jueves, julio 28, 2005

Felices Fiestas Patrias

Mensaje a la Nación

Explorando Perú no podía ignorar las celebraciones por el 184 aniversario de la Independencia. Sin ánimo de competir u opacar al presidente de la República, nos permitimos publicar nuestro propio mensaje a la Nación.

Perú en 28 de julio, Perú de fiesta. Perú libre e independiente. Perú soberano por la voluntad de sus pueblos: quechuas y aymaras, blancos y negros, mestizos y amazónicos, también de emigrantes. Perú de todas las razas y todos los paisajes. Perú de todos, Perú de nadie. Perú del mundo.

Perú histórico. Perú ancestral, Perú de faenas comunales. Perú de procesiones y pagos a la tierra. De taitacha Inti y Dios todopoderoso, del piadoso señor de los Milagros y la pródiga mamapacha. Perú sincrético, Perú andino, Perú amazónico, Perú costeño. Perú de aromas y colores; Perú de aquícitos nomás, de sube rápido compadrito.

Perú contradictorio. Perú que se ama siempre y se odia a veces; Perú pacífico. Perú violento. Perú que duele y alegra. Perú de páginas rojas y secuestros al paso. Perú de fiestas interminables y abrazos fraternos. Perú que mete miedo a veces, Perú que se hace querer, siempre.

Perú de promesas. Perú de decepciones. Perú de esperanzas. Perú de políticos corruptos, de jueces que ofertan sus fallos, de policías tragamonedas, de periodistas sin ética, de escándalos y replanas; también, Perú que crece, Perú que crea, Perú que lucha. Perú silencioso. Perú del que no se habla ni se escribe.

Perú que miles abandonan. Perú que se ama más de lejos. Perú que se extraña en otro suelo. Perú que nunca se olvida… Perú mi tierra, Perú tu tierra, Perú nuestra tierra; Perú rojiblanco, Perú inmenso, sorprendente, explorable.

Perú, hoy y siempre, en las buenas y en la malas, con tus luces y sombras. Perú: Feliz 28.

sábado, julio 23, 2005

El Click de la Semana


Resplandor andino en la comunidad de Cochamarca, cuando un grupo de chasquis -sí, aún existen- se echan a andar por el tramo de la ruta inca que une Pasco con Junín. Los expedicionarios Felipe Varela, Nilo Niño de Guzmán, Abel Simeón y Aydeé Soto, partieron el 1ro de mayo en Ayabaca (Piura) y el 25 de agosto llegarán a Desaguadero (Puno), luego de recorrer 2,200 kilómetros del Qhapaq Ñan. Allí culminará la Caminata Por la Paz y Reconciliación Nacional, un tributo a las 69,280 víctimas de la guerra interna que ensangrentó al país. Explorando Perú acompañó a los aventureros en su partida y en su periplo por la Meseta de Bombón, Huayllay y el lago Junín.

Siga el paso de Felipe, Nilo, Abel y Aydeé en http://www.caminataporlapaz.org.pe


Andanzas en el Cusco

Atentado contra el tiempo

El asesino de Huacaypata

En su último día de aventura en el Cusco, un viajero sin fondos y agotado de caminar, trama un plan para matar al tiempo desde una de las bancas de la antigua Huacaypata, hoy la plaza de Armas. Observaciones, anécdotas, recuerdos de lejanas clases de historia, son parte de su estrategia de exterminio de los segundos y minutos.

Tengo que confesarlo sin miedo y sin vergüenza. Total, no es nada malo, le puede ocurrir a cualquiera en su último día de aventura, más aún si esta anduvo movida y calien... mejor me inhibo de las explicaciones y lo digo de una vez. No me vaya a confundir de confesión y termine escribiendo de otras cosillas viajeras nada santas, sobre las que se debe guardar un respetuoso y, por qué no, hasta censurador silencio.

Bueno, basta de palabreo. El asunto es sencillo: el dinero escaseaba en mis bolsillos y mi billetera sufría una severa inanición; razón más que suficiente para descartar una excursión fuera de la ciudad, opción siempre tentadora, pero casi imposible porque eso de tirar dedo y pedir una jaladita ya no funciona muy bien en estos tiempos desconfiados.

Esa era mi triste realidad. Andaba “misión imposible”, como dicen los palomillas del barrio cuando no tienen ni un sol. Lo malo es que yo no andaba en mi barrio, andaba en el Cusco, el ombligo del mundo y para ser sincero la ciudad ya la había recorrido -enterita o por partes- alrededor de 50 veces, y eso ya es mucho, inclusive para un lugar tan deslumbrante como la antigua capital inca.

¿Qué hacer? Volver al hotel y mirar las paredes mal maquilladas de un cuarto sombrío, en el que la presencia de una cama y una silla podía considerarse una aparición milagrosa; o, simplemente, sentarse en situación de a ver qué ocurre pues, en la que hoy es la Plaza de Armas del Cusco y antiguamente fue Huacaypata, el corazón del Estado Inca.

Decidí por la plaza. Allí encontraría la forma de matar el tiempo y lo que era mejor, el homicidio no me costaría ni un solo céntimo, condición que le daba un toque irresistible a mi sencillo plan; es más, el “crimen” podía ser perfecto, porque en la vieja Huacaypata todo es posible, incluso hasta podía conocer a una viajera de billetera anémica, que decidiera ser mi cómplice en el crimen al reloj.

Pero mis “amistosas” pretensiones se vieron frustradas. Todas las viajeras estaban celosamente custodiadas por extranjeros grandotototes o peruanazos más bien chaparros, aunque aguerridos y con aires de ‘soy el último inca, caramba, así que no se metan conmigo’.

La batalla estaba perdida de antemano, así que me senté en una de las bancas verdecitas de la plaza, justo frente a la Catedral, esa magnífica construcción de piedra extraídas de la fortaleza de Sacsayhuaman, que empezó a edificarse en 1556. El lugar está lleno de tesoros religiosos y artísticos y tiene entre sus "huéspedes” al Señor de los Temblores, el patrón del Cusco.

Contemplo las torres del templo: ‘gruesas y retacas’, pienso sin ningún rigor arquitectónico y por el simple hecho de pensar en algo en una plaza que da mucho que pensar, porque aquí han ocurrido y ocurren tantas cosas que a uno se le remueven las neuronas y se pone en plan de filósofo griego o mejor dicho de amauta andino, para honrar la memoria de quienes fueron los maestros del incario.

Y por pensar en maestros, me acordé de mi profesora de historia, tanto que hasta me parecía oírla –con su tonito de eterna nostalgia y su rostro de orgullosa heredera de los incas- describiendo que antes de la llegada de los españoles, la vieja Huacaypata estaba rodeada por los palacios de Pachacutec, Sinchi Roca, Huiracocha, Tupac Yupanqui y Huayna Cápac.

Nada de arcos –como ahora- tampoco Catedral ni iglesia de La Compañía, ni tejas rojas en los techos o balcones en las ventanas; pero igual era hermosa, concluía la profesora, y luego relataba que en tiempos prehispánicos, la plaza era cruzada por el río Saphy, y que en la colonia fue el escenario de la muerte de Tupac Amaru II, un rebelde que remeció los andes con su grito de libertad.

Ya está bueno de historia. De vuelta al presente. La Plaza de Armas está repleta de visitantes de todo el mundo y de palomas que se pelean por un grano de maíz.

Conversaciones en varios idiomas. Algunos se entienden, otros no tanto; algunos fingen entenderse, otros ni siquiera saben fingir, pero eso es lo de menos, igual surgen sonrisas y nacen amistades cimentadas en el idioma universal de los gestos.

De sapos y culebras
El plan daba resultados. Andaba feliz y las horas volaban con más agilidad que las palomas regordetas de la plaza. De pronto, mi augusta soledad en la banca fue quebrada por la presencia de un extraño. Tras el disgusto inicial, decidí observarlo con detenimiento; no tenía nada mejor o peor que hacer.

