viernes, diciembre 29, 2006

Anécdotas del camino

Donde el autor, quizás por falta de mejores ideas, narra los pormenores de una noche de obligado insomnio en su última travesía del año.

Sería un viaje largo y tortuoso. No tanto por las condiciones del camino, tampoco por las dudosas comodidades del bus, sino, más bien, por culpa del azar, la casualidad y la mala fortuna, por qué como podía imaginar, prever o sospechar siquiera, que el asiento número tres sería ocupado por un tipo enorme con dimensiones de ropero antiguo.

Y el gigante se acerca y se sienta y se desborda. Su cuerpo trasciende al asiento cuatro, ocupado por este
humilde y chaparro servidor que, ante la invasión de su espacio vital, espera al menos una palabra o sonrisa a manera de excusa o un estratégico reacomodo o retirada de los rollos intrusos.

Pero no ocurre ni lo uno ni lo otro. ¡Qué lástima!, el ropero me obligaba a utilizar medidas extremas, a ponerme bravo, a hacerme respetar por las buenas o por las malas, caray, o acaso creía que me había amedrentado con su cara de guardaespaldas estreñido y su porte de Charles Atlas en decadencia.

Con voz firme, decidida y a la vez respetuosa, le comunico al invasor que debe reacomodar su masa corporal y despejar mi asiento; en caso contrario -agregué- me veré
obligado a tomar medidas radicales, las cuales prefería evitar para bien de ambos.

A mi entender el mensaje era bastante claro y no dejaba espacios para las dudas, pero
mi interlocutor pareció no oírlo y, si lo oyó, lo interpretó de otra manera, porque en vez de replegarse, decidió expandirse con total desvergüenza y desparpajo.

Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Su desafiante actitud era una abierta declaración de guerra.

“A la carga mis valientes”, me arengué con espíritu bélico, antes de desatar una persistente ofensiva de hombrazos y codazos, con la que buscaba retomar mis posiciones en el asiento de ese bus empitonado que en una noche sin luna y sin estrellas, devoraba kilómetros en la carretera Panamericana Norte.

Ataqué una y otra vez sin lograr resultados positivos. Mis descargas eran ignoradas olímpicamente, tanto así,
que en cuestión de minutos el gigantón se quedó dormido, como si mi “artillería” fuera una especie de canción de cuna.

La situación se agravó cuando mi vecino de asiento -quizás a consecuencia de mis golpes- comenzó a roncar estruendosamente, entonces,
opté por interrumpir las hostilidades y replantear mis planes de ataque.

Qué hacer. ¿Pedir ayuda a la terramoza? –señorita, señorita, el "señor ropero" no me deja dormir…- Bah, eso no sirve, mejor sigo pensando... hum... y si busco un asiento vacío -mala suerte, no hay ninguno, el bus está lleno-.

Y si reinició las hostilidades y si hago un berrinche y si le meto un pisotón. Nada me convence. Nada es viable, así que de pura frustración decido continuar con los codazos, al menos me permiten desfogar mi cólera contra el individuo que, literalmente, me tiene contra la ventana del bus (esta frase parece sacada de una novela de amor. No piensen mal por favor).

Así, entre golpes y ronquidos, me fui resignando al obligado insomnio carretero, que me haría pasar en vela las 16 horas que dura el viaje entre Piura y Lima. El tramo final de un maratónica travesía por la costa y sierra ecuatoriana.

Perdí la batalla, lo admito a regañadientes, mientras veo al gran “ropero roncador” repantigarse en buena parte de mi asiento.

Al menos alguien dormirá bien, sentencio magnánimo al soltar el último codazo.

Luego, cuelgo mis ojos en la oscuridad y pretendo creer que las brumas de esta noche de insomnio, son parte de un sueño... el sueño de viajar por los Andes, de viajar por el Perú.

viernes, diciembre 22, 2006

Fin de Fiesta

Este año anduve en el norte y en el sur, en las orillas del Pacífico, en las islas del mítico lago Titicaca, en las faldas de los Andes y en los cauces de los ríos Amazónicos.

Sí, estuve aquí y allá, en ciudades y pueblos, en comunidades desconocidas, en caseríos aislados, para escribir historias y capturar imágenes que retraten el rostro de Perú actual, del Perú milenario.

También estuve en Ecuador, Bolivia y Chile. Descubriendo los Andes, andando y conociendo, borrando o tratando de borrar fronteras, rencores y desconfianzas históricas con mis andanzas, mis idas y venidas con la mochila al hombro, la libreta al ristre y la certeza inquebrantable de que el camino es bondadoso cuando uno lo recorre con humildad, respeto y buena fe.

Y en todos los lugares en los que estuve, atesoré las anécdotas y experiencias que nutren esta bitácora; y, de paso, guardé en una mochila imaginaria una gran cantidad de buenas vibraciones y energías positivas que hoy, a través de este post, comparto simbólicamente con ustedes, mis amigos y socios en la aventura de conocer el Perú.

Escribo este mensaje con afecto sincero, esperando que mis palabras se conviertan en un fuerte abrazo que exprese mi agradecimiento a todos ustedes -pacientes lectores de Explorando Perú- y reafirme mi compromiso de seguir en los caminos: siempre con su apoyo, ayuda y aliento invalorable.

Felices Fiestas…

miércoles, diciembre 13, 2006

Clic de la Semana


Absorto ante el estruendoso poderío de la catarata de Koari (comunidad nativa de Mazaroveni, Satipo), un viajero detiene sus pasos para contemplar el impetuoso discurrir de las aguas por paredes rocosas y desafiantes, conquistadas por el verdor del monte.

Koari es un gigante cubierto por un torrentoso velo cristalino que se deja ver -distante y tentador- desde el cauce del río Tambo, la "carretera" fluvial que une el rústico y caluroso Puerto Ocopa (región Junín) con la animada población de Atalaya (región Ucayali).

Desde las "canoas colectivo" que surcan el río, la catarata parece ser un hilito de agua que humedece el manto del follaje; pero el "hilito" se convierte en chorro inmenso al llegar hasta ella, luego de varias horas de acrobático andar... y es por eso que se detienen los pasos y es por eso que se le contempla en silencio...

sábado, diciembre 09, 2006

Algo de Lima...

En Explorando se ha escrito relativamente poco sobre Lima, la capital del Perú. Quizás sea por un afán descentralista o, tal vez, debido a esa relación de "amor-odio" que me enfrenta y me une con mi ciudad natal, la que me ha llevado a obviar -sin quererlo- sus atractivos y encantos.

Ayer, revisando en mis archivos, encontré una anécdota relacionada con la inauguración de la Plaza San Martín que, en su momento, me sirvió para nutrir los párrafos de un artículo sobre los principales espacios urbanos de esta "tres veces coronada villa".

En mi afán de saldar la deuda informativa que tengo con mi ciudad, me animo a compartir esta "perlita" con ustedes:

El tímido San Martín

En 1919, a dos años del centenario de la independencia del Perú, Agusto B. Leguía asume la Presidencia de la República.

El flamante mandatario encontró en la edificación de la Plaza San Martín, en los antiguos terrenos de la estación de San Juan, una vía de expresión de los nuevos vientos que él quería imponer en el país.


Impulsado por aquella inquietud, Leguía se esforzó por hacerla diferente a todas las plaza de la ciudad, tanto así que “construida ya, fue preciso deshacerla por razones estéticas y comenzar la construcción de la actual”, escribiría entonces un redactor del diario La Prensa.

Hasta que llegó el esperado momento de la inauguración. Rostros tensos y emocionados miraban fijamente la silueta del monumento al generalísimo don José de San Martín, cubierto con una lona negra para ponerle un manto de misterio al 27 de julio de 1921, víspera del Centenario de la Independencia.

Representantes de todo el mundo, acartonados y serios como ameritaba el magno acontecimiento, ocupaban el estrado oficial. Era una gran fiesta y nada ni nadie podría opacar en lo más mínimo el merecidísimo homenaje al libertador… bueno, al menos eso es lo que se creía en aquel momento.

Los minutos se estiraban. La expectación crecía, todos querían ver el monumento de bronce, piedra y mármoles españoles, creado por el escultor catalán don Mariano Benluire. La obra, en su parte superior, representaba el paso ecuestre del libertador por las alturas andinas.
Esta figura se apoyaba sobre un pedestal de granito en forma de pirámide truncada, con un basamento escalonado.

Y llega el gran momento. El presidente Leguía se acerca a develar la imagen. Silencio absoluto, respetuoso pero efímero, porque todo se convertiría en estruendosa ovación cuando la lona cayera… pero algo pasa. No cae, el nudo corredizo no funciona, la figura del generalísimo se oculta, como si no quisiera recibir los aplausos.

Estupor general, nadie entiende lo que ocurre. Se frustan los aplausos. De pronto, Artidoro Cossío, un chico cualquiera surge de entre la multitud y “con laudable arrojo y comprendiendo la situación creada al no poder descubrirse el monumento, ascendió intrépidamente y lo descubrió, impresionando al público con la osadía y el valor demostrado tan oportunamente.
Esa acción realizada sin más interés que el que se pone en los actos patrióticos, despertó gran simpatía...”, reseñó la revista Variedades.

Pero los problemas e imponderables de la tan esperada inauguración no terminaron ahí. Después de develar el monumento, el joven se dio con la sorpresa que, al caer la lona, se había quedado sin soga para poder bajar.

Al darse cuenta de la altura a la que se encontraba -cerca de 16 metros- optó por lo más seguro y con sus brazos y sus piernas se cogió fuertemente al caballo de bronce de don José de San Martín.

