jueves, octubre 31, 2013

Una historia de fantasmas, sin fantasmas


Hace algunos días me preguntaron si en mis viajes había tenido encuentros paranormales. Con un poco de tristeza –porque siempre es bueno tener una historia alucinante que contar- confesé que jamás he vivido una experiencia con fantasmas, aparecidos, cucos, condenados o cabezas voladoras. Tampoco con esa banda de pishtacos saca grasas de la que habló cierta autoridad policial.

Nada de nada, admití ante la desazón de quienes me escuchaban. Ellos tuvieron con conformarse con una que otra anécdota relacionadas con el tema y que no eran demasiado terroríficas e impactantes. Pero no era mi culpa. Las almas en pena se rehúsan a asustarme y ni siquiera se animan a darme una ‘jaladita de pata’. Y no precisamente por la razón que varios de ustedes podrían estar pensando.

Lo más extraño –y esta es una reflexión que fungió como respuesta- es que he estado en lugares en los que, según varias voces, han ocurrido sucesos inexplicables, de esos que te ponen la piel de gallina y los pelos de punta, aunque esto último sería prácticamente imposible en mi caso. Los que me conocen o hayan visto una fotografía de mi rostro, sabrá entender el porqué.

Volviendo al tema, en una de esas ocasiones recibí pautas y consejos sobre la manera en la que debería de actuar, si mi sueño era interrumpido por algún aparecido. El procedimiento era bastante sencillo o al menos parecía serlo. Lo único que tenía que hacer era mantener los ojos cerrados y decir todas las groserías, lisuras, sapos y culebras que fueran parte de mi vocabulario.  

Fue un profesor de escuela el que me dictó esas recomendaciones. Creo que también me dijo que no era mala idea, poner una tijera o cuchara debajo del colchón, aunque esto podría ser una jugarreta de mi memoria. Lo que si recuerdo con claridad es que el docente sazonó su prédica con varios “ajos y cebollas”, como para que no quedara ninguna duda.

En aquella clase inesperada en uno de los cuartos del hotel Municipal de L…, en la sierra de Lima, se hablaría de una maestra que se marchó del pueblo muerta de miedo, por las situaciones paranormales que casi todas las noches acontecían en su cuarto. La pobre jamás pudo derrotar o espantar a los fantasmas, supongo que por una carencia alarmante de “verbo florido”.

Después de todo lo escuchado, estaba seguro que al fin me enfrentaría a un espectro. Así que antes de dormir, preparé y ordené mentalmente un variado y procaz repertorio, que incluía harta jerga para despistar más a mi posible contrincante. De esa manera le quedaría claro que que no se enfrentaba a un palomilla de ventana sino a un viajero que tenía calle y esquina.

Pero esa noche no pasó nada. Bueno, nunca ha pasado nada. Quizás en mi próxima travesía. Uno nunca sabe. Ojalá nomás que recuerde mi arsenal de palabrotas, con sus ajos y cebollas, con sus sapos y culebras. Eso demostraría que no fue en vano la lección recibida en el cuarto del hotel Municipal de L…, en la serranía de Lima. 

lunes, octubre 21, 2013

Explorando Waqrapukara

Es un niño, un niño que se aleja de su comunidad por un sendero sinuoso que, irremediablemente, terminará faldeando los cerros. Es un pastor, un pastorcito con una varilla en sus manos con la que juguetea sin demasiada alegría. Es un niño y es un pastor que va detrás de su rebaño que no es numeroso, apenas unas cuantas cabezas, tan pocas que le sobrarían los dedos de las manos para contarlas.

Tanto el niño que es pastor y sus animales que jamás serán mascotas, andan con pereza, sin apuro ni prisas, como si estuvieran aburridos de hacer el mismo camino todos los días, bueno, al menos los cuadrúpedos, porque el niño no anda por aquí todos los días. Durante la semana es un estudiante que aprende a leer y escribir en la modesta escuela de su pueblo.

