viernes, setiembre 30, 2005

Salud... Periodistas

No se estila, incluso se podría decir que se ve un poquito feo, pero no importa, hoy -advertencia esta nota debe leerse el sábado- los periodistas podemos tomarnos algunas licencias.

Por esta razón, Explorando Perú hace un alto en su camino, para destapar una cervecita y proponer más de un brindis -recuerden que no hay primera sin segunda- por los periodistas que celebran su (nuestro) día.

Así que apreciados lectores, hoy -entiéndase mañana- los periodistas peruanos celebraremos nuestra fiesta de una u otra forma. Todos están invitados, bueno, casi todos, no se admite el ingreso de los que alquilan o venden su conciencia al mejor postor. Ellos no tienen día, ellos no son periodistas.

¡Feliz día colegas!.... Salud y dos más, virtuales o concretas. Eso no importa demasiado, lo que realmente interesa es renovar la vocación y seguir informando con honestidad y responsabilidad, sea cual fuere nuestra "trinchera"
periodística. Se acabo la lincencia. Volvemos al camino.

martes, setiembre 27, 2005

Fiesta en el Desierto

Acción y adrenalina en el Oasis de la Huacachina en Ica, cuando dos sandborder compiten en el slalom. En los últimos años, esta actividad deportiva le ha dado vida a las dunas del desierto.

Los personajes de la gran aventura en las dunas de Ica, donde el fin de semana se desarrolló un emotivo -pero bastante desorganizado- campeonato de sandboarding.
Se me escarapela la piel de sólo recordar la voz chillona de la muchachita que se apoderó del micrófono y fungió de animadora durante la competencia. Lo peor de la jornada. Recomendación: no la dejen subir más a un estrado.


Vida en el desierto. Un puñado de casas de esteras resisten los embates del viento. La ciudad crece y su avance amenaza el oasis y las dunas perfectas de la Huacachina. Es tiempo de poner orden y preservar este espacio mágicamente desolador.



*Más imágenes en: www.flickr.com/photos/27547235@N00/47302083/

lunes, setiembre 26, 2005

Tembló la Pachamama


Al caer la tarde, un sandborista pretende volar en el oasis de la Huacachina. En su intento, levanta una estela de arena que desaparece en las dunas doradas y turgentes... Sí, eso es lo que quería o debía escribir hoy, pero, al volver a Lima, la voz atiplada, dolorosa, desgarrada de un corresponsal radial, informaba sobre un violento terremoto en la selva norte del Perú.

Eran las 11 de la noche. Ya había pasado más de dos horas del movimiento telúrico, pero recién me enteraba de la ingrata noticia. La tierra había desatado su furia, especialmente, sobre el pueblo de Lamas, y las ciudades de Moyobamba y Tarapoto, en la región San Martín.

Y aunque el sismo se había sentido hasta Ica, el movimiento rutinario del bus en el que volvía a Lima, atenuó el remezón.

No sentí nada, como si lo sintieron los miles de habitantes de esas ciudades, pintorescas, acogedoras, más de una vez visitadas, que vivieron, quizás, los segundos más largos de su vida; entonces, pienso en la angustia de los quechuas lamistas, descendientes de los chancas que escaparon de la persecución Inca. Ellos se quedaron para siempre en este rinconcito de la ceja de selva.

Los lamistas son una étnia antigua. Algunos dudan de su origen chanca, más bien creen que son herederos de los shashapuyos, el pueblo que construyó la magnífica fortaleza de Kuélap...

Ahora pienso en ellos, en sus costumbres, en su fiesta en honor a Santa Rosa de Lima, en sus casas de adobe sin ventanas para impedir el ingreso de los malos espíritus. En este pueblo humilde y sencillo, se han producido los mayores daños.

Explorando Perú expresa su solidaridad con nuestros hermanos de Lamas y la Selva Norte. Estamos con ellos, como ellos estuvieron con nosotros todas las veces que pisamos su tierra. Ojalá que la pachamama no vuelva a temblar y que los descendientes de los ¿chancas?, los ¿shasapuyos? vuelvan a reconstruir sus viviendas con o sin ventanas. Sin malos espíritus.

Más información del sismo: www.elcomercioperu.com

viernes, setiembre 23, 2005

El Click de la Semana


Juntito a la Huacachina, así estarán los viajeros que el sábado y domingo visiten la cálida Ica, ciudad que celebra su semana turística. Así que no lo piense más, si está cansado de los días grises de Lima, agarre su mochila y súbase a uno de los buses devoradores de kilómetros que recorren la Panamericana Sur.

El viaje es muy corto. Apenas cuatro horas. Sólo tendrá que soportar un par de películas de Jacky Chang, Van Damme o, quizás, las dos versiones de Legalmente Rubia. El esfuerzo es mínimo comparado con los atractivos de esta tierra de valles y desiertos, en la que nunca falta una buena copa de vino o un excelentísimo pisco.

La invitación está hecha. Ica, su esplendorosa laguna de la Huacachina, sus mágicas dunas, sus riquísimos pallares y tejas... ah, y claro, sus embriagadoras e históricas bodegas, lo están esperando. No se haga de rogar.

*Cómo llegar a Ica: www.enjoyperu.com/guiadedestinos/ica/arrives/index2.htm

*Dónde hospedarse en Ica: www.peru.info/peru.asp

Bienvenidos al Camino


Explorando es algo más que un viaje por las rutas milenarias del Perú. Es una forma de entender la vida, una búsqueda constante de las raíces, la cultura, la cosmovisión de los hombres y mujeres que pueblan los Andes.

Sé parte de este peregrinaje por valles y montañas, cumbres y planicies, fiestas y ritos que reflejan las creencias y el sentir de una nación que vibra, bulle, se reinventa.

Anímate a ser cómplice de nuestras andanzas por los caminos de la historia y la cultura del país. Únete a este viaje y disfruta de las aventuras de Explorando Perú. Bienvenido a las rutas del Sol.

Los Toreros de Aquia

Los primeros días de octubre, el pueblo de Aquia (provincia de Bolognesi, Ancash) celebra la fiesta de su patrón San Miguel Arcángel. Procesiones, corridas de toros y hasta la captura del Inca Atahualpa, son algunas de las costumbres y estampas folclóricas que año a año se repiten en esta generosa tierra de altura.
Hace algunos años, cubrí la festividad para el Diario Oficial El Peruano (www.editoraperu.com). La siguiente es una de las crónicas inspiradas en aquel viaje.

