viernes, diciembre 29, 2006

Anécdotas del camino

Donde el autor, quizás por falta de mejores ideas, narra los pormenores de una noche de obligado insomnio en su última travesía del año.

Sería un viaje largo y tortuoso. No tanto por las condiciones del camino, tampoco por las dudosas comodidades del bus, sino, más bien, por culpa del azar, la casualidad y la mala fortuna, por qué como podía imaginar, prever o sospechar siquiera, que el asiento número tres sería ocupado por un tipo enorme con dimensiones de ropero antiguo.

Y el gigante se acerca y se sienta y se desborda. Su cuerpo trasciende al asiento cuatro, ocupado por este
humilde y chaparro servidor que, ante la invasión de su espacio vital, espera al menos una palabra o sonrisa a manera de excusa o un estratégico reacomodo o retirada de los rollos intrusos.

Pero no ocurre ni lo uno ni lo otro. ¡Qué lástima!, el ropero me obligaba a utilizar medidas extremas, a ponerme bravo, a hacerme respetar por las buenas o por las malas, caray, o acaso creía que me había amedrentado con su cara de guardaespaldas estreñido y su porte de Charles Atlas en decadencia.

Con voz firme, decidida y a la vez respetuosa, le comunico al invasor que debe reacomodar su masa corporal y despejar mi asiento; en caso contrario -agregué- me veré
obligado a tomar medidas radicales, las cuales prefería evitar para bien de ambos.

A mi entender el mensaje era bastante claro y no dejaba espacios para las dudas, pero
mi interlocutor pareció no oírlo y, si lo oyó, lo interpretó de otra manera, porque en vez de replegarse, decidió expandirse con total desvergüenza y desparpajo.

Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Su desafiante actitud era una abierta declaración de guerra.

“A la carga mis valientes”, me arengué con espíritu bélico, antes de desatar una persistente ofensiva de hombrazos y codazos, con la que buscaba retomar mis posiciones en el asiento de ese bus empitonado que en una noche sin luna y sin estrellas, devoraba kilómetros en la carretera Panamericana Norte.

Ataqué una y otra vez sin lograr resultados positivos. Mis descargas eran ignoradas olímpicamente, tanto así,
que en cuestión de minutos el gigantón se quedó dormido, como si mi “artillería” fuera una especie de canción de cuna.

La situación se agravó cuando mi vecino de asiento -quizás a consecuencia de mis golpes- comenzó a roncar estruendosamente, entonces,
opté por interrumpir las hostilidades y replantear mis planes de ataque.

Qué hacer. ¿Pedir ayuda a la terramoza? –señorita, señorita, el "señor ropero" no me deja dormir…- Bah, eso no sirve, mejor sigo pensando... hum... y si busco un asiento vacío -mala suerte, no hay ninguno, el bus está lleno-.

Y si reinició las hostilidades y si hago un berrinche y si le meto un pisotón. Nada me convence. Nada es viable, así que de pura frustración decido continuar con los codazos, al menos me permiten desfogar mi cólera contra el individuo que, literalmente, me tiene contra la ventana del bus (esta frase parece sacada de una novela de amor. No piensen mal por favor).

Así, entre golpes y ronquidos, me fui resignando al obligado insomnio carretero, que me haría pasar en vela las 16 horas que dura el viaje entre Piura y Lima. El tramo final de un maratónica travesía por la costa y sierra ecuatoriana.

Perdí la batalla, lo admito a regañadientes, mientras veo al gran “ropero roncador” repantigarse en buena parte de mi asiento.

Al menos alguien dormirá bien, sentencio magnánimo al soltar el último codazo.

Luego, cuelgo mis ojos en la oscuridad y pretendo creer que las brumas de esta noche de insomnio, son parte de un sueño... el sueño de viajar por los Andes, de viajar por el Perú.

viernes, diciembre 22, 2006

Fin de Fiesta

Este año anduve en el norte y en el sur, en las orillas del Pacífico, en las islas del mítico lago Titicaca, en las faldas de los Andes y en los cauces de los ríos Amazónicos.

Sí, estuve aquí y allá, en ciudades y pueblos, en comunidades desconocidas, en caseríos aislados, para escribir historias y capturar imágenes que retraten el rostro de Perú actual, del Perú milenario.

También estuve en Ecuador, Bolivia y Chile. Descubriendo los Andes, andando y conociendo, borrando o tratando de borrar fronteras, rencores y desconfianzas históricas con mis andanzas, mis idas y venidas con la mochila al hombro, la libreta al ristre y la certeza inquebrantable de que el camino es bondadoso cuando uno lo recorre con humildad, respeto y buena fe.

Y en todos los lugares en los que estuve, atesoré las anécdotas y experiencias que nutren esta bitácora; y, de paso, guardé en una mochila imaginaria una gran cantidad de buenas vibraciones y energías positivas que hoy, a través de este post, comparto simbólicamente con ustedes, mis amigos y socios en la aventura de conocer el Perú.

Escribo este mensaje con afecto sincero, esperando que mis palabras se conviertan en un fuerte abrazo que exprese mi agradecimiento a todos ustedes -pacientes lectores de Explorando Perú- y reafirme mi compromiso de seguir en los caminos: siempre con su apoyo, ayuda y aliento invalorable.

Felices Fiestas…

miércoles, diciembre 13, 2006

Clic de la Semana


Absorto ante el estruendoso poderío de la catarata de Koari (comunidad nativa de Mazaroveni, Satipo), un viajero detiene sus pasos para contemplar el impetuoso discurrir de las aguas por paredes rocosas y desafiantes, conquistadas por el verdor del monte.