Minutos después aparecieron los efectivos de la Compañía de Bomberos Lima, y con la ayuda de una escalera telescópica lograron que el muchacho descienda. Por fin se escucharon claramente los aplausos.

sábado, diciembre 02, 2006

Retorno... ¿triunfal?

Donde el autor trata de explicar a sus lectores -quizás sin conseguirlo- el por qué de la falta de post en los últimos días.

Días extraños, sin ganas de escribir o postear, sin historias que contar, sin clic de la semana. Días disfrazados de vacaciones, de pereza y abandono. Días inútiles, quizás perdidos, mirando la pantalla vacía y el teclado dormido. Días poco inspirados, carentes de palabras, desnudos de oraciones.

Quizás haya sido el inconsciente que exigía un descanso tras cinco años de viajar y escribir, de trabajar y no parar; o, tal vez, la culpa es del agotamiento de la última travesía -intensa, fragorosa, también emotiva por tierras ecuatorianas- la que desencadenó la para inesperada, el bloqueo mental, el silencio de Explorando Perú.

Pero como no hay mal que dure 100 años ni periodista-viajero que lo resista, hoy han retornado las ganas de escribir y de contar historias. Se acabó la sequía de palabras.

Y otra vez se impone el vibrar de las techas, la premura del cursor que no se cansa de corretear por la pantalla, entonces, ya no pienso en las vacaciones tantas veces postergadas ni en el cansancio del último viaje.

Ahora sólo quiero escribir y compartir los relatos con ustedes, mis compañeros de aventuras, mis socios de andanzas por los caminos del Perú. Sigan visitando Explorando que, en los próximos días, habrán novedades de aquí y de allá, de todos lados.

martes, noviembre 21, 2006

Disculpa electoral

Confiado en que más vale tarde que nunca, le comunico respetuosamente al presidente de la mesa 128530 del distrito de La Perla, Callao, que por motivos de fuerza mayor, no pude asistir al proceso electoral del domingo 19 de noviembre.

Espero que el distinguido presidente sepa comprender mis razones y lamento si mi ausencia le generó algún problema o dificultad adicional en el cumplimiento de su patriótica función.

Ahora bien, es muy probable que el ciudadano presidente ni siquiera se diera cuenta de mi ausencia. Si ese es el caso, este escrito -como tantos otros que he redactado en mi vida- no tiene ningún sentido. Pero igual sigo dándole a las palabras.

En verdad es complicado imaginar lo que pensó el obligadamente entusiasta
presidente y sus dos secretarios. Ellos se pasaron todo el domingo viendo votar a decenas de compatriotas, haciéndoles firmar el padrón, evitando que algún descordinado derribe el pomito de tinta indeleble y, a partir de las cuatro de la tarde, contando una a una las papeletas.

La situación se agrava si uno tiene la mala suerte de encontrarse con un personero fogueado y chinchoso, entonces, hay que resolver sus quejas y reclamos -a veces hasta inverosímiles- en defensa de los sagrados intereses del partido y de su "adorado" candidato.

Lo más irónico del asunto es que en las últimas elecciones presidenciales, algunos de los perdedores le achacaron su derrota a los sacrificados miembros de mesa "que no sabían llenar las actas" o "tenían su corazoncito a favor del otro partido" y otros argumentos similares que, a mi modesto entender, sólo demostraban su incapacidad de aceptar la derrota con hidalguía.

Pero ese es otro tema. Hoy -aunque es tarde- escribía para excusarme por mi ausencia. Confieso que es la primera vez que no asisto a un proceso eleccionario. Siempre lo he hecho, un poco por miedo a la multa y otro poco porque, de una u otra manera, me gusta expresar mi opinión que, casi siempre, es viciada o blanca.

No quiero darle más vueltas al asunto y si alguno de los miembros de mi mesa de votación lee este post, en especial el presidente y sus secretarios, les digo que no asistí porque me encuentro fuera del país.

Eso sí, no piensen que estoy de vacaciones o travesía de placer; tampoco estoy cumpliendo una tortura o algo así, sencillamente estoy haciendo mi trabajo de periodista itinerante o vagabundo profesional -como me autocalifiqué en otro texto- pero no en tierras peruanas, como es mi costumbre, sino en el Ecuador.

Antes de iniciar esta aventura periodística, quise solicitar una dispensa ante las autoridades competentes, pero fue imposible. Sólo los ciudadanos enfermos tienen ese privilegio. Si la ausencia es por otro motivo, hay que pagar la multa calladito nomás.

De nada valen tus antecedentes como votante consecuente e infaltable. A pagar la multa señor, esa la única salida... y me pregunto ¿hasta cuándo la democracia peruana obligará a sus ciudadanos a votar?, ¿hasta cuándo nos tratarán como a niñitos malcriados a los que se les castiga si no hacen su tarea?

No digo esto porque al volver deba pagar una multa (¿el agente de migraciones me querrá cobrar por adelantado en la frontera?), tampoco lo hago por un afán abstencionista. Sólo creo que al ser la democracia un sistema que se basa en la libertad, resulta ilógico que los ciudadanos estén obligados a asistir a las urnas.

Acaso se construyen gobiernos sólidos o instituciones fuertes, cuando se vota por mandato imperativo de la ley, sin saber siquiera quienes son los candidatos o, lo que es peor, dejándose convencer por el ciudadano verborreico y partidarizado que nunca falta en la cola.

Más allá de mis argumentos, afirmo que si hubiera estado en La Perla el pasado domingo, habría ido a votar -en blanco- al colegio Keneddy y este post no existiría. Cosas de la democracia.

lunes, noviembre 13, 2006

Clic de la Semana

La silueta de un iglesia colonial despunta tras los enormes muros incásicos del templo de Wiracocha, en Raqchi (Cusco), evidenciando, en cierta forma, la raíces del Perú actual, una nación que -para bien o para mal- se sustenta o debería sustentarse, en su riqueza y diversidad cultural.

Se dice que el Perú es un país de todas las sangres y que aquí el que no tiene de "inga tiene de mandinga"; sin embargo, nunca faltan los necios que pretenden soslayar o miran con desdén esa pluralidad de culturas y sentires, entendiéndola como un obstáculo en el camino del desarrollo y la integración, en vez de enfocarla como una fortaleza y un signo de orgullo frente a otras naciones.

En Raqchi, como en otras partes del Cusco, es evidente la coexistencia de los andino y lo occidental. Es parte de su encanto más allá de las opiniones que se puedan tener sobre la invasión o conquista española -me inclino por el primer término- y el posterior periodo colonial.

Nos guste o no, lo ocurrido en el pasado no puede cambiarse. Se debe ser crítico y hasta rebelde, pero esta crítica y rebeldía tiene que ser herramienta de cambio y servir para escribir una historia diferente, con menos injusticia y pobreza, sin excluidos y sin corrupción, sin odio y sin violencia entre los propios peruanos.

jueves, noviembre 09, 2006

Crónica Rayada...



Un texto de confusiones y enredos en el que el autor demuestra que, a veces, anda un poco rayado.

Lluvia y granizada. Hace frío y no dan ganas de bajar del bus, pero el bicho motorizado se para en seco y abre las puertas de par en par. La gente se levanta, se despereza, dice que nos hemos detenido en una raya que también es punto...

No entiendes nada, es como si hubieras sufrido un congelamiento neuronal. Si es que esa enfermedad existe -claro está- o será acaso que la acabas de
inventar, con el perdón de los médicos y demás profesionales de la salud.

Y si uno inventa un mal tiene el derecho de inventar la cura, más aún cuando se está en una raya que es punto al mismo tiempo… y con tanta raya y punto como que ya tengo la impresión de andar escribiendo en clave morse y eso es demasiado enredo, demasiado congelamiento neuronal.

Frío, lluvia y granizo. Bus detenido. Raya y punto, punto y raya. Neuronas congeladas… y sigo sin entender nada y para colmo me voy quedando solo, porque todos abandonan sus asientos y bajan apuraditos y bien abrigadotes, como si algo importante ocurriera en esa raya que es punto y, quizás, otras cosas más que me gustaría averiguar, aunque la prudencia me indica que lo mejor es olvidarme de todo y tratar de dormir.

Bostezo, me acomodo, cierro lo ojos. No hay sueño por culpa del instinto periodístico o del temor a quedarme solo en el bus (de repente le cae un rayo y soy el único achicharrado). No tengo más remedio que bajar a pesar
de estar casi seguro que mi naciente congelamiento neuronal se convertirá en un congelamiento generalizado y ahí sí que voy a necesitar un médico de verdad.

Invadido por esos malos presagios, decido bajar del bus, pero despacito, en cámara lenta, con la intención de evitar cualquier ataque artero del soroche, porque si bien me encuentro enredado por toda esa historia de la raya, no ando tan perdido como para no darme cuenta que estoy a miles de metros sobre el nivel del mar.

Lo mejor es no apurarse, respirar profundo y caminar a paso de tortuga, a pesar de que nunca he visto una tortuga en la puna, pero esta mañana es extraña y cualquier cosa puede pasar; basta con decir que hace 10 minutos el sol brillaba como zapato recién lustrado y... ¡zas! de pronto se desató el granizo y alguien habló de rayas y puntos, desatándose este calvario que tan desordenadamente narro.

Pero intentaré corregirme y aclarar mis ideas, al menos un poquito y es que la situación como que empieza a arreglarse y hasta creo que he encontrado la cura inventada para ese mal también inventado, con el perdón de los médicos y demás profesionales de la salud, como indiqué al principio de este confuso relato.