No hay matadores vestidos de luces ni banderilleros de fintas elegantes. Quizás nunca los habrá, porque la plaza de toros no es una plaza de toros, es el patio de la escuela de lunes a viernes y el estadio del pueblo los fines de semana.

Eso lo saben todos en Aquia... ¡bah!, pero no importa, igual, siempre hay corrida en honor a San Miguel Arcángel, aunque nunca falta una víctima de los mazazos de embriaguez del "chinguirito", la chicha y la cerveza, que grita gol en lugar de olé y pide penal cada vez que el astado hace volar en el área a su enemigo.

Y es que todo puede suceder cuando la plaza de toros no es una plaza de toros; entonces, los camiones se convierten en imporvisados y salvadores burladeros, mientras los devotos del arcángel -valeroso vencedor del maligno y de un aluvión que quiso arrasar el pueblo- en entusiastas y osados cultores de la tauromaquia.

Drama. "Sí, todo puede suceder. No es broma", racalcan los pobladores de Aquia (provincia de Bolognesi-Ancash) y por ahí alguien narra el drama con final feliz de Sócrates Rodríguez, un personaje ilustre que sufrió una terrible cornada "hace un montón de años".

Hay quienes dicen que el hecho oucrrió hace 50 años. Otros, aseguran, que fue hace más de 60, pero más allá de las confusiones en el tiempo, todos coinciden en que el pobre Sócrates fue prácticamente eviscerado por un toro inmenso como una montaña.

La vida se le escapaba por la herida sangrante. No había médico en el pueblo. Desesperación, alarma, rostros compungidos..., "hasta que apareció una curiosa (curandera), cogió una aguja cualquiera, ensartó una hebra de hilo y empezó a coserlo. Sóctrates quedó como si nada hubiera pasado. Vivió muchos años", refiera una anciana.

Jolgorio. Revienta un cohetón. Vibran los cerros y se aceleran los corazones, porque los toros reconocen la cancha y estrenan sus embestidas..., y se arma el desorden, y es que sólo hay un capote para más de una decena de toreros que saltan, corren despavoridos y se esconden en cualquier sitio.

El público ríe o se asusta o destapa una boltella de cerveza. La corrida está en ebullición, los toros son bravos, los devotos valientes, por eso el pueblo se ha quedado desierto. La cancha está llena, hay gente por todos lados: sobre las paredes de piedra, las laderas de los cerros, los muros de la escuela.

Vuelve el orden. Desfile de los capitanes -personajes que representan a los "conquistadores" españoles- que hacen cabriolas y piruetas en sus finísimos caballos que bailan al son de las notas orquestadas por unos músicos extremadamente cansados y ojerosos... después de cuatro noches interminables de fiesta y jolgorio.

Al final de la jornada, el toro que ganaba por goleada terminó perdiendo por abandono, según la despistada opinión del tambaleante aficionado, quien no tuvo más remedio que olvidarse de la borrachera y ponerse a correr al mejor estilo de un velocista de los 100 metros planos, cuando el animal se hartó de la corrida, se escapó del estadio y buscó un refugio en las "tribunas".

La corrida terminó y el pueblo entero salió de esa plaza de toros que no es y quizás nunca será una verdadera plaza de toros; pero sí un patio de lunes a viernes y un estadio los fines de semana.

Para más información de Aquia, escriba a: eddysamanez@hotmail.com

miércoles, setiembre 21, 2005

Crónicas Urbanas


En el bar de los recuerdos

Un hombre de barba blanca, dormita sobre la silla rechinante y probablemente apolillada de un vetusto bar. En su regazo, un gato escuálido se arrellana, ronronea, afila las uñas en el gastado pantalón.

Unos metros detrás, la pintura de una "bailaora" -de cimbreantes y sensuales movimientos- parece coquetear con el puñado de parroquianos que devoran una fuente de choritos a la chalaca y piden un par de "cervecitas", para refrescar la tarde.

"Ya nada es como antes", despierta, rezonga, se entromete en una conversación imaginaria el hombre de la barba blanca, que da la espalda a la casi centenaria y emblemática "bailadora" del bar Rovira, uno de los más antiguos del Callao.

Estantes vacíos, desportillados, a punto de venirse a bajo..."no tenemos dinero para restaurarlo", se lamenta, apretando los puños, uno de los descendientes de don Miguel Rovira Valle, el emprendedor ciudadano español que hace 93 años, tuvo la idea de fundar el bar.

El gato se yergue, observa con desconfianza a los intrusos que rompen la rutina del Rovira, con su perpetuo aserrín en el piso, sus mesas de madera y fórmica roja, sus tabiques perforados con siluetas de mujer y la infaltable presencia de Luis Omar Sasco, el hombre de las barbas blancas, que llegó al Callao hace 50 años.

"Es Uruguayo. Tiene 78 años y vive en los altos del local. Siempre nos acompaña", revela José Rovira, administrador, mozo y relator entusiasta de la vida, pasión y gloria del antiquísimo bar... "mire, está es la foto del fundador -enseña con orgullo- y ésta, es del día en que el ex presidente Alan García, se dio una vueltecita por acá".

Pejerreyes arrebozados, chicharrón de pescado, ceviche y jalea, son algunas de las especialidades de este bar restaurante que se resiste a ser abatido por el tiempo, como ocurrió con el Salón Blanco, la Casa España o el Chalaquito, terribles competidores en las décadas pasadas.

Recuerdos de palabras espaciadas. El uruguayo se irrita y golpea el piso de cemento con su bastón, mientras retrata las calles angostas y las casas de grandes balcones que parecían 'pecharse' entre sí, de ese afligido corazón porteño que está a punto de infartarse y de perderse del todo, por el peso de los años.

"Uno sabe dónde ha nacido, pero no puede decir donde va a morir", filósofa el uruguayo, que encontró el amor en el Callao y desde entonces, ancló su vida en este puerto. "Lo malo es que ahora hay muchos 'choros" en las calles", sentencia al partir. Su bastón retorcido abre surcos en la alfombra de aserrín.

Pan con pejerrey

"Ya nada es como antes". La frase es la misma, pero el escenario es distinto. El bar Rovira se ha convertido en un "Galeón", donde merodea un Conde de ojos vidriosos y un descendiente de italiano, llamado Dante Migliore, prepara panes con pejerrey arrebozados y huevera frita.