Mi compañero enviado por la casualidad era un anciano que hojeaba el periódico y golpeteaba el cemento con su bastón apolillado. El diario le traía malas noticias, esas que nunca faltan, esas que entretejen una realidad que ya ni se molesta en entender, porque el mundo anda de cabeza, refunfuña, antes de soltar un par de palabrotas, aquellas que en los comics se vuelven sapos y culebras.

Nuevas noticias; viejas desgracias: un huayco que arrasa una quebrada, un rayo que arruina a un pastor; y el viejo –alto pero frágil, blanco pero de rasgos andinos- se acomoda las gafas mutiladas para seguir leyendo con enojoso interés, como si fuera lo único importante, lo único que vale la pena en la mañana luminosa y ajetreada.

Los sapos y culebras se reproducen con prodigiosa rapidez. Quizás piensa que no entiendo español, que soy extranjero, turista, gringo, pues; lo bueno es que sus encendidas palabras espantan a los lustrabotas y a los chiquillos y no tan chiquillos que ofrecen postales de la ciudad imperial o prestan sus rostros y sonrisas, para las fotografías del recuerdo a un dólar mister.

Sólo la lluvia doblegó al viejo cusqueño. Eso sí, en su huida, el diario se convirtió en paraguas. Se mojaron las malas noticias, como se moja la turista boliviana que vende caramelos para continuar con su periplo por tierras del inca, el grupo de rastras que tomó por asalto una de las bancas y la chica de las pecas que llenaba postales con montones de saludos y buenos deseos.

Todos se van. Los niños que alimentaban a las palomas, las palomas que devoraban los granos de maíz que le daban los niños. Las turistas lindas y sus “galanes” no tan lindos, más bien odiosos, pesados, suertudos. Todos se refugian bajo los arcos que flanquean la plaza, donde están los “jaladores” de las agencias de viaje y los mozos que esperan “pescar” a varios comensales.

La Plaza de Armas bajo la lluvia. ¿Y ahora a dónde voy?. Mi plan a la deriva. No pude asesinar al tiempo. ¿Vuelvo al hotel que me espera con su cama y su silla de apariencia milagrosa?. ¿Me apropio de los sapos y culebras del anciano del periódico?. Mejor comienzo a recorrer el Cusco una vez más. Y ya van 51. La lluvia es un nuevo atractivo.

*Mas ínformación sobre el Cusco en: http://www.cusco-peru.org

miércoles, julio 20, 2005

Pura Selva

Safari nocturno

Cacería en las calles de Madre de Dios.


Una extraña noche en Puerto Maldonado (la capital del departamento de Madre de Dios), ciudad pequeña de casas de maderas y techos de palma, que se ha convertido en lugar de paso para acceder a la Zona Reservada Tambopata-Candamo y al Parque Nacional Bahuaja Sonene, dos áreas protegidas de impactante e incomparable belleza en la Amazonia peruana.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Las aguas oscuras, furiosas e incansables de un río que arrastra canoas, árboles y troncos, amenazan con meterse a las casas, los corrales y los campos de cultivo. Peligro, torrente embravecido, navegación suspendida: “hay que esperar, amigo; quizás mañana”, explica entre bostezos y gruñidos, un motorista ametrallado por las gotas robustas de la tormenta.

Dar la media vuelta. Retorno a la ciudad bulliciosamente sosegada. Paraguas abiertos, impermeables humedecidos, barro en las calles, charcos en las esquinas. La lluvia persiste, arrecia, se filtra en todo lugar, entonces, sólo queda esperar a que el aguacero concluya, para que el río Tambopata se tranquilice, acalle sus clamores beligerantes y deje de atacar a las indefensas canoas acodadas en el puerto.

Palabras de bienvenida a la ciudad de Puerto Maldonado, que se levanta en la confluencia de los ríos Madre de Dios y Tambopata: “camina sin miedo, aquí no pasa nada, no hay...” y la frase se trunca, porque un dedo sobre los labios ordena callar: “¿escuchas la voz de los insectos?

Un breve silencio para oír a los insectos ocultos en los matorrales y reiniciar la frase truncada: “ah, te decía, aquí no hay delincuentes. Nadie roba –surge un gesto de incredulidad- es verdad, te lo juro por Dios, no te estoy mintiendo –de la incredulidad a una abierta, irreverente y sarcástica sonrisa- si quieres no me creas, sólo te digo que aquí los policías se aburren. No tienen trabajo”.

Rodeada de lagos de singular belleza y famosa por sus crepúsculos en los que el Sol agoniza en un cielo fulgurante de matices naranjas, la ciudad amazónica de Puerto Maldonado, fundada a finales del siglo XIX, es una tierra de leyendas y mitos que nacieron de su ignota grandeza.

Azuzados por los fantásticos relatos de los nativos, los conquistadores españoles creyeron que en la selva enmarañada existían “ciudades perdidas”, como Paititi, la supuesta capital de un riquísimo imperio anterior al de los Incas, que nunca pudo ser derrotado por las huestes de los hijos del Sol.

Los españoles no dudaron en organizar riesgosas expediciones que generalmente partían de Cochabamba y Santa Cruz (Bolivia). Todos los intentos fueron fallidos. La Selva ocultaba sus misterios y contribuía a agrandar el mito. La ciudad perdida nunca fue encontrada y lo que es peor, ni siquiera se hallaron indicios razonables que hicieran creer en su existencia.

Puerto de sombras
Los minutos avanzan con paso cansino. La ciudad oscurece, el cielo se llena de estrellas. Sábado en Puerto Maldonado. Serena animación, luces de colores, parejas acarameladas, besos y caricias, brindis, música y baile... y un enjambre de motocicletas va de un lado para el otro y sus motores zumban, tosen, taladran los oídos. No dejan descansar, tientan al insomnio, invitan a salir.

Noche de recuerdos difusos. Calles excesivamente anchas, casas-huertas de madera con techos de palma, alamedas con bancas de cemento, aleros endebles que protegen de la lluvia. Un obelisco, un mercado de compradores envueltos en las sombras y comensales presurosos que saborean los platillos preparados por una mujeres de piel cetrina, manos agrietadas, cabellos azabaches.

Aroma a plátano frito, tacacho (plátano asado y molido), patarashca (pescado frito envuelto en bijao, una hoja característica de la región), sopa de motelo (tortuga)... “para chuparse los dedos, señor, baratito y con yapa”, anuncian, ofertan, promocionan las expertas cocineras del puerto, parapetadas en carretillas humeantes.

¿Hijas de la selva o migrantes andinas?... “Acá hay de todo un poco -responde uno de los clientes que, tenedor en mano, espera la llegada de un plato rebosante y oloroso- gente del Cusco y Puno, pero también pobladores de las comunidades nativas del departamento”... ¿Y usted de dónde es?... Muy tarde. El pedido está listo. La “mesa” está servida. Ya no hay tiempo para explicaciones ni palabras. Un “buen provecho, Señor”, reemplaza al apretón de manos del adiós.

Vuelve la lluvia. Otra vez hay que enfrentarse a las calles húmedas. Y hay que pensar en algo para no prestarle atención a las gotas o a la ropa mojada que se pega al cuerpo. Y recuerdas la pregunta sin respuesta. De dónde sería el hombre del tenedor en mano; quizás él también dejó el Ande y decidió probar fortuna en el monte o ¿sería un nativo de las etnias de Madre de Dios?.

Tal vez era descendiente de los huarayo o esse´ejas, valerosos guerreros de otros tiempos que enfrentaron a los ejércitos del Inca; o un maschos, una tribu sanguinaria y temida que a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, recibieron un trato inhumano por parte de los “caucheros”; o de los huachiparis que andaban desnudos y que en raras ocasiones vestían trajes confeccionados con cortezas de árbol...