Pero hoy es sábado. No hay lecciones en las aulas ni travesuras en el recreo. Por eso el niño es un pastor que solo volverá a su casa en la antesala de la noche, cuando el frío de las alturas se despereza y se impone. Si se apura en el retorno, quizás pueda corretear tras la pelota en las afueras de la vieja iglesia. Allí juegan los muchachitos de Santa Lucía. Allí gritan sus goles y festejan sus triunfos. 

Eso es lo que podría ocurrir después, no en este instante, porque el niño, que también es pastor, ha detenido sus pasos al escuchar una voz en quechua, una voz que no conoce, una voz que no es de su pueblo. La conversación es breve. Un puñado de frases. Varios gestos y un dedo infantil señalando un punto lejano, remoto, perdido en el horizonte.

No hay otras palabras ni señales. El niño vuelve a quedarse solo. Delante van sus animales. Estos se orillan o se espantan aterrados cuando esos extraños se acercan a paso vigoroso. Ellos –aún frescos y pletóricos de energía- quieren ganarle la partida a las horas. Su deseo es retornar bajo el amparo de los rayos de ese Sol que despunta impetuoso entre las cumbres.

Sospechan del clima. Le temen a la lluvia. Sienten incertidumbre. Es la primera vez que emprenden esta ruta. “Es la más corta a Waqrapukara, cerquita está”, les había dicho un emolientero en Pomacanchi. “Fácil es. En la tarde ya están de regreso”, agregaría Ignacio, el taxista que los condujo a la comunidad de Santa Lucía. “Sigan el camino. No se perderán”, recomendaría Celso desde la puerta de su casa.

El bastión del rebelde
Ese niño, ese pastor. Sí, a él había que preguntarle, él tenía que saber si ese era realmente el trazo que, en dos o en tres horas, los llevaría a esa ¿fortaleza?, ¿ciudad? o ¿templo? que era linda, hermosa y bien bonita, como les habían comentado al servirles la yapa en sus vasos humeantes, al pedir orientación en una bodega sombría y en las casi dos horas que dieron brincos por una carretera agujereada.

Debían alcanzarlo. Hacer que se detenga. Un grito en quechua y ese niño, ese pastor, voltea, los mira, los espera. Frente a frente. Ojos grandes, pómulos prominentes, mejillas irritadas de Sol. Un gorro de lana, un pantalón raído y la varilla inmóvil en su mano. Monosílabos. Diálogo exiguo. Gestos con las manos y la cabeza. Lo necesario para saber por dónde está el legado de piedra de los antiguos.

Se esfuman las dudas. Derrotero correcto. Es cuestión de no dejarse ganar por el cansancio ni la altura, tampoco por la ansiedad que acelera su persistencia andariega, sus deseos de admirar cuanto antes las escaleras, las hornacinas, las puertas trapezoidales y el rosario de recintos erigidos por los hombres de la cordillera en un tiempo donde la historia se entrelazaba con las leyendas y los mitos.

Travesía hacia el pasado para descubrir el ¿reducto?, ¿pueblo? o ¿adoratorio? que los qanchis diseñaron con sapiencia en un lejana atalaya de piedra arenisca y que los Incas perfeccionarían después, dejando su sello en esa montaña de la margen derecha del río Percca (distrito de Acos). Un bastión de la arquitectura andina apenas conocido a pesar de su monumentalidad y lítica grandeza.

Ese era su destino. No estaban lejos. Se lo anunciaba el cansancio y la visión de esa formación rocosa similar a una cornamenta, a la que se aproximaban por una pendiente. De ella deriva el nombre del conjunto arqueológico de Waqrapukara (waqra: cuerno; pukara: fortaleza), el bastión y refugio de Tito Qosñipa, el curaca rebelde que encendió la ira del poderoso Huayna Cápac.