Mis neuronas empiezan a descongelarse y el enredo deja de ser tan enredado y es que la mentada raya no es realmente una raya -de esas que hacía con regla, nunca a pulso, en el colegio (no pregunten por qué)-; tampoco un punto seguido o un punto aparte, menos un punto final (para tristeza de algunos lectores).

La raya de esta historia o La Raya, para escribirlo correctamente, es el “punto” más alto de la carretera Cusco-Puno (4,321 m.s.n.m.)., cimbreante vía asfaltada que une el “ombligo del mundo andino” con el lago Titicaca, el legendario mar interior del que emergió Manco Capac y Mama Ocllo, la pareja fundacional del estado Inca.

Raya-Punto, la clave morse está descifrada y me doy de alta, mientras observo el horizonte mustio por la lluvia, las brumas que cubren las colinas cercanas, las alpacas que pastean sin prisa, los mechones de ichu castigados por el granizo, también a las señoras que se protegen de la lluvia bajo un toldo improvisado y al comerciante heroico que a pesar de todo, sigue ofreciendo sus chullos, sus chompitas y chalinas.

No hay duda, estoy restablecido. El último párrafo fue más ordenado. Se acabó el congelamiento y la lluvia, entonces me animo a andar por ese paraje cordillerano que se ha convertido en parada casi obligada para los turistas que van y vienen del Cusco y Puno; por ese recodo del camino en el que varias mujeres ofrecen artesanías y hasta posan para la foto del recuerdo por un dólar, un sol o lo que sea su voluntad.

Pero en mis andanzas descubro que en La Raya hay dos líneas… No se asusten, por favor, no es una recaída, tampoco un trabalenguas ni un juego de sinonimia. Aquí no hay enredos ni mayores complicaciones, porque una de las líneas está muy cerca y no ha sido trazada con regla, sino por durmientes y rieles; la otra es más bien simbólica, política, se ve mejor en los mapas.

Línea férrea (une Cusco y Puno) y línea limítrofe (entre ambas regiones) en La Raya, un extraño lugar que por esas cosas del lenguaje y los enredos del camino, es, también, un punto...final.

jueves, noviembre 02, 2006

Clic de la Semana


Como si fuera un enorme espejo urbano, un edificio vestido de modernidad refleja nítidamente la torre colonial de la Catedral de Santiago de Chile, sintetizando de manera simbólica la unión entre el pasado y el presente, en plena plaza de Armas de la capital mapocha.

La imagen despertó el interés del lente viajero de Explorando Perú que, por esas cosas del destino y el mundo globalizado -ya les explicaré el por qué-, recorrió durante más de una semana varias ciudades chilenas.

Eso sí, que nadie se preocupe. Explorando sigue siendo bien peruano, peruanazo como el pisco y sólo pretende, a través de este clic, agradecer las atenciones recibidas durante el Seminario Internacional de Turismo Rural Los Desafíos del Siglo XXI, evento al que fui invitado como expositor.

Organizado por el Gobierno de Chile, a través del Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap) y del Programa Nacional de Turismo Rural, el certamen reunió durante tres días (11 al 13 de octubre) a especialistas de diversos países, constituyéndose en una valiosa experiencia, tanto para los expositores como para los participantes de las distintas regiones del país vecino.

Lo más curioso del asunto es que los organizadores se enteraron de mi existencia a través del Internet. Ellos buscaban un periodista viajero que pudiera decir algo sobre la importancia de la prensa en el desarrollo de un proyecto de turismo rural y... ¡zas! encontraron esta bitácora.

Esa fue la muesca que haría girar los engranajes de mi travesía chilena, académica en sus inicios, mochilera en sus tramos finales. Y de esas andanzas me traje este clic y un sinfín de buenos recuerdos.

miércoles, octubre 25, 2006

Ya estoy aquí

Para alegría de muchos y tristeza de pocos... o ¿será al revés? Sea como sea, el autor de este blog anuncia su retorno -siempre silencioso, nunca triunfal- a su "queriodiada" Lima... y, mientras se arregla con sus acreedores, supuestos jefes y perseguidores varios, aprovecha un instante de calma en sus idas y venidas, para publicar algunas fotos de sus últimas andanzas y, de paso, darle un poco de vida a Explorando Perú.

Viaje al sur: peruano y chileno. Cusco y Puno, primera salida. Retorno a Lima. Un par de días de descanso. Prepararse para volver al camino. Segundo itinerario: volar a Santiago, mochilear a Valdivia, Puerto Montt y la isla de Chiloé, al final de continente.

Paradas en la ruta. Pikillaqta un complejo arqueológico en las afueras del Cusco Imperial. Los restos de una ciudad amurallada, con viviendas, almacenes, grandes calles y paredes erigidas por los waris, el primer imperio andino.


Tradicionales Toritos de Pucará en las alturas altiplánicas de la región Puno. Su fama ha traspasado las fronteras, como lo pudimos comprobar en Isla Negra, una de las casas-museo de Pablo Neruda, donde un astado de cerámica se luce al lado de la infinidad de los objetos y artilugios que pertenecieron al recordado vate chileno.

Palafitos sobre las quietas aguas del Pacífico, en la ciudad de Castro, en la isla de Chiloé, uno de los destinos turísticos más visitados de Chile. Hasta allí llegamos en nuestra reciente travesía al sur.

lunes, octubre 16, 2006

Pésame al Perú

Estoy en Valdivia, al sur de Chile, y dentro de algunas horas partiré hacia Puerto Montt. Confieso que estoy algo triste, porque acabo de enterarme de la muerte de Valentín Paniagua, quien presidiera un gobierno de transición, tras la "valerosa" renuncia vía fax, de Alberto Fujimori, hoy en proceso de extradición.

No tengo mucho tiempo para escribir. Sólo quería expresar que Paniagua fue un polítido distinto, ajeno al escándalo y al autobombo. Silencioso y discreto, pero dispuesto a "poner el pecho" cuando la situación lo ameritaba, pasará a la historia como un hombre probo, calificativo que pocos dirigentes del país, podrán colocar en su epitafio.

Hoy es un día triste. Sólo espero que muchos de los políticos que hoy exaltarán las virtudes de Paniagua, escuchen y mediten sus palabras, para que ellos corrijan sus rumbos y comprendan que el país sólo saldrá adelante con gente honesta, como el ex presidente y tantos millones de peruanos, que diariamente tratan de labrarse un futuro mejor: sin mentiras, sin violencia, sin escándalos, sin corrupción.

jueves, octubre 12, 2006

Comunicado Oficial

Comunicado Oficial 001-2006

El autor de este blog se encuentra temporalmente en Santiago de Chile. A partir del sábado enrumbará con destino desconocido, presumiblemente más al sur, para volver a Lima el 20 del presente.

Así que no se asusten si en los próximos días no hay nuevos post, reportes o comunicados. Como ustedes comprenderán es difícil escribir Explorando Perú, cuando uno se encuentra Explorando Chile.

Sin otro particular,

El autor.

miércoles, octubre 04, 2006

Reporte a la volada desde el Cusco

Sólo un par de párrafos para no perder la costumbre y comunicarle a los sacrificados seguidores de Explorando Perú, que el editor-redactor-viajero y, según las malas lenguas, vagabundo profesional que dirige esta bitácora, sigue vivito y coleando.

No me encuentro en la plaza de Armas ni en las inmediaciones del Qoricancha, menos en el ahora iluminado Saqsaywaman, la fortaleza o templo que permite observar el manto urbano del Cusco, imperial y sagrado.

No estoy en ninguno de eso lugares, más bien escribo estas líneas desde la terminal terrestre, lugar sin mayores encantos, bullicioso y concurrido, donde unos hombres con voces de tenores trasnochados, gritan hasta la desesperación nombres de ciudades: Puno, Tacna, Arequipa, qué se yo...

Dentro de un par de horas seguiré el llamado de unos de ellos y partiré hacia Arequipa, la Ciudad Blanca, mi última escala en este viaje relámpago que me llevó por Puno, Juliaca, Pucará (región Puno), Sicuani, Raqchi, Andahuaylillas, Piquillacta y Tipón (región Cusco).

Caminé, observé, fotografié y me deleité una vez más con las piezas líticas de los hombres de Pucará, recorrí el templo de Wiracocha en Raqchi con sus muros enormes y su inédita columna, la iglesia de Andahuaylillas, considerada la "Capilla Sixtina de América", los restos waris de Pikillaqta y el templo inca de Tipón, donde se rendía culto al agua proveniente de las alturas.

Antes de despedirme del Cusco y confinarme en su desconcertante terminal, recorrí la plaza de Armas, como un tributo y un adiós a la querendona ciudad de los Incas que, como siempre, me recibió con los brazos abiertos.

Espero que la despedida sea breve, apenas un suspiro y que, en poco tiempo, vuelva a recorrer las calles imperiales del ombligo del mundo andino.

Los tenores siguien gritando. Se acerca la hora, el camino me llama y los párrafos deben terminarse. Eso sí, fueron más de tres.

domingo, octubre 01, 2006

Breve mensaje a los periodistas

Hoy es el día del periodista en el Perú. Es decir, hoy es mi día (no me molesto si me saludan), así que debería andar feliz y preparándome para los brindis o, en el mejor de los casos, recién despertándome, algo adolorido y mareado como consecuencia lógica de un sábado espumoso, festivo, quizás hasta romántico.

Pero nada de eso pasa en esta mañana de domingo. Más bien estoy frente al computador, somnoliento, ojeroso, recién llegado de viaje y a punto de desarmar la mochila para volverla a armar; pero, antes de hacerlo, antes de planificar mis nuevas andanzas en Puno y Cusco, quería saludar, a través de Explorando Perú, a los colegas que desempeñan su labor con profesionalismo, dignidad y encomio, en todo el territorio nacional.

