miércoles, diciembre 24, 2008

El juego del sabor

En la mesa hay un cubilete, un mazo de cartas, un pomo de macerado de damasco y una copa servida. Sólo eso por el momento. Sólo eso mientras don Jacinto y su esposa y su hijo y uno que otro ayudante improvisado –y es que el hambre aprieta, señoras y señores- pelan, pican, combinan y sazonan un poquito de esto y una pizca de aquello.

Eso ocurre en la cocina. No en la mesa larga con su sencillo mantelito de plástico, donde la espera se adereza alzando copas, tirando dados, barajando cartas. Se juega y se brinda o se brinda sin jugar bajo la tibia sombra de una estera, mientras don Jacinto -agricultor, criador de camarones, mozo y cocinero- se pasea con el cuaderno escolar donde apunta los pedidos de sus clientes.

La carta no es muy amplia. Pocos platos. Mucho camarón, casi sólo camarón. La especialidad indiscutible de esa casa convertida en restaurante en Tumilaca (Mariscal Nieto, Moquegua), pero únicamente los fines de semana y los días feriados; entonces, se coloca un par de mesas en la entrada, se tiende el mantelito de plástico y se busca y se encuentra el cuaderno escolar, los casinos y hasta el cubilete.

El macerado de damasco ni se busca ni se encuentra. Don Jacinto sabe siempre donde está. Don Jacinto lo prepara y lo mezcla con pisco no aromático y almíbar. Después hay que tener paciencia: tres meses o seis, quizás un año, para que la fruta absorba el alcohol y se ponga bien borrachita o demasiado borrachita. Así se sube a la cabeza, te pica, te pone alegrón.

Y siguen repartiéndose las cartas. Se forman pares y escaleras en la mesa. Se juega y se espera allá afuera, siempre afuera, nunca adentro, en la cocina o al lado del fogón, donde se limpian los camarones, se sancochan las papas y se pone a punto el aderezo.

En medio de tanto azar y tanta sazón, don Jacinto va de un lado para el otro. De adentro para afuera, sacando tazones con ciruelas y peritas para picar, mostrando los diplomas que evidencian el éxito de sus platos en varios concursos locales y pidiendo paciencia porque ya ahorita sale el chupe, las tortillas, los chicharrones, también la papita sancochada, la sarza criolla y el ajicito rico, picante, casi obligatorio.

Los platos no salen, tardan, se demoran. Y el juego se renueva una y otra vez. Lo mismo ocurre con las risas y la tarde se vuelve apacible, alegre, sabrosa, muy sabrosa porque de allá adentro, de la cocina, llegan los camarones frescos, tiernos, crujientes que mandan al olvido al cubilete y al mazo de cartas, pero no al macerado, tampoco a las cervecitas heladas.

Salud y buen provecho en Tumilaca, donde se juega y se come, donde se brinda y se engríe el paladar, donde don Jacinto va y viene de adentro para fuera con su cuadernito de escolar, con sus pomos de macerado, con sus camarones exuberantes y, a veces, hasta con los diplomas que demuestran que su casa –sencilla y acogedora- es un restaurante sólo los fines de semana y los días de fiesta.

viernes, diciembre 19, 2008

Mazamorra y cordero



La gastronomía no es el fuerte de Explorando. Aquí se ha escrito muy poco sobre los sabores y aromas, la sazón y el buen gusto de la cocina peruana.

Y no es que seamos anoréxicos o amantes de la frugalidad; por el contrario, nos encantan los platos bien servidos y somos partidarios fervorosos de la repetición, de la necesidad acuciante e imperiosa de sacar el concolón de la olla, y, claro, como no, del calentadito suculento a la hora del desayuno.

Pero una cosa es comer con deleite o, en algunos casos, con voracidad; y otra, escribir sobre comida. Lo primero me encanta, lo segundo no me apetece demasiado.

Admito con absoluta sinceridad, que prefiero "darle curso" a una buena entrada, que redactar una entrada (o post), sobre las sabrosuras que se preparan en todas las regiones del país, como la mazamorra de lacayote y el cordero a la piedra con su papita sancochada, que compartimos con los pobladores de Otora en el distrito de Torata (provincia de Mariscal Nieto, Moquegua).

No entraré en detalles sobre dicha comilona. No pretendo analizar las raíces o esencia de dichos potajes y menos darle la receta o algún secretito para cocinar el cordero o poner a punto la mazamorra.

Tampoco escribiré que estuvo riquísimo o delicioso, emulando a los reporteros de la TV y los chef mediáticos que nos atiborran con consejos culinarios. Ese no es mi estilo, aunque para ser sinceros no creo tener un estilo, al menos en lo relacionado a notas gastronómicas.

Lo único que quiero decir ahora, es que ese almuerzo campestre fue inolvidable, no sólo por el tierno sabor de la carne (sazonada únicamente con sal) y la dulzura de la mazamorra, sino, especialmente, por la amistosa presencia de la gente de Otora.

Ellos, con sus palabras y sus gestos, con sus silencios y sonrisas, con su generosidad y actitud dispendiosa, lograron que aquella tarde alimentara mi alma y espirítu. Mis ganas de seguir viajando por el Perú.

martes, diciembre 02, 2008

Clic de la semana

Verdor tras la penumbra. Luz que rasga el manto de la oscuridad, en la mañana aventurera en la que el inquieto objetivo de Explorando, se internó en la oquedad de la cuevas de las Lechuzas, en el parque nacional Tingo María (Leoncio Prado, Huánuco).

Ya en el interior de este pequeño reino de estalactitas y estalagmitas, el acceso a la gruta se vislumbra como una extraña frontera entre la luminosa vivicidad del sol tingales y las sombras perpetuas que amparan a los murciélagos y a los guácharos (ave nocturna).

Misteriosa, monumental y profunda. A medida que uno avanza por la rugosa superficie de esta caverna de piedra caliza, se extingue cualquier vestigio de claridad. Todo se vuelve tenebroso, lóbrego, asfixiante. De nada sirven las linternas y se tornan inútiles los esfuerzos por seguir explorando.

Debes volver al sol, al bosque, al camino que une Tingo María con el valle del Monzón. La cueva va quedando atrás, con sus guácharos, murciélagos y esa misteriosa profundidad que, hasta ahora, sigue siendo impenetrable.

viernes, noviembre 21, 2008

El retorno del "señor parapenti"

En más de una ocasión he narrado la historia del legendario vuelo en parapente desde el apu Aijamarca. Incluso, en mi último viaje al distrito de Carmen Salcedo – Andamarca, conversé sobre este hecho con varios pobladores. Ellos recordaban emocionados aquella gran aventura.

Pero mis recuerdos no estaban completos. Sabía que el piloto era venezolano y que la gente del pueblo lo rebautizó con el nombre de señor parapenti.


De tanto hablar o escribir del señor parapenti, se me fue olvidando el verdadero nombre del avezado deportista que voló de la montaña tutelar del pueblo andamarquino.

Ayer, luego de escabullirme de los policías que siguen vigilándome (ver el texto anterior), me di cuenta que en la entrada Razones para Volver, aparecía un comentario que decía lo siguiente:

Soy el piloto de parapente que voló por entonces en la Fiesta del Agua Nueva en Andamarca. Mi primer vuelo desde la cumbre del Aijamarca, fue el 23 de agosto de 1996. En días posteriores y en honor a las fiestas realice mas vuelos siendo un total de 5 hasta el final de las fiestas y en uno de ellos logre sobrevolar todo el pueblo. Desde entonces no he estado allí por lo que desconozco si se han seguido haciendo vuelos”.

El comentario era firmado por Gerardo Ibelli. Al fin y gracias a la Internet, resolvía mi laguna mental. Sí, el recuerdo tenía un nombre propio y, de paso, también, imágenes propias.

Y es que el piloto venezolano, en un correo posterior, me envió las fotos que ustedes observan en esta entrada y que según sus propias palabras “son mi único testimonio de mi vuelo inédito en el Aijamarca”.

Ibelli me comentó además que recuerda que los niños “empezaron a fabricar paracaídas de plástico y, al tirarlos por el aire, (estos) se quedaban enredados en los cables del entonces generador que iluminaba por la noche”.