¿Se podrá navegar mañana?... “Tiene que esperar nomás, porque en la selva no hay certezas. Todo depende del clima”, responde el motoristas de los bostezos y gruñidos. Incertidumbre. Nadie sabe cómo estarán las aguas al día siguiente. No importa, quizás lo mejor sea olvidarse del río, para disfrutar plenamente, de la noche de Puerto Maldonado, la capital de la Biodiversidad del Perú.






domingo, julio 17, 2005

El Click de la Semana


Cordillera Blanca
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Cielo azul, montañas enormes, mantos de nieve. Esa es la magia del Callejón de Huaylas y la Cordillera Blanca, un espacio congelado donde el sol resplandece en la piel albina de las nevados y el viento susurra extrañas y tentadoras melodías en los oídos de los curtidos aventureros que buscan coronar las cumbres del Huascarán (el más alto del Perú), el Alpamayo o el Pisco. Los que aún no estamos preparados para semejantes retos, tenemos que contentarnos con cimas más afables y cercanas, más fácilmente conquistables como la del Pastoruri, retratada en esta imagen.

Nubes Congeladas

Callejón en la oscuridad

Relatos de una noche en vela

En las sombras de una noche sin corriente eléctrica, un grupo de viajeros recuerdan sus vivencias en el Callejón de Huaylas, un rosario de pueblos de altura que se encuentran flanqueados por los picos de nieve de la cordillera Blanca y las montañas peladas de la cordillera Negra. Paisajes alucinantes, quebradas pletóricas de verdor, comunidades pintorescas y lagunas esplendorosas, son lugares comunes en esta región del Perú, localizada en el departamento de Ancash.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Panorama sombrío en una noche de candiles extenuados y velas quebradizas. Noche de apagón, en la que no faltan los contornos difusos, las siluetas borrosas y los breves resplandores que permiten vislumbrar los cuerpos, los rostros, las sonrisas de los viajeros que andan a tientas por las calles de una ciudad desconocida.

Desfile de sombras aventureras que buscan con denuedo un refugio contra la penumbra, un oasis donde la oscuridad será desterrada por la fulgurante llama de los recuerdos; ah, pero es tan difícil encontrarlo en las calles marchitas de farolas espigadas farolas que agonizan por la falta de energía.

Palpita la incertidumbre: ¿a dónde ir? ¿izquierda o derecha? Vueltas, ir y venir, pasos equivocados, pasos repetidos en calles idénticas, igualadas por un extraño manto de oscuridad, especie de pañuelo de mago que las convierte en tenebrosas zanjas de asfalto, en la que merodean ogros de cemento.

Y en el laberinto de las tinieblas repiquetean los rumores, cosquillean los murmullos, aterran las profecías de noches tenebrosas de crespón negro... bah, lo mejor es no escuchar, lo mejor es que el viento se lleve las palabras y arrulle los sueños de los colosos de hielo que rodean Huaraz, la capital del departamento de Ancash.

La búsqueda termina en un restaurante penumbroso. Ambiente sosegado en el que el bailoteo de una llama azul, ilumina los labios cuarteados, las mejillas encendidas, los ojos brillosos de aquellos que fueron sombras errantes en las calles apagadas, figuras claro oscuras en la plaza de Armas con su enorme Cristo que parece bendecir al mundo entero, siluetas de carboncillo en la fascinante confusión de colores del mercado artesanal.

Las voces repliegan a la oscuridad en un inusitado concierto en el que se relatan vivencias en el callejón de las cordilleras en blanco y negro, de las flores amarillas y los ríos santificados, de los pueblos que son una auténtica dulzura y de los danzantes con cabeza de plumero, que se inventan una fiesta para remover el polvo de la algarabía.

Ya no hay contornos difusos en la noche huarasina. Se ha encendido la llama de los recuerdos y alguien habla de una nube anaranjada y esponjosa que le hace mimos a la cima congelada del Huascarán -la montaña más alta del Perú (6,768 metros de altura)- y de un cartel en fondo verde en el que se lee una frase espeluznante: Yungay, pueblo sepultado.

El restaurante se pinta con los colores del ocaso y la espuma de un sudoroso vaso de cerveza, se transforma en un amenazante pico de hielo a punto de desmoronarse... y tembló la tierra y el trozo del glacial se desprendió con furia, se agigantó, rugió, se volvió incontenible. Arrasó árboles, destruyó casas, enterró los sueños y esperanzas de miles de hombres y mujeres.

“Yungay fue enterrado por el alud del Huascarán. Más de 20 mil personas murieron”, concluye el relato un viajero de ojos vidriosos, acongojados, aún sorprendidos por el contradictorio panorama de piedras colosales, tumbas con cruces oxidadas y palmeras invencibles que resistieron los embates del aluvión que el 31 de mayo de 1970, destruyó un pedacito del Callejón de Huaylas.

La antigua Yungay es ahora un cementerio coronado por la imagen del Redentor, que observa con indulgencia o, tal vez, con velada severidad al impasible nevado.

Con el paso de los años, el pueblo se reconstruyó: casas nuevas, iglesia por estrenar, una plaza grande en la que siempre se recordará la desgracia. Nadie olvida el pasado en las alturas, pero la vida continúa... hoy, un hombre prepara raspadillas con el hielo del Huascarán.

Almanaque equivocado
Se acaba el vaso de cerveza. Las gargantas se refrescan. Surge nuevos recuerdos: la laguna de Llanganuco con sus aguas turquesas y su bosque de quishuar al pie del Huascarán, las flores de retama que le dieron el nombre a Carhuaz (deriva del quechua cca huash que significa amarillo), la impactante y congelada belleza del Alpamayo, el nevado más hermoso del mundo.

Una nueva historia: Confusión de colores, vorágine de movimiento, azote de notas musicales en un rincón de la carretera que cruza el Callejón de Huaylas, un majestuoso paraje andino, eternamente enmarcado por la contradicción de sus dos cordilleras: la negra, una cadena de montañas oscuras, y la blanca, una sucesión de enormes nevados.

¿Dónde estamos?... nadie contesta, excepto los músicos que responden en su melodioso idioma de corcheas y compases. Música y baile en las alturas, para engreír al rumoroso río Santa, a las montañas robustas de ambas cordilleras y al Señor de la Soledad, la imagen adorada que protege a los hombres y bendice las tierras.

En una calle orlada de fiesta, una avanzada de jóvenes -sombreros de pluma, camisas holgadas de colores deslumbrantes- se contonean, brincan, se acercan, forman un círculo y hacen vibrar los cencerros que llevan amarrados en sus piernas. La danza se prolonga por varios minutos. Es una sucesión de piruetas y pasos complicados. Gotitas de sudor en los rostros de los bailarines.

Al fin vuelve la calma. Al fin hay una respuesta: “estamos en Tinco”, dice una mujer, “la danza se llama shacsha y es infaltable en la fiesta del Señor de la Soledad, que es en mayo...”, agrega, mientras que, tenedor en mano, planifica la ofensiva, el ataque y posterior conquista de un plato de cocho (frejolito cocido con ensalada de cebolla)... pero, tras el primer bocado, se ve obligada a suspender las hostilidades.

“Le explico –comenta y mira con deseo los frejolitos- la danza es tradicional en mayo, pero la gente estaba un poquito triste y se organizó una actividad para levantar los ánimos y recaudar fondos en beneficio de la comunidad. Así que por eso se está bailando en junio”, concluye la frase y vuelve al ataque.

Las risas y los golpes de mesa son el colofón de la historia. La vela que iluminaba los rostros, se ha convertido en una mazamorra de cera a punto de extinguirse. Ya no hay tiempo para más relatos. Fin de un concierto de sombras en un restaurante penumbroso.

*Mayor información de Huaraz y el Callejón de Huaylas en http://www.enjoyperu.com; si desea ver más imágenes de la zona visite: http://www.peru-pictures.org

jueves, julio 14, 2005

Noche Bohemia

Cusco de fiesta
Diversión en tierras del Inca


El Cusco, la antigua capital del imperio Inca, tiene una agitada e inquieta vida nocturna. La ciudad baila, brinda y se enamora entre las sombras de la oscuridad y el colorido titilar de las luces de las discotecas, bares y pubs.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Noche bohemia. Noche romántica. Noche de facciones sombrías y de amores burbujeantes. Amores explosivos. Noche de sonrisas cómplices y de brindis políglotas. Noche apurada por las manecillas del reloj. Noche que debería volverse eterna, para que sigan parpadeando sus luminosos ojos de mil colores y no se extinga su portentosa voz estereofónica.