"A casi todos mis clientes ya los ha llamado San Pedro", dice irónicamente resignado, el señor Migliore (69), fundador del Galeón, un célebre bar restaurante del distrito de La Punta, afamado por sus emparedados de huevera y pejerrey cubiertos con salsa criolla.

Más que un bar o restaurante, el lugar parece un club social donde viejos amigos conversan, bromean, juegan a las cartas, mientras esperan a los clientes "que cada vez son menos. La situación está difícil".

El "Conde" Piaggio -compañero entrañable en las largas travesías del Galeón- confirma la opinión de su amigo y, al hacerlo, se arregla el pañuelo que le rodea el cuello y repite esa sonrisa de galán que estrenó la primera vez que pisó el Callao, tras desembarcar del navío que lo trajo de Valparaíso.

Olor a humedad en las calles porteñas. La "bailaora" del Rovira sigue coqueteando con los parroquianos, mientras el Conde de La Punta, festeja su golpe de suerte en las cartas y estrena una nueva sonrisa. (Rolly Valdivia Chávez. Publicado en el Diario El Peruano).


lunes, setiembre 19, 2005

El Click de la Semana


El vuelo del cóndor (Vultur gryphus) es uno de los mayores espectáculos naturales del mundo Andino. Pero, la experiencia es aún más sobrecogedora, casi irreal, cuando este gigante alado planea sobre las aguas del Pacífico, como aparece en esta imagen captada en Punta San Fernando (Marcona, Ica), por el biologo Pablo Merino.

En San Fernando no sólo es común observar el vuelo de los cóndores, el ave carroñera más grande del mundo, sino, también, el elegante andar de los guanacos, un camélido sudamericano en peligro de extinción, comenta Merino, que al lado del fotógrafo naturalista Alejandro Tello, exploró la zona como parte del proyecto Refugios del Desierto.

A pesar de toda su riqueza, San Fernando no es considerada como un área protegida por el estado peruano. Muy por el contrario, gran parte de su territorio ha sido vendido de manera poco clara a un consorcio Nazca Ecológica. El peligro se cierne sobre este paraíso marino. Está en nuestras manos evitarlo.

*Más información:
www.agenciaperu.com/investigacion/2004/set/bahia.htm

www.elcomercioperu.com.pe/EdicionImpresa/Html/2005-04-17/impNacional0291181.html

www.viajerosperu.com/

www.marconaadventure.com

viernes, setiembre 16, 2005

De Iquitos su Aventura (Parte III)



Tercera Lección:

En Belén las calles tienen patas de zancudo

La cabeza me da vueltas. Tengo sed. Me castigan las raíces del Amauta y la noche larga me pasa la factura en la mañana luminosa en la que camino rumbo a Belén: un puerto, un mercado, un barrio de casas ruinosas que se levantan sobre pilotes clavados en la desembocadura del río Itaya. “Venecia Peruana”, le dicen algunos, quizás con una dosis de ironía y una pizca de humor negro.

Belén no es Venecia. No hay palacios ni góndolas, sólo viviendas con apariencia de corral e inestables canoas. Belén es pobre, paupérrima, pero no inspira tristeza, más bien sorprende por ser una clara evidencia de la pujanza del hombre amazónico y de su capacidad de adaptarse, trabajar e incluso enhebrar sueños, en condiciones terriblemente adversas.

Las calles son de agua. Aquí nadie camina. Se nada o se rema, pero “sólo en la época de creciente, entre febrero y junio”, advierte Manuel, un joven ennegrecido y de pómulos salientes que se gana la vida surcando los canales de su pueblo y la entretiene disputando ardorosos partidos de fútbol. “aunque ahora no podemos, la cancha está inundada”, se lamenta.

Niños que chapotean y se mueren de la risa, mujeres que refriegan prendas raídas en la turbiedad del río, mientras unos perros delgados como hilachas, hacen equilibrio en las barandas caseras que limitan con el Itaya. Imágenes de Belén, un lugar agitado, con devenir constante de embarcaciones, donde se compra y se vende plátano, yuca, carne de monte y tragos afrodisíacos.

“Cuando todo se seca, la vida es más divertida”, se confiesa Manuel; entonces, Belén cambia de cariz y las casas parecen ser gigantes con piernas de madera o zancudos enormes en perpetuo descanso. “Sólo la parte que está por el cauce principal del Itaya permanece con agua”, agrega, mientras acoda la canoa en un muelle tembleque.

Desciendo con un salto acrobático y empiezo a caminar por encima del torrente, haciendo equilibrio sobre una red de tablones de madera que, para variar, también son sostenidos por pilotes. ‘En Belén hasta las veredas están en el aire’, sentenció al pisar tierra firme y zigzaguear por los improvisados puestos del mercado, la única parte del distrito que nunca se inunda.

Explorando la selva
Ya no más recorridos en la ciudad. Escucho el llamado de la selva y estoy dispuesto a oírlo. Voy a navegar por el Amazonas, el soberano de los ríos, descubierto por Francisco de Orellana en 1542; internarme en el bosque desconocido y caminar por senderos rodeados de árboles que se proyectan al cielo, ocultando en su follaje enmarañado a monos chillones y aves de todos los colores.

Quiero encontrar la esencia de la naturaleza en uno de las zonas del mundo con mayor diversidad y riqueza biológica. La Amazonia es un paraíso salvaje, con árboles gigantescos de lupuna y cedro, y animales encantadores como los lobos de río o los delfines rosados, o, excesivamente fieros y astutos como el jaguar, el felino más grande de la selva.

Y zarpo en un mañana transparente. Navego hacia el norte por el Amazonas, el “río-mar” de impresionante grandeza. En sus riberas se divisan pequeños pueblos y comunidades: banderitas peruanas, chozas de palma, niños que saludan a los viajeros, y, también, las achacosas embarcaciones que brindan el servicio de colectivo, por las carreteras acuáticas de la selva.

Casi sin darnos cuenta, la embarcación (que no es una canoa, tampoco un ostentoso crucero), llega a la confluencia con el Napo, otro coloso fluvial que entrega generosamente sus aguas al río más caudaloso del planeta. Minutos después nos detenemos en una orilla enfangada, en las que unas maderas fungen de muelle. Bajamos en territorio Yagua.

Ahí nos recibe Mamerto, un hombre gordo y cetrino, apenas cubierto por una falda a tiritas, confeccionada con fibra de aguaje. “Soy el jefe”, dice para dejar en claro su autoridad, mientras blande una larga cerbatana hecha de pona (palmera) y juguetea con un dardo impregnado de veneno.