Pregonan las leyendas que la nación qanchi fue rebelde desde siempre. Este grupo humano, cuya pacarina (lugar de origen) habrían sido los cerros Willkacalle y Pucara, tuvo varias disputas con los incas. Vientos de guerra soplarían en las quebradas y las pampas, cuando Qosñipa se opuso a las exigencias de más tributos, planteada por el soberano cusqueño. 

Fortaleza de piedra
Ellos no pelean contra nadie. Solo quieren vencer su agotamiento para conocer la fortaleza en la que el cacique resistió el asedio de los Hijos del Sol. Dicen que la lucha duró un mes, que los levantiscos se quedaron sin agua, que los apresaron y los condujeron al “ombligo del mundo” para ser ejecutados. Eso nunca ocurrió. Respetaron sus vidas. Su castigo fue otro. Les cortaron las orejas.

Los pasos finales. Waqrapukara. 4163 metros de altitud. La cornamenta natural. Los recintos levantados desde antes de la rebelión de Qosñipa. Arquitectura prehispánica. Paisaje cerril. Contemplación sosegada para aquellos viajeros que tomaron el camino que nace en Santa Lucía, el más corto, pero no el único que serpentea victorioso hasta esta cumbre que atesora importantes huellas del pasado.

Varias rutas. Distintos puntos de partida: Huayki, Sangarará, Canchanura, Mulawata o Sarwiqocha. El mismo final: el emblema arqueológico de la provincia de Acomayo, con su “contorno pétreo que llama la atención debido a sus formas caprichosas, que la erosión fluvial y eólica fue plasmando en el transcurso del tiempo, adquiriendo algunas formas que insinúan figuras antropomorfas y zoomorfas”.

Así describe el panorama que observan los visitantes, Pedro Lizarzaburu Prado, arqueólogo responsable del Informe Anual 2011, conservación y mantenimiento de zonas y sitios arqueológicos de Canas y Acomayo. En su estudio señala que este lugar presenta “la característica de acoger los primeros rayos del Sol por las mañanas y los últimos en el ocaso”. Una evidencia de su importancia estratégica e ideológica.

Recuperar el aire. Se apacigua el corazón. Subir por escalerillas líticas de peldaños desiguales. Ascenso a las cornamentas, aquellas que se veían desde antes de llegar y eran el indicio, la razón para seguir insistiendo y conquistar lo más alto. Allí hay una plaza, un par de recintos de carácter ceremonial y hornacinas de doble y triple jamba, un detalle que demuestra el tesón y la prolijidad de sus constructores.
         
Arriba oteándolo todo. Las terrazas cultivables. Los otros senderos. Los requiebres del cañón del Apurímac. “Es linda, hermosa y bien bonita”, les habían dicho antes de partir hacia esa fortaleza que tiene algo de ciudad y de templo. Ya no sospechaban del clima. Retornarían con calma, acaso guardando físico para pelotear frente a la iglesia, con ese niño que los sábados es pastor y futbolista. 

miércoles, setiembre 04, 2013

Reflexiones viajeras: entre el azar y las vacas flacas

Donde el autor pierde la cordura y escribe sobre posibles sorteos inéditos pero sin cara y sello porque los tiempos no dan para lanzar monedas al aire. Todo lo contrario, es  menester atesorarlas hasta sumar por lo menos diez luquitas, cantidad que podría contentar, aunque sea un poquito, a los ladrones que pululan por la ciudad en estos tiempos de vacas flacas y crisis económicas, con posibles repercusiones interplanetarias. 

De tin marín de do pingüé. Así de simple debería de ser. Al chiripazo y a lo que salga para no torturar a mis neuronas. Sí, un sorteo, con papelitos garabateados –es decir, escritos con mi letra- y una mano casta, pura, casi inmaculada –quién dijo yo- escogiendo al azar el tema, la idea o el pálpito que debería inspirar y sustentar este relato.

Sí, lo sé, es un procedimiento que carece de profesionalismo y de agudeza periodística. Es más, ni siquiera es innovador. Todos los días se sacan papelitos al azar o se hacen volar monedas al aire, aunque el viejo método del cara o sello haya sido descartado por cuestiones de austeridad y de respeto a esas vacas flacas que jamás estuvieron demasiado gordas.