Brindo con agua sin gas -es lo único que tengo a la mano en estos momentos- con los verdaderos periodistas, es decir, los que no venden su conciencia ni alquilan sus opiniones; también brindo con los colegas que he conocido en los caminos, aquellos hombres de prensa que buscan las otras noticias del Perú, las otras caras de un país que palpita, vibra, sufre.

Y vuelvo a llenar el vaso para recordar a los amigos con los que di mis primeros pasos periodísticos en las aulas sanmarquinas a finales del siglo XX (caray ya estamos viejos), con los maestros que me inculcaron el cariño por esta profesión -lamentablemente no fueron muchos- y por mis otros "maestros", los que conocí en la práctica, en la "cancha", en el fragor de las redacciones... sí, con todos ellos brindo en este domingo 1ro de octubre, sin resaca y sin dolores de cuerpo. ¡Salud, colegas!

miércoles, setiembre 20, 2006

Clic de la Semana

Hay quienes dicen –quizás con ingenuidad, tal vez con excesivo entusiasmo- que Dios es peruano.

Ellos tendrán sus razones para decirlo. A mí, particularmente, no me consta y para ser sincero, tengo grandes dudas sobre la nacionalidad y otros asuntos relacionados al todopoderoso… pero dichas incertidumbres no vienen al caso.

En fin, no sé si Dios es peruano; lo que si sé y de eso estoy segurísimo, es que aquí –en el Perú- abundan los diablos, como el festivo y tentador sajra paucartambino que aparece en este clic que alguna vez fue semanal y que ahora más bien sale cuando quiere, a la usanza del ya casi mítico tren macho.
Los diablos nacionales –al menos los que conozco y he visto directamente- son endemoniadamente bailarines y suelen escaparse del averno en las fiestas patronales, como ocurre en Paucartambo (Cusco), donde los sajras, con sus máscaras de espanto y sus trajes brillantes y estrafalarios, no se pierden ningún detalle de las celebraciones en honor a la Virgen del Carmen.

Pero los diablos nunca dejan de ser perversos y cuando todo el pueblo venera a la virgencita en sus recorridos procesionales, ellos se dirigen a los techos y balcones, con la perversa intención de “tentar” a la respetada imagen.

Nunca lo consiguen, sus esfuerzos son vanos. El bien se impone y los sajras, entre avergonzados y rencorosos, se tapan los ojos cuando se acerca la multitudinaria procesión, para no ver a la madre de Cristo. Ellos aceptan a regañadientes su perpetua derrota.

jueves, setiembre 14, 2006

Anécdotas del camino

Relatos de viajes azarosos (parte I)…
...aunque nadie sabe, ni siquiera el autor de este blog, si habrá una segunda parte, porque como dice el dicho popular, las segundas partes nunca fueron buenas.

Así es el Perú, verseó una sombra en tono de excusa, como si la mención del nombre patrio fuera un bálsamo capaz de aplacar la naciente incomodidad, el fastidio, las ganas casi incontenibles de decir hasta aquí nomás llego compadrito y el deseo apremiante de dar la media vuelta y largarse de una buena vez, tirando un portazo que le añadiera un efecto entre dramático y teatral a la retirada.

Pero todo eso era imposible por varias razones prácticas, como la inexistencia de una puerta que se pudiera tirar con artístico encono o la falta del espacio mínimo indispensable para dar la media vuelta; entonces, lo mejor era quedarse calladito, economizar palabras y creer –o tratar de creer- que aquel hombre ensombrecido tenía razón y que el Perú era así, pues, desde siempre y para siempre. Amén.

No hubo más palabras. El hombre se alejó de la tolva, volvió a la cabina, abrió la puerta –él si tenía una puerta que tirar- y arrancó el motor de ese camión enano, raquítico y con ansias de jubilación que, en vez de andar, parecía pelear con las curvas, las pendientes y los agujeros negros –perdón, los cráteres, perdón, los huecos- de una carretera desnuda de asfalto.

La situación tenía ribetes surrealistas. Si no lo creen les pido imaginar la escena: una noche exageradamente fría, un camión añoso y humeante y un chofer que no era chofer, sino un alcalde que por esas cosas de los presupuestos que nunca alcanzan, hacía de todo un poco para sacar adelante a su pueblo chiquito y breve como un suspiro, pero de nombre largo e inquietante: Chupamarca.

El cuadro no termina allí. Lo más sorprendente ocurría en la tolva descubierta, donde cinco personas –incluida el autor de estas líneas- viajaban sobre sacos de azúcar y bidones de keroseno.


Uno al lado del otro, echados y juntitos, con los pies apuntando a la cabina, los brazos pegados a las piernas como un soldado en atención y la cabeza al lado de la baranda que marcaba el final del espacio.

Me sentía una momia y la bolsa de dormir era mi mortaja. Si quería moverme debía pedir permiso a mi compañero de al lado y este al que estaba más allacito y así sucesivamente. Todos a una, como "Fuente Ovejuna", sea a la derecha o a la izquierda, pero sólo un poquitito, sólo unos cuantos centímetros. No había espacio para grandes evoluciones.


Las condiciones eran críticas, viajábamos expuestos al viento, tragando polvo, sintiendo los sacudones del camino como si fueran los golpes demoledores de un boxeador de peso completo. Lo peor de todo es que recibíamos los puñetazos sin la menor posibilidad de defendernos y mirando resignadamente al cielo, eso sí, estrelladísimo, precioso, inolvidable.

Cuando el alcalde-chofer pronunció su célebre e inolvidable así es el Perú, ya llevábamos como cuatro horas de camino. En ese momento no sabía que aún faltaban ocho horas de sufrimiento y tenía la esperanza que Chupamarca, en la provincia de Castrovirreina, Huancavelica, aparecería atracito nomás de la siguiente curva.

Y pensar que ese viajecito tortuoso se había iniciado con una cartita inocente llegada a la redacción de Señales, una revista de transporte, ecología y turismo en la que trabajé entre el año 97 y 98 del siglo y milenio pasado.


La misiva decía algo así como que en Chupamarca había una iglesia bien bonita que de puro olvido se estaba poniendo bien feita. Al final del texto, el lector sugería que sería bueno que "un periodista de su respetable publicación", visitara la zona.

La pelota estaba en mi campo, así que decidido a hacer un golazo de media cancha, llamé al “toque nomás” al autor de la carta. En un par de minutos todo estaba coordinado y, al menos en el teléfono, la travesía parecía sencilla.


El itinerario era más o menos así: en Lima debía tomar un bus que me llevara a Chincha (a 205 kilómetros al sur), al llegar continuaría en un taxi hasta el distrito de Pueblo Nuevo, donde estaba la casa del alcalde de Chupamarca, quien me trasladaría al pueblo en el camión del municipio.

Sí, el plan era sencillo. Chincha es un pueblo-ciudad que conozco desde niño por ser la tierra de mi madre; además, encontrar la vivienda del burgomaestre no sería complicado y viajar en la cabina de un camión no me parecía un drama.

Todo se desarrolló de acuerdo al plan hasta mi llegada a la casa de la autoridad chupamarquina. Y es que al bajar del taxi me sentí decepcionado con la estampa poco bravía del camioncito que me transportaría a las alturas andinas.

Si bien no era una esperpento ni una desgracia total, me había imaginado uno de esos recios e invencibles volvos que van y vienen por los caminos del Perú o un gallardo dogde con tolva de madera, nunca ese juguetito probablemente chino con baranditas de metal.

Bueno, no importa, el asiento delantero se ve amplio, pensé para animarme mientras tocaba la puerta, pero mi ánimo se cayó al piso al descubrir que no sería el único pasajero; al darme cuenta que el camión iría cargado de paquetes y bultos; al percibir que ni a balas entraría la cabina, porque había tres chicas en el grupo y por esas cosas del maldito machismo, ellas irían abrigaditas al ladito del chofer.

Pensé en blandir mi carné fotocopiado de la revista Señales, argüir la importancia y el respeto que merece la prensa libre y sus "nobles representantes" y, como último recurso, mandarme con aquello de que la pluma es más fuerte que la espada y si no me dejan ir de copiloto, caramba, los agarro a sablazos a toditos juntos o uno por uno, ustedes deciden.

Pero no hice nada. Me reservé el carné para mejores usos –son infalibles frente a los policías que te quieren sacar un sencillo-, total, era o quería ser un periodista viajero y los periodistas viajeros no deben arrugar ante la posibilidad de pasar unas horitas en un tolva. Lo reconozco, me dejé vencer por unas ansias de aventura que -en ese entonces- ni imaginaba tener.

Allá vamos mis valientes, fue mi grito de guerra y con un salto acrobático me acomodé como pude –aunque casi no pude- al lado de mis flamantes compañeros de travesía, arquitectos o ingenieros –ya no recuerdo bien cuál era su profesión- que iban a evaluar la monumental iglesia.

El viaje-tortura comenzó con las últimas luces de la tarde. La carretera fue amigable en sus primeros tramos, cuando seguíamos pegaditos al llano; luego, a medida que ascendíamos, a medida que sumábamos metros sobre el nivel del mar, se volvió hostil, quebradiza y polvorienta, con razón la llamaban la culebrilla o algo parecido, eso me había dicho mi madre, como queriéndome advertir que no la pasaría bien, que mejor me quedara en casa.