Noche de insomnio. Noche de juerga, de fiesta y vacilón cosmopolita. De horas felices y de dos por uno la jarra de cerveza. Salud, amigo, cheers, my friends, en bares, tabernas, discotecas, pubs o donde sea que la noche invite; esa noche tentadora que oculta su espíritu febril bajo el pálido maquillaje de las farolas de la Plaza de Armas, de la avenida El Sol y de las retorcidas calles de San Blas.

Noche de charangos y quenas, de sintetizadores y guitarras eléctricas. Noche andina de notas y ritmos fusionados. Noche asorochada (de mal de altura), noche de frío, quizás de lluvia o, tal vez, sólo noche de estrellas brillantemente azules... Noche que no descansa, que zapatea estremeciendo los muros de piedra del ombligo del mundo.

Noche pletórica de inquietud que transforma la antigua capital de los incas. Cusco de noche. Cusco distinto, sin salidas a la Catedral, sin Púlpito de San Blas, sin Sacsayhuaman, sin Valle Sagrado, sin Machu Picchu. Noche en busca de amistades efímeras. Noche con aliento a licor. Noche sin pasaportes, sin fronteras y sin rencores. Noche de hermandad.

Noche sin descanso y de bailes interminables, con ritmo o sin ritmo, con pareja o sin ella, con pareja del sexo opuesto o del mismo sexo... ¡¿Cómo?! Ya nada sorprende o todo sorprende muy poco en la noche de huayno o de rock, de saya o de rap, de chicha o de heavy. Noche en la que puede suceder cualquier cosa; menos aburrirse, menos bostezar, menos irse a dormir.

Tours de fiesta
Se encienden las luces. Un nuevo Cusco despierta. Un Cusco insinuante, provocador, quizás hasta atrevido se exhibe ante los ojos cansados de los turistas que vuelven de las excursiones, se muestra ante la nostálgica mirada del viajero que está a punto de partir y quiere ahogar su tristeza con varios chopps de cervezas o sacudir las penas con el frenético zapatear de un huaynito.

Y es que en el Cusco siempre hay algo qué hacer. De día o de noche. Con sol o con luna. Visitas al centro histórico en las mañanas y también en las tardes, para descubrir la mágica comunión entre lo inca y lo hispano; o recorrer bares, discotecas y otros “templos” de diversión en las noches seductoras.

Bueno, todo esto ocurre cuando la ciudad se viste de nocturnidad y se programan los nuevos tours, sin agencias, sin guías, sólo por instinto, puro pálpito, puro ir y venir siguiendo los mandatos de la noche, las reglas de la juerga y aprovechando las horas felices (happy hours), para ahorrar alguito, para brindar y bailar más, hasta que amanezca, hasta que despierte el Sol, el dios de los Incas.

En las noches de la “Capital Arqueológica de América” se escribe diariamente una nueva historia, que no figura en los libros ni en las tesis de los investigadores, porque aquí la “conquista” se repite una y otra vez, pero es distinta, sin violencia, sin exterminio; sólo con sonrisas y palabras bonitas, sólo con mohines y guiños sensuales.

Y también se “encuentran los mundos”. Lo andino y lo occidental otra vez frente a frente, ya no en la Plaza de Armas de Cajamarca donde Atahualpa fue capturado por Francisco Pizarro, sino en una reducida mesa de madera, en la que un "don Juan” cusqueño con pinta de Inca resucitado, trata de enamorar a una lindura de ojos azules.

Amor pasajero, amor de viaje, amor de aventura. Promesas de cariño entre las parejas formadas por descendientes de aquel histórico “encuentro de dos mundos”, aunque, a decir verdad, en el planeta ya hay más de dos mundos y nosotros como que hemos descendido de categoría, porque andamos por el tercero, a pesar de los Incas y toda su sabiduría.

Así es la juerga. Con botellas vacías y vasos que se rompen. Con algún “machito” que quiere irse a las manos o se manda con una diatriba tipo “hemos descendido al cuarto mundo, compadrito” o turistas excesivamente entusiastas que declaran su admiración por todo lo andino y juran amor eterno al Cusco, esa ciudad entrañable que ya extrañan sin haberla dejado.

Los últimos brindis en quechua, español, inglés o cualquier otro idioma. Total, el trago es un buen traductor. Todos se entienden o por lo menos tratan de hacerlo; y si no lo logran...¡qué importa!. Hay que seguir, aprovechar cada minuto, porque la noche no es tan larga como se cree y ahorita surge la luz para echar a perder la diversión.

Amanece en Cusco. Se despereza el tren que va a Machu Picchu. Cierran los bares, discotecas, cantinas y pubs. Sosiego y calma en la ciudad imperial. El sol ilumina a su ciudad consentida, mientras la luna descansa y recupera sus fuerzas para acompañar a los noctámbulos y brindar con ellos. “Salud, señor-mister”; “cheers, compadrito”.

lunes, julio 11, 2005

Paradero Inicial


El periodismo, quizás sin quererlo, me ha llevado a recorrer los más diversos rincones de la geografía peruana. De allí nacen estas crónicas y reportajes, que más allá de los datos y la información, tratán de transmitir sensaciones y sentimientos.

Comparte conmigo esta aventura de conocer el país, en una fascinante travesía de letras y sueños, de frases y pasión andariega. Aquí siempre hay espacio para un viajero más. Estás invitado, prepara tus cosas, equipa tu mochila y únete a Explorando Perú.

Relatos de Altura

Las Doncellas de las Pampas

El 24 de junio, centenares de comuneros forman una cadena interminable en la Reserva Nacional Pampa Galeras-Bárbara D´achille (provincia de Lucanas, Ayacucho), para arrear a las tropas de vicuñas que pastan libremente en la zona. Chaccu, gritan los hombres del Ande, mientras conducen a estos finos camélidos sudamericanos al corral en el que realizarán la esquila de su preciada fibra, repitiendo un ritual de origen incaico, que parecía perdido en el tiempo. Al término de la ceremonia –organizada por el Consejo Nacional de Camélidos Sudamericanos (Conacs)- los animales son puestos en libertad. Vuelven a su reino de altura.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

En la pampa inhóspita, el arco iris ya no quiere estar quieto. Se muere de ganas de juguetear con el viento y decide convertirse en bandera. Ahora flamea en una atalaya de piedra.

En el fortín del soroche (mal de altura), tres zorros hambrientos y ambiciosos olvidan su proverbial astucia y caen en una trampa. Quedan atrapados en un corral de madera y rejas de alambre.

En las tierras del ichu, un tataranieto del Sol recita juramentos en quechua. Clama por el bienestar de su pueblo y pide una ayudita extra para sus exámenes en el instituto pedagógico.

Y es que todo puede suceder cuando la calma, la quietud y el sosiego de la puna, es desgarrado por densas cortinas de polvo que incitan al viento a susurrar mitos y leyendas; o es roto por coloridas cadenas humanas que rejuvenecen al Sol, que brilla esplendoroso al recordar las hazañas de sus hijos, los Incas, los soberanos del Ande.

Nada sorprende en la tarde de sienes palpitantes, respiración entrecortada y dolores de cabeza, en la que cientos de comuneros se convierten en los eslabones de una vistosa cadena, que invade, usurpa, se apodera de la Reserva Nacional Pampa Galeras-Bárbara D`achille (provincia de Lucanas, Ayacucho), para revivir una costumbre ancestral...