“Nos sirve para cazar, aunque cada vez hay menos animales”, comenta con nostalgia. Luego, nos invita a pasar a una choza en forma de cono, una construcción tradicional de los yaguas, una etnia que habita en las riberas de los ríos Amazonas, Nanay, Atacuari y otros afluentes cercanos. Su población total en el Perú bordea las 3 mil 500 habitantes.

En la comunidad de Mamerto viven sólo 25 personas. “Todos somos familia”, explica, mientras señala a los niños y a las mujeres (descalzas y con sus torsos desnudos) que me observan con serena curiosidad. “Aquí vivimos, esta es nuestra tierra. Nos sentimos libres”, comenta con enternecedora certeza, como si sus palabras revelaran la esencia de su antiguo pueblo.

¿Volverás?, pregunta y se despide el jefe yagua, antes de mi retorno al río. Al hacerlo me di cuenta que las horas habían volado, quizás porque aquí todo es inesperado, todo sorprende: los monos que van de árbol en árbol, las serpientes afaringas que se entrometen en el camino; los millones de sonidos que componen un extraño concierto.

Y es que la Amazonia peruana es un paraíso de la naturaleza, un gigante de 75 millones de hectáreas (59 por ciento del territorio nacional), surcado por ríos todopoderosos que se nutren de la lluvia persistente; es, además, el hogar de 950 comunidades indígenas, pertenecientes a 12 familias y 63 grupos etnolingüísticas. Ellos luchan por conservar sus tradiciones en este mundo cada vez más globalizado.

En su vastedad prodigiosa, existen 129 zonas de vida o ecosistemas, 5,354 especies endémicas de flora y una fauna variadísima y sorprendente, con 460 especies de mamíferos, 1,705 de aves, 365 de reptiles, 315 de anfibios y 855 tipos de peces atiborran sus ríos y cochas (datos del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP).

Agoniza mi periplo en la Amazonía. No hay salida, tendré que volver a lquitos y luego a Lima, donde caeré en lo cotidiano. Sólo quisiera que esta noche, mi última noche en la selva, el reloj avanzara con pies de plomo y postergara la llegada del amanecer horas de horas. Pero no es posible, el tiempo es insobornable.

Renace el sol, entonces, repaso las cuentas de mi rosario aventurero, que incluyó serenas travesías por cochas “alfombradas” por plantas acuáticas como la victoria regia, agitados andares por caminos pletóricos de vida, la contemplación de un mágico atardecer sobre el río Amazonas y ceremonias con “shamanes” que entienden el lenguaje de los animales y las plantas.

Navegar y volver. Navegar y extrañar sin siquiera haber partido. Navegar y seguir siendo acorralado por el calor. Es curioso, ahora, esta frase, ya no me suena tan fea. (Fin de la aventura en Iquitos)


jueves, setiembre 15, 2005

De Iquitos su Aventura (Parte II)


Segunda Lección:

Las doncellas de la selva tienen escamas

Hay que caminar. El sol no mata, bueno, eso creo. En todo caso ya me enteraré. Eso sí, vuelvo a incidir que el calor me ha acorralado –ya lo sé, la frase es fea, pero no encuentro otra-, porque en este lugar la temperatura promedio anual es de 28 grados centígrados. Qué horror. ¡Es un horno!

Armado con un par de botellas de agua, empiezo mi peregrinaje por la calle Próspero, una vía ajetreada, colorida y sonora, donde las viejas casonas de la época del caucho se han convertido en tiendas comerciales que ofrecen desde equipos electrónicos de última o penúltima generación, hasta suculentos platos de tacacho con cecina (plátano molido y carne seca).

Esas son las que han corrido mejor suerte. Otras están abandonadas, como si fueran una patético ejemplo de que todo tiempo pasado fue mejor... al menos para algunos, al menos para los caucheros que se enriquecieron astronómicamente, mientras los nativos eran esclavizados en la vastedad del bosque, donde extraían el preciado látex de la shiringa, el árbol del caucho.

Tiempo pasado: ¿mejor o peor?... 1880: se desata la fiebre del caucho en Iquitos, hasta entonces un lugar pequeño, discreto, poco pretencioso que surgió por la tozudez evangelizadora de los jesuitas, quienes en su esfuerzo por “salvar las almas” de los nativos yameos e iquitos, crearon las misiones que servirían de base para la fundación de San Pablo de los Napeanos, como se le llamó inicialmente.

Y aparecen los caucheros. Y se hacen ricos depredando; pero a quién le importa el bosque cuando hay dinero y una ciudad vive envanecida por el esplendor de sus nuevas construcciones: fachadas moriscas, adoquines y mosaicos portugueses, mármoles de Carrara, balcones de Hamburgo y hasta una casa para armar traída desde Europa.

La fiebre pasó. El remedio: la goma de Asia se hizo más barata. El caucho amazónico ya no servía. No era negocio al terminar la Primera Guerra Mundial. Se acabó la riqueza. Se lamentó el derroche que dilapidó las florecientes fortunas. Ahora sólo queda el recuerdo, pero estos empiezan a gastarse, a perder brillo como los mármoles importados.

Se acaba la calle Próspero, también mi botella de agua. Llego a la intersección con la calle Putumayo. A mí derecha, la Casa de Hierro, aquella que diseño el famosísimo Gustave Eiffel y que trajeron desarmada desde el viejo continente. A mi izquierda, la Plaza de Armas, con sus árboles de mamey y su iglesia de campanario puntiagudo y esbelto.

Hacia a dónde ir. ¿Izquierda o derecha? Dudo, coqueteo con la casa, miro de reojo el campanario lejano. “Hey, amigo, desde aquí le sale bien la foto”, decide por mí un hombrecito esmirriado, narizón y sonriente, que ve pasar la tarde en uno de los umbrales de la famosísima vivienda de hierro, un capricho del millonario Anselmo del Águila, quien la mandó a armar como si se tratara de un gigantesco rompecabezas.

Una barra por aquí, un tornillo por allá, una ajustadita de tuerca y la primera casa prefabricada del Perú quedó plantada -¿hasta qué se oxide?- en una esquina de la Amazonia allá en 1887, en pleno furor del caucho. “¿Es linda, no? -pregunta con entusiasmo mi recién estrenado asesor fotográfico- ¿la diseñó el mismo que hizo la torre Eiffel?”, agrega con el deseo de atrapar mi atención.