Las madres son sabias, caray; lo malo es que muchas veces no les hacemos caso, quizás porque uno busca descubrir el mundo a su manera, por su cuenta y riesgo, para encontrar respuestas propias
a las inquietudes, trascendentales o vanas, que surgen y se arremolinan en nuestra mentes, también en nuestros corazones.

No sé si eso pensé en aquel momento, pero lo pienso ahora, cuando escribo y me esfuerzo por recordar la incomodidad, los dolores en la espalda, las piernas entumecidas, las punzadas del hambre nocturna y el frío intenso, intensísimo, realmente insoportable que pasé en ese camino que presumí infinito.

Lo extraño es que la experiencia no me espantó de las rutas aventureras. Desde entonces, en varios momentos de mis andanzas he pasado por situaciones similares que han reafirmado mi vocación itinerante.

Ahora estoy convencido que los golpes del camino enseñan, te hacen fuerte y te animan a proseguir, a volver a intentarlo una y otra vez, intentarlo siempre... en fin ya me salí del relato, mejor pongo punto y salto a otro párrafo.

Cada cierto tramo el alcalde se orillaba, apagaba las luces y el motor. Dormía, eso nos comentaron las chicas al día siguiente. Ellas habían vivido su propio calvario y es que el bisoño conductor iba “cabeceando”, “tirando una pestañita” entre las curvas y las pendientes, entonces, tenían que codearlo, sacudirlo, despertarlo y sugerirle que no estaría mal parar un ratito y descansar.

La noche fue eterna pero los caminos –por más pesados que estos sean- siempre tienen un fin. Llegamos vivitos y coleando a Chupamarca, un pueblo olvidado, pobre, sembrado en la ladera de una montaña; un pueblo tan pequeño que no tenía centro, un pueblo en el que todo era entrada y salida al mismo tiempo.

Eso o algo similar escribí en una de las crónicas que aparecieron en la revista Señales y que hoy se amarillean en mi archivo personal. Lo que no se amarillea aún, es el recuerdo de unos de los viajes más singulares
en mis afanes de periodista viajero... Y eso que sólo les he contado la ida; uyyyy, si escribiera del retorno.

**La imagen del camión que aparece en el post no corresponde al vehículo en el que viaje. Es, más bien, la unidad motorizada que esperaba encontrar.

jueves, setiembre 07, 2006

Clic de la Semana


El desborde de la arena y la sarna galopante del óxido, "secuestran" a una señal de tránsito en Cangrejos (provincia de Paita, Piura), un balneario popular, inquieto y concurridísimo en el verano, que se viste de nostalgia y soledad cuando el radiante sol norteño aminora la contundencia de sus rayos.

Prohibido estacionar, se lee entre las manchas del óxido...pero no hay nadie con auto ni siquiera un alma montada en bicicleta; sí, todo es arena, arena invasora en la vereda con pretensiones de boulevard, en la pista de asfalto agujereado, también en las casas de playa, ahora abandonadas, sombrías, fantasmales.

En el verano (diciembre a marzo) la situación cambia. La playa se llena de animación y la arena es "desalojada" de las áreas urbanas; entonces, la señal vuelve a prohibir y recupera su poder y se escapa del abandono, como el boulevard y las casas fantasmales. Ya no hay óxido ni olvido, sólo risas y cuerpos bronceados. Así es la vida en Cangrejos.

jueves, agosto 31, 2006

A correr en el norte

Al ritmo del Surfing

No es una verdad histórica, advierto. Es sólo una frase ingeniosa para empezar está crónica y como no encuentro otra que me parezca o sea más adecuada o simpática, decido escribir entre irónico y filosófico que el iniciador y fundador de las civilizaciones norteñas, Naylamp, fue el primero en correr olas en el Perú y, quizás, en toda América.

Es bueno aclarar, para evitar posteriores confusiones, que el mencionado personaje no surfeo en una de las sofisticadas tablas que hoy utiliza la supercampeona Sofía Mulanovich, tampoco lo hizo en uno de esos mastodontes hawaianos que, a mediados del siglo pasado, aparecieron la Costa Verde de Lima, rompiéndole el ojo a los curiosos y bañistas de aquel entonces.

Sin tabla pero con un portentoso caballito de totora, él surcó las olas del Pacífico. No es un invento, eso dicen las leyendas, eso se ve en las iconografías preincaicas; lo que nadie dice es que Naylamp escogió un excelente lugar para surfear, porque en la costa norte del Perú hay por lo menos una veintena de memorables points… y esta es una verdad que no acepta discusiones.

Por las razones mencionadas me atrevo a afirmar -medio en broma medio en serio- que las raíces del surf peruano se remontan a las culturas primigenias y que los pescadores de Huanchaco (La Libertad) y Pimentel (Lambayeque) que diariamente se hacen a la mar en los míticos caballitos de totora, son, a su manera y quizás sin saberlo, hábiles tablistas.

Y así como hace miles de años el legendario fundador disfrutó de lo lindo con los embates del Pacífico; hoy, decenas de deportistas, peruanos y extranjeros, hombres y mujeres, niños y adultos, comulgan con el mar y las imponentes olas que revientan en la zona costera, sobre todo en las regiones de La Libertad y Piura.

Las olas sobran en el norte. Las hay de todos los tamaños y para todos los gustos. Y es que esta parte del océano es privilegiada, con playas de trascendencia mundial como Chicama y Pacasmayo (La Libertad), Los Órganos, Máncora, Nonura y Cabo Blanco (Piura).

Sin lugar a dudas, los tablistas que llegan a esta región del Perú se deleitarán con algunas de las mejores izquierdas del planeta. No es un cliché o un alarde, es una verdad incontrastable que se hace enorme en Chicama (kilómetro 614 de la Panamericana Norte), la ola más larga del planeta. Su recorrido es de casi un kilómetro y su altura bordea los 2 metros.

Igual de excitante es Cabo Blanco (kilómetro 1137 de la Panamericana Norte) que presenta fuertes izquierdas de tubos largos y de hasta 3 metros de altura; y su Panic Point (localizado al sur), de olas rápidas -de 1 a 4 metros de altura- que revientan en un fondo de piedras. Un reto reservado para los deportistas extremos.

Pacasmayo (kilómetro 663 de la Panamericana Norte) con su poderosa y larga izquierda; Los Órganos (km. 1153) exigente pero buenísima, y, Nonura (km. 886) que rompe en la arena, son el paraíso de los deportistas expertos; mientras que Máncora (km. 1164), es una auténtica bendición para los principiantes y novatos.


Las olas son muchas y el espacio es muy corto. Debo buscar una frase para rematar la nota; tal vez sería buen mencionar de nuevo al mítico fundador… bah, mejor me olvido de todo y disfruto del mar y del calor, también de las olas, aunque no sé cómo correrlas. Quizás el espíritu de Naylamp quiera enseñarme.

jueves, agosto 24, 2006

Música de viaje

Música sobre ruedas, a todo volumen, como si estuviera en una fiesta, tonazo, pollada o vacilón y no en un largísimo y agotador viaje interprovincial, acosado por el sueño, vencido por el tedio y casi criogenizado por esa maldita ventana que no cierra, se malogra, se roba en plena puna bajo cero.

En el Perú se viaja con música. Eso lo aprendí hace muchos años, cuando no había MP3 o discos compactos, sólo humildes casetes piratas o grabados a lo que salga de las radioemisoras (recuerdan la voz del locutor estropeando el final de la canción); cintas heroicas que, antes de colocarlas en el reproductor, se rebobinaban con la punta de los lapiceros, para evitar que los cabezales se gastaran.

En ese entonces, es decir en mis años aurorales como periodista viajero, los chóferes-disjockeys me torturaban con los ¿gallos?, ¿aullidos?, perdón, con las canciones de una intérprete de huaynos, techno-huaynos, folclore moderno o vaya uno a saber que ritmo era ese que escuchaba a todo volumen.

La vocecita impertinente no paraba nunca. Era imposible descansar y yo estaba agotado, hecho un trapo porque venía de cubrir una fiesta-noctámbula de 5 días; entonces, casi sin darme cuenta, casi inconsciente, casi dormido, se me escapó un estentóreo, radical y exigente: ya pe’ tío (léase señor conductor) apague esa música, es más fea que una desgracia

Y el tío que me oye y el tío que me mira y el tío que no apaga nada, más bien alza el volumen para sacarle cachita a su nuevo sobrino (entiéndase periodista con traza de mochilero) y, de paso, ganarse el apoyo de los pasajeros, coléricos ante el grito censurador del peluconcito ese con cara de faltoso, que quería silenciar a Dina Páucar, Dinita, estrella naciente –perdón no lo sabía- del renovado folclore nacional.

A partir de ese día, Dina se convirtió en mi socia de viaje. Su voz –sin imaginarlo ella y sin quererlo yo- me ha cantado en muchísimas travesías interprovinciales y urbanas, porque aquella estrella naciente que quise censurar en la altura puquiana, se convirtió –a punta de gritos y chillidos, perdón, de canciones- en la "Diosa Hermosa del Amor", un fenómeno musical con serie en la TV y película en el cine.

El caso de la Diosa censurada es apenas una perla del collar musical que he ido engarzando en mis recorridos. Confieso que rara vez coincido con los gustos de los conductores, pero viajar enseña a ser tolerante y, a falta de un walkman (que antiguo suena eso), un CD player o un reproductor MP3 (ojo, mi cumpleaños es en octubre), no tengo más remedio que escuchar, literalmente, lo que venga.