Koari es un gigante cubierto por un torrentoso velo cristalino que se deja ver -distante y tentador- desde el cauce del río Tambo, la "carretera" fluvial que une el rústico y caluroso Puerto Ocopa (región Junín) con la animada población de Atalaya (región Ucayali).

Desde las "canoas colectivo" que surcan el río, la catarata parece ser un hilito de agua que humedece el manto del follaje; pero el "hilito" se convierte en chorro inmenso al llegar hasta ella, luego de varias horas de acrobático andar... y es por eso que se detienen los pasos y es por eso que se le contempla en silencio...

sábado, diciembre 09, 2006

Algo de Lima...

En Explorando se ha escrito relativamente poco sobre Lima, la capital del Perú. Quizás sea por un afán descentralista o, tal vez, debido a esa relación de "amor-odio" que me enfrenta y me une con mi ciudad natal, la que me ha llevado a obviar -sin quererlo- sus atractivos y encantos.

Ayer, revisando en mis archivos, encontré una anécdota relacionada con la inauguración de la Plaza San Martín que, en su momento, me sirvió para nutrir los párrafos de un artículo sobre los principales espacios urbanos de esta "tres veces coronada villa".

En mi afán de saldar la deuda informativa que tengo con mi ciudad, me animo a compartir esta "perlita" con ustedes:

El tímido San Martín

En 1919, a dos años del centenario de la independencia del Perú, Agusto B. Leguía asume la Presidencia de la República.

El flamante mandatario encontró en la edificación de la Plaza San Martín, en los antiguos terrenos de la estación de San Juan, una vía de expresión de los nuevos vientos que él quería imponer en el país.


Impulsado por aquella inquietud, Leguía se esforzó por hacerla diferente a todas las plaza de la ciudad, tanto así que “construida ya, fue preciso deshacerla por razones estéticas y comenzar la construcción de la actual”, escribiría entonces un redactor del diario La Prensa.

Hasta que llegó el esperado momento de la inauguración. Rostros tensos y emocionados miraban fijamente la silueta del monumento al generalísimo don José de San Martín, cubierto con una lona negra para ponerle un manto de misterio al 27 de julio de 1921, víspera del Centenario de la Independencia.

Representantes de todo el mundo, acartonados y serios como ameritaba el magno acontecimiento, ocupaban el estrado oficial. Era una gran fiesta y nada ni nadie podría opacar en lo más mínimo el merecidísimo homenaje al libertador… bueno, al menos eso es lo que se creía en aquel momento.

Los minutos se estiraban. La expectación crecía, todos querían ver el monumento de bronce, piedra y mármoles españoles, creado por el escultor catalán don Mariano Benluire. La obra, en su parte superior, representaba el paso ecuestre del libertador por las alturas andinas.
Esta figura se apoyaba sobre un pedestal de granito en forma de pirámide truncada, con un basamento escalonado.

Y llega el gran momento. El presidente Leguía se acerca a develar la imagen. Silencio absoluto, respetuoso pero efímero, porque todo se convertiría en estruendosa ovación cuando la lona cayera… pero algo pasa. No cae, el nudo corredizo no funciona, la figura del generalísimo se oculta, como si no quisiera recibir los aplausos.

Estupor general, nadie entiende lo que ocurre. Se frustan los aplausos. De pronto, Artidoro Cossío, un chico cualquiera surge de entre la multitud y “con laudable arrojo y comprendiendo la situación creada al no poder descubrirse el monumento, ascendió intrépidamente y lo descubrió, impresionando al público con la osadía y el valor demostrado tan oportunamente.
Esa acción realizada sin más interés que el que se pone en los actos patrióticos, despertó gran simpatía...”, reseñó la revista Variedades.

Pero los problemas e imponderables de la tan esperada inauguración no terminaron ahí. Después de develar el monumento, el joven se dio con la sorpresa que, al caer la lona, se había quedado sin soga para poder bajar.

Al darse cuenta de la altura a la que se encontraba -cerca de 16 metros- optó por lo más seguro y con sus brazos y sus piernas se cogió fuertemente al caballo de bronce de don José de San Martín.

Minutos después aparecieron los efectivos de la Compañía de Bomberos Lima, y con la ayuda de una escalera telescópica lograron que el muchacho descienda. Por fin se escucharon claramente los aplausos.

sábado, diciembre 02, 2006

Retorno... ¿triunfal?

Donde el autor trata de explicar a sus lectores -quizás sin conseguirlo- el por qué de la falta de post en los últimos días.

Días extraños, sin ganas de escribir o postear, sin historias que contar, sin clic de la semana. Días disfrazados de vacaciones, de pereza y abandono. Días inútiles, quizás perdidos, mirando la pantalla vacía y el teclado dormido. Días poco inspirados, carentes de palabras, desnudos de oraciones.

Quizás haya sido el inconsciente que exigía un descanso tras cinco años de viajar y escribir, de trabajar y no parar; o, tal vez, la culpa es del agotamiento de la última travesía -intensa, fragorosa, también emotiva por tierras ecuatorianas- la que desencadenó la para inesperada, el bloqueo mental, el silencio de Explorando Perú.

Pero como no hay mal que dure 100 años ni periodista-viajero que lo resista, hoy han retornado las ganas de escribir y de contar historias. Se acabó la sequía de palabras.

Y otra vez se impone el vibrar de las techas, la premura del cursor que no se cansa de corretear por la pantalla, entonces, ya no pienso en las vacaciones tantas veces postergadas ni en el cansancio del último viaje.

Ahora sólo quiero escribir y compartir los relatos con ustedes, mis compañeros de aventuras, mis socios de andanzas por los caminos del Perú. Sigan visitando Explorando que, en los próximos días, habrán novedades de aquí y de allá, de todos lados.