Pero soy sincero, en este instante me siento subyugado por una doncella que está como quiere, en una de las mesas del restaurante que funciona en la primera de las dos plantas de la histórica casa. “Debo acercarme”, me arengo internamente, mientras me dejó llevar por su inquietante fragancia.

Ya no importa el comentario del hombrecillo narigón ni la foto excepcional que me recomendó tomar. En este momento mágico todo es entre ella y yo. Así que me acerco a la mesa y me siento y la tengo tan cerca y... le pido al mozo ‘dame ajicito, por favor’, entonces, comienzo a sazonar un primoroso filete de doncella, un delicioso pescadito que abunda en los ríos del oriente peruano.

Pasos por el malecón
Comida hecha, amistad desecha. Provecho. Adiós doncella. “Váyase al Malecón” me ¿ordena? o ¿recomienda? el hombrecito del umbral. Otra vez le hago caso. Retorno a la calle pero algo ha cambiado. El sol ya no brilla, el cielo se ha vuelto de plomo. Preludio de lluvia. Sálvese quién pueda, ¿dónde está el impermeable?

Paso apurados, pasos húmedos, pasos presumiblemente resbalosos en el Malecón Tarapacá, una espléndida ventana a la Amazonia. A pesar de la lluvia me detengo para observar a las canoas sombrías que surcan un río adormilado entre marañas de verdor y la precariedad de las casas de madera, a merced de los arrebatos del torrente, hoy parsimonioso.

Hasta hace algunos años los cimientos del Malecón, construido durante la época del caucho, eran acariciados por el Amazonas, el río más largo, caudaloso y ancho del mundo. Un buen día este se emberrinchó y decidió alejarse a una distancia de 4 kilómetros, aunque su brazo izquierdo sigue bañando este rincón loretano.

La lluvia se convierte en testigo de mi serena contemplación. Estoy en un lugar de contrastes, en un espacio en el que la belleza desmedida del paisaje parece competir con la prestancia de las antiguas construcciones del Malecón, como el emblemático Ex Hotel Palace, una joya de tres pisos revestida de mosaicos y arabescos. Fue edificado en 1912 siguiendo las pautas del Art Nouveau.

En el devenir de la historia, el lujoso hotel se convirtió en prefectura, mientras otras casonas del Malecón se transformaron en pubs, discotecas y restaurantes. “Si tiene insomnio, te vienes por aquí”, me había recomendado Edwing, un joven que sin motivo alguno y como quien no quiere la cosa, se puso a charlar conmigo.

Pero a pesar de la afectuosa recomendación, no iba a quedarme por allí. Mis planes estaban más “allá”, es decir, en el jirón Nauta, donde queda el Café Teatro Amauta, un bastión de artistas, poetas, bohemios, mochileros de toda laya y hasta curas y monjas, “porque a dónde más van a ir los pobres cuando quieren tomarse un traguito”, revela Mario Celi, quien fundó el local hace 19 años.

En el Amauta, don Mario prepara una serie de bebidas en las que el aguardiente se mezcla con raíces, cortezas y frutos exóticos de la selva. De esa unión nacen tragos exquisitos, como: Clavohuasca, witachado, embrujo selvático, el anti dengue, el chuchuhuasi o el super RC reforzado (RC: rompe calzón), los dos últimos infalibles a la hora del amor.

Música en vivo. Canciones del oriente peruano, de la nueva ola y hasta un poquito de trova en una noche que se alarga como esas sombras que le dan al Café Teatro su pinta de taberna, de barcito discreto. “Sabes, hace tiempo quisieron clausurarlo, pero fue imposible. Los intelectuales saltaron hasta el techo”, cuenta don Mario, el alquimista del aguardiente y de las raíces extrañas. (Rolly Valdivia Chávez) Continuará mañana.


miércoles, setiembre 14, 2005

De Iquitos su Aventura (Parte I)


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Primera lección:

Las serpientes no saben cruzar la pista

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Me acorrala el calor... Sí, ya lo sé, no es una frase excesivamente original. Más bien es fea –lo reconozco con hidalguía-, poco poética –mil disculpas a los vates- y en cierta forma simplona –humm, ya comienzo a sentir un poquito de vergüenza-, pero qué puedo hacer, es la pura verdad y a la verdad hay que honrarla, aunque agobie, deshidrate o achicharre las ideas.

No quería comenzar así, lo confieso. Deseaba escribir otra cosa, pero lo del "acorralamiento” me salió del alma, aunque en este momento pienso que hubiera sido más original escribir “soy un rehén del calor en un pedazo de la selva exuberante” o si sentenciaba que las serpientes de Iquitos, no saben cruzar las pistas.

¡Caray!, estoy en un problema. No sé como continuar con la historia. Soy incapaz de elegir un recuerdo que complemente lo del calor, porque en mi mente, afiebrada y confusa, vagabundean las imágenes, se mezclan los diálogos, se entreveran las aventuras en la ciudad -inquieta, bulliciosa, seductora- con las peripecias en el monte -salvaje, fiero, repleto de vida-.

No distingo el lugar con exactitud. Sólo veo el panorama verde, el cielo dorado del atardecer que parece fundirse con el río -¿el Napo?, ¿el Itaya?, o ¿el larguísimo Amazonas?- entonces, la silueta en carboncillo de una canoa rasga el horizonte; de pronto, mis enredadas evocaciones se llenan de rumores, de cuchicheos, de voces disparejas que narran leyendas y develan misterios.

¡Alto!, tengo que ordenar mis recuerdos para contar esta historia, debo abandonar la añoranza anárquica de mis idas y venidas por Iquitos –un poquito de jungla disfrazado de ciudad-, de mis travesías bamboleantes por los ríos amazónicos –retorcidas serpientes de agua que devoran las riberas- de mi andar sofocado por tórridos senderos –espiado por monos saltarines, ignorado por osos perezosos-.

Me concentro y ordeno mis ideas: sí, todo empezó en la escalerilla del avión que me hizo volar a Iquitos, capital de la región Loreto. Comienzo a sudar. Salgo del aeropuerto en una mañana azorada de calor. No paro de sudar. Una vez afuera, me ataca un grupo de “choferes-pirañas”. Ya no me importa si sudo. Los conductores me rodean, me jalonean y rematan su tarifa: siete soles, cinco, tres... ¿cuánto paga?