Al menos para mí, viajero convencido de que los caminos me llevarán a muchos lugares, pero jamás a la riqueza ni a la pobreza. Ni mucho ni poco. Lo necesario. Siempre las diez lucas del respeto y de la salvación en la billetera. Útiles ante cualquier urgencia económica, son también una especie de seguro de vida y antigolpizas, en el caso de ser atacado por uno o varios delincuentes de pacotilla.   

Y es que esos diez solcitos pueden marcar la diferencia entre pasar piola durante el atraco o recibir un terrible escarmiento por el delito de andar misio. La experiencia urbana enseña que los “choros” suelen molestarse cuando sus víctimas no tienen ni una tarjeta del Metropolitano. En cambio, no se avinagran demasiado si encuentran al menos un puñado de monedas o un billetito escondido.

Incluso se han reportado casos en los que el victimario luego de cumplir escrupulosa y diestramente con las tareas de su oficio, se ha apiadado de su ocasional víctima, entonces, con gesto desprendido y una bondad conmovedora, le ha “facilitado” un solcito para que “chape” su combi y se aleje cuanto antes de la escena del crimen.

También se sabe que, en alguna oportunidad, un ladrón satisfecho por la docilidad, cooperación y comportamiento ejemplar del asaltado, prometió protegerlo y no volverle a robar nunca más. Pero esta situación no se va a presentar si a uno lo encuentran recontra arrancado. Esa es la importancia y la función salvadora de las diez lucas del respeto, diez, no veinte como en el programa de la televisión.

Eso es demasiado, sobre todo en esta coyuntura en la que se informa, se explica, se alerta por aquí y por allá y no sé si en el más allá, que es el momento de apretarse los cinturones. Ay, mamita, se viene la crisis, sálvese quien pueda y qué Dios nos ayude, como dijera alguna vez un compungido exministro, porque esta crisis que ya llega o ya llegó, será nacional, internacional y según parece hasta interplanetaria.

Muchos se asustan, se desesperan y se deprimen por eso. No es mi caso. Yo estoy en otra. Yo estoy tentado de organizar un sorteo para decidir sobre qué diablos escribo. Eso sí, no será de la temida depresión con sus vacas flacas y sus ajustes de cinturones, aunque esto último sí lo necesito, por la súbita desaparición de mi prominente barriga que nunca fue cervecera… bueno, al menos no del todo.

Ya saben, si me ven por ahí y les sorprende mi delgadez, no piensen que es una consecuencia directa del caos económico mundial o de la subida del dólar en el mercado paralelo. Tampoco del bajón de los minerales o de la millonaria disminución del canon. Nada de eso… o quizás sí y ni siquiera me he dado cuenta. Vaya, esto es más grave de lo que imaginé.

Soy un irresponsable, señor, señora. En vez de pensar en redactar un artículo por órdenes del azar, debería de preocuparme de las inversiones que no tengo, de mis cuentas bancarias que jamás ganan intereses, de las tarjetas de crédito que nunca acepto, y, claro, cómo no, de iniciar cuanto antes los trámites de renovación de mi pasaporte. Así podría huir ni bien el barco empezara a hundirse.

No me burlo de la crisis. Lo que pasa es que siempre he vivido en crisis. Sí, lo sé, crisis personales, íntimas, cotidianas, no como esta que a decir de muchos analistas es nacional, internacional y acaso hasta interplanetaria. Eso sí que da miedo… bueno, a algunos compatriotas, no a todos, no a este viajero que siempre tendrá los caminos para perderse y encontrarse, para olvidar y soñar, para vivir y seguir creando.