En su mensaje me pide saludar afectuosamente a todas las personas que lo recuerden. Sin duda una tarea bastante complicada, porque cada uno de sus cinco vuelos, han quedado grabado en la memoria de muchos andamarquinos… y, claro, también en la de este modesto y viajero escriba.













miércoles, noviembre 19, 2008

APEC verde... verde policial

Dónde al autor pierde la cordura -no la gordura por si acaso- e imbuido por un inusual e incomprensible delirio de grandeza -a quién le ha ganado este muchacho- se queja a su manera de las medidas de seguridad implantadas para la APEC.

Sé que soy un cronista reputado y conocido internacionalmente. Sé, también, que mis palabras e imágenes contribuyen decididamente a salvaguardar las riquezas culturales y naturales del Perú.

Sé eso y muchas cosas más, como por ejemplo que el país no sería el mismo sin mí y que miles –no, perdón- millones de personas en la grandes urbes y en los caseríos más recónditos, llorarían a lágrima viva si llegara a ocurrirme alguna desgracia.

Y ni hablar del vacío que dejaría mi ausencia en el ámbito periodístico. Allí siempre he ocupado un lugar privilegiado, brillando intensamente desde mi aparición centellante en las páginas de la ya fenecida revista Sí, publicación que no sobrevivió a mi ausencia.

Soy consciente de todo eso, pero igual me parece injustificable que las más altas autoridades del gobierno nacional, hayan decidido movilizar nutridos contingentes policiales –incluyendo francotiradores y perros con pinta de asesinos-, en las áreas urbanas por las que suelo movilizarme o perderme cuando estoy en esta “tres veces coronada villa" o en el viril puerto chalaco.

Esa preocupación por mi integridad física y moral, me conmueve y halaga sobremanera; pero mi reconocida humildad y conciencia social, me impide aceptar semejante despliegue. Es absurdo que tantos policías se dediquen a mi custodia, cuando en muchas calles limeñas campea la delincuencia.

Además, este pechito sabe defenderse, porque más allá de mi talante reposado y pacífico, domino a la perfección milenarias técnicas de lucha, aprendidas solapadamente en mis viajes por los Andes y la Amazonía. Eso
me convierte en un arma letal.

Pero volviendo al tema central de mis observaciones, debo admitir que a pesar de reconocerme como un patrimonio viviente de la cultura peruana, no esperaba que tantos efectivos fueran encomendados a cuidarme. Nunca antes el gobierno había decidido protegerme de esa manera.


¿A qué se debe tanto alboroto?, me pregunto. Será acaso que la inteligencia policial o algún chuponeador subrepticio ha descubierto un plan para atentar contra mi vida. No lo creo. Eso es imposible. Si la mitad del país me quiere y la otra mitad sencillamente me adora.

Sin embargo, los aguafiestas que nunca faltan me dicen que me ubique y me deje de tonterías. Incluso los
más deslenguados tienen el desparpajo de preguntarme qué diablos te has fumado.

Luego, en tono de profesor que trata de hacerle entender al más corcho de la clase que dos más dos son cuatro, me dicen: “ninguno de esos tombos –así hablan ellos sin respetar a los representantes de la ley y el orden- está en la calle para protegerte a ti…”.

No les creo. Tampoco lo hago cuando me explican que las rejas que han aparecido súbitamente en decenas de intersecciones y avenidas, no son para impedir que mis seguidores y fanáticos -eufóricos y al borde de paroxismo-, se lancen sobre mí en busca de un autógrafo.

Mas bien, aseguran, la misión policial es la de alejarme a mí y a todos los limeños, de las delegaciones internacionales que han llegado a la ciudad para participar en la XVI Cumbre de Líderes del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC), que se realiza esta semana.

O sea que tanto barullo es por mister Bush y un grupo de presidentes y primeros ministros que conversarán, brindarán y, al final, no solucionarán ningún problema; aunque los entusiasta de siempre dicen extaltadísimo que habrá un
desborde de inversiones y se generarán miles de puestos de trabajo después de la cumbre.

Pero -en estos momentos- las únicas cumbres que me interesan son las cumbres nevadas de la cordillera. Esas que ya empiezan a derretirse por falta de políticas adecuadas de protección del ambiente y el desinterés manifiesto o, lo que es peor, el interés hipócrita de muchos de los gobernantes que por estos días, estarán a unas cuantas cuadras del lugar en el que escribo estas líneas.

Lástima que no pueda cantarles varias verdades. En el fondo me temen. Saben que mis argumentos los dejarían en ridículo, que mi lógica destruiría cualquiera de sus manidas excusas.


Es triste decirlo, pero ese encuentro no se dará. Los beneméritos agentes policiales están preparados y decididos a impedir por las buenas o las malas, que cualquier hijo de vecino se acerque a tan insignes y dilectos visitantes. Lo realmente inaudito es que a pesar de todos mis méritos y honores, seré igualmente expectorado si pretendiera conversar con alguno de los dignatarios.

Vistas así las cosas, aprovecho este mensaje para decirle a todos ellos -sí, lo sé, ustedes leen Explorando- que no es justo que por su "bendita" presencia, gran parte de la ciudad esté de cabeza o más de cabeza que de costumbre.

En verdad, hoy prefiero pecar de iluso y pensar que se
ha redoblado la seguridad para protegerme a mí y a los millones de personas que sobrevivimos en esta metrópoli. Total, somos igual de importantes que nuestros ¿ilustres? visitantes.

martes, noviembre 11, 2008

Clic de la semana


Al que canta y baila se le seca la garganta, dicen casi con devoción los músicos y danzantes en las fiestas populares, para justificar su sed de jolgorio y desbande, de trago corto o cerveza, de vasos llenos que pronto quedan secos y volteados.

Y como más vale prevenir que lamentar una sequedad inoportuna que estropee el bailongo o el canto, en muchas comunidades andinas los grupos de danzantes y las bandas de músicos, son acompañadas por señoras agilitas, bien apertrechadas con bebidas de todos los colores y sabores.

Las mamachas reparten e invitan sus tragos a propios y extraños. Nadie se salva. Todos reciben y brindan y toman y la fiesta se agranda y se zapatea con más fuerza, para defender el orgullo del pueblo, honrar a la virgencita milagrosa, al santo patrón o al Dios montaña que protege los valles y quebradas, también las pampas del mundo andino.

Antes de caer en la tentación de esas bebidas corrosivamente espirituosas, el lente ebri... perdón, viajero de Explorando, atrapó con un clic a esta señora que paseaba con su bandeja en el bosque de piedra de Huayllay, en la región Pasco.

Lo que pasó después es preferible no contarlo. Así dejo abierta la duda. Así ustedes podrán sacar sus propias conclusiones.

*Si desea ver más fotos de la fiesta en Huayllay, haga clic aquí.

miércoles, noviembre 05, 2008

Un camino, varios clic



Todo comenzó en Selva Alegre. Hasta aquí entran los autos provenientes de Rioja, y Moyobamba, de Soritor y San Marcos (región San Martín), también los arrieros y caminantes provenientes de Galilea, El Dorado y Nueva Omia, entre otros caseríos a los que sólo se llega andando.

Selva Alegra es diminuto. Pocas casas, un par de lugares para comer al aire libre, autos en espera de pasajeros y hombres que acomodan costales y paquetes en los lomos de las mulas.
Nosotros -es decir el autor de estas líneas y su amigo Felipe Varela Travesí, el Chasqui- no tenemos ninguna bestia que cargar. Las mochilas van sobre nuestras espaldas o sobre nuestros "lomazos" -chicas, tranquilas por favor- así iríamos andando hasta Galilea, donde pasaríamos la primera noche.

El camino empezó bien. Seco y hasta amable. Después vendría una subida, digamos criminal, y unos charcos de barro que parecían pantanos. Estos nos acompañarían por toda la ruta, dificultando nuestros -o mejor dicho- mis pasos, porque el Chasqui, como siempre, trekkeaba de lo más campante y fresquito, dándose el lujo, incluso, de sacarme cachita. Debí ahorcarlo.

La primera noche dormimos en la casa de Mauro Huamán Jiménez. Mientras nosotros buscábamos el sueño, él y sus amigos buscaban a la suerte en un juego de cartas. Afuera, un grupo de evangélicos buscaba a Jesús entre cantos y oraciones. Total, todos buscábamos algo. Todos estábamos en Galilea.