Un compañero musical más reciente fue William Luna. Lo he oído en los ómnibus, custer, combis y hasta en mototaxis; lo he escuchado en Puno, Cusco, Arequipa, Ayacucho y Huancayo, también en un taxi limeño… en todos lados, como si me persiguiera con su linda es mi cholita se va poniendo su monterita o su niñachay dijiste que me querías.

Confieso que la pasé relativamente bien con Luna. No es mi favorito pero su música de aires andinos, sus letras sentimentales y la ausencia de gallos y estridencias, lo convierten en un apacible y llevadero fondo musical, mientras se cruzan abras y pampas o se tienta al mareo en un serpentín de curvas más cerradas que la mente de un fanático.

Más allá de Dina y William –sin apellidos porque ya hay confianza entre nosotros- en los buses peruanos se escucha de todo: huaynos, sayas, pasillos del ecuatoriano Segundo Rosero, chicha del mítico Chacalón y de Los Shapis, boleros cantineros de Guiller (el "Rey de las Cantinas") o Iván Cruz. Dan ganas de cortarse las venas.

Los éxitos de Agua Marina, Agua Bella y no sé cuántas agüitas más, la salsa de Óscar de León o Eddy Santiago, con suerte alguito de Rubén Blades (solo Pedro Navaja o Decisiones) y, para mala suerte, muchísimo de las peruanazas Abencia Meza “La Reina de las Parranditas” y de la "Internacional" Sonia Morales-Sonia Morales que ‘es mil veces mejor que Dina, amigo’, me “datearon” alguna vez en Quillabamba (Cusco).

Ah, claro, también se escuchan valsecitos criollos de rompe y raja, las insufribles canciones nueva oleras y un arsenal de baladas sollozantes y cursilonas, como la horrorosa Querida de Juan Gabriel, el hola, vuelvo a casa de Manolo Otero, el Gavilán o Paloma de José José, el Digan lo que Digan de Raphael y una que otra cancioncita de José Luis Rodríguez, el “Puma”.

“Qué buena música”, afirmó una señora al escuchar el uuuuu pavo real del melenudo felino, en un endemoniado auto colectivo que devorada las curvas de la ruta Tarma-La Merced (Junín).

La señora era puro entusiasmo, bailaba en el asiento y hasta coreaba el numerao, numerao, viva la numeración. El pasajero de al lado no lo pensó dos veces y se aúno a la afirmación de la dama y, al toque, empezó a “tirar su ritmo”.

Y la canción era larguísima y exasperante –chévere, cun chévere, cun chévere-; y ellos bailaban y yo quería bajar y el conductor ensoberbecido por el éxito de “su música”, comenzó a tamborilear en el volante, entonces, hasta el carro “movía el esqueleto” y eso ya era demasiado y me sentía el aguafiestas y quería bajarme, pero el "Puma" decía que juntos podemos llegar, así que adelante nomás. La Merced no está muy lejos.

La experiencia pavo real fue traumática. Felizmente no llegamos “agarrados de las manos” como propuso el cantante en otro tema, pero faltó poquito o al menos eso es lo que recuerdo, aunque la memoria engaña y como que hoy ya he recordado demasiado. Mejor me voy con mi música y mis añoranzas. Se acabó el casete.

viernes, agosto 18, 2006

Cañonazos de altura

Colca: el cañón de las mil aventuras

Un valle, un río y un cañón –tranquilo, paciencia, ya los verás-. Muchos volcanes y nevados, varios cóndores, centenares de andenes –y te desesperas, bufas, ¡caray, el camino nunca termina!-. Catorce pueblos, muchas plazas, dieciséis iglesias coloniales, –y ya ves casas, calles, campanarios- Te emocionas, vibras, sonríes. El Colca está muy cerca.

Y el “bus-carcocha” deja de andar justo cuando ibas a escribir una nueva serie de atractivos – ¿ya dijiste aventura y naturaleza?-. Bajas y te agitas, sí, ya estás en Chivay (3,600 m.s.n.m.), un pueblo que se hace querer, quizás por los trajes coloridamente bordados de sus mujeres, tal vez por la furia apaciguada de los volcanes Hualca-Hualca y Sabancaya.

Chivay, a 148 kilómetros de Arequipa, es la capital de la provincia de Caylloma y el principal acceso al Colca, un pedacito ignorado del Perú hasta fines de la década del 20’ del siglo pasado, cuando los aviadores Robert Shipee y George Johnson, hicieron fotografías aéreas del Desconocido Valle de los Incas, como ellos lo bautizaron.

Tiempo después realizarían una expedición terrestre. El viaje fue un rosario de descubrimientos: iglesias de sillar de los siglos XVI y XVIII en pueblos fundados durante las “reducciones de indios” ordenadas por el virrey Toledo; el majestuoso vuelo del cóndor en las cercanías de Cabanaconde y un profundo y escalofriante cañón en las faldas del volcán Chachani.

Hoy, miles de personas se acercan a la profundidad, como lo hicieron Shipee y Johnson en el siglo pasado… y es hermoso y extraño, porque te sientes al límite, al borde del vacío y admiras taludes poderosos y el cauce del río Colca, apenas visible, apenas un trazo lejano y zigzagueante que parece incapaz de haber “esculpido” uno de los cañones más hondos del mundo.

El Colca tiene una profundidad de 3,400 metros en ambas laderas -el doble del Gran Cañón del Colorado (Estados Unidos)- y su origen se remonta a 70 millones de años (periodo Senónico), cuando se produjo el llamado plegamiento peruano, es decir, el primer levantamiento de la zona andina.

La Cruz del Cóndor es, quizás, el mejor lugar para otear al fabuloso río encañonado. Este mirador natural se encuentra a 70 kilómetros al oeste de Chivay, en el camino a Cabanaconde.

Aquí se aplica el dicho de a quien madruga Dios lo ayuda, porque si uno lo visita temprano y tiene paciencia y algo de fortuna, puede disfrutar de un espectáculo único en la naturaleza: el vuelo del cóndor (Vultur gryphus).

Todas las mañanas, el ave carroñera de mayor tamaño en el mundo, abandona su nido en los taludes y acantilados cercanos e inicia su diaria búsqueda de alimento, apoderándose del cielo límpido y transparente. Se sabe que algunos de estos gigantes andindos descienden a la costa del Pacífico, para saciar su hambre con la placenta de las focas y leones marinos.

Después de los hallazgos de la pareja de aviadores, el manto de la indiferencia volvió a extenderse sobre estas comunidades de altura, que permanecieron prácticamente aisladas hasta 1975, cuando se construyó una carretera para impulsar la ejecución del proyecto de irrigación del río Majes.

Ajenos a los embates de la modernidad, los hijos del Colca mantuvieron sus atávicas costumbres, tradiciones y el orgullo de ser descendientes de dos pueblos prehispánicos: los cabanas -de origen quechua- y los collaguas -de raíces aymaras-.

Pero el orgullo es justificado y uno lo entiende -y hasta en cierta forma lo comparte-, al observar la maravillosa andenería que sus ancestros planificaron y construyeron entre los años 900 y 1,400 d.C. Auténticas obras maestras que vuelven las ásperas laderas montañosas en tierras pródigas, donde siempre crece el maíz, la quinua, la papa, la cebada y el olluco.

Los encantos del Colca son abundantes. Casas de piedra en Sibayo, extrañas formaciones rocosas en El Castillo de Callalli, iglesias magníficas en Yanque, Maca y Lari; retos de balsas y remos en un río poderoso, pedaleo o trekking intenso en los caminos de herradura que serpentean en las montañas; en fin, historia, magia y aventura al borde de la profundidad.

viernes, agosto 11, 2006

Nostalgia viajera

Fiesta en Andamarca:
Entre la tradición y la aventura

Si la memoria no me es ingrata, en agosto de 1996 visité por primera vez el distrito de Carmen Salcedo Andamarca, provincia de Lucanas (Ayacucho).
Hoy, por esas cosas de la casualidad, encontré en un viejo disquete –sospechosamente virulento- el artículo que escribí al retornar a Lima.
El hallazgo me causó sorpresa y una gran satisfacción, tanta, que he decidido postearla, un poco por nostalgia (es una de mis crónicas viajeras) y otro poco para recordar mis impresiones iniciales de Andamarca, comunidad entrañable a la que espero volver este año, si el apu Aijjamarca y el niño Víctor Poderoso lo permiten.

Los indiscretos rayos del sol se posan sobre rostros fatigados y somnolientos...de pronto, una voz anónima y desfalleciente quiebra el silencio del amanecer serrano: ¿cuánto falta? Nadie responde. El ómnibus continúa su marcha desafiante por esa cinta estrecha y polvorienta que es la carretera; enfrenta una curva, otra y otra más, pero el pueblo no aparece, sigue oculto entre los cerros.

Al mediodía, después de veinte horas de camino, se atisba desde las alturas, protegido por el Apu Aijaimarca y rodeado por impresionantes andenes pre-incas, al pueblo de Andamarca (provincia de Lucanas, departamento de Ayacucho). "¡Hemos llegado!", ruge ahora la voz anónima contagiada por la fuerza, el entusiasmo y el espítitu festivo que se respira en las calles.

Y no es para menos, en Andamarca, capital histórica de los Rukanas, agosto es el mes de la fiesta de la Yarcca Ccallay o Aspi (limpieza de la acequia). Todo el pueblo baila, canta y bebe por la llegada del agua, que les permitirá cultivar los campos y renovar el verdor en los antiguos andenes.

Fiesta de altura
El 24 y 25 el pueblo se convierte en un hormiguero multicolor y nadie escapa del jolgorio. La ceremonia principal es la bendición del agua en una laguna a las afueras del pueblo. Cientos de personas comen el "chuku" (doce platillos de la región) y esperan que el cura, que aparece por el pueblo sólo un par de veces al año, bendiga el agua que llega al estanque desde la rinconada del Puza.