Sí, creando relatos. ¿Mejores o peores que este? Eso no lo sé. Mi única certeza es que ya no haré un sorteo. Al final, la idea no prosperó. Fue un fiasco. Acabé escribiendo sobre otra cosa o sobre cualquier cosa. No es la primera vez. Tampoco será la última. De todos modos guardaré mis papelitos. Quizá elija uno antes de iniciar mi próximo texto.

martes, agosto 20, 2013

Clic de la semana


Esta imagen no revela las consecuencias -entiéndase la resaca- de una noche de excesos viajeros en los antiguos caminos de los incas. Tampoco muestra los instantes previos a un ritual de raíces ancestrales en las alturas andinas.  

Nada de eso. Ni lo uno ni lo otro en este clic que refleja el cansancio, la extenuación, el ya no doy más de un viajero que se entrega al descanso en las cercanías de Llaqtapata, un complejo arqueológico del distrito de Santa Teresa (La Convención, Cusco).

Desconectado por varios minutos. Ajeno a las voces y a la algarabía de los demás andariegos que, al igual que él, llegaron hasta aquí luego de recorrer un camino retador que empieza en Lucmabamba y se prolonga hasta la Hidroeléctrica de Machu Picchu. 

La ruta supera los diez kilómetros. La ruta es pendiente arisca hasta Llaqtapata, donde el curioso lente de Explorando Perú captó esta imagen que no es la consecuencia de una resaca, tampoco los instantes previos de un ritual andino. 

Solo es la fotografía de un viajero que quiere recuperar el aliento y atesorar la energía necesaria para emprender el descenso final, ese que lo llevará a la Hidroeléctrica, ese que lo acercará aún más a la siempre ansiada Machu Picchu. 

lunes, julio 22, 2013

Del Facebook al blog (I)

Donde al autor rescata, ordena y les da un par de pinceladas a varias de sus actualizaciones en la red social, realizadas durante su último viaje a la provincia de Caylloma, territorio arequipeño en el que se encuentra el valle y el cañón del Colca.

Espera que no desespera
En el Terrapuerto de Arequipa una vez más. Los bultos, el boleto, la espera habitual en una escala que no será muy larga. Pronto volveré al camino con sus curvas y pendientes que me llevarán a las profundidades del Colca.
*Reflexión antes de partir hacia Chivay, la capital de la provincia de Caylloma.

Rico y sabroso
La señora Juana le gana al Sol. Ella madruga para preparar rocoto relleno, pastel de papas y de fideos que lleva a hornear a la panadería. Antes de las diez está en su puesto en el mercado de Chivay. Su sazón es conocida y sus viandas siempre se acaban.
*La señora Juana también ofrece truchas y pollo al horno. Ella comenta que antes vendía caldo en las afueras del mercado y que gracias a su sazón ha sacado adelante a sus hijos.

La rebelión del viento
En Tisco, un pueblo de piedra, el viento entró en rebeldía. Sus soplidos empujaron a las nubes y barrieron al Sol. Frío en una tarde apresurada que se hizo noche antes de tiempo, entre gotas de lluvia y hielo escarchado en el camino de retorno a Chivay.
*La iglesia de San Pedro Apóstol es una de las más impresionantes del Colca. A pesar de ello, muy pocos la visitan. Tisco se encuentra a menos de tres horas de Chivay.

Vestidos y alborotados
Hoy nadie baila wititi en la plaza de Yanque. Por gusto nomás se han cambiado las parejas. El problema es que no hay música. "El equipo no reconoce el USB", explica uno de los muchachos. Cosas de la tecnología en un pueblo con aires de nostalgia.
*Todas las mañanas los jóvenes de Yanque bailan en la plaza. Lo hacen muy temprano, cuando pasan los turistas que se dirigen a la Cruz del Cóndor.
Apuradas por el cóndor
Son jóvenes alegres y risueñas. Andan a las correrías y a los saltitos en la plaza de Yanque. Apuradas se toman una foto frente a la iglesia. Vamos, se arengan y suben al bus en un ratito. Ellas quieren ver al cóndor. Ellas parten hacia Cabanaconde.
*Con o sin apuro, es muy probable que las chicas hayan avistado al gigante andino en la Cruz del Cóndor. Contrariamente a lo que se cree, no es indispensable madrugar para observarlos.

