amigo’, me “datearon” alguna vez en Quillabamba (Cusco).

Ah, claro, también se escuchan valsecitos criollos de rompe y raja, las insufribles canciones nueva oleras y un arsenal de baladas sollozantes y cursilonas, como la horrorosa Querida de Juan Gabriel, el hola, vuelvo a casa de Manolo Otero, el Gavilán o Paloma de José José, el Digan lo que Digan de Raphael y una que otra cancioncita de José Luis Rodríguez, el “Puma”.

“Qué buena música”, afirmó una señora al escuchar el uuuuu pavo real del melenudo felino, en un endemoniado auto colectivo que devorada las curvas de la ruta Tarma-La Merced (Junín).

La señora era puro entusiasmo, bailaba en el asiento y hasta coreaba el numerao, numerao, viva la numeración. El pasajero de al lado no lo pensó dos veces y se aúno a la afirmación de la dama y, al toque, empezó a “tirar su ritmo”.

Y la canción era larguísima y exasperante –chévere, cun chévere, cun chévere-; y ellos bailaban y yo quería bajar y el conductor ensoberbecido por el éxito de “su música”, comenzó a tamborilear en el volante, entonces, hasta el carro “movía el esqueleto” y eso ya era demasiado y me sentía el aguafiestas y quería bajarme, pero el "Puma" decía que juntos podemos llegar, así que adelante nomás. La Merced no está muy lejos.

La experiencia pavo real fue traumática. Felizmente no llegamos “agarrados de las manos” como propuso el cantante en otro tema, pero faltó poquito o al menos eso es lo que recuerdo, aunque la memoria engaña y como que hoy ya he recordado demasiado. Mejor me voy con mi música y mis añoranzas. Se acabó el casete.

viernes, agosto 18, 2006

Cañonazos de altura

Colca: el cañón de las mil aventuras

Un valle, un río y un cañón –tranquilo, paciencia, ya los verás-. Muchos volcanes y nevados, varios cóndores, centenares de andenes –y te desesperas, bufas, ¡caray, el camino nunca termina!-. Catorce pueblos, muchas plazas, dieciséis iglesias coloniales, –y ya ves casas, calles, campanarios- Te emocionas, vibras, sonríes. El Colca está muy cerca.

Y el “bus-carcocha” deja de andar justo cuando ibas a escribir una nueva serie de atractivos – ¿ya dijiste aventura y naturaleza?-. Bajas y te agitas, sí, ya estás en Chivay (3,600 m.s.n.m.), un pueblo que se hace querer, quizás por los trajes coloridamente bordados de sus mujeres, tal vez por la furia apaciguada de los volcanes Hualca-Hualca y Sabancaya.

Chivay, a 148 kilómetros de Arequipa, es la capital de la provincia de Caylloma y el principal acceso al Colca, un pedacito ignorado del Perú hasta fines de la década del 20’ del siglo pasado, cuando los aviadores Robert Shipee y George Johnson, hicieron fotografías aéreas del Desconocido Valle de los Incas, como ellos lo bautizaron.

Tiempo después realizarían una expedición terrestre. El viaje fue un rosario de descubrimientos: iglesias de sillar de los siglos XVI y XVIII en pueblos fundados durante las “reducciones de indios” ordenadas por el virrey Toledo; el majestuoso vuelo del cóndor en las cercanías de Cabanaconde y un profundo y escalofriante cañón en las faldas del volcán Chachani.

Hoy, miles de personas se acercan a la profundidad, como lo hicieron Shipee y Johnson en el siglo pasado… y es hermoso y extraño, porque te sientes al límite, al borde del vacío y admiras taludes poderosos y el cauce del río Colca, apenas visible, apenas un trazo lejano y zigzagueante que parece incapaz de haber “esculpido” uno de los cañones más hondos del mundo.

El Colca tiene una profundidad de 3,400 metros en ambas laderas -el doble del Gran Cañón del Colorado (Estados Unidos)- y su origen se remonta a 70 millones de años (periodo Senónico), cuando se produjo el llamado plegamiento peruano, es decir, el primer levantamiento de la zona andina.

La Cruz del Cóndor es, quizás, el mejor lugar para otear al fabuloso río encañonado. Este mirador natural se encuentra a 70 kilómetros al oeste de Chivay, en el camino a Cabanaconde.

Aquí se aplica el dicho de a quien madruga Dios lo ayuda, porque si uno lo visita temprano y tiene paciencia y algo de fortuna, puede disfrutar de un espectáculo único en la naturaleza: el vuelo del cóndor (Vultur gryphus).

Todas las mañanas, el ave carroñera de mayor tamaño en el mundo, abandona su nido en los taludes y acantilados cercanos e inicia su diaria búsqueda de alimento, apoderándose del cielo límpido y transparente. Se sabe que algunos de estos gigantes andindos descienden a la costa del Pacífico, para saciar su hambre con la placenta de las focas y leones marinos.