Chaccu, rugen con voz de trueno los hombres del Ande, entonces, vibra, se estremece, tiembla la árida soledad de la pampa. Agitación y movimiento. Corren y saltan los comuneros, mientras el Inca estudioso se arrellana en su litera crujiente y el arco iris –travieso y picarón- inventa nuevos pasos. Baila con más ritmo en su atalaya de piedra.

Chaccu, chaccu, se prolonga el rugido en la yerma inmensidad de la pampa. Se estrechan los eslabones, la cadena se acorta, el cerco humano se hace inexpugnable... el Sol se pone furioso y espanta con sus rayos calcinantes a las nubes antipáticas que le tapan la vista, y el viento cuenta historias de doncellas o de reinas de piel canela y... ¿los zorros?, al borde del infarto. No saben por donde escabullirse.

Chaccu, chaccu, chaccu, el grito es constante, enloquecedor. Se desborda la emoción, crece el desorden. “Ya vienen, ya vienen las vicuñas”, anuncia con palabras deformadas por la abrigadora mordaza de una bufanda, un comunero (¿de Lucanas?, ¿Puquio? o ¿Andamarca?) que señala puntos de color canela, esparcidos en el austero verdor de la pampa.

La fiesta de la esquila
Una malla cercena su libertad. Reduce su mundo a unos cuantos metros de pampa pisoteada. No pueden escapar, no pueden volver a la soledad de su reino de aire avaro. Sólo queda correr para engañar o cansar a la angustia, para alejarse de los hombres de las manos sarmentosas o de esas monstruosas máquinas de esquilar, que las aterran con sus zumbidos persistentes.

Lo mejor es agruparse. Los machos adelante, defendiendo a sus tropillas de hembras, las crías pegaditas a las patas de sus madres. Los minutos se alargan en la incertidumbre polvorosa, la desesperación aumenta como aumenta el odio al corral. El fin del chaccu se acerca y... ¿los zorros?, aún no comprenden cómo se dejaron arrastrar por la cadena de carne y hueso.

Indefensas en medio del bullicio, añoran su libertad de campos abiertos pegaditos al cielo, aunque éstos también esconden peligros: noches frías, agua escasa, pumas y zorros siempre listos a atacar, cóndores hambrientos y carroñeros, balas traicioneras de cazadores furtivos, que las atacan por el delito de ser bellas.

Muerte en las zonas altoandinas. Pena capital dictada por la ambición de hombres desalmados y sin escrúpulos, que exterminan tropas de vicuñas –machos vigorosos, hembras preñadas, crías de andar errático- para extraer su valiosa fibra, una de las más cotizadas del mundo.

El accionar de los cazadores furtivos tuvo y tiene consecuencias perversas. En 1,965, sólo existían en el Perú, el país con mayor población de camélidos, 5,000 vicuñas (Vicugna vicugna). La reina de las alturas, el hermoso animal que vestía con su fibra a los hijos del Sol, estaba en peligro de desaparecer. La extinción era una nube sombría que estropeaba la claridad de la pampa.

Tiempo de decisiones: Proteger a la vicuña, un animal gregario y herbívoro que habita entre los 3,800 y 5,200 m.s.n.m. ¿Cómo?, creando un reserva, pidiendo el apoyo de la comunidad internacional. Trabajo arduo, duro a veces decepcionante, porque la pampa no tiene límites y los cazadores perfeccionan sus tretas, aguzan sus miras telescópicas.

En 1991, el gobierno peruano concedió el usufructo de la vicuña a las Comunidades Campesinas... y los hombres del Ande se reconcilian con el animal huidizo e indómito, con el que comparten la cordillera. Dos años después, renace el grito de chaccu y, tras varios siglos, la figura del Inca –casi siempre un estudiante- reaparece en Galeras, entonces, el arco iris, volvió a ser la bandera del viejo imperio.

La especie se recupera. Los comuneros se encargan de proteger a los animales y una vez al año las arrean para esquilarla (se extraen entre 200 y 250 gramos de cada animal). El dinero que se obtiene por la venta de la fibra a los consorcios internacionales (el kilo de lana de vicuña puede llegar a costar 300 dólares), es invertido en proyectos de desarrollo.

La estrategia –a pesar de la persistencia de las bandas de cazadores furtivos- viene dando buenos resultados. En la actualidad, según las cifras del Consejo Nacional de Camélidos Sudamericanos (Conacs), existen en el Perú 142,000 vicuñas, distribuidas en casi 8 millones de hectáreas. El fantasma de la extinción se difumina lentamente.

Ya no hay cadenas humanas en Galeras. Todo se reduce al corral, a la teatral llegada del Inca y su séquito, a los esfuerzos de los zorros por recuperar su astucia y a la fascinada contemplación de los ojos negros, los cuellos largos, la figura estilizada de las ariscas vicuñas: reinas de los Andes, doncellas asustadas a miles de metros sobre el nivel del mar.

Rituales antes de comenzar la esquila: un pequeño corte en la oreja de un camélido. Brota la sangre. Los comuneros se la echan en el rostro. El Inca alza los brazos y charla con el Sol y le dice las palabras en quechua que le enseñaron sus padres o repite las frases que aprendió de memoria, cuando sus maestros del Instituto Pedagógico de Puquio, le pidieron que representara al gobernante del Tawantinsuyo.

Se acaban la charla. El Inca se despide del Sol, mira de soslayo a sus súbditos y vuelve a su litera, cuando la máquina de los zumbidos persistentes se acerca. Todo está consumado. La vicuña –atrapada por un grupo de hombres- respira con dificultad, quizás siente frío. Ha perdido su fibra, sus vellones canela y blanco, pero volverá a la puna, seguirá con vida.

Más información sobre camélidos sudamericanos:http://www.conacs.gob.pe

viernes, julio 08, 2005

Rutas de Fe

Patrona de Otuzco
La Virgen de la Puerta

Se escapaba del altar para auxiliar a los enfermos o vigilar al pueblo desde el atrio de la iglesia; entonces, sus devotos, preocupados y atónitos, decidieron colocarla en la fachada del templo de Otuzco, pueblo serrano localizado a 70 kilómetros de Trujillo (La Libertad). La medida fue exitosa, la llamada Virgen de la Puerta no volvió a escabullirse. Ahora, está quietecita, observando las calles y escuchando con infinita bondad, las plegarias de sus miles de fieles.

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

En la esquina de la plaza de Armas, una mujer vende helados. Sentada en una banquita retaca, de patas rengas y arqueadas, espera con paciencia a sus clientes: devotos que sepultan lágrimas en pañuelos arrugados, hombres y mujeres que huelen a camino, sahumerio y vela derretida, niñitas curiosas e inquietas que cuentan los secretos de la Virgen.

Sólo unos metros detrás, en el centro de la plaza, varios ancianos de piel tostada, conversan sobre sus chacras, reportan la salud del ganado enfermo, se quejan por la cosecha escasa, maldicen a la temporada de lluvias que se extendió más de lo necesario y a la carretera de fango que secuestra la llantas de los camiones... “uy, la virgencita nos puede oír”, exclaman y se persignan. Al fin sonríen.

A espaldas de los ancianos y justo al frente de la iglesia que bordea la plaza, un grupo de hombres y mujeres colocan taburetes y tableros, extienden franelas y cordeles, cuelgan cirios y escapularios, exhiben cuadros e imágenes... “lleve una velita para la Virgen”, insisten una y mil veces, algunos con desgano, otros, con sagacidad de fogueados comerciantes.

Unos metros más arriba, desde la urna colocada en el segundo piso de la iglesia, la Virgen otea la plaza y el perfil serrano del pueblo de Otuzco. Mira con simpatía a la lejana vendedora de helados, se entretiene con la conversación de los ancianos –a quienes perdona sus maldiciones- y se irrita con aquellos que lucran con la fe de sus devotos.

A escasos centímetros de la urna y totalmente indiferente al ajetreo de la plaza, una mujer se hinca frente a la imagen sagrada y cubre su rostro con un paño de tela negra. Se siente el murmullo de su voz acongojada, se presumen las lágrimas que ruedan por sus mejillas, pero se ignoran las confesiones, los pesares inmensos que atribulan su alma. La Virgen escucha. Un corazón se llena de esperanzas.