Redimiendo al fotógrafo
Agua bendita. Mucha agua bendita. Como si el cura quisiera ahogar mis pecados o pretendiera hacerme volver al redil, aunque, tal vez, lo único que quería era fastidiar al fotógrafo entrometido que acompañaba a la Virgen del Carmen en su recorrido por Cabanaconde.
*El intento fue inútil. El fotógrafo siguió haciendo clic. Eso sí, su cámara está bendita.

La nueva alcaldesa
Desde hoy la Virgen del Carmen es la alcaldesa vitalicia del distrito de Cabanaconde. Lo dijo el alcalde al terminar la misa y lo repitió al culminar la procesión. Los devotos aplaudieron. El párroco estaba feliz. La banda irrumpió con una tonada festiva. Salud  por la flamante autoridad. 
*Se desconoce cuál es el plan de gobierno y de obra de la alcaldesa vitalicia, aunque – a decir verdad- eso no interesa demasiado. Basta con su intervención divina.

Los otros temblores
En el mercado de Chivay, las señoras que venden quinua, maca, kiwicha y otros poderosos preparados ideales para calentar el día, dicen que no sintieron el temblor de anoche. "Estaba durmiendo", responde una de ellas. Sus compañeras se ríen maliciosamente. ¿Por qué será?
*Dejamos a su buen y mejor entender la interpretación de las risas maliciosas.

domingo, junio 09, 2013

Clic de la semana


Filosofía camionera en la feria ganadera y gastronómica de La Tablada, en las afueras de Chivay, la capital de la provincia de Caylloma (Arequipa). Es curioso, pero la frase escrita con letras rojas en la carretera de madera, resume -en cierta manera- mi manera de andar en las rutas.

Sí, a veces voy con prisa y pasos certeros,  en otras ocasiones -sobre todo en las bajadas y en las subidas muy exigentes- mido mis pasos, me muevo con cautela y a mi propio ritmo. No hay apuro que valga cuando sabes que lo más importante es llegar bien, llegar seguro, para emprender nuevos caminos. 

Desconozco si el conductor de este camión sigue a pie juntillas la frase de la carreta. Lo único que sé es que el vehículo estaba indemne y que partiría hacia un nuevo destino -lento o rápido, siempre seguro-, cuando acabara esta feria en la que no hay un estrado ni un tabladillo para la presentación musical de Los Primos del Perú y en la que un trío de canchitos vertiginosos se escapa de sus dueños. 

martes, marzo 19, 2013

Consigna aventurera: Menos preguntas, más viajes


De arranque y a la mala. Sin siquiera decirte un mísero hola o un huachafísimo hi o hello. Ellos van al ataque, frontales y decididos, dispuestos a no perder un segundo con un cómo estás o con un qué es de tu vida, fórmulas básicas de cortesía que los desviarían o retrasarían en la consecución de su único y real objetivo: información, datos, tal vez un consejo.

Eso es lo que quieren, lo que buscan, lo que siempre ocurre cuando se acerca un fin de semana largo o una festividad cargada de feriados; entonces, solo queda armarse de paciencia y esperar que, tarde o temprano, por correo electrónico o a través del Facebook, a veces por el blog, casi nunca por teléfono, se desate un tiroteo de indagaciones viajeras de grueso calibre.

Hay interrogantes de todo tipo. Las ruteras: adónde voy, qué sitio me recomiendas; las económicas: cuánto me cuesta, cuánto me vale; las climatológicas: hace calor o frío, ¡llueve!; las fashion: qué ropa llevo, voy con mochila o maleta; las médicas: me dará soroche; las gastronómicas: qué tal el combo, bien taipá; las seductoras: están buenas las flaquita; y las de seguridad: me van a asaltar.