Al día siguientes partimos a El Dorado (ya en la región Amazonas). Más subidas más barro, más cansancio. Caminamos tres horas. Debimos hacer menos tiempo, pero mis pies empezaron a torturarme. Antes del mediodía ingresamos al minúsculo caserío. A diferencia de Galilea aquí hay luz eléctrica, aunque no siempre funciona.

Nos detuvimos en una bodega para tomar alguito. Al final, tomamos más que alguito: varias cervecitas que animaron la jornada, cortesìa del dueño de la tienda, don Héctor Rojas, quien, ni corto ni perezoso, nos pide que nos quedemos, que su casa es grande y tiene un cuarto libre. "Así conversamos", nos dice y nos convence. Charlamos, brindamos, dormimos hasta el otro día.

Ni bien canta el gallo, salimos para Nueva Omia. El camino a Nuevo Omia me resulta agotador. El barro se ha multiplicado por mil y mis ampollas están en su máximo esplendor.

La travesía se vuelve tortuosa y, siendo sincero, doy pena o lástima -o las dos juntas- cuando ingreso al pueblo. Con las justas alcanzó la casa de la familia Jiménez - García, mencionada en entradas anteriores. Ellos nos cobijarían calurosamente.

Debido a mis ampollas me quedo varios dias en el pueblo. Mis pasos no me llevan más allá de la bodega-bar El Peluche, donde el propietario, apodado Peluche o Peluchito -qué casualidad-, nos cuenta su azarosa vida en la sierra y en la selva.

Sus peripecias tienen como música de fondo a los Yennix, un grupo tropical en el que un pelucón con lentes (cualquier parecido es pura coincidencia) se desgañita diciendo que busca un amor que sea difícil, porque no le gustan las fáciles y le gusta sufrir. Salud por eso.

Pero el que realmente sufre es este pechito y no por el desaire de alguna chica buenamoza, sino por las famosas ampollas que me impiden seguir en la ruta con Felipe. El Chasqui continuaría hacia Rodríguez de Mendoza, yo pernoctaría una noche más en Nueva Omia. Después retornaría, en mula, hasta Selva Alegre. Donde todo comenzó y terminó.

sábado, noviembre 01, 2008

Desayuno en Nueva Omia

La leña arde alimentando el fuego. Ollas ennegrecidas, reposan sobre unas hornillas que no son hornillas, son frutos del ingenio.

Minutos de espera. El desayuno no está listo, pero ya falta poco, entonces, la familia entera conversa con el par de huéspedes inesperados, aparecidos -debilucho uno, vigoroso el otro- por el caminito de barro que conduce a su pueblo: Nueva Omia, en la región Amazonas.

La ollas tapadas ocultan el arroz y la pitucas -las primas selváticas de la papa- que se servirán en el desayuno.

La señora Genoveva es generosa con las porciones del cereal y del tubérculo. A veces exagera un poquito. Sus platos son abundantes y, siempre, cuando comienzan a quedar vacíos, ella ofrece y -sin esperar respuesta- agreta un poquito más de pituca y arroz, de plátano o yuca, dependiendo del menú, de lo que sirve en el almuerzo o en la cena.

Pero hoy no hay plátano sancochado ni yuca -recurrentes en la mesa de la familia Jiménez - García.

Hoy hay café recién tostado, pasadito, bien rico, según se presume por el aroma que se escapa de la tetera; un café que los cordiales anfitriones prepararon especialmente para sus inusuales visitantes: un chasqui que "jironea" por los caminos incas y un periodista que pasea sus ampollas y calambres por distintos destinos del país.

"Nosotros producimos café pero rara vez nomás lo tomamos", explica con una breve sonrisa don Santiago, mientras su hija menor sirve la humeante bebida y su esposa, con habilidad de ilusionista, saca bajo la manga o, mejor dicho, del caliente corazón de una de sus ollas, un guisito de gallina.

El desayuno está servido. Buen provecho. Buen recuerdo de Nueva Omia y de la familia que, por decirlo de alguna manera, me "adoptó" durante varios días, demostrándome una vez más, que el Perú está lleno de gente buena y solidaria. Por eso sigo viajando, por eso sigo escribiendo y contando mis historias.

domingo, octubre 19, 2008

Viajero en falta

Historias por contar. Anécdotas que se van quedando en el tintero por el fragoroso ir y venir de las últimas semanas.

Y es que caminé en las regiones de San Martín y Amazonas. Y sólo volví a Lima para saludar, despedirme, cambiar de mochila, reforzar el equipaje con polares y casacas. Debía partir con prisa hacia la altura, el frío, la lluvia y, quizás, hasta el granizo de la provincia de Espinar (Cusco).

De tanto viajar me olvidé de escribir. Me siento en falta con ustedes, abnegados y apreciados lectores de Explorando; y, también, estoy en deuda con la gente que conocí y me apoyó en mis últimas aventuras.

Y es que aún no cumplo con transmitir el mensaje de los pobladores de Galilea, El Dorado y Nueva Omia, caseríos a los que se llega sólo caminando, comunidades fundadas por emigrantes de las serranías de Piura y Cajamarca, que encontraron en la espesura del monte un lugar para cimentar sus anhelos y esperanzas.

Tampoco he escrito las palabras trajinadas de los arrieros con los que conversé, durante mi andar por aquella trocha enlodada y pantanosa que laceró las plantas de mis pies; esa trocha por la que retornaría a lomo de bestia, cuando mis ampollas ya no me permitían caminar; esa trocha que, algún día tal vez, se convertirá en carretera.

“En época de lluvia el barro llega hasta aquí” –se señala la cintura, aquieta a sus mulas, se acomoda la gorra un arriero que detiene sus pasos para conversar conmigo, para decirme que ya falta poco, aunque aún falta mucho. Nos despedimos. Se aleja. Sigo sufriendo con el lodo, con los charcos, con las bajadas resbalosas.

Sé que nunca es tarde y que todavìa estoy a tiempo para compartir mi experiencia en el monte y agradecer la calurosa acogida de Mauro Huamán Jiménez, Héctor Rojas y de la familia Jiménez – García. Ellos me invitaron a compartir su mesa y a pasar la noche en sus calurosas casas de madera.

Hay mucho más por decir y contar. Estos recuerdos son sólo el principio, la primera entrada sobre una travesía que la desidia o las premuras viajeras, casi condenan al olvido.

sábado, octubre 04, 2008

Orquídeas de fiesta


Estimados lectores de Explorando Perú, durante varios días -por no decir semanas- esta bitácora pundonorosamente viajera ha permanecido sin novedad en el frente. No por falta de travesías que contar, tampoco por un ataque de desidia por parte del autor de estas líneas, menos por unas ¿merecidas? vacaciones, sin cámara al ristre ni libreta de apuntes en el bolsillo.

Quizás alguno de los amables visitantes de este enrevesado blog, se habrán preocupado sinceramente por mi ausencia. De la misma manera, es bastante probable que otros cibernautas habituales, hayan creído que al fin conseguí un trabajo de verdad o que en algún recodo de la selva, ese jaguar -al que tanto quiero ver- me llevó al fin a mejor vida.

Dudo mucho que alguien haya pensado que fui secuestrado por una banda de insaciables y seductoras amazonas. Posibilidad que no me desagraría en absoluto pero que, lamentablemente, no tiene ninguna relación con mi imperdonable ausencia.

La verdad es que partí intempestivamente a Moyobamba, la capital de la región San Martín, en compañía de Felipe Varela, El Chasqui, quien decidió dejar por unos días las alturas cordilleranas y su ambicioso peregrinaje por el Qhapaq Ñan, para darse una vueltecita de 30 días -un poco más un poco menos- por las trochas del nororiente del país.

Antes de pisar la llamada "Ciudad de los Orquídeas", tuve que soportar más de 24 horas en un bus que cruzó más o menos medio Perú... bueno, sí, lo sé, estoy exagerando un poco, pero el vehículo en mención dio más vuelta que un yoyó, pasando por provincias limeñas, ancashinas, liberteñas, lambayequenas, cajamarquinas y amazonenses. Cansa leerlo. Cansa viajarlo.

