viernes, abril 27, 2007

Rumbo al Cañón

Me voy sin pena ni gloria, pero me voy. Nadie llorará mi partida, tampoco mi retorno, muchos ni notarán mi asuencia, pero, igual, no estaré en mis calles, en mi barrio, en mi ciudad. Estaré por otros lares, más puros, más abiertos, con menos tensiones.

Me voy para volver, total, siempre vuelvo. Eso es parte del viajar, como es parte de viajar el despedirse o el recibir la bienvenida o el acomodarse la mochila en la espalda o el dejarla tirada en un rincón del cuarto hasta la próxima salida, hasta la siguiente aventura.

Me voy sin que me boten y volveré sin que me llaman y sin llamar a nadie para anunciar mi retorno. A lo mucho escribiré una entrada en mi blog o redactaré unas cuantas líneas en un correo, para alguien especial o para alguien que podría ser especial o, tal vez -sí, eso es lo más seguro- para alguien que nunca aceptará que la considere especial.

Me voy y escribo para dejar constancia que me marcho al sur, a Arequipa, al cañón más profundo del mundo. El viaje será largo pero intenso, agotador pero divertido. Más de 20 horas por carretera, más de 20 horas en un bus. Todo por una gran aventura. Todo por reencontrarme con la catarata de Sipia –con su fabulosa caída de 150 metros-, y con los relajantes baños termales de Luicho. Todo por estar en Cotahuasi. Todo por sentirme libre.

Me voy a la Casa de la Profundidad para ser testigo, partícipe o espectador del VII Festival Ecodeportivo de Aventura, un encuentro de aventureros y viajeros, un encuentro con amigos y socios de innumerables travesías. Adrenalina, emoción, riesgo, también brindis con patas del alma como James Posso, el entusiasta organizador de este evento y, Felipe Varela, el Chasqui, quien –para no perder la costumbre- llegará a Cotahuasi caminando. Su periplo lo iniciará en el pueblo ayacuchano de Pausa.

Me voy en un par de horas y en un puñado de días regresaré, sí, claro, también, sin pena ni gloria… pero igual escribiré, para dejar constancia de mi reincorporación a Lima, sí, Lima, tantas veces Lima, tanta veces he vuelto a tu caos urbano, a tu horizonte gris, a tus calles que son y siempre serán las mías, aunque tarde o temprano terminen por cansarme; entonces, me asaltarán las ganas de recorrer otros caminos... sí, caminos más puros, más abiertos, con menos tensiones. Caminos explorables.

martes, abril 24, 2007

Anécdotas del camino

Un "saludable" despertar

Diré que fue un “saludable despertar”, aunque posiblemente la frase no sea la más adecuada y hasta podría generar confusión, incluso en los lectores frecuentes de esta bitácora, acostumbrados –¡eso espero!- a los enredos verbales y a las situaciones descabelladas que, de cuando en vez, aparecen en nuestros post viajeros.

Precisamente, para evitar complicaciones, aclaro de antemano que lo de saludable no implica que la mañana en mención me haya levantado vigoroso, agilito, con ganas de correr un puñado de kilómetros –digamos que 30 para calentar la mañana- y luego despacharme con unas 100 planchitas y otros tantos abdominales.

Muy por el contrario, la frase no guarda ninguna relación con el proverbio griego de mente sana en cuerpo sano o con la manida frase de deporte es salud, salvo que alguien considere a la casi siempre incomprendida actividad de “empinar el codo”, como una respetada disciplina atlética, competitiva, casi olímpica.

Y es por ese distanciamiento con lo “saludable” en su sentido literal, que tengo serias dudas sobre si es lícito calificar de “saludable despertar”, a la mañana en la que varios “capitanes Pizarro”, valiéndose de la fuerza y con la fuerza… de la costumbre, por si acaso, irrumpieron en mi cuarto en la agonía de la madrugada, para decirme “salud” como 50 mil veces o ¿sólo fueron 49 mil?

Perdí la cuenta. Estaba aturdido y somnoliento. Cómo no estarlo si hasta hace unos instantes roncaba de lo lindo, a pierna suelta –¿a si se dice, hip, digo no?- y ahora, en un dos por tres y en menos de lo que canta un gallo –¿a sí también se dice, no, digo hip?-, estoy dándole duro al seco y volteado.

De nada sirvió mi intención de entablar un diálogo alturado o firmar un armisticio “chupístico” con los “capitanes Pizarro” del pueblo de Aquia (provincia de Bolognesi, Ancash). Fue inútil. Toditos mis argumentos y palabras cayeron en saco, perdón, en copa rota.

Y es que ellos no invaden los cuartos por un capricho etílico o para oír excusas u otorgar indulgencias a los somnolientos. Ellos sólo cumplen escrupulosamente su papel en la fiesta patronal de San Miguel Arcángel, celebración desbordante que se realiza a finales de setiembre y los primeros días de octubre de todos los años.

Así que lo mejor era quedarse calladito y apurar el trago. Salud con cada “capitán”. Eran tres o cuatro. No pasaban de cinco. ¡Qué importa! Salud por Aquia, siempre por Aquia y su gente; amigos, hermanos que te reciben con los brazos abiertos y los vasos llenos de chinguirito (combinación festiva y casi letal de aguardiente, agua hervida y canela).

Salud por Aquia, un pueblo que no se olvida. Lo que si se olvida –y de eso puedo dar fe- es la cantidad de brindis que los aquinos de nacimiento y corazón, realizan en honor de San Miguel Arcángel, imagen reverenciada, milagrosa y precavida que en las procesiones lleva hasta su ponchito contra la lluvia, por si el cielo, quizás conmovido de tanta fe y jolgorio, se vuelve lágrima en las alturas ancashinas.