Algunos, más atrevidos y avezados, se suben al coche y se postulan como compañeros de aventura o desventuras. Otros, los más susceptibles, se ofenden hasta el tuétano si retruco con una broma, me demoro unos minutos en responder o les hago notar que ni siquiera me han saludado, si son amigos, o presentado, si son perfectos desconocidos.

Y no es que me moleste hablar de rutas y destinos. Viajar y escribir es lo que hago y lo que me gusta. Es mi forma de vida. Pero eso no significa que sea una especie de peruanísima Guía Inca -ambulante o en línea- que se puede consultar las 24 horas. Las inquietudes siempre son bienvenidas. Las impertinencias, los berrinches y los apremios, jamás lo serán. 

Disculpen esta catarsis. Sé que no les interesa en lo más mínimo. Total, este blog es de crónicas y exploraciones, no de pataletas o rabietas periodísticas-viajeras ocasionadas por las proximidades de la Semana Santa, una de las fechas en las que se intensifican los tiroteos descritos en los párrafos anteriores y en la que reaparecen, como por milagro, varios amigos y amigas que el resto del año no me dan ni pelota.

Así que ya empiezan los adónde me voy y qué lugar me recomiendas. Y ahora qué digo, qué sugiero. ¿Me la juego por los clásicos Tarma, Ayacucho, Catacaos, aunque sepa que esas ciudades estarán desbordadas de gente? ¿Propongo una escapada poco santa a una playita caleta y distante?, o, ¿una excursión entre el soroche y las últimas lluvias de la sierra?

También podría plantear una tórrida travesía surcando ríos y explorando trochas amazónicas, o, una achicharrante búsqueda de geoglifos en las arenas y dunas del desierto sureño. Y es que al final, con o sin recomendaciones, con datos certeros o a punta de puros pálpitos, los caminos siempre se disfrutan. Es cuestión de animarse, de armar la mochila, de salir de casa e iniciar el recorrido.

Preguntar menos y viajar más. Quizás esa sea la moraleja de este texto que comenzó como un berrinche y termina siendo una invitación abierta a recorrer el Perú, porque más allá del destino elegido, echarse andar siempre es mejor que quedarse en casa. Se lo digo por experiencia, esa misma experiencia con la que absolveré las inquietudes de quienes quieren aventurarse en Semana Santa.

Eso sí, no dejen de decirme hola y de tenerme un poquito de paciencia.

miércoles, febrero 27, 2013

Crónica de la nada

Donde el autor trata de justificar su disparatado texto y su carencia de ideas, apelando al ridículo argumento de que sus neuronas están de vacaciones o en huelga. 

Quiero escribir. El problema es que no se me ocurre ningún tema. Creo que mis neuronas están de vacaciones o se han declarado en huelga, aunque desconozco su posible lugar de descanso y no sé nada sobre su pliego de reclamos. Otra posibilidad –que me resisto a admitir- es que las susodichas se encuentren medias oxidadas por falta de uso o utilización inadecuada.


Debo alejar ese pensamiento. Esta falta de ideas es temporal. Voy a concentrarme, a recordar, a buscar anécdotas, personajes, vivencias que pueda contar. Vamos, Rolly, escarba en tu memoria, enfócate en un viaje, en un pueblo, tal vez en un día de fiesta con procesión y plegarias, con bombardas y sahumerios, con danzantes y músicos, con harta cervecita y tragos de fantasía.

Ya me estoy animando. Recuerdo a unas chinas diablas de miradas seductoras, y minifaldas encogidas que me incitan a… ¡no!, ¡alto!, lo dejo ahí. Van a creer que mi creatividad solo se aviva al evocar el bailoteo insinuante de una señorita de sonrisa fulminante. No hay duda, debo cambiar de remembranza para no estropear -¿aún más?- mi reputación.