Después de los hallazgos de la pareja de aviadores, el manto de la indiferencia volvió a extenderse sobre estas comunidades de altura, que permanecieron prácticamente aisladas hasta 1975, cuando se construyó una carretera para impulsar la ejecución del proyecto de irrigación del río Majes.

Ajenos a los embates de la modernidad, los hijos del Colca mantuvieron sus atávicas costumbres, tradiciones y el orgullo de ser descendientes de dos pueblos prehispánicos: los cabanas -de origen quechua- y los collaguas -de raíces aymaras-.

Pero el orgullo es justificado y uno lo entiende -y hasta en cierta forma lo comparte-, al observar la maravillosa andenería que sus ancestros planificaron y construyeron entre los años 900 y 1,400 d.C. Auténticas obras maestras que vuelven las ásperas laderas montañosas en tierras pródigas, donde siempre crece el maíz, la quinua, la papa, la cebada y el olluco.

Los encantos del Colca son abundantes. Casas de piedra en Sibayo, extrañas formaciones rocosas en El Castillo de Callalli, iglesias magníficas en Yanque, Maca y Lari; retos de balsas y remos en un río poderoso, pedaleo o trekking intenso en los caminos de herradura que serpentean en las montañas; en fin, historia, magia y aventura al borde de la profundidad.

viernes, agosto 11, 2006

Nostalgia viajera

Fiesta en Andamarca:
Entre la tradición y la aventura

Si la memoria no me es ingrata, en agosto de 1996 visité por primera vez el distrito de Carmen Salcedo Andamarca, provincia de Lucanas (Ayacucho).
Hoy, por esas cosas de la casualidad, encontré en un viejo disquete –sospechosamente virulento- el artículo que escribí al retornar a Lima.
El hallazgo me causó sorpresa y una gran satisfacción, tanta, que he decidido postearla, un poco por nostalgia (es una de mis crónicas viajeras) y otro poco para recordar mis impresiones iniciales de Andamarca, comunidad entrañable a la que espero volver este año, si el apu Aijjamarca y el niño Víctor Poderoso lo permiten.

Los indiscretos rayos del sol se posan sobre rostros fatigados y somnolientos...de pronto, una voz anónima y desfalleciente quiebra el silencio del amanecer serrano: ¿cuánto falta? Nadie responde. El ómnibus continúa su marcha desafiante por esa cinta estrecha y polvorienta que es la carretera; enfrenta una curva, otra y otra más, pero el pueblo no aparece, sigue oculto entre los cerros.

Al mediodía, después de veinte horas de camino, se atisba desde las alturas, protegido por el Apu Aijaimarca y rodeado por impresionantes andenes pre-incas, al pueblo de Andamarca (provincia de Lucanas, departamento de Ayacucho). "¡Hemos llegado!", ruge ahora la voz anónima contagiada por la fuerza, el entusiasmo y el espítitu festivo que se respira en las calles.

Y no es para menos, en Andamarca, capital histórica de los Rukanas, agosto es el mes de la fiesta de la Yarcca Ccallay o Aspi (limpieza de la acequia). Todo el pueblo baila, canta y bebe por la llegada del agua, que les permitirá cultivar los campos y renovar el verdor en los antiguos andenes.

Fiesta de altura
El 24 y 25 el pueblo se convierte en un hormiguero multicolor y nadie escapa del jolgorio. La ceremonia principal es la bendición del agua en una laguna a las afueras del pueblo. Cientos de personas comen el "chuku" (doce platillos de la región) y esperan que el cura, que aparece por el pueblo sólo un par de veces al año, bendiga el agua que llega al estanque desde la rinconada del Puza.

Durante la bendición, hasta los irreverentes "negritos" parecen descansar, al igual que los "llamichus", que representan a un rebaño de llamas y su pastor; a su lado, los "cargontes", exhiben orgullosos los billetes que tienen colgados en el pecho, dinero que sin duda, les ha servido para "armar" la fiesta.

Cuando el cura termina la bendición, se eligen a los nuevos "cargontes", quienes se encargarán de organizar la fiesta al año siguiente. Si no lo hacen, la comunidad los castiga quitándole el agua para el riego.

En la tarde la fiesta se traslada a la plaza del Pueblo. Los danzak's son ahora la atracción. "Alacrán", "Chino", y "Gazpacho" (flaco, delgado), los tres contendores, desafían al dolor y a la muerte en cada una de sus pruebas.
"Alacrán" introduce dos cuchillos en sus fosas nasales, "Chino" responde tragándose dos sapos vivos, y "Gazpacho", para no ser menos, camina entre lenguas de fuego.

Las barras de los danzak's vibran con cada demostración y el resto del público aplaude sin salir de su asombro. Un airecillo de muerte se respira en Andamarca.

Las pruebas de valor terminan. Los danzak's sangran pero no muestran dolor. El pueblo los levanta en hombros y los pasea por la plaza. Al día siguiente, como manda la tradición, estos hombres que se burlan del sufrimiento, caminarán por una cuerda amarrada a la torre de la iglesia.