Como no conmoverse y dejarse llevar por la alegría, cuando la silenciosa cotidianeidad de un pueblo de altura es barrida por el rumor de las plegarias y los alaridos de las pallas que protegen al Inca Atahualpa, capturado y ejecutado por los “españoles” después de una fragorosa batalla en la plaza de Armas. En la intensa lucha todos en el pueblo se arrojan caramelos, naranjas y huesos de manzanas, como si fueran balas.

Después de varias rondas, los “capitanes” anuncian su honrosa retirada en los preámbulos del lacrimógeno “tu eres mi pata” y del “yo te estimo”. Ellos, con sus espadas, sus ternos oscuros, sus sombreros elegantes, sus mechones emplumados, tienen que seguir tumbando puertas, despertando a todo el pueblo como ordena la costumbre, la tradición, el cargo de mayordomo.

Los acompaño hasta la puerta y nos tomamos la del estribo. El último salud de la mañana, al menos para mí, ellos seguirán brindando de casa en casa. Caray, es duro ser “capitán”, digo entre portentosos bostezos que anuncian el retorno del sueño... un anuncio que ignoro porque algo me incita a seguir a los “Pizarro”.

Y es que debo tomar hasta el final… del rollo fotográfico, no sean mal pensados, por favor.

martes, abril 17, 2007

No soy Charles Atlas, pero...

Indignada respuesta del autor, frente a las voces que ponen en tela de jucio su versión del incidente en Huaraz.

Sé que no soy un Charles Atlas ni nada que se le parezca. Nunca me he inscrito en un gimnasio ni soy de los afanosos que hacen abdominales, planchas o salen a correr ni bien abren los ojos.

Sí, reconozco mi total desinterés por la cultura física, mi renuencia militante a alzar una mancuerna o a pasarme horas pedaleando en una bicicleta que no va a ninguna parte.

Todo eso lo admito con hidalguía y sin ningún atisbo de vergüenza (no, no estoy ocultando la barriga al escribir este párrafo), pero, lo que no acepto de ninguna manera, es la incredulidad manifiesta de varios entrañables y extrañables lectores de Explorando Perú que, frente a frente y cara a cara, se atrevieron a poner en tela de juicio mi aguerrida y pujante participación en el hecho narrado en el último "clic de la semana".

En el colmo del desparpajo, dichos lectores llegaron a exponer en mi cara pelada, dos teorías al respecto. En la primera, el autor de esta bitácora no era pasajero del ómnibus en cuestión, sino de otra unidad que seguía la misma ruta.

Pero, al darse cuenta del acontecimiento que ocurría frente a sus narices, bajó inmediatamente para hacer la foto, con la malsana intención de crear una historia que le diera vida a su bitácora.

La segunda teoría plantea que si bien estuve en el bus, sólo me despegué de mi asiento para captar la imagen del post anterior. Luego, mientras los demás empujaban hasta el cansancio, yo dormía a pierna suelta, ignorando olímpicamente el reclamo de los otros pasajeros.

Me quedé totalmente absorto, pasmado, casi sin palabras, después de escuchar semejantes argumentos, que ponen en duda mi honorabilidad periodística y mi espíritu solidario, entonces, no sabía si reír sarcásticamente, erupcionar de ira o, a la usanza de un colegial, "cortársela para la salida". Ahí si que verían la fuerza de mis músculos.

Al final, mis entrañables y extrañables lectores me dijeron que todo era una broma, aunque no sé si creerles. Ahora soy yo el que duda, porque es sabido que entre broma y broma se dice la verdad. Así que, para despejar las sombras de la sospecha, hoy publico varias fotos del suceso. Lamentablemente, en ninguna se me ve peleando contra el barro (es difícil hacer las dos cosas al mismo tiempo).

En todo caso, espero que quede claro que este "pechito" no arrugó en las alturas ancashinas, porque si bien no tengo un cuerpo hercúleo, escultórico, jamás monumental, con mis músculos -magros y modestos- me basta y sobra para empujar. Cuidate, Charles Atlas.

martes, abril 10, 2007

Clic de la Semana


La unión hace la fuerza, reza un viejo refrán que los pasajeros de este ómnibus atrapado por un charco de barro con pretensiones de arena movediza, se esforzaron por convertir en realidad.

A pesar del frío de congeladora, la lluvia indecisa que se daba maña para infiltrarse hasta en los impermeables y la latente amenaza del soroche, los pundonorosos y abnegados viajeros se esforzaban al máximo, incluyendo al autor de esta bitácora que, luego de cumplir con su deber de periodista andariego, participó afanosamente en las labores de rescate.

Y si bien la unión y la fuerza no sirvieron de mucho (la máquina resultó ser más terca que una mula), los "fortachones" que aparecen en este clic hicieron su máximo esfuerzo, para continuar su travesía hacia el bosque de piedra de Hatun Machay, en la comunidad campesina de Catac (provincia de Recuay, Ancash).

Después de varios intentos frustrados, tuvimos que aceptar hidalgamente nuestra derrota frente al barro movedizo; entonces, resignados, húmedos, acaso decepcionados, nos echamos a andar un par de kilómetros, en busca de la carretera asfaltada que une Huaraz con Lima.

Esta vez la naturaleza pudo más que el hombre. Nos quedamos con las ganas de conocer las extrañas formaciones de Hatun Machay, calificado por los huaracinos como el próximo boom turístico de la región.

En fin, son gajes del camino. Por ahora sólo queda ir al gimnasio para endurecer los musculos y empujar con mayor fuerza en la próxima ocasión.