Trato hecho. Me voy al corazón de la capital de la Amazonia Peruana, una ciudad de 260 mil habitantes que nació por la persistencia civilizadora de los misioneros jesuitas, quienes la fundaron en 1757; una ciudad que, a finales del siglo XIX, se vistió de azulejos y mármol con la fortuna efímera de los caucheros; una ciudad que sigue siendo selva, a pesar de su maquillaje de cemento y luces de neón.

Y la presencia del monte se evidencia en todos lados. En los árboles que se codean con postes de luz sembrados por la modernidad, en las crecidas impetuosas de los cauces del Amazonas, Nanay, e Itaya, en las lluvias recurrentes con su aroma a vida... y, claro, cómo no, también en la serpiente despanzurrada que yace en medio de un crucero peatonal.

¿Habías visto una así? –el dedo del conductor apunta a la serpiente muerta- Son muy venenosas y andan merodeando –el dedo realiza un paneo por la excesiva vegetación- pero ésta ya pasó a mejor vida –ahora imita a un cuchillo que corta la manzana de Adán- ¿Perdón, a dónde quería que lo llevara?; cambio de tema, cambio de luz. Del rojo al verde. Arranque. Dedos que se prenden del manubrio.

Surge una conversación, la primera en esta ciudad en la que todos sus habitantes tienen algo que decir o contar. Iquitos es tierra de gente abierta y cordial, que siempre encuentra un pretexto para entablar un diálogo, sea en una de las bancas de la Plaza de Armas, en la baranda del malecón que bordea el río o en la mesita ensombrecida de un bar anclado en el pasado. El lugar no importa.

Habla el chofer que remata sus tarifas, pero apenas lo escucho. El ruido de las decenas de motos que hormiguean por la pista censura sus oraciones y atenúan sus preguntas. Por más que me esfuerzo, sólo logro captar retazos sueltos de sus frases: el chuchuhuasi es bien bravo, la casa de hierro es un restaurante, en Belén todo flota... Señor, ya llegamos.

Centro de Iquitos, localidad a la que sólo se puede llegar por avión o en barco. El calor aumenta. ¿Qué hacer?, caminar por las veredas convertidas en hogueras, buscar un cuartito con ventilador, refugiarse en un discreto alero proveedor de sombra o, tal vez, atacar un helado de aguaje –el fruto de una palmera amazónica-. La aventura empieza bajo el sopor del mediodía. (Continuará mañana).

*Información sobre la Amazonía Peruana en: www.iiap.org.pe/principal.htm

*Iquitos como destino turístico: www.enjoyperu.com/guiadedestinos/iquitos/intro/index2.htm

lunes, setiembre 12, 2005

La Tierra Prometida


Pozuzo, en la selva del departamento de Pasco, es un pequeño pueblo fundado en 1859 por más de un centenar de colos austro-alemanes. La llamada "Tierra Prometida", conserva hasta hoy muchas de las costumbres y tradiciones de sus primeros pobladores.

La historia de este distrito de la provincia de Oxapampa, está marcada por la persistencia de los colones, quienes abandonaron sus tierras en el Tirol, para forjarse un futuro en un país lejano e ignoto.

Pero, al llegar al país, el gobierno no cumplió con su compromiso de apoyarlos y conducirlos a la selva. Abandonados en el puerto del Callao, los europeos, liderados por el padre Jose Egg, iniciaron una tortuosa travesía hacia Pozuzo. Demoraron dos años y en su andar rebasaron las imponentes montañas de los Andes.

*Si desea saber más de Pozuzo, visite: http://www.pozuzo.tk/

viernes, setiembre 09, 2005

Adiós Lima


Mochila al hombro y cámara al ristre

Explorando vuelve a la ruta

La ciudad, una vez más, ya comienza a fastidiarnos con su bullicioso desorden urbano y sus horas apagadamente grises, tan limeñas, como aquel suspiro que los genios de Soprole*, quisieron patentar en tierras sureñas.

Se acerca la hora del volver al camino. Lo presiento, lo intuyo, lo necesito. De eso me doy cuenta al ver mi mochila vacía, hambrienta de aventuras, contaminada por el polvo citadino.

Sí, ha llegado la hora de viajar de nuevo, cerca o lejos, a la playa o al monte, tal vez a algún nevado o una sierra inhóspita. Salir, darle la espalda al cemento y al asfalto, caminar y conocer. Explorar el Perú con la mochila y la cámara al ristre.

No importan los malos recuerdos. Las ampollas ardientes que truncaron mi andar en la Cordillera del Sira**. Eso es parte del pasado, una página más en el anecdotario de viaje, como el calambre en la catarata de Sipia en Cotahuasi***, como los hincones en la rodilla en el camino inca a Machu Picchu****, como el mareo y casi desmayo en el ascenso de Choquequirao*****, la cuna de oro de los incas.

Los planes comienzan a trazarse. Apuntar en la agenda: 24 y 25 de junio.
Un festival de sandboarding en la laguna de la Huacachina, el Oasis de América que humedece la arena caliente del desierto de Ica. Se prevé la noche bajo las estrellas, el viento arrastrando partículas de arena, los brindis con pisco y vino. El abrazo con los pundonorosos deportistas.

Marcar en el calendario: fin de mes, encuentro con el Pacífico en las playas de Paita y Colán, en Piura, en el caluroso norte del país. Se hace agua la boca al pensar en los chifles, las conchas negras, el cevichito picante y acidito; o sahumerio y chinguirito en la fiesta de San Miguel Arcángel en Aquia, un pueblo entrañable de la región Ancash, donde todos los años se escenifica la captura del inca Atahualpa.

Y en octubre –si Dios, taita Inti y Mamapacha lo permiten- enrumbaremos a Marcona, donde con Job Rosales Pacheco, un entusiasta promotor de su tierra******, Felipe Varela Travesí, el chasqui de la paz, y el biólogo Pablo Merino, recorreremos playas ignotas y la fabulosa Península de San Fernando, una de las zonas más ricas en biodiversidad de la franja costera peruana.

Mochila al hombro y cámara al ristre. Adiós Lima y su cielo gris y su suspiro que quisieron robar. Explorando volverá el camino, claro, si Dios, taita Inti y Mamapacha lo permiten; sí, claro, si las ampollas no nos obligan a volver antes de tiempo. Lo intuyo pronto voy a partir.