En Moybamba me enteré que el 30 de octubre al 02 de noviembre se celebrará el XIII Festival Internacional de la Orquídea. Es curioso pero recién empezaba a recorrer la ciudad y ya me estaban diciendo de que vuelva para el evento. "Es lindo y colorido y hay exposiciones y ferias", me dicen con tanto entusiasmo que dan ganas de retornar sin haberse ido.

Hasta ese momento el viaje resultaba de lo más tranquilo. Quise escribir un post pero una inesperada interrupción del servicio de Internet frustó mis planes. En los días siguientes, mis intenciones se fueron al tacho por la ausencia de computadoras, porque mis pasos me llevaron por un rosario de pueblos remotos, alejados, de otro tiempo.

Y los días pasaron y el recorrido por Selva Alegre, Galilea, El Dorado y Nueva Omia (los dos últimos en la región Amazonas) se fue alargando más de lo previsto. Otra vez mis rebeldes ampollas estropearon mi camino.

Recién ayer regresé a Lima, después de tres días de convalecencia, ocho horas sobre el lomo de una mula y el interminable andar del bus yoyó.

Ahora que ya saben las razones de mi ausencia. Ahora que ven las primeras imágenes que capté en mi aventura, permítanme contarles que mañana vuelvo a la ruta. Esta vez iré a Espinar, en el Cusco, donde permanecerá por más de una semana.

Ojalá que mi camino esté libre de ampollas.

lunes, setiembre 15, 2008

Antes del sueño

Dormiré en un cuarto de adobe que no logra exterminar al frío. Su piso es de madera y cruje al más leve movimiento.

El techo es a dos aguas y varias calaminas horrorosas impiden el paso de una lluvia ruidosa que no llega a ser tormenta en Canchacucho, un puñado de casas frente al Santuario Nacional de Huayllay.

Para enfrentar a la noche sólo cuento con un colchón, varios pellejos de cordero, un par de frazadas con tigres y mi siempre combativa –pero poco abrigadora- bolsa de dormir.

Nada más que eso en un cuarto que estaría completamente vacío, si no fuera por aquel colchón y unos cuantos objetos arrumados de olvido en una esquina sombría, empolvada, con telas de araña.

En esta habitación amplia y rechinante existen dos ventanas. A través de ella se ve el bosque sin árboles, pero con sus piedras enormes, raras, acaso de otro planeta.

También observo la carretera de asfalto que conduce al pueblo de Huayllay, aún más alto, tal vez más frío que el mismísimo Canchacucho.

Allí hay hoteles que no son muy buenos y no son muy caros. Una plaza en remodelación, un par de cabinas de internet y muchas camionetas que te llevan a Cerro de Pasco.

Pero no me gusta el pueblo. Lo siento triste, aterido, desangelado. Prefiero el bosque con sus pétreos misterios y Canchacucho con sus habitaciones de adobe y su colchón reinando sobre el piso de madera.

Sí, dormiré bien a pesar del frío y la lluvia.

lunes, setiembre 08, 2008

Llamas en el bosque


Y las llamas llamaron mi atención. No se trata de un trabalenguas como aquel de los tres tristes tigres que comen trigo, aunque nadie, jamás de los jamases, los haya visto comer trigo.

Pero hoy no voy a filosofar sobre los hábitos alimenticios de los tigres, sino que escribiré de aquellas llamas impetuosas, monumentales y hasta me atrevería a decir felices y contentas (a diferencia de los felinos antes mencionados), que llamaron mi atención en el bosque de piedras de Huayllay (Pasco), escenario natural que el último fin de semana se llenó de vida por la celebración del Rural Tour.

Baile, música, gente que iba y venía entre las piedras colosales. Tributos a la tierra y a las montañas, mate de coca para espantar el frío y pachamanca de varios sabores o truchitas a la parrilla para doblegar al hambre.

Todo eso en tres días de fiesta y jolgorio, de brindis y sonrisas en uno de los parajes más extraños y alucinantes del país.Y entre toda esa vorágine de movimiento y festiva inquietud, aparecieron estas llamas que, repito, llamaron mi atención.

Por eso me acerqué a ellas y las fotografíe y me sorprendieron sus "aretes" y vi cómo sus arrieros las vestían, las ponían lindas para una competencia; entonces, mientras miraba y admiraba todo eso, me di cuenta que era justo y necesario -caray, pasé del trabalenguas a la misa- darles un espacio en Explorando.

Y no es que las llamas vayan a saltar en una pata ante "semejante" honor, pero al menos no sentirán celos de las vicuñas, a las que si les he dedicado sendos textos laudatorios y hasta me he atrevido a calificarlas de doncellas y reinas de las pampas.

Para corregir tal omisión, publico esta entrada con algunas de las llamas que me llamaron la atención -dale con ese jueguito de palabras- en el frío y pétreo bosque pasqueño.

Sólo espero que las alpacas y los guanacos -los otros camélidos sudamericanos-no se pongan "saltones" por esta publicación y aleguen con razón que también merecen su textito y varias fotos, porque también son andinas, representativas y -quizás- tan históricas como sus elegantes primas.

Eso sí, para ganarse un espacio en esta bitácora, ellas tendrán que llamar mi atención como lo hicieron las llamas del Rural Tour...; caramba, lo siento, al final este texto si parece un trabalenguas. Y pensar que comencé deslindando con los tigres tristes que comen trigo.

*Si quiera saber como llegar a Huayllay, visite Viajar x Perú

jueves, setiembre 04, 2008

No hay primera sin segunda

Era la segunda vez que visitaba Tingo María. Aunque viéndolo bien podría decir que fue la primera.

Y es que en la ocasión anterior no conocí nada, excepto el aeropuerto y un puñado de chacras.

Allí un grupo de funcionarios y técnicos de no recuerdo bien que ONG o agencia internacional, se afanaban por mostrarme que la sustitución de cultivos era un exitazo en tierras tingalesas.

Aquellos hombres sonrientes y entusiastas no parecían darse cuenta o –mejor dicho- no querían darse cuenta que al ladito nomás, crecían vigorosamente varios plantones de coca. Ellos sólo tenían ojos para el cacao y el café, sembríos que, en su opinión, acabarían con el reinado cocalero.

Todo esto paso hace varios años, quizás en el 99, tal vez en el 2000. Bah, no lo recuerdo con exactitud, lo que si tengo muy en claro es que el día se pasó volando en las chacras y ya era hora de regresar, también volando, al mustio desorden limeño y a la amodorrada redacción en la que trabajaba.

Ida y vuelta nomás fue aquel viajecito. Ida y vuelta que casi se frustra por una tormenta sorpresiva que atrasó el despegue e hizo surgir el rumor de la cancelación.


Rumor bien acogido por este pechito que no veía con malos ojos el pasar una noche exóticamente lluviosa en Tingo María (provincia de Leoncio Prado, Huánuco).

Qué no despegue, qué no despegue, pensé y deseé con la misma convicción con la que hace unos días, volví a pensar y desear que por obra y gracia de una de las tantas cosas raras y hasta inverosímiles que suelen ocurrir en el país, el ómnibus que me traía de retorno a Lima, diese la media vuelta y regresara a la ciudad de la Bella Durmiente.

Y faltó muy poquito para que eso ocurriera. Esta vez no fue la tormenta sino el motor del bus el que exhaló su último suspiro en plena carretera. No daba más y nos quedamos botados a sólo 45 minutos de la ciudad. ¿Vamos a regresar ?, ¿se acabo el viaje?, pregunté con franca alegría al chofer; pero su respuesta me bajó la moral, mató mi postrera esperanza.

“Cómo cree señor, vendrá el retén” dijo y tuvimos que esperar dos horas hasta la aparición del bus suplente. Retornaría sin querer retornar. La historia se repetía aunque esta vez, a diferencia de la primera visita, no paseé por ninguna chacra y logré conocer más de un lugar interesante…

¿Cuáles?... uhm, eso lo relataré en otra entrada. Paciencia estimados lectores. Debo irme ahora. Tengo que arreglar mi mochila. En la noche salgo para el bosque de piedras de Huayllay en Pasco. Y es que la aventura continúa. No hay tregua cuando se trata de explorar el Perú.

miércoles, setiembre 03, 2008

Quién da menos

Dónde el autor - a falta de chelas- se toma una licencia para describir brevemente, los penosos tira y afloja que tiene que enfrentar en su condición de colaborador y periodista libre.