Visitas Indispensables:

*Andenería Pre-Inca: única en el país. Sigue siendo utilizada para la agricultura y ganadería.

*Puzapaccha: catarata con una caída en tres niveles. Su altura aproximada es de 200 metros.

*Yarpo Ccoccha: laguna rodeada de fauna y flora, en la que se encuentran aves silvestres.

*Caniche: ruinas de una antigua penitenciaría. Caniche significa morder, es decir, con dos piedras se trituraban a los enemigos y prisioneros.

*También se deben visitar la piedra tallada de Campanero, el Incapa Huasin o Campamento del Inca, donde existen tres pocitas con líquidos con sabor a vino, chicha de jora y aguardiente; el acueducto de Puquioccta, que abastece de agua a la ciudad; y los tres cráteres de Pachapamancan, originados por la caída de meteoritos.

martes, agosto 08, 2006

Arenas de Aventura

Juntito a la Huacachina una mañana te vi, versea la letra de una canción peruanísima. Y si bien su autor no inspiró sus palabras en lo que ahora vamos a describir, estas encajan perfectamente, porque ahora estamos al ladito de la Huacachina, esa laguna milagrosa que resplandece entre las dunas iqueñas y que recibe el ostentoso calificativo de Oasis de América.

Tu me miraste de mala gana y yo me muero de amor por ti, continúa la letra de la canción y sus versos –al menos en su primera parte- siguen concordando con este relato; eso sí, advierto que no es un espíritu de plagio, la falta de imaginación o el apuro por postear, el que me lleva a transcribir esas líneas.

Lo que ocurre y se los cuento de una vez, es que al enterarme que debía subir paso a paso una de las dunas del oasis, fruncí casi instintivamente el
ceño (léase mirar de mala gana), enarque las cejas y vi con cierto encono a los muchachos que estaban a mi lado.

Pero hay que subir nomás, porque la diversión está allá arriba. Al menos eso dicen los sandboristas, quienes –en mi modesta opinión- si se mueren de amor por las dunas. Ellos, cada vez que pueden, ascienden a pie hasta lo más alto, para luego lanzarse, bajar, dejarse caer en un dos por tres en sus raudas tablas de arena.

Subo sin ser sandborista, con mala cara y sin morirme de amor. Bajo un sol de rayos hirientes, avanzo por la arena y pienso en lo que tendré que hacer cuando esté arriba: asirme la tabla a los pies, levantarme, dar un pequeño saltito y luego el descenso, la velocidad, el intento desesperado de mantener el equilibrio, al menos un ratito, más que sea unos segunditos, para “no hacer roche”, “para pasar piola, pues”.

¿Lo lograré? Creo que no, pero no importa, total, más de uno se las arregla para bajar como sea, es decir, sentados (no es recomendable) o tirados sobre las tablas. Lo importante es lanzarse, divertirse, disfrutar de la vertiginosa aventura.

Los expertos como Renzo Silva, Javier Valdés, Mario Díaz, Alex Herencia y Pedro Hernández, son capaces de acciones más atrevidas. Ellos se divierten de lo lindo zigzagueando entre las banderas del slalom o retando a la gravedad en el big air, esa rampa que se “siembra” en el lomo de la montaña de arena, para impulsar los giros y saltos mortales de los más hábiles y arriesgados.

Mientras trepo penosamente, me entero que Ica, por la turgencia de sus dunas que alcanzan los 250 metros de altitud, es un escenario de clase internacional, según la experta opinión del campeón mundial el brasileño Digiacomo Dias (Digi para los amigos), quien ha descendido, volado, hecho piruetas, también caído, en la tibia arena del oasis, localizado a 305 kilómetros al sur de Lima.

Los inicios de esta actividad se remontan a la década del 60, cuando grupos de jóvenes en Florianópolis (Brasil), comenzaron a desprenderse de los cerros en viejas puertas de automóviles, cartones y otros elementos similares.

En Ica –donde el sandboard llegaría mucho tiempo después- las primeras tablas se hicieron de huarango, ese árbol heroico -hoy lamentablemente amenazado- que crece en la aridez del desierto.

Llego a lo más alto. Reino en la arena. Observo el oasis, las aguas quietas de la laguna en la que dicen vive una sirena, el puñado de casas y hoteles que hay en el balneario –a 5 kilómetros del centro de Ica- y los tubulares que ofrecen paseos a todo motor en las dunas.

Me preparo, encero la tabla que alquile por unos cuantos soles. Respiro con ganas y hondura y… sigo en lo más alto. No puedo lanzarme. La tabla es para un derecho (la amarra para ese pie va adelante) y yo soy zurdo. Bajo y no sé si volveré a subir. Otra vez juntito a la Huacachina, sí, mejor canto, para eso da lo mismo ser zurdo o derecho. (Rolly Valdivia)