Durante la bendición, hasta los irreverentes "negritos" parecen descansar, al igual que los "llamichus", que representan a un rebaño de llamas y su pastor; a su lado, los "cargontes", exhiben orgullosos los billetes que tienen colgados en el pecho, dinero que sin duda, les ha servido para "armar" la fiesta.

Cuando el cura termina la bendición, se eligen a los nuevos "cargontes", quienes se encargarán de organizar la fiesta al año siguiente. Si no lo hacen, la comunidad los castiga quitándole el agua para el riego.

En la tarde la fiesta se traslada a la plaza del Pueblo. Los danzak's son ahora la atracción. "Alacrán", "Chino", y "Gazpacho" (flaco, delgado), los tres contendores, desafían al dolor y a la muerte en cada una de sus pruebas.
"Alacrán" introduce dos cuchillos en sus fosas nasales, "Chino" responde tragándose dos sapos vivos, y "Gazpacho", para no ser menos, camina entre lenguas de fuego.

Las barras de los danzak's vibran con cada demostración y el resto del público aplaude sin salir de su asombro. Un airecillo de muerte se respira en Andamarca.

Las pruebas de valor terminan. Los danzak's sangran pero no muestran dolor. El pueblo los levanta en hombros y los pasea por la plaza. Al día siguiente, como manda la tradición, estos hombres que se burlan del sufrimiento, caminarán por una cuerda amarrada a la torre de la iglesia.

Visitas Indispensables:

*Andenería Pre-Inca: única en el país. Sigue siendo utilizada para la agricultura y ganadería.

*Puzapaccha: catarata con una caída en tres niveles. Su altura aproximada es de 200 metros.

*Yarpo Ccoccha: laguna rodeada de fauna y flora, en la que se encuentran aves silvestres.

*Caniche: ruinas de una antigua penitenciaría. Caniche significa morder, es decir, con dos piedras se trituraban a los enemigos y prisioneros.

*También se deben visitar la piedra tallada de Campanero, el Incapa Huasin o Campamento del Inca, donde existen tres pocitas con líquidos con sabor a vino, chicha de jora y aguardiente; el acueducto de Puquioccta, que abastece de agua a la ciudad; y los tres cráteres de Pachapamancan, originados por la caída de meteoritos.

martes, agosto 08, 2006

Arenas de Aventura

Juntito a la Huacachina una mañana te vi, versea la letra de una canción peruanísima. Y si bien su autor no inspiró sus palabras en lo que ahora vamos a describir, estas encajan perfectamente, porque ahora estamos al ladito de la Huacachina, esa laguna milagrosa que resplandece entre las dunas iqueñas y que recibe el ostentoso calificativo de Oasis de América.

Tu me miraste de mala gana y yo me muero de amor por ti, continúa la letra de la canción y sus versos –al menos en su primera parte- siguen concordando con este relato; eso sí, advierto que no es un espíritu de plagio, la falta de imaginación o el apuro por postear, el que me lleva a transcribir esas líneas.

Lo que ocurre y se los cuento de una vez, es que al enterarme que debía subir paso a paso una de las dunas del oasis, fruncí casi instintivamente el
ceño (léase mirar de mala gana), enarque las cejas y vi con cierto encono a los muchachos que estaban a mi lado.

Pero hay que subir nomás, porque la diversión está allá arriba. Al menos eso dicen los sandboristas, quienes –en mi modesta opinión- si se mueren de amor por las dunas. Ellos, cada vez que pueden, ascienden a pie hasta lo más alto, para luego lanzarse, bajar, dejarse caer en un dos por tres en sus raudas tablas de arena.

Subo sin ser sandborista, con mala cara y sin morirme de amor. Bajo un sol de rayos hirientes, avanzo por la arena y pienso en lo que tendré que hacer cuando esté arriba: asirme la tabla a los pies, levantarme, dar un pequeño saltito y luego el descenso, la velocidad, el intento desesperado de mantener el equilibrio, al menos un ratito, más que sea unos segunditos, para “no hacer roche”, “para pasar piola, pues”.

¿Lo lograré? Creo que no, pero no importa, total, más de uno se las arregla para bajar como sea, es decir, sentados (no es recomendable) o tirados sobre las tablas. Lo importante es lanzarse, divertirse, disfrutar de la vertiginosa aventura.

Los expertos como Renzo Silva, Javier Valdés, Mario Díaz, Alex Herencia y Pedro Hernández, son capaces de acciones más atrevidas. Ellos se divierten de lo lindo zigzagueando entre las banderas del slalom o retando a la gravedad en el big air, esa rampa que se “siembra” en el lomo de la montaña de arena, para impulsar los giros y saltos mortales de los más hábiles y arriesgados.

Mientras trepo penosamente, me entero que Ica, por la turgencia de sus dunas que alcanzan los 250 metros de altitud, es un escenario de clase internacional, según la experta opinión del campeón mundial el brasileño Digiacomo Dias (Digi para los amigos), quien ha descendido, volado, hecho piruetas, también caído, en la tibia arena del oasis, localizado a 305 kilómetros al sur de Lima.

Los inicios de esta actividad se remontan a la década del 60, cuando grupos de jóvenes en Florianópolis (Brasil), comenzaron a desprenderse de los cerros en viejas puertas de automóviles, cartones y otros elementos similares.

En Ica –donde el sandboard llegaría mucho tiempo después- las primeras tablas se hicieron de huarango, ese árbol heroico -hoy lamentablemente amenazado- que crece en la aridez del desierto.

Llego a lo más alto. Reino en la arena. Observo el oasis, las aguas quietas de la laguna en la que dicen vive una sirena, el puñado de casas y hoteles que hay en el balneario –a 5 kilómetros del centro de Ica- y los tubulares que ofrecen paseos a todo motor en las dunas.

Me preparo, encero la tabla que alquile por unos cuantos soles. Respiro con ganas y hondura y… sigo en lo más alto. No puedo lanzarme. La tabla es para un derecho (la amarra para ese pie va adelante) y yo soy zurdo. Bajo y no sé si volveré a subir. Otra vez juntito a la Huacachina, sí, mejor canto, para eso da lo mismo ser zurdo o derecho. (Rolly Valdivia)

miércoles, julio 26, 2006

Especial Fiestas Patrias II


Tumbes y Piura
La Costa del Sol

Aproveche el feriado largo y encuéntrese con el mar en las playas del norte. No se arrepentirá...

Despiertas. Te desperezas. Miras a tu alrededor. No hay nadie o hay muy pocos. Goce en soledad. Te sientes el dueño del mar y de sus olas, el dueño del mundo. Te levantas. ¿Caminar de nuevo?, no, mejor no, mejor zambullirse en el Pacífico infinito, el Pacífico y sus aguas calientitas, ricas, relajantes. Inolvidables.

Veranear todo el año. Sí, también en el invierno, por qué aquí, en Punta Sal y en Zorritos, en Máncora y en Colán, exquisitas playas tumbesinas y piuranas, el calorcito siempre está de moda, siempre es una justificación o una excusa para tomar abrasadores baños de sol en una irresistible hamaca o dejarse acariciar por los vaivenes del mar.

Días de relajo a más de mil kilómetros al norte de Lima. Días en los que sus únicas preocupaciones serán decidir en qué playa pernoctar y escoger entre un buen ceviche de conchas negras, una enorme langosta en salsa de mariscos o un apetecible filete de mero. Lo demás es sencillo: broncearse, nadar, tomarse un traguito, cabalgar, tal vez salir de pesca.

Y para evitarle los desvelos vacacionales, le explicaremos algunas de las gracias de los balnearios de Tumbes y Piura. Comenzaremos por Punta Sal, uno de los más famosos de estas tierras. Su belleza es indescriptible y, a falta de adjetivos para retratarla, repetiremos la opinión de muchos: es la mejor playa del país.

Los encantos naturales de Punta Sal –a sólo 84 kilómetros de la ciudad de Tumbes, la capital regional- se complementan con una adecuada infraestructura turística.


Aquí los buenos hoteles, restaurantes y bungalow configuran un lunar de urbanidad en las amplias costas oceánicas, cercadas por varios cerros que le conceden un aire de intimidad.

Este balneario es una excelente posibilidad para sus vacaciones, pero no es la única. Otro rincón del solaz es Zorritos, una primorosa caleta de mar sereno y aire cálido. Un muelle artesanal y un simpático faro, son dos detalles pintorescos de este rincón del Pacífico, localizado a 27 kilómetros de Tumbes.

La riqueza ictiológica de sus aguas asegura intensas jornadas de pesca deportiva, pudiéndose capturar róbalos, lenguados y corvinas, entre otras especies. Un detalle interesante -aunque no muy playero- indica que en Zorritos se perforó el primer pozo petrolero de Sudamérica.

Otras opciones tumbesinas son la caleta La Cruz, en el kilómetro 1,248 de la Panamericana Norte, Punta Mero, en el 1,203, y Acapulco, en el 1,225, son tentadoras alternativas, pero, tenga en cuenta que los servicios turísticos son de menor calidad.

En el lado piurano, Máncora (provincia de Talara) y Colán (provincia de Paita) son los balnearios estrellas. El primero, a 180 kilómetros al norte de la capital regional, cuenta con excelente infraestructura turística, especialmente en la zona de Las Pocitas, donde plácidos hoteles le dan cara al océano.