Escribo contra el tiempo. Pronto alguien vendrá a visitarme. Hablaremos de negocios. No me gusta hablar de negocios. Me da sueño. Me aburre el tira y afloja. Me fastidia ponerle precio a mi trabajo.

¿A cuánto el kilo de palabras? ¿A cómo el quintal de fotografías, caserito? Mercado libre. Regateo. Pedirás X. Nunca querrán pagarte X. Siempre alguito menos. Siempre mucho menos. ¿Dónde está el comercio justo?

Me ofrecerán un sencillo. No aceptaré un sencillo. Diré que tengo experiencia. Me dirán que eso no importa, que fácil me reemplaza un aprendiz. Ellos no cobran. Ellos no exigen. Ellos se conforman con ir “agarrando cancha”.

Discutiremos por soles más y dólares menos. Tensión. Incomodidad. Ceder o no ceder. ¿Te convencen? ¿Lo convences? No hay humo blanco. Punto muerto. ¿Se frustra la negociación?

Continúo escribiendo. Pronto estaré hablando de presupuestos y cotizaciones. De precios por unidad. De tarifas al por mayor. Me sentiré como un mercachifle. Odio sentirme así. Prefiero sentirme periodista. Prefiero sentirme viajero.

Escucho el timbre. Hora de dejar el teclado. Hora de negociar, de poner las cartas sobre la mesa. Hagan juegos señores. ¿Qué pasará? Éxito. Fracaso. ¿Nos mandaremos al diablo mutuamente? Se acaba el tiempo. Voy a abrir la puerta.

lunes, setiembre 01, 2008

Sólo Andamarca



Volví a tus calles, a tu plaza y a tu iglesia. Vi tus casas de adobe, tus breves balcones de madera y guardé silencio frente al apu (montaña sagrada) que te protege desde siempre.

Volví para sentir simplemente la alegría del retorno y mostrarle a los lectores de Explorando Perú, cómo es Andamarca, ese pueblo entrañable del que siempre hablo y del que siempre escribo.


Más información en Viajar x Perú

martes, agosto 26, 2008

Clic de la Semana


Desde el interior de una pequeña capilla, varios comuneros andamarquinos observan con atención a un niño que hace palpitar el tambor, anunciándole a las montañas, al viento y la madre tierra, que la tradición se ha cumplido.

Todos los años, el camino pedregoso que viborea hasta la laguna de Yarpo -a 40 minutos a pie del centro urbano-, se estremece con los sonidos del tambor y el andar de quienes se alejan del pueblo para realizar el pagapa.

El tributo a la pachamama es uno de los momentos más emotivos y trascendentes del Yaku Raymi o Fiesta del Agua que remece las alturas del distrito de Carmen-Salcedo Andamarca (Lucanas, Ayacucho).

Una vez más, Explorando estuvo allí, viendo a don Nicanor preparar y entregar las ofrendas a la tierra. Observamos su paciencia y sabiduria. Recibimos la coca que nos invito, escuchamos sus palabras en quechua y compartimos sus deseos de buena siembra, de buenas cosechas.

Después de la ceremonia, iniciamos el retorno. No hubo prisas. Brindamos con vino mezclado con aguardiente, jugamos con barro y nos detuvimos en Yarpocapilla, donde Nicanor y su ayudante ingresaron para colocar la cruz de camino que, el 1ro de mayo, habían llevado a la iglesia de su pueblo.

Fue en ese instante que ellos y sus acompañantes se convirtieron en las sombras que motivan este clic, con el que iniciamos las entradas sobre la vistosa, colorida y siempre emotiva celebración andamarquina.

martes, agosto 19, 2008

Razones para volver

La primera vez que fui a la fiesta del agua en Andamarca, un hombre voló en parapente desde el apu Ajaimarca y uno de los toros de esa fiesta brava sin matadores ni cortes de oreja, se escapó ladina y fieramente del ruedo improvisado.

Eso fue en el 96 o, quizás, en el 97, cuando en el pueblo no había teléfono ni corriente, apenas unos equipos de radio y un rugiente grupo electrógeno que se encendía brevemente en las noches, nunca más allá de las 11.

En ese viaje precursor, me hospedé en el hotel Municipal –creo que era el único en ese entonces- y en la tarde del atipanakuy (duelo), pude ver bailar al Alacrán, un danzante de tijeras que dejaría su arte para buscar una vida distinta en Canadá.

También recuerdo haber bailado o zapateado o intentado zapatear de casa en casa, en una noche fría que la danza convirtió en calurosa. Probé el calentito y la chicha, invitándole el primer sorbo a la Pachamama.


A la mañana siguiente, en la orilla de una laguna, unos hombres oficiaron un pagapa (pago a la tierra). Ellos me contaron que el lugar del pago era sagrado y que si alguien lo abría antes de la fiesta, se enfermaba o moría.

No bromeaban, sus palabras transmitían una verdad que habían aprendido de sus padres y abuelos.

Luego de honrar a la tierra con maíz y hojas de coca, aquellos comuneros me invitaron a merendar y unas señoras tímidamente sonrientes, me cachetearon con barro, porque así es la costumbre, joven, se excusaron, rieron, me hicieron parte de su fiesta.

Cuando todo terminó, un bus bastante maltrecho me trajo de regreso a Lima. El viaje fue duro. La carretera no conocía de asfalto hasta Nasca. En total, fueron como 20 horas de camino.


Hasta hoy no puedo olvidar el cansancio ni el polvo de la carretera pegado en mi ropa, tampoco el extraño presagio que me acompañó desde el primer kilómetro: volvería.

No me equivoqué. Desde entonces he visitado Andamarca en varias ocasiones. Siempre para la fiesta de agosto, nunca para el carnaval, cuando los andenes tallados por los rucanas -un aguerrido pueblo prehispánico- están rebosantes de verdor.

Capaz me animo el próximo año. No lo sé. Por ahora mi única certeza es que el jueves partiré de nuevo, como lo hice antes, como lo haré cada vez que pueda.


Y es que he aprendido a querer a este pueblo de la provincia de Lucanas (Ayacucho), por ser uno de los primeros que visité en mis afanes de periodista itinerante.

Sí, regresaré para conversar con sus comuneros. Ellos me contarán sus vivencias, sus recuerdos y me hablarán de sus costumbres y tradiciones; entonces, me olvidaré del brillo eléctrico de las farolas, del repiquetear de los teléfonos celulares; y, creeré que el tiempo ha retrocedido, que he regresado al 96 o al 97, cuando era un aprendiz de andariego, lleno de ilusiones, lleno de inquietud.

Ahora que golpeteo el teclado con la única pretensión de ordenar un poco mis recuerdos, termino por convencerme que esa sensación de retornar al principio de mi propio camino, es el que me impulsa a volver a Andamarca, una, diez, tal vez mil veces.

lunes, agosto 11, 2008

De ovejas y coronas

Estimados amigos, para taparle la boca al autor de las líneas que leerán a continuación, publico las fotos de la Corona del Inca. ¡Cómo te quedó el ojo rajón!

No pues autodenominado viajero. Así no es. Cómo es eso que te fugas hasta vaya uno a saber donde para fotografiar la Corona del Inca y, a la hora de los loros, terminas publicando otra cosa.

O será que ya no eres el mismo de antes. Tal vez te dio soroche y las fuerzas sólo te alcanzaron para tomar aquella foto de las pastoras que apareció en tu último Clic de la Semana. No te digo que esté fea. Tiene su gracia y todo eso, pero ¿dónde diablos está la corona?.

No es serio que la menciones y no la muestres. Acaso las estás guardando para otro publicación o te salieron más feas que el hambre o, lo que es peor aún, ni siquiera te dignaste a tomarlas. Mal, muy mal presunto andariego. Ahora, por respeto a tus lectores, deberías explicar cómo es la nuez.