Imagen traviesa
“Sí, la Virgen es milagrosa”, asevera la señora de los helados al despachar un cono de fresa. “Tiene un montón de ropa y en fiestas patrias se viste con los colores de la bandera”, relatan la niñitas revoltosas. “La trajeron los curas españoles en tiempos de la colonia, pero era caprichosa y no quería estar en el templo”, cuentan los abuelos, recordando las historias que escucharon en su infancia.

La virgencita desaparecía, se escapaba del altar para colocarse en la puerta de la iglesia o atender a algún enfermo. Desde ahí miraba a la gente del pueblo, que andaba confundida y perpleja por la caprichosa actitud de la imagen, hasta que cierto día –no se sabe si para darle gusto o evitar una estrepitosa caída de esas de las que nadie está libre, ni siquiera la madrecita de Dios ¿no es verdad?- decidieron colocarla en el atrio del templo.

Y la llamaron Virgen de la Puerta. Y en 1943, el Papa Pío XII le otorgó el título de Patrona del Norte del Perú y Reina de la Paz Mundial. Y el ministro Morales Machiavelo elaboró los planos de un santuario que estuviera a la altura de imagen tan importante. Y los miembros de la Hermandad, consideraron que no era pecado gastar el dinero de la limosna, en obra tan loable.

Cerca de 40 años demoró la construcción de un santuario de sencilla y lítica grandeza, con dos torres robustas coronadas por cruces blancas, amplias naves capaces de cobijar a todos los devotos y un balcón desde el que se puede ver de cerca la urna de la Virgen, que ha sido colocada encima de las tres puertas, para evitar sus repentinos arranques de escapista.

Pueblo de fiesta
“Siempre escucha a sus fieles”, sentencia la vendedora al despedirse de su banquito reumático. “El libertador Simón Bolívar le rindió honores y, en la guerra con Chile, uno de sus vestidos fue abaleado”, se entristecen las niñitas que no saben guardar secretos. “Su fiesta es linda. Procesiones, música y baile durante 3 días”, se olvidan de las maldiciones los ancianos de la plaza.

Diciembre, mes de fiesta en Otuzco. Desborde de fe. Arrebatos de devoción en un pueblo habitualmente tranquilo, que se ve trastocado por la llegada de cientos, quizá miles de peregrinos procedentes de todo el Perú... “Ah, esos días la plaza está llena”, confiesa la mujer del velo negro y el corazón lleno de esperanzas; “Ah, esos días sí hay negocio”, se frotan las manos, sacan cuentan los mercaderes del templo.

Marea titilante de velas encendidas. Vaivén de bailarines de marinera y huayno. Redoblar de tambores. Estallidos persistentes de bombardas de artificio. Fiesta en un pueblo campesino de calles centenarias, casonas descascaradas y chirriantes balcones de madera... “la gente le regala mantas y preciosos vestidos a la Virgen. Tiene más de 500 y todos están aquí”, acaricia monedas, cuenta billetes, el hombre que vende los boletos en el museo del Santuario.

Día de procesión. El fervor aumenta. La Virgen desciende desde su atalaya en el frontispicio de la iglesia. “Es emocionante. A uno se le caen las lágrimas”, dice la señora de los helados. “Los miembros de la Hermandad, tienen un sistema para hacerla bajar”, revelan los ancianos. “La pasean por las calles del pueblo. Bendice a todos”, adelgazan sus voces las niñas inquietas.

La mujer del velo negro desaparece en el horizonte. Los helados terminan de derretirse. Las niñas se cansan de contar historia. Los ancianos ya no tienen más quejas. Nadie compra velas ni escapularios. Se acaba el día. La plaza de Armas queda desierta... pero la Virgen sigue en la puerta, observando los perfiles serranos de su pueblo: Otuzco, la capital de la fe.


miércoles, julio 06, 2005

Travesía Norteña

Los Jinetes del Mar

Desde tiempos preincaicos, los hombres de Huanchaco –caleta y balneario a 12 kilómetros de Trujillo (La Libertad)- surcan la mar en rústicas embarcaciones de totora, una anea acuática originaria de América. Los antiguos peruanos las llamaron muchic (Pez Dorado); pero, cuando los conquistadores españoles las vieron saltar sobre las olas, las bautizaron con el nombre de “caballitos”. Hoy, la tradición continúa. Los pescadores de este rincón de la costa norte del Perú, siguen galopando en el Pacífico.

Texto y Foto: Rolly Valdivia Chávez

Solito caminaba usted, rapidito iba por las escaleras que llevan al templo de la virgencita del Socorro. ¿Estará perdido?, me preguntaba, mientras lo veía dar vueltas y vueltas como un condenado o un alma en pena. Bien gracioso era verlo ir y venir por el atrio, buscando quién sabe qué cosa en su maletín negro o acercándose a las señoras que salían de la misa.

Yo lo veía de reojo nomás, de lejitos nomás cuando me preparaba para bajar a la playa y zurcir mis redes en la orilla, porque hoy no voy a pescar. El mar está “picado” y el cielo anda medio tristón. Lo mejor es quedarse. No vale la pena retar a las olas cuando están molestas. Eso lo aprendí con los años. Eso me lo enseñó la experiencia.

Trabajaba muy tranquilo en mis redes y miraba -entre puntada y puntada- a los vecinos que vagabundean por el malecón, a mis colegas que conversan para matar el tiempo, a los turistas despreocupados que salen de los hoteles, a las “combis” que vienen de Trujillo... de pronto, aparece usted y su maletín negro, usted y su libretita ajada, usted y su temor de conversar conmigo.

Tendré cara de malo pensé y seguí con mi trabajo. Usted se había sentado en la arena. Me observaba en silencio. ‘Ni que yo fuera un fenómeno’, refunfuñaba para mis adentros y me daban ganas de encararlo, de decirle que ya estaba bueno, que se dejara de tonterías y se marchara de una vez... pero no lo hice, más bien le sonreí, como queriendo invitar a la confianza...

Estoy sentado en la arena, observando a un pescador que teje sus redes. No sé que me pasa. No hablo, soy parte del silencio y del panorama sombrío; cómplice del horizonte nostálgico y de ese mar extrañamente embravecido, del que surgió Taykanamo, el gobernante Chimú que llegó a tierras costeñas en una invulnerable balsa de totora.

Ahora el hombre me mira con ¿desdén?, quizás con ¿encono?... no, parece que sonríe. Me sorprende su actitud. Sé que mi sigilo lo incomoda... caray, debo acercarme, estrecharle las mano y preguntarle sobre Huanchaco y sus legendarios caballitos de totora; pero no lo hago, algo me retiene. Pienso en las señoras endomingadas que salían de la misa.

Ni bien lo vi le dije a mis comadres ‘este joven no ha subido a rezarle a la virgen. Quiere otra cosa’. De eso me di cuenta al instante. “A qué habrá venido”, les advertí a las muchachas. “Se le nota cansado”, respondieron ellas en coro. “Ay, el pobre ha subido corriendo”, se compadecieron al recordar que la iglesia está en una lomita y que un rosario de escalones la separan del pueblo.

Me ganó la curiosidad y les dije a mis comadres que nos quedáramos un ratito. Ellas aceptaron con agrado... en fin, curiosear no es pecado y para ser sinceras nos daba risa su andar atolondrado y la cara de desgracia que puso al darse cuenta que el Sol no aparecía. La nostalgia del cielo no le permitía otear el pueblo ni el mar.

Queríamos hablar. Saber de dónde eras, qué andabas buscando y porque no dejabas de escribir y tomar fotografías; también teníamos ganas de relatar que la iglesia y su único campanario fueron construidos hace más de tres siglos y que la virgen del Socorro es milagrosísima. Por eso la llevan en peregrinación hasta Trujillo.