La oferta se extiende al vecino distrito de Los Órganos (a 15 minutos de Máncora), que ofrece espléndidas olas para los surfistas en Punta Veleros, relajo absoluto en los espléndidos hoteles de Vichayito y un toque de atractiva rusticidad en la modesta caleta de pescadores El Ñuro.

Colán –a 60 kilómetros de Piura- es, quizás, el balneario más tradicional de la región. Más allá de su belleza costera y de sus viejas casas de madera sostenidas por pilotes enterrados en el fondo marino, en este pedazo del Pacífico se encuentra la iglesia de San Lucas, un monumento histórico de gran valía, por ser la primera iglesia católica de Sudamérica.

Las costas de Tumbes y Piura son un espejo del paraíso. Sus fascinantes litorales, sus siluetas de arena fina y sus apacibles semblantes de lugarcitos perdidos, las convierten en refugios perfectos, íntimos y placenteros al ladito del mar. Allí la vida es más sabrosa. (Rolly Valdivia).

martes, julio 25, 2006

Especial Fiestas Patrias

Caballos peruanos de paso
Los embajadores silenciosos

Pasos de tradición, elegantes y sobrios, simplemente majestuosos; pasos en la costa y en la sierra, en los valles y quebradas, también al ladito del mar o al pie de una montaña. Pasos peruanos, peruanísimos, únicos, antiguos y admirados, aquí y allá, en todo el mundo.

Y esta crónica se escribe y debe ser leída paso a paso, bueno, al menos en sentido figurado, porque aquí, de lo que se trata, es de imaginar y reconstruir a través de las palabras y frases, el cuatricentenario andar del Caballo Peruano de Paso, una noble raza o casta equina que es considerada Patrimonio Nacional y Embajador Silencioso del Perú.

Ahora cabalgamos hacia el pasado, para descubrir los orígenes de una raza que enorgullece a todo un país por su porte y señorío, su temperamento y vigor, su resistencia y docilidad, y, claro, su trote suave y arrogante, auténtica armonía entre el garbo y el movimiento.

Todas estas razones lo convierten en el mejor caballo de silla en el mundo entero… ¡Alto! no hay que desviarse del camino, debemos seguir el viaje hasta 1532, el año en el que Francisco Pizarro y sus hombres venidos de occidente, ingresaron al actual territorio del Perú, en búsqueda del inca Atahualpa, el Hijo del Sol.

El hecho es de vital importancia para esta crónica que va paso a paso. Y es que la llegada de los españoles, significó la aparición en los caminos costeros y andinos de un cuadrúpedo imponente y fabuloso, nunca antes visto en el vasto imperio inca. Su presencia causó estupor en los valles y punas.

Y tenían razón de estarlo. El brioso animal era capaz de soportar el peso de esos extraños hombres y, como si eso fuera poco, recorrer grandes distancias. Con el paso del tiempo, los caballos de origen andaluz se adaptarían a la siempre variada y exigente geografía peruana, desarrollando algunas cualidades especiales que lo distinguirían de sus congéneres.

Los potrillos de estos equinos andaluces, serían, años después, los “patriarcas” de los actuales caballos peruanos de paso, una casta sin parangón en el planeta que es el resultado de varios siglos de selección, cruces y mejoramiento de la raza, un proceso impulsado por los aguerridos criadores.

Hay versiones que aseguran que el suave trote de los equinos, nació en las tibias arenas de las playas del Pacífico, porque los animales, para aligerar su paso en las orillas costeras, levantaban las patas más de lo normal. El resultado es ese toque de distinción que hoy maravilla ha propios y extraños.

Caballos ciento por ciento peruanos. De andar exquisito y natural, de tamaño medio y contextura elegante. Estos entrañables animales tienen orejas pequeñas y puntiagudas, cuellos poderosos y pechos anchos, como los sombreros y los ponchos de sus distinguidos chalanes (jinetes).

Se acaba el camino. La crónica paso a paso y sus sentidos figurados. Lo que si se prolongará por siglos son los Caballos Peruanos de Paso y sus diestros criadores y chalanes. Ellos tienen aún mucho camino por recorrer, en la costa y en la sierra, en todo el mundo. (Rolly Valdivia)

lunes, julio 17, 2006

A brindar con masato

No es una insinuación, tampoco la expresión de un deseo velado de continuar con los festejos por el primer aniversario de Explorando Perú.

En realidad es pura coincidencia, una de esas casualidades de la vida que nunca faltan la que me hace publicar este post, con la fotografía de una mujer asháninka de la comunidad de Coriteni Tarzo (provincia de Satipo, Junín), en plena faena de preparación del tradicional masato, la bebida infaltable en el verdor amazónico.

A puro punche y con gran esfuerzo, el ollón con varios kilos de yuca y camote sancochado es molido, triturado, convertido en masa pastosa con un remo "disfrazado" de cucharón.

El procedimiento es más que agotador y la señora lo realiza en silencio, totalmente concentrada y sin mirar a los curiosos que pululan por su minúscula comunidad, perdida en el exuberente follaje que tapiza las orillas del río Tambo.

En la selva se masatea de día y de noche, cuando hay fiesta o hace calor, cuando llega un visitante o se van los maestros de la escuela. Se toma siempre suavecito o bien fermentado.

Si alguna vez se lo invitan, acepte sin chistar, beba aunque sea un poquito, porque en muchas comunidades su rechazo se interpreta como un terrible desplante.

Eso sí, trate de pensar que la bebida se preparó como se ve en la imagen y no en la manera antigua y tradicional que consistía en masticar la yuca y luego escupirla, para que esta se fermente. ¿Delicioso, verdad?

Si usted le pregunta a los pobladores cómo se hace el masato, es muy probable que ellos le respondan con una sonrisa enigmática, a veces cómplice.

Más allá de los temores y los secretos de preparación de los "barmans" selváticos, la bebida de yuca se deja tomar y, luego de unos cuantos sorbos, podría parecerle excelente... en fin, cosas del trago, misterios insondables del arte de empinar el codo.

martes, julio 11, 2006

Explorando de Fiesta...

Hay viajes que se inician sin pensarlo mucho. Sin tener un mapa de la ruta y sin saber muy bien lo que se encontrará en el destino elegido. En esas travesías inesperadas se valoran los pálpitos, entonces, uno se deja guiar por las corazonadas y saborea la ansiedad de conocer o descubrir un lugar maravillosamente impensado.

Hace un año, inicié uno de esos periplos sin rumbo ni itinerario definido. Lo decidí de un momento a otro, sin tener muy en claro lo que haría en la ruta. Sí, todo comenzó por la insistencia de Sandro Medina Tovar, amigo y colega que me convenció -o ¿obligó?- a subirme al viaje de palabras e imágenes de los weblogs.

En un par de minutos y casi sin darme cuenta, Sandro me había convertido en un blogger. Al fin tenía una ventana propia para contar mis historias y anécdotas de periodista andariego; un espacio en el que podría publicar mis vivencias con absoluta libertad, sin esperar la aprobación o los tijeretazos de algún sesudo editor.

En aquel momento de partida, cuando mi guía en estos menesteres me preguntó que nombre le pondría a la bitácora, recordé el título de un proyecto editorial que nunca llegó a concretarse. “Compadrito, ponle Explorando Perú”, le dije a Sandro, queriendo rescatar aquella idea fallida, planeada hace algunos años con un par de entrañables compañeros de aventuras.

Explorando está de aniversario y me he permitido develar algunos de los detalles de su nacimiento. Total, estoy o estamos de fiesta (los incluyo a ustedes compañeros de aventura, reales o virtuales), de pachanga y de tono. Hay que alegrarse, sonreír y, claro, por qué no, hasta brindar una semana entera, como en fiesta patronal, con banda y castillo, con mayordomo o cargonte.

Todos son bienvenidos a nuestra fiesta. Quienes siempre nos visitan, los que nos leyeron una vez y nunca más regresaron; los que escribieron un mensaje halagador, una crítica constructiva u opinión contraria; los que nos encontrarán en el futuro y, sobre todo, a los compatriotas que de una u otra forma, me han permitido con su apoyo manifiesto o silenciosa colaboración, recorrer los fantásticos caminos del Perú: mi tierra, mi hogar… mi inspiración.

Feliz cumpleaños Explorando Perú… y, como uno es ninguno, nos vamos por el segundo aniversario.

viernes, julio 07, 2006

Clic de la Semana


Una niña de la comunidad nativa de Coriteni Tarzo, provincia de Satipo (Junín), se desentiende de sus deberes escolares, para darle una miradita de seria ternura al lente viajero de Explorando Perú.

A pesar de las carencias y la inadecuada infraestructura, en la única aula del Centro Educativo Estatal 31823, el experimentado profesor Leonidas Portero Sergio -"tengo 25 años de experiencia, amigo"-, enseña las primeras letras en ashaninka y en español, a sus alumnos de siempre y a los visitantes inesperados que por esa cosas de la aventura, armaron sus carpas en las orillas amazónicas del río Tambo.

Y mientras la niña vuelve a sus cuadernos, su maestro me explica en tono pausado y rutinario que en el idioma ashaninka no existe la "U" -para alegría de los aliancistas-; luego anuncia la llegada del recreo y los pequeños alumnos -descalzos, tímidos, movedizos- juguetean en el monte, desvisten un árbol cargado de naranjas o se dan una escapadita a sus casas, siempre rústicas, siempre de madera, siempre sin servicios básicos.

No hay campana ni timbre, pero la lección llega a su fin. Nos llevamos una foto y una frase aprendida: Pimpokajeite Obametantsipankori Oñaakaro 31823 (Bienvenidos al Centro Educativo Estatal 31823).