*www.laultima.com/noticia.php?id=13801&seccion=Nacional&idcategoria=4

**rollyvaldivia.blogspot.com/2005/08/ltimo-minuto.html

***www.enjoyperu.com/magazine/otros-artic/parapente-cotah/index2.htm

****www.enjoyperu.com/magazine/otros-artic/camino-inca4/index2.htm

*****www.enjoyperu.com/magazine/otros-artic/choquequirao/index2.htm

******www.marconaadventure.com

miércoles, setiembre 07, 2005

Explor...Agenda

Los hijos del Titicaca

El jueves se inaugura muestra fotográfica "Taquile un Autoretrato" en LarcoMar

El mítico y legendario lago Titicaca, un gigante compartido entre Perú y Bolivia, alberga en su azulada inmensidad un puñado de islas evocadoras, cuyas raíces históricas y culturales se remontan a los albores de la civilización altiplánica.

Pueblos antiguos y respetuosos de su tradición, como Taquile (región Puno), una pujante y organizada comunidad quechua que mantiene las costumbres y las leyes que heredaron de sus antepasados.

En este rincón lacustre, la tierra le pertenece a todos, es del pueblo, de los comuneros, de los hombres que conversan mientras tejen sus coloridos y larguísimos "chullos" (gorros de lana), de las mujeres que hilan la lana en sus hipnotizantes husos, de los niños que juguetean bajo unos arcos de piedra que parecen contemplar el sosiego del Titicaca.

Dicen que en Taquile casi todo es de todos. Dicen, también, que durante décadas la comunidad trabajó y ahorró para ir comprando de a pocos, metro por metro, cada surco, cada pedacito de su tierra, de su isla que les fuera despojada por un terrateniente, un poderoso. Y lo lograron. Son los dueños de un pedacito del mundo, en el que tejen sus sueños y esperanzas.

En la actualidad, la isla es visitada por miles de viajeros que son recibidos en la casa de los comuneros. Allí almuerzan, cenan y pasan la noche. Se aprende y se comparte, en un valioso intercambio cultural a miles de metros de altura, en noches fríamente estrelladas o en un surco que se abre en la tierra, pródiga, generosa, respetada.

Con la intención de promocionar aún más su tierra, las autoridades de la isla han decidido "tomar por asalto" la Sala de Exposiciones 207, Plaza Gourmet de LarcoMar, para mostrar al público limeño una serie de fotografías tomadas por ellos mismos, dentro del Proyecto de Desarrollo Integral en Taquile, que contó con el apoyo de las Ong's Ibis, Axis y DIB de Dinamarca.

La exposición "Taquile un Autoretrato" se presentará desde el jueves 8 al miércoles 21 de septiembre. Explorando Perú invita a sus lectores a descubrir, a través de las imágenes, la historia y cultura, el pasado y el presente de una de las islas más hermosas del mágico lago Titicaca.

Si quiere saber más de Taquile y las islas del Titicaca:
*
www.enjoyperu.com/magazine/otros-artic/taquile/index2.htm

Si quiere saber más de las islas del Titicaca en Perú y Bolivia:
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www.enjoyperu.com/magazine/otrosartic/uros/index2.htm

*
http://www.enjoybolivia.com/espanol/guiadestinos/articulos/TITICACA_ES.shtml

Si quiere ver imágenes de Taquile:
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www.peru-pictures.org/fotos-peru-fotos-lago-titicaca-fotos-isla-taquile/fotos-peru-fotos-lago-titicaca-fotos-isla-taquile.shtml

sábado, setiembre 03, 2005

El Click de la Semana

Desborde de adrenalina en Cerro Blanco (Nasca), la duna más alta del continente con 2,080 metros de altura. Majestuosa e imponente, sus amplísimas faldas de arena son perfectas para la práctica del sandboarding, una excitante aventura de velocidad y equilibrio.
Este fin de semana, los muchachos de The Magical and Misterious Tours, encabezados por Efraín Flores Meza (efe99@hotmail.com), realizarán el segundo campeonato del año en Cerro Blanco. El objetivo es promocionar este deporte y, a la vez, demostrarle al mundo que Nasca no sólo debe ser visitada por las misteriosas líneas y geoglifos de sus pampas.
El festival deportivo se iniciará la madrugada del domingo, con el ataque a la cumbre de la duna, extenueante travesía que se realiza en 5 horas, aproximadamente. Luego de un pago a la tierra, los deportistas se "montarán" en sus tablas y pondrán a prueba su destreza y equilibrió en un trepidante descenso que supera los mil metros de extensión.

Más sobre sandboarding en Perú, en:
http://www.revistatravesias.com/trave/traArticulo.php3?idNumero=41&seccionID=164&artd=317;
www.aventura-mag.com/SPANISH/Adventures/Peru/sandboard/sandboard.html
www.peruboarding.com
www.geocities.com/banderolas/
Sobre las líneas de Nasca: /www.yachay.com.pe/especiales/nasca/

jueves, setiembre 01, 2005

La Momia sin Nombre


El descuido de una momia preincaica en el pueblo de Lucanas (en la provincia del mismo nombre, Ayacucho) y el canto estremecedor de una niña en la plaza de Armas de Puquio (capital de dicha provincia), motivan una serie de reflexiones que se convierten en la base de este texto, elaborado hace un par de años para la revista virtual De Aquí y de Allá, Crónicas de Viaje, la cual permaneció muy poco tiempo en el cyber-espacio.

Texto: Rolly Valdivia Chávez

En Lucanas hay una momia con una manta maltrecha. Nadie sabe su antigüedad, nadie conoce con exactitud dónde ni cuándo la encontraron, pero todos o casi todos los comuneros la han visto, sitiada por carpetas sin patas, raídos mapas opacos del Perú y el sinfín de objetos no identificados que desbordan la capacidad del pequeño altillo de una escuela.

Intrigados o temerosos, persignándose o murmurando palabras en quechua, los comuneros de Lucanas conocieron a su particular huésped; pero su interés no fue más allá de subir al altillo -por una escalera idéntica a las que usan los pintores de brocha gorda, los amantes furtivos o los ladrones de pacotilla- para saciar su curiosidad, observar un rato a la momia y volver apuraditos a las faenas del campo.

Y la momia se quedó ahí, como si fuera un objeto inservible o un mapa descolorido. Los comuneros ya no le hacen caso. Dejó de ser la novedad; además, para qué hurgar en el tiempo cuando el presente apremia y la plata apenas si alcanza y hay que preocuparse de la cosecha y de San Juan, el patrón del pueblo, que se resiente sino se le festeja de buena manera.