Te acercaste cuando ya nos íbamos. Comentaste que Huanchaco era un lugar engreído por el mar y nos pediste que te contáramos una historia de la virgen. Nosotras aceptamos. Te dijimos que la trajeron en un barco en el siglo XVI. Desde entonces, no se cansa de hacer milagros y de proteger a los pescadores que ingresan al mar en sus caballitos de totora.

Las señoras me despiden con palmaditas en el hombro y con esas sonrisitas cariñosamente comprensivas que sólo saben dar las madres. Me marcho. Le doy la espalda a la casa del Dios de la conquista y miró las olas de ese mar que trajo a las divinidades del imperio Chimú, el pueblo que construyó Chan Chan, la ciudad de barro más grande del mundo antiguo.

Camino por Huanchaco y sus calles desiertas, ataviadas con los ropajes de soledad que lucen los balnearios en invierno. Ya estoy cerca de la playa. Veo embarcaciones de totora “sembradas” en la arena. Las llaman caballitos por los saltitos que dan al vencer a las olas. Son largos (3 o 4 metros), esbeltos y tienen una frágil apariencia. Sus proas encorvadas apuntan al cielo plúmbeo.

Sólo uno de nosotros ha salido a pescar. ¿Quién será? No logro distinguirlo. Ojalá que vaya con suerte, porque el mar es engreído, traicionero es. Hay que tener mucho cuidado y no ir muy lejos; justo en eso pensaba cuando usted se levantó y se me acercó despacito. Me miraba cómo queriendo preguntarme algo, pero no dijo ni “pío”.

Por un ratito creí que usted era un mudito. Quería quitarme las dudas, acabar con tanto misterio y le dije que yo le podía hablar de los caballitos de totora... ah, usted se puso contento, se alegró bastante y apuntó en su libreta que nosotros mismos tejíamos la totora y que las “embarcaciones” –me da risa esa palabra que usted escribió con letra menudita- nos servían casi tres meses.

Y al toque agarró confianza. Me llamaba “maestro” o “maestrito” y yo medio que me estaba arrepintiendo de haberle comenzado a hablar, porque ya le había repetido como mil veces que nosotros cargamos los caballitos puestos a secar en la orilla, después ingresamos al mar, lo tiramos sobre las olas y nos montamos en ellos. Un remo en forma de pala nos ayuda a mantener el rumbo.

Ahora usted mira su reloj. Se sorprende. Seguro se le ha hecho tarde porque guarda su libreta y se despide. Vaya con Dios le digo, en el momento que me toma la última fotografía...

Ya es tarde. Tengo que volver a Trujillo, pero el pescador no termina su historia. Mejor me despido. Mucho gusto, hasta luego, nos veremos pronto. “Vaya con Dios”, sentencia, luego de explicarme que los antiguos peruanos llamaban “Pez dorado” a las embarcaciones –¿por qué se ríe cuando escribo esta palabra?- de totora. Me alejó. El hombre de las redes palmotea la áspera piel de su corcel marino.

El mar está desierto. Ya nadie desafía sus aguas. Ya nadie cabalga en sus olas constantes. Los dorados caballos de totora descansan en sus establos de arena. Los pescadores reparan sus redes. Las señoras vuelven de la iglesia... una historia termina de escribirse en una libreta gastada.

*Más información sobre los Caballitos de Totora, en:

http://www.enjoyperu.com/magazine/otros-artic/Huanchaco-y-sus/index2.htm

lunes, julio 04, 2005

Crónicas Urbanas

Lima... ¿dónde las calles vuelan?

Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Lima al mediodía. Lima en hora punta: movimiento, trajín, pregones en calles que palpitan, transpiran, bullen bajo un sempiterno cielo gris, color panza de burro; ¡cómo?, así le dicen, pues, es su “chaplín”, su “mote”, su “alias” desde siempre, porque Lima es opaca, sombría, plúmbea, cuando hiere el sol o cuando carcome el frío. La bruma es eterna. La bruma es limeña, compadrito.

Es mejor no mirar al cielo. Da pena, mete nostalgia y no quiero tentar a la tristeza, menos hoy estoy “chocho” y “recontra pilas”, porque voy en busca de unas calles que están en el aire o algo por el estilo. Suena raro, pero existen, bueno, eso creo, eso me dijo un amigo que leía un libro sobre el Centro Histórico de Lima, que a decir verdad, tiene mucho de histórico, pero ya casi nada de centro.

Y es que la ciudad se estira como chicle de quinceañera y ahora es difícil saber dónde diablos está su verdadero centro geográfico; pero por algún sitio debe de andar el pobre, porque no se lo han robado -humm, al menos no tengo noticias de semejante atropello- aunque en Lima todo es posible, en eso se asemeja a la dimensión desconocida.

Con o sin centro, tengo que encontrar las calles flotantes de Lima... ¿Bajas, chino?, me pregunta el cobrador de la combi, sacándome de mis profundos y elevados pensamientos; ¿pie derecho, barrio, rápido, rápido?, ordena luego, lo que en jerga limeña significa saltar o tirarse del vehículo antes de que éste se detenga del todo. Así ganan tiempo en su imaginario y cotidiano grand prix urbano.

Otra vez soy un ciudadano de a pie. Estoy en la esquina de la avenida Tacna y Conde de Superunda, cerquita a la Plaza de Armas, el cuatricentenario corazón de Lima que, milagrosamente, no se ha infartado y aún late con vigor, entre construcciones emblemáticas como el Palacio de Gobierno, la Catedral y la sede del gobierno Municipal.

Mi idea era andar a paso de procesión, hasta que apareció una figura sospechosa (léase presunto delincuente). Pueden llamarlo cobardía, aunque personalmente preferiría que lo vieran como un refinado espíritu de supervivencia en la maraña de smog, al impulso que me llevó a cambiar de acera y apresurar el ritmo de mi marcha.

Redoblo el paso: Uno y dos, esquivando transeúntes con apariencia de zombis, escapando a las palabras hipnóticas de un charlatán armado de pócimas mágicas; izquierda-derecha-izquierda, apiadándome de los mendigos de cegueras inventadas o que exhiben hijos alquilados; y, a la vez, “toreando” automóviles 007, es decir, con licencia para matar.

Aceleré el paso y lo digo sin ningún tipo de vergüenza, porque no soy karateca ni tengo espíritu de kamikaze; más bien, estoy convencido de que si se acerca un malandrín con intenciones nadas santas, lo mejor es sacar cuerpo. “Al diablo con las calles voladoras”, pensé durante mi estratégica huida, aunque la idea no prosperó, por el contrario, desapareció más rápido que sueldo en cantina.

En verdad no me arrepiento de haber persistido en mi incursión al Centro de Lima. Y es que me quedé maravillado cuando encontré lo que buscaba. “Son como calles en el aire o por los aires”, murmuré imbuido de un espíritu metafórico; “y no están ahí por culpa de un proceso inflacionario”, agregué, mezclando mi lacrimógeno sentido del humor con mis escasos conocimientos de economía.

Lo único malo de mi “encuentro cercano” con las “calles voladoras”, es que un jubilado que andaba por ahí escuchó mi murmuración y sin recato alguno me encaró: “¿calles en el aire?, qué te has fumado, hijito. Esos son balcones”. La frase rompió todo el encanto místico-literario-metafórico que me contagió mi amigo y me situó en una realidad “abalconada”.

Una realidad que fui descubriendo de a pocos, al caminar por los gastados jirones del “Damero de Pizarro”, así se le llama al centro, en honor al fundador de la ciudad, quien debe andar medio tristón en el ¿cielo? o en el ¿infierno?, por el arranque “pseudo indigenista” del actual alcalde, que decidió mandar al depósito el monumento del capitán español, que se encontraba en la Plaza de Armas.

Más allá de la anécdota, lo que importa es que en Lima hay balcones grandes y pequeños, lindos y feos, de origen andaluz y de influencia árabe. Balcones de todo tipo y para todos los gustos, que ocultaban la mirada escrutadora y desdeñosa de los poderosos o escondían la contemplación seductora y coquetísima de las bellas hijas del Rímac.