Sabes, si yo fuera tú, hubiera hecho un post simpaticón, jugando con el hecho de haber encontrado la Corona del Inca en el pueblo de Ayapiteg (Huánuco). Te das cuenta. Esa era la gracia, presentar el hecho como un suceso de trascendencia mundial, un gran hallazgo histórico, fruto de las arduas pesquisas de la unidad de investigación de Explorando.
Y es que es sabido que los incas nunca usaron corona. O acaso no lo sabes. Seguramente te tirabas la pera en las clases de historia del Perú y por eso no jugaste ni ironizaste con ese dato. O será que ya perdite tu ingenio -bueno, si es que alguna vez lo tuviste-.

El asunto es que -en mi modesta opinión- te falta cancha para colorear los hechos y atrapar a los lectores. Y no me vengas que tú escribes para ti nomás. Ese es un cuentazo, una reverenda tontería. Es como si te dijera que Lima será sede de una olimpiada... uy, perdón, lo siento, señor Presidente.

Así que dizque explorador, te sugiero muy amablemente que nos expliques que fue lo que paso: te dio soroche y no pudiste fotografiar la Corona, estás guardando la "exclusiva" para alguna revista que te "remunerará jugosamente" o,
lo que es peor, tu ingenio ya no da para bromear con tus lectores.

Ya no quiero malograrme el día. Te salvaste falso explorador sino seguía poniéndote al fresco. Por ahora me retiro pero amenazo con volver la próxima vez que metas la pata...

Atentamente: el otro yo de Explorando.


jueves, agosto 07, 2008

Clic de la Semana


Cuando el sol se perdía tras las montañas y la noche proyectaba sus primeras sombras en las alturas de Huánuco, el cotidiano andar de dos mujeres pastoras distrajo al inquieto lente de Explorando Perú, que ya estaba más que listo para retratar a una formación rocosa conocida como la Corona del Inca.

Pero hubo un cambio de objetivo en la tarde viajera en la que llegué a Ayapiteg -distrito de Chavinillo, provincia de Yarowilca, Huánuco- después de interminables zarandeos y brincos en una combi que cambió los asesinatos por la tortura.

Al pisar tierra firme, tuve que esforzarme por recuperar la movilidad de buena parte de mi cuerpo. Después de tan penoso emprendimiento, me sentí preparado para dar el clic que inmortalizaría la Corona del Inca.

Sí, había valido la pena soportar los embates motorizados, porque la corona tenía su pinta y nada me impide fotografiarla ahora... bueno, perdón, hay algo que me lo impide: la polvareda levantada por el rebaño de ovejas que ahora invade una de las calles del pueblo.

Lo siento coronita, será para más tarde. Las ovejas son lo único importante en la agonía del sol. Trotan, se empujan, nada las detiene y debo salir del sendero para dejarlas pasar. Al final del lanudo tropel, veo a las dos mujeres que dirigen y orientar la marcha con paciencia y destreza. Era el momento de disparar.

Cuando las pastoras se alejaron volví a pensar en la formación pétrea. Tenía que fotografiarla de todas maneras, total, para eso he llegado hasta a Ayapiteg.

miércoles, agosto 06, 2008

Buena, Lucho...

No me sorprende que una de las imágenes de Luis Yupanqui –Lucho para los amigos- fuera seleccionada entre las 60 finalistas del concurso Mountains & People Global Digital Photo, organizado por el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas (ICIMOD por sus siglas en inglés).

Y es que su calidad profesional está fuera de toda discusión. Sus imágenes son el fiel reflejo de la pasión que siente por la fotografía y del espíritu viajero que lo impulsa desde hace muchos años, a recorrer el Perú con la cámara al ristre, para pintar con ayuda de la luz y de las sombras, las maravillas naturales y culturales del país.

Una de esas maravillas, el puente colgante Pukayaku en el Callejón de Conchucos (Ancash), lograría ubicarse entre las 60 mejores del evento. En total, los organizadores recibieron 1,100 imágenes enviadas por 336 fotógrafos de todo el mundo. El ganador fue Prem Hang Banem, con una fantástica toma del lago Gufa-Pokhari en Nepal.

Compañero de travesía en más de una ocasión, a Lucho –puedo llamarlo así porque me considero su amigo- lo conocí en febrero del 2005, minutos antes de subir a un bus que nos conduciría a Huaraz.


Sin duda un excelente lugar para conocer al colega con el que recorrería durante cinco días el Inka Naani, un vistoso tramo del Qhapaq Ñan que une las regiones de Ancash y Huánuco.

Ambos habíamos sido comisionados por la revista Rumbos de Sol & Piedra, para preparar un reportaje de la ruta. Él haría las fotos y yo me encargaría de la redacción.


Ya en la agencia, no tuvimos mayores problemas para reconocernos. Nos saludamos, hablamos, coincidimos en que febrero no era un buen mes para andar en la sierra. Acertamos. La lluvia, el barro, el granizo, la carpa enclenque que dejaba pasar el agua, terminarían por complicar la ruta y sellar nuestra amistad.

Semanas después, sus imágenes y mis palabras le darían vida a un aguerrido reportaje, en el que tratamos de transmitir a los lectores, el aura mística y legendaria del sendero inca.

Desde entonces los caminos nos han vuelto a juntar en varias oportunidades, aunque no hemos publicado un reportaje compartido. Tarde o temprano ocurrirá y, sin duda alguna, será un excelente material periodístico.


Hoy, al enterarme de su inclusión como finalista, me permito dedicarle este post en Explorando, con el cual sólo pretendo reconocer su profesionalismo y resaltar la obstinada vocación que lo lleva a seguir viajando, fotografiando, descubriendo los rincones más bellos e inhóspitos del país.

No es fácil persistir. Él lo sabe tanto como yo. Pero igual seguimos. Somos tercos o tontos, quién sabe; aunque eso no importa cuando tu corazón y tu mente te piden o exigen que sigas haciendo lo que más te gusta. De eso se trata la vida o ¿no?

viernes, agosto 01, 2008

Caminos de tristeza

Dónde el autor reflexiona de una manera bastante extraña, sobre los últimos accidentes en las carreteras.

Algún día, quizás, mi nombre estará en una de esas listas y será leído apresuradamente por un reportero y escuchado a nivel nacional por hombres y mujeres que recién despiertan, que bostezan en el desayuno, que cabecean en el camino al trabajo.

Sí, mi nombre –algún día, quizás- será escrito con la letra apresurada y temblorosa de un bombero o un médico de guardia; entonces, cuando esté gravemente herido o muerto en la Panamericana, en la carretera Central o en cualquiera de las vías anónimas que serpentean por la geografía peruana, dejaré de ser quien soy para convertirme en una fría estadística. Sólo eso, nada más que eso.

Mis heridas o mi muerte serán parte del cuadro anual sobre los accidentes en las carreteras, con el que un burócrata cándidamente optimista o perfectamente estúpido, tratará de demostrar que estamos mejorando, que el orden se impone y los controles funcionan.


Esa voz oficial leerá cifras y mencionará porcentajes, pero nunca dirá nada de los sueños frustrados, del dolor de los deudos, de las vidas que se perdieron para siempre en los caminos.

No quiero ser una estadística pero, algún día, quizás, termine siéndolo. Lo sé, lo pienso, a veces hasta me asusta. Ya no viajes, quédate en Lima, me dicen quienes no quieren oír mi nombre en un noticiero matutino. Los escucho, los comprendo, les sonrío y les explico –medio en broma, medio en serio- que a mi me protegen los apus y todos los santos y vírgenes que he fotografiado y también descrito.

Es mejor confiar en ellos que en el plan Tolerancia Cero, en el chofer que se toma siete cervecitas antes de ponerse al volante, en el empresario que incumple todas las normas para aumentar sus ganancias o en el policía de carreteras que se deja corromper por un par de monedas.

Desorden, caos, impunidad. La sombra de la muerte como compañera de asiento. No soy pesimista ni trágico, sólo escribo sobre algo que podría suceder -algún día, quizás- mientras no se haga ningún esfuerzo serio por solucionar la crisis del transporte.


Por ahora, todos los que viajamos corremos el riesgo de que nuestros nombres sean leídos a la volada y con premura en un noticiero matutino; entonces, nos convertiremos en un número, en un nombre vacío, en una cruz en el camino con flores marchitas. Sí, ese puede ser el destino de nuestra próxima travesía...

lunes, julio 28, 2008

Clic del 28


Repetir las palabras libertarias de San Martín o cantar el himno nacional no es nada original en estas fechas.