Eso sí, cuando aparece un visitante por las calles irregulares de Lucanas, inmediatamente le hablan de la momia y le explican que fue encontrada por ‘ahí, señor’ y señalan un punto cualquiera entre los cerros imponentes y agregan ‘está en la escuela, entrando a la mano izquierda... No deje de ir”, invitan con una pizca de entusiasmo y cortesía.

Y las invitaciones se repiten una y mil veces cuando hay bullicio y diversión en el pueblo: tarde de toros, quema de castillo o pollada bailable “amenizada con un portentoso equipo afónico –perdón estereofónico- y las riquísimas rubias que achispan el alma”, tienta al hambre y al espíritu juerguero, uno de los promotores de la actividad organizada por los padres de familia de la escuela.

Ante tanta insistencia, lo más conveniente es ir a conocer a la momia. Ahora bien, si por esas casualidades de la vida, la visita coincide con una actividad pro fondos, el viajero verá -justo al lado de la escalera que conduce al altillo- a un grupo de mujeres que “calatean” plumíferos hervidos, cuadriculan papas y verduras o inspeccionan, atentamente, unas ollas que parecen bañeras.

Cuando la escalera comienza a rezongar, las señoras –trenzas negras, anchas polleras, mejillas resecas- aprovechan para dar las últimas indicaciones: “Suba despacio. No se nos vaya a caer”, dicen en el momento de descuartizar un pollo; “no se apure”, señalan, mientras le dan vuelta al aguadito; “ya le falta poco”, advierten, después de probar el aderezo.

La escalera se termina. Las señoras callan. El altillo es un hediondo y oscuro cuartucho de paredes de adobe y piso de maderas que rechinan a cada paso, como si estuvieran fatigadas de soportar tanto peso o quisieran anunciar su inminente ruptura.

En el centro del infernal desorden se encuentra la momia de Lucanas. Su rictus de pavor ya no parece estar dedicado a la muerte y su guadaña cercenadora de la vida, sino al futuro incierto, a la posible frustración de sus sueños de eternidad, a la amenaza latente de convertirse en polvo sobre esa silla oxidada convertida en trono, en esa caja de cartón transformada en mortaja.

Si algo le llegara a ocurrir a la momia, los comuneros volverían al altillo. Una vez más musitarían palabras en quechua, invocarían a Dios y, quizás, hasta derramarían un par de lágrimas...bah, pero sólo un par, porque el pasado pisado y hay que pensar en otras cosas: las lluvias que no llegan, las cosechas cada vez más escasas, el Santo Patrón que canjea sus indulgencias por ofrendas y festejos.

Las voces de Puquio
Dicen que todos los puquianos saben cantar como los dioses y hacen llorar a las guitarras con la destreza de sus dedos. Dicen, también, que los hombres y mujeres de este pueblo indio –como lo definiera José María Arguedas- son parcos, desconfiados y hoscos. Gente poco confiable.

Lo primero es muy sencillo de comprobar. Basta con escuchar a sus cantores o dejarse seducir por las melodías de sus músicos, para sentir como empieza a quebrarse el alma. Sí, basta cerrar los ojos y recordar a la niña que acalló con su conmovedor “amarillito, amarillanto flor de retama” a las advenedizas cuadrillas de Tunas Universitarias que pretendieron apoderarse de la Plaza de Armas de Puquio.

La niña cantaba como si dejara su vida en cada palabra. Su voz portentosa describía el ingreso de los “Sinchis”, que iban a matar estudiantes y campesinos; entonces, los ojos son cercados por las lágrimas y el corazón late despavorido y ¡qué poco importan los Tunos con sus ridiculísimas bombachas, sus pantimedias oscuras y sus capas negras de caballero de dudoso abolengo.

Bueno, en lo referido a los cantores y músicos no existe la menor duda... ah, pero lo otro es más difícil de demostrar, no encuentro recuerdos que respalden esa afirmación. Quizás todo sea un error, un malentendido, un chisme que fue creciendo hasta convertirse en estigma, en una sombra de la que no puede desligarse el pueblo del Yawar Fiesta.

Es posible que todo haya surgido del comentario mal intencionado de algún comunero de las alturas vecinas, celoso de las supuestas gollerías de la capital de la provincia de Lucanas; o, de repente, fue un viajero enojadísimo porque un chofer lo ignoró cuando “tiraba dedo” en un paraje solitario o un campesino se negó a darle comida y hospedaje en su casita de adobe, en una noche terriblemente fría.

Sí, qué poco corazón tiene el camionero, qué malo el campesino al negar un plato de comida y sólo ofrecer el establo como refugio; pero ¿acaso se puede esperar otra cosa después de más de 10 años violencia?. No hay duda, la desconfianza es una de las secuelas de la subversión.

Los comuneros aún recuerdan los tiempos en los que “jalar” a un desconocido, ofrecer un puñado de cancha a la “persona equivocada” o hospedar a un extraño en sus rústicas viviendas, era razón más que suficiente para ser ajusticiado o ejecutado extrajudicialmente. Había que ser cauto, precavido, no confiar en nadie. De eso dependía la vida. La sobrevivencia.

Ojalá que esta actitud cambie con el paso de los años. Ojalá que nunca más vuelvan las hordas de la muerte. Así nadie tendrá temor de ayudar a la “persona equivocada”; entonces, otra vez, los comuneros ofrecerán sus tolvas a los viajeros agotados y los campesinos del Ande –recordando sus ancestrales costumbres de cooperación- abrirán sus hogares en las noches congeladas.

De Puquio, se dicen, también, otras cosas: que es tierra de danzantes de tijeras, aunque en la noche de los Tunos silenciados, ninguno se animará a bailar para los dioses antiguos; que tiene cuatro barrios -o ayllus- y cuatro plaza de Armas y que hace muchísimos años, los varayock (alcaldes) decidieron construir –sin apoyo del señor gobierno- la carretera que une su pueblo con Nazca.

El huayno se prolonga. Se hace eterno. Se acallan las guitarras y las panderetas invasoras de las Tunas. La niña sigue con su “amarillanto”. Algunos la escuchan de cerca, otros se animan a acompañarla con voz bajita, como si fueran un lejano eco, afanado en prolongar las palabras y el sentimiento de Puquio, un pueblo de músicos y cantantes.

*Más sobre momias en Perú: www.ucsm.edu.pe/santury/ y www.pbs.org/wgbh/nova/peru/ (inglés).