Cero celebraciones y muchachas danzarinas. Caminata. ¡Una caminata! Eso está mejor. En dichas historias escasean las chicas minifalderas. Lo que sobra es el cansancio, los calambres y, en las primeras aventuras, las ampollas. ¡Oh, no!, ahora voy a parecer un debilucho, eso atenta contra mi imagen de viajero de pasos vencedores y andar incansable.


No digo irresistible porque me da roche y después van a estar murmurando que me promociono descaradamente, cuando en verdad soy como un pan que no se vende y firme candidato para quedarme vistiendo santos o santas. Qué horror.  Descarto la caminata por ser atentatoria a mis intenciones de conquistador y mis afanes casamenteros, inubicables todavía, pero por algún lado deben de estar.


Sin fiesta y sin andanzas. Qué me queda. Un pueblo, una playita o paraje de altura. No está mal. Cuento como llegué y lo describo. Suena simple, sencillo, papayita, pero –ahí está el maldito pero que todo lo malogra- si mi pensante está de vacaciones o en huelga, se refugiará en la ley del mínimo esfuerzo, entonces, mis párrafos serían un derroche de “hermosos”, “fantásticos”, “espectaculares” y “bellísimos”.


En ese caso preferiría apagar la máquina y darle la victoria a la pantalla en blanco. Me niego a escribir en modo folletín turístico. La situación amerita medidas extremas. Es hora de cachetearme, de tirar de las últimas mechas de mi ya casi extinta cabellera. Es hora de recurrir al guapeo, a las arengas, a los sapos y culebras, a las frases cargadas de ira que anuncian mi retiro prematuro de las lides periodísticas.


A las musas ni las llamo. Ellas me ignoran o me miran de lejitos. Ya no me susurran frases al oído. En parte es mi culpa. A veces o muchas veces, no seguí sus sugerencias y me despaché por mi cuenta y riesgo. Se resintieron, pues, y me dejaron tirando cintura. Se estarán riendo de mi aturdimiento y quizás –bien extremistas resultaron- hasta azuzando a mis neuronas para que sigan en huelga.


Hoy ninguna estrategia funciona. Ni los recuerdos ni los gruñidos. Solo me mantiene mi terquedad. Quiero elaborar un texto. ¿Sobre qué?, no tengo ni idea. Empezaré a teclear las palabras que se me ocurran, palabras que formarán frases sin sentido, las cuales terminarán redondeando párrafos descabellados que dirán poco o nada, o, visto desde otra perspectiva, tratarán sobre la nada.


Nunca he escrito sobre la nada. Me falta experiencia en ese tema que transciende a lo periodístico-viajero y se interna en las profundidades reflexivas de la filosofía. Caray, suena muy complicado. En mi cerebro hay menos luces que en una noche de apagón. Lo peor o lo realmente dramático es que no tengo ni un mísero fósforo que me permita alumbrar una idea.


Al tacho con lo de la nada filosófica por temor al papelón, la mofa y el escarnio. Mi situación es desesperada. Quizás mi única salida sea la de armar un escrito sobre nada importante. En ese menester, si es que les presto oído a los comentarios de mis críticos, soy bastante ducho. Y es que no faltan por ahí o por allá, algunas voces que espetan con desparpajo que eso de viajar y escribir no es cosa seria.


"Vacaciones disfrazadas". "Vagancia convertida en periodismo". "Notas de relleno en diarios y revistas". Eso dicen y si no fuera por el apagón en el que me encuentro, ni siquiera los mencionaría, pero en estas circunstancias debo admitir mi agradecimiento hacia ellos. Sus argumentos me sirven para completar un par de párrafos e ir sacudiéndome de a pocos de la pereza neuronal.


Después de todo y a pesar de todo logré escribir. Eso sí, no me pregunten de que va este texto porque en verdad no lo sé. Acordemos, entre ustedes y yo, que trata de nada y que de la nada también se puede hacer un relato. Si es bueno o malo, es otro cantar. Lo único que alegaré en mi defensa es que prefiero una pantalla llena de palabras -mis palabras- al vacío irritante y retador de un monitor en blanco.