Por esa razón, obviaremos la histórica proclama y el vibrante somos libres, en este post que pretende ser un saludo de Fiestas Patrias.

Tampoco publicaremos un sendo mensaje a la Nación. Esos menesteres se los dejo al presidente de la República. Total, èl es ducho en las lides verborréicas, por lo que este humilde viajero prefirió dejarle la cancha libre al gobernante, que habló hasta por los codos en el Congreso de la República.

Así que pensando y buscando como celebrar las fiestas patrias, encontré esta imagen en la que una mujer de Huamachuco (La Libertad) luce un llamativo bolso con el escudo nacional.

Ojalá nomás que la fotografía no altere los nervios del ministro de Defensa, Antero Flores-Aráoz, quien en los últimos días se ha convertido en el algo así como el Supermán de los símbolos patrios.

En todo caso y dejando a un lado el sarcasmo, Explorando Perú le desea a todos sus lectores un feliz 28. Ojalá que el espíritu patriótico se mantenga vivo en nuestros corazones. Sólo así seremos capaces de construir un país más justo, más nuestro, más de todos.

jueves, julio 24, 2008

Que viva el circo

Donde el autor se aleja temporalmente de la puerta del pasado y arremete con patriótica indignación en temas de la coyuntura nacional.

Circo sin carpa. Funciones al aire libre y en varias pistas. Payasos, magos, malabaristas, encantadores de serpientes y hasta hombres invisibles. Un gran elenco. Un gran espectáculo señor-caballerito, digno de un país que se catapulta hacia el primer mundo –se alborota el anunciador-, que es la envidia de todos sus vecinos –agrega al borde del paroxismo-, que le saca cachita a la crisis planetaria –sentencia con voz imperial-.

Circo en vivo y en directo. Todos los días y para todo el territorio nacional, sin comprar entradas ni hacer largas colas. Vamos, anímese, prenda la TV, escuche la radio, deténgase y lea los titulares de los periódicos. Sea parte del show, diviértase, no sea amargado. Crea y aplauda con entusiasmo porque la función está buenaza. Siempre mejor que la de ayer.


Circo madeinPerú con congresistas que graban sus conversaciones “privadas”, para luego denunciar complots y tratos bajo la mesa (o por la mesa directiva).

Miren como se pelean, se irritan y hasta fingen indignación, y, mientras eso ocurre, las huestes de Luis Castañeda Lossio, hombre invisible y a la vez alcalde de Lima, siguen rompiendo pistas y veredas, sin importarle que el tránsito se enrede más que cabellera de loco.

Y ahora el escenario es del ministro de Defensa que indignadísimo pide la cabeza (o será el cuerpo enterito) de la patriótica Leysi Suárez que a falta de una silla apropiada para sus generosas curvas, utilizó el sagrado pabellón nacional como montura. Vítores para Antero Florez Aráoz, fenomenal y conmovedora actuación, ni Alfonso Ugarte sería capaz de defender a la bandera con tanto “ardor”.

Qué siga la función. Ahora aparece un grupo de policías –fieros, bien uniformados, aparentemente incorruptibles- en la Panamericana Sur. Operativo, señores y señoras, niños y niñas.

Tolerancia Cero. Esa es la voz estimado público que nos ve o nos escucha. Patrulleros y laptops. Ya fueron los chóferes imprudentes, los buses camión, las carcochas con lunas rotas y llantas remendadas. Inspección y papeletas. Adiós a los accidentes y a los robos en la carretera. Viaje tranquilo en Fiestas Patrias.

Sí, caballerito, una presentación magistral, un número excelente, con conductores redimidos que juran que andarán como angelitos en las pistas y periodistas anuentes que alaban el accionar de las fuerzas del orden. Pero esos ope… no, no, aquí no valen los peros.

Todo es alegría, optimismo, circo, pues, así que no se le ocurra estropear la jornada diciendo que esos operativos son puro cuento, que igualito nomás hay accidentes y robos en las vías. Tampoco piense en mencionar la frase engaña muchacho. No afee el espectáculo, por favor, más aún cuando ya viene el acto principal.
Fanfarria y redoble de tambores. Ya está en la pista la máxima estrella, el mandamás del circo, el que dice y hace lo que quiere bajo los reflectores.

Atención damas y caballeros, con ustedes el presidente de la República, el fabuloso creador de esos billetes dignos de un juego de monopolio llamados "intimillón", el hombre prodigioso que hizo desaparecer las reservas nacionales y batió todas los marcas mundiales de inflación en su primer mandato.

Expectativa general. Qué novedad traerá el sorprendente García. Hoy será mago o encantador de serpientes. Hoy destruirá a sus enemigos políticos con su verbo endemoniado o llamará comechados a los servidores públicos. Quizás baile o cante o cuente unos chistecitos.

Todo un artista, versátil, innovador y… ya está con nosotros. Momento cúspide. Alan García inaugurando viviendas en El Agustino. Discursea, habla, se empavona. Nada fuera de lo común. Todo normal hasta que menciona que hoy, gracias a la telefonía celular, los campesinos de Castrovirreyna (Huancavelica) pueden saber a cuánto está el kilo de papa en los mercados de Lima.

Así, dice él, ya no se dejarán engañar por los intermediarios. Perú moderno, carambas. El celular se impone en la ciudad y el campo. Eso es para aplaudir. Todos comunicados y hermanados. Y es que el país avanza por más que los quejones de siempre, escriban sobre puertas que conducen al pasado, a pueblos y comunidades donde reina el olvido.

Ellos, en opinión del presidente, ven el vaso medio vacío en vez de verlo medio lleno. Todo es una cuestión de percepción.

Y así como el presidente ve el vaso medio lleno y asegura que todo va viento en popa; aquí, en Explorando, no nos preocupan los vasos –a veces si las copas, debo reconocerlo- sino la actitud de muchos políticos, autoridades y líderes de opinión que pretendan convertir la coyuntura nacional en un circo, aprovechando que los peruanos estamos acostumbrados a andar por la cuerda floja y hacer miles de malabares para sobrevivir.

La rutina del presidente García continuó por varios minutos; aunque ya no le presté atención. Mientras él seguía con su discurso, traté de recordar cuántos de los campesinos que he conocido en los caminos de los andes, trabajaban la tierra con un celular al cinto.

Lo siento señor mandatario, o mi memoria es frágil o sus palabras son exageradas. Pero –ahora si valen los peros- todo es parte de la magia del circo.

martes, julio 22, 2008

Miradas tras la puerta


Rostros que asoman tras aquella puerta simbólicamente real que nos lleva a descubrir las alturas huanuqueñas. Hijos de los Andes, hombres y mujeres de altura, niños de mejillas cárdenas, quemadas por el sol y el viento. Gente que comulga con la tierra y las montañas. Pastores, arrieros, campesinos de manos sarmentosas. Herederos de una cultura legendaria.

Sombreros, ponchos, polleras. Colores intensos, vistosos, llamativos que contrastan con la orfandad cromática del uniforme escolar, tan opaco, tan gris, tan fuera de sitio en comunidades que resplandecen bajo los rayos de un sol vigoroso, liberado de nubes y de sombras.

Miradas, rostros, voces que nadie escucha. Palabras, sentires, inquietudes sempiternas que no rebasan aún, esa oprobiosa puerta de indiferencia y olvido que divide al Perú entre lo urbano y lo rural, entre lo moderno y lo antiguo, entre lo andino y lo occidental.

Cómo derribar esa puerta, cómo mantenerla abierta para que todas las miradas y voces sean importantes. La del niño que te observa con sorpresa en Pampa Florida, la del hombre que parece evocar el pasado en el complejo arqueológico de Susupillo, de las señoras que descansan sus trajines agrícolas en el atrio del templo de Tantamayo.

Sí, las miradas y las voces de todos. Sólo así podremos abrir la puerta.

lunes, julio 21, 2008

Clic de la Semana


Una puerta cerrada en Tantamayo. Una puerta vieja y gastada -también insegura- que se presenta como una revelación a los ojos del viajero.

Y es que al descubrirla después de varias, muchas, quizás demasiadas horas de andar motorizado por una trocha con sueños de carretera, se tiene la certeza -y, claro, la inmensa alegría- de haber llegado a un pueblo cargado de añoranzas.

Entonces, aquella puerta desportillada que clama por una mano de pintura, se transforma en la entrada simbólica a un Perú distinto, ajeno a los afanes turísticos, ignorado por el creciemiento que anuncian con bombos y platillos -y, tal vez, sin verdad- los banqueros e inversionistas.

Una vez más, Explorando traspasó una de las tantas "puertas" del país, que te llevan a zonas de gran belleza pero de grandes olvidos, como Tantamayo (3,800 m.s.n.m.), en la provincia de Huamalíes, Huánuco, un distrito de geografía encrespada con casitas típicamente andinas y un magnífico legado arqueológico.

A lo largo de esta semana, narraremos algunas de nuestras vivencias al otro lado de la puerta, allí donde no se impone aún el fulgor globalizado y los pobladores conservan las costumbres de los antiguos.

sábado, julio 19, 2008

Correo con sorpresa

Hoy he vuelto de Huánuco, pero antes de contarles mis andanzas por aquellas tierras de los nobles Caballeros de León, quería compartir con Ustedes una breve crónica que hace algunos meses publiqué en la revista Cordillera al Límite del Ecuador.

No crean que es el cansacio y la pereza la que me llevan a "echar mano" al texto en mención. De ninguna manera. Es sabido por todos los lectores de Explorando
que en más de una ocasión me he autoproclamado como vago profesional o algo así, pero cuando se trata de contar un viaje -sobre todo por lugares poco conocidos como los que acabo de visitar- suelo ser bastante laborioso.

Así que mi proverbial vagancia no tiene relación con esta entrada. La causa es otra y trataré de explicársela en "dos papazos", porque este pechito viajero come papa, aunque no sé que hago escribiendo sobre papas, cuando debería estar contando que hoy, al abrir mi correo electrónico después de varias lunas, encontré un mensaje de la administradora del blog Rutas de Chaski.

En el correo en mención -vaya, parece que estuviera redactando un reporte policial- el remitente me indicaba que la crónica citada en párrafos anteriores -sigo con el lenguaje de comisaría- estaba al alcance de un clic, pero no el de Tula por si acaso... pucha ahora estoy farandulero. Cuídate Urraca.

Mil perdones. Creo que volver al llano me ha removido las neuronas. Bueno, decía que sólo necesitaba un clic para ver -por vez primera desde su publicación en abril- la crónica y las fotos que envié a Cordillera.

Confieso que al verla me sentí emocionado, sensación que es una constante desde mi primera publicación allá por el año 95. Mucha agua ha corrido desde entonces, pero esa mezcla de alegría con su pizca de orgullo, permanece intacta hasta ahora.

No es vanidad o un perverso egocentrismo el que produce esa sensación. Es otra cosa, quizás el saber que mi trabajo es valorado o el darme cuenta que decidí bien cuando empecé a viajar, escribir, hacer fotos del Perú.

Y es que vale la pena, siempre vale la pena jugárselas por lo que más nos gusta, más allá de las vicisitudes y los sinsabores que obstaculizan los caminos de un periodista freelancer.

Creo que estoy dándole muchas vueltas al asunto. Mejor los dejo con la crónica que motivo todo este parloteo que, estoy seguro, habría infartado a más de uno de mis profesores universitarios. Ellos no se cansaban de repetir que la concisión era una de las virtudes de un buen comunicador. No hay duda, nunca fui un gran estudiante.



miércoles, julio 09, 2008

El retorno del Chasqui

Hoy todos o casi todos hablan del Paro Nacional. Si hay transporte público en las calles, si la gente salió a trabajar, si se bloquearon carreteras o si ya se armó la grande, el pleito, la bronca en algún lugar del país.

Así se presentan las cosas esta mañana de protesta, convocada por la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP), una jornada que, contra todos los pronósticos, ha tenido el invalorable e inesperado apoyo propagandístico del mismísimo gobierno y sus ayayeros de turno.

Y es que en esta ocasión, la célebre escopeta de dos cañones -compañera entrañable de muchos líderes apristas- falló de manera flagrante, disparando más de un tiro por la culata, como el "genial" spot publicitario en el que aparece Vladimiro Montesinos o el incomprensible llamado a las tropas del ejército, para que los uniformados pongan en vereda a los ¡cuatro comunistas! que quieren alborotar el país.

Pero me estoy saliendo del tema. No iba escribir sobre el paro, menos de la escopeta de dos cañones y sus tiros por la culata. Hoy quería contarles otra cosa, informarles sobre los trajines aventureros de Felipe Varela Travesí, el Chasqui, quien realiza una travesía inédita, kilométrica, extenuante de sólo pensarla: recorrer 7 mil kilómetros de senderos Incas.

Viejo conocido de Explorando Perú, Felipe inició su aventura el 19 de mayo en Pasto (Colombia), con el objetivo de llegar en diciembre a Copiapó (Chile), luego de atrevesar a patita nomás los territorios de Ecuador, Perú, Bolivia y parte de Argentina.

Hoy, 9 de julio del 2008, cuando todos hablamos, escribimos o pensamos en el paro, Felipe se alista a cruzar la frontera, a volver al país luego de un trayecto de 950 kilómetros por tierras ecuatorianas. Bienvenido Chasqui, sigue con tu sueño itinerante, sigue descubriendo el Qhapaq Ñan. Ya nos reencontraremos en la ruta.

viernes, julio 04, 2008

Espejismos costeros

Como si se tratara de un espejismo salvador o la afiebrada visión de un delirio, la mar irrumpe amplia y majestuosa detrás de la rigurosa sequedad del desierto costero del Perú; entonces, las dunas se convierten en orillas insinuantes, en playas que seducen y cautivan con el vaivén refrescante de sus olas.

Esa extraña conjunción entre el desierto y el mar, es uno de los rasgos característicos de la costa peruana, una estrecha franja geográfica de 250 kilómetros de ancho a los pies de la cordillera de los Andes, que cobija un rosario de pueblos pintorescos, una sucesión de deliciosas caletas pesqueras y un sinfín de playas serenas o de olas beligerantes, propicias para los retos de adrenalina de los deportes náuticos.

Más de tres mil kilómetros de norte a sur, desde la frontera con el Ecuador hasta los límites con Chile. Más de tres mil kilómetros de baños prolongados y siestas en la orilla, que hacen del antiguo país de los Incas, un auténtico deleite para los admiradores del océano.

Las opciones playeras son variadas, tan variadas como las leyendas e iconografías prehispánicas que revelan la estrecha relación del hombre peruano –los de ayer, los de siempre- con la mamacocha, la madre de todos los lagos y lagunas, como llamaron al mar los hijos de la cordillera, quizás sorprendidos, seguramente atónitos al descubrir su vigorosa inmensidad.

Y fueron esas aguas, con su vaivén eterno, las que trajeron a Naylamp y Takaynamo, los ¿dioses?, los ¿hombres? que sembraron la semilla civilizadora en el norte del Perú, cuando los incas ni asomaban en el espectro cultural andino.

Con el tiempo, la semilla germinó y en los valles milagrosos de la costa –lunares de verdor en la piel del desierto- se hicieron fuerte los moches y los chimus, dos de las grandes culturas de la América precolombina.

Hoy, cuando los pescadores norteños de los pueblos de Huanchaco y Pimentel se enfrentan al oleaje en sus ancestrales embarcaciones hechas de totora (anea oriunda de las lagunas andinas), reviven –quizás sin saberlo- la travesía de aquellos personajes reales o mitológicos que surcaron el océano en esas barcas que los antiguos llamaban muchic (pez dorado) y los españoles bautizaron como caballitos.

Por su aura legendaria, su trascendencia histórica, su kilométrica amplitud, su geografía contrastante, sus paisajes irresistibles y hasta por su fabulosa gastronomía, el mar es un escenario perfecto para bañarse de libertad bajo los abrasadores rayos del sol y las relajantes caricias del océano.

Las opciones playeras son amplísimas como un abanico veraniego. Norte o sur. ¿Hacia a dónde ir? Piense, sueñe, imagine el canto del viento y el rumor de las olas y... aún sigue leyéndonos. Que espera para partir en busca del Pacífico, para disfrutar -aunque sea invierno- del espejismo salvador que se convierte en realidad tras el desierto costero del Perú.