Historia de Balcones
Balcones y más balcones. Conservaditos o a punto de caerse en mil y un pedazos. Son tantos que algunos hasta han sido adoptados (existe un programa municipal llamado Adopta un Balcón) para librarlos del colapso, porque hay que ser sinceros, la capital peruana no sería la misma sin sus calles en el aire, y las llamo así, aunque el jubilado piense que ando en cosas raras.

En mi periplo pude descubrir varios detalles de los balcones de la “Ciudad de los Reyes”, esas joyas de madera que aparecieron a mediados del siglo XVI y que hoy dan la impresión de estar en una especie de limbo, entre la agitación mundana de los jirones y avenidas y la dudosa “paz celestial” del cielo pálido, surcado por hambrientos gallinazos.

Camino y fotografío, camino y apunto, camino y escucho que fueron los españoles los que trajeron el balcón a América y que proliferaron en la “Ciudad Jardín, debido a su clima suave y sin lluvia, lo que favorecía la construcción de los mismos. En un principio fueron sobrios y sencillos. Después se pondrían de moda las celosías (enrejados) de estilo musulmán.

Los balcones limeños presentan influencias andaluza. Hasta aquí todo está claro, pero la historia se complica y se pone más enredada que “pelea de pulpo”, cuando una se entera que los andaluces fueron influenciados por los árabes. Lo que más sorprende aún, es que en El Cairo (Egipto) hay construcciones similares; en fin, una auténtica “ensalada” de nacionalidades.

Ahora ya no me asustan lo presuntos delincuentes y admiro con tranquilidad los balcones de la Casa de Osambela, cuadrados como armarios; del Palacio Arzobispal, fueron los mejores de Lima, hoy se muestran réplicas; de la Casa del Oídor, los más antiguos; del Palacio de Torre Tagle, asimétricos y con ménsulas laboriosamente talladas; de la Casa de Pilatos y de la Casa Rada o Goyoneche.

Y sigo aprendiendo y sigo apuntando: En los balcones limeños se pueden distinguir tres épocas. La primera de puro estilo español (pequeños, rectos y cuadrados), la segunda con construcciones más amplias y ensambles en línea curva; y, la tercera, con influencia francesa, la cual se evidencia en los medallones, flores y guirnaldas esculpidos en la madera.

Estoy cansado. Es hora de marcharme. Adiós centro de Lima. Adiós balcones. Adiós “calles en el aire”... ah, por cierto, ahora que he recorrido la vieja ciudad, me he enterado que esa frase la dijo el Padre Calancha, allá por el siglo XVIII. Él si era metafórico, no como el jubilado que me despertó de mi serena contemplación. Vuelvo a la combi. Lima sigue en ebullición

*Nota: Algunos datos de esta crónica fueron extraídos de los libros: El Balcón Limeño, de J.G. Fiol Cabrejos; Lima Monumental, de Margarita Cubillas; Lima, Precolombina y Virreinal; e Itinerarios de Lima, de Héctor Velarde.

Travesía Norteña

Cuando calienta el sol

En la tierra del algarrobo

Un caluroso recorrido por Túcume, Motupe, Ferreñafe y Zaña


Viajero: Rolly Valdivia Chávez

Quizás lo mejor sería no contar esta aventura y dejar que los sucesos se empolven en algún lugar de la memoria... “porque nadie le va a creer, amigo, van a decir más bien que usted es loquito”, aconseja un hombre trejo que ve pasar la noche desde el umbral de su puerta, mientras espanta zancudos y acomoda su modorra en una chirriante perezosa.

Pero en la vida hay que correr riesgos, sino, dónde está la gracia; además, no será la primera vez que me tilden de loco, calificativo que no me molesta demasiado, porque en la locura hay destellos de genialidad. Así, que desoyendo los consejos del hombre de la eterna modorra, voy a redactar una historia que estaba destinada a quedarse en el olvido.

Eso sí, recomendamos a las personas incrédulas y escépticas, obviar algunos párrafos de este texto, así se libran de un colerón innecesario en estos tiempos ya de por sí cargados de tensión y angustia; y, de paso, le evitan a este cronista la vergüenza de que se ponga en duda su honestidad periodística, porque el relato que usted leerá, es la pura verdad aunque en ciertas partes parezca pura mentira.

Una advertencia final, el viajero asegura que los sucesos a narrar no son consecuencia del achicharrante sol del norte ni de algún extraño brebaje o artilugio de hechicería...ah, porque Túcume –el punto de inicio de esta aventura- es tierra de enigmáticos y célebres curanderos y brujos, “pero de los blancos, por si acaso, no de maleros como los de Salas”, se ufanan los pobladores.

Túcume, la última capital de la cultura Lambayeque, se encuentra a 33 kilómetros al norte de Chiclayo, en el valle del río la Leche. Es un pueblo pequeño y polvoriento, de casas de adobe que parecen a punto de venirse abajo... pero que nunca se caen, como si estuvieran contagiadas de la calurosa pereza, de la tibia laxitud cortesía de un sol salido del desierto.

No sirve de nada la sudorosa frialdad de los vasos de raspadilla ni la agria acidez de la chicha de jora ni el fresco jugo del limón en los platos de ceviche con sarandaja (frijol )... el calor siempre se impone, siempre está ahí como aquellas pirámides enigmáticas construidas por los descendientes de Naylamp (ave o gallina de mar), que desembarcó con un gran séquito en las costas norteñas.

En este pedazo del desierto norteño, donde crecen heroicamente los algarrobos, se encuentran 26 pirámides de barro y adobe, destacando la Huaca Larga, las Estacas, y el Mirador, además de otras estructuras como plazas, patios, sistemas de canales, murallas y un promontorio llamado el Purgatorio, que muy probablemente haya sido un lugar de culto.

Es lamentable, pero algunas de las pirámides y de los restos arqueológicos han sido acorralados por la población. “Es culpa del fenómeno de El Niño”, se excusan ellos y la respuesta no sorprende, porque desde tiempos inmemoriales en esta región del país, los cambios climatológicos han determinado la extinción de culturas y promisorios imperios, la migración o desaparición de pueblos enteros.

Desde los umbrales de sus puertas, los tucumanos ven pasar las horas, los días, los meses y los años, pero nunca ven pasar al calor que los derrite, los aburre; a veces tentando al marasmo, otras, molestándolos tanto o más que los escuadrones de mosquitos y zancudos que revolotean sin parar, pretendiendo clavar impunemente sus aguijones.

“Hay que aguantarlos nomás”, dice con buen humor un parcelero hundido en un cultivo de arroz –el sembrío principal de la zona y culpable directo de la presencia de los zumbantes insectos- aunque él no tiene la misma condescendencia con la mala hierba, porque “a esa nunca le cae plaga y crece sin cuidarla”, refunfuña con la resignación del soldado que sabe que perderá la batalla, pero igual lucha.

Viajeros humedecidos
Basta de advertencias e historias de brujos y pirámides, volvamos al suceso que quizás no deberíamos contar...
Una camioneta se detiene en la berma de la Panamericana Norte, un hombre salta de la tolva y se acerca a un grupo de mujeres tostadas por el sol. Se intercambian palabras que no se escuchan; se dibujan señas y gestos incomprensibles. Se difuminan sonrisas en una tarde aprisionada por el calor, una tarde de viento exiguo y nubes ausentes.

El hombre vuelve y la camioneta toma un desvío. Se aleja de la carretera asfaltada. Se levantan columnas de tierra y polvo, brumosas, densas, casi idénticas a las que sólo unas horas antes la cubrieron por completo en las cercanías de un lugar de milagros y plegarias atendidas, de penitentes que saldan sus deudas de fe y peregrinos que buscan remedios para los dolores del alma.

Caminos similares en búsqueda de dos atractivos distintos. Ahora es Apurlec, unos restos arqueológicos que habrían sido ocupados por un pueblo anterior a Chimú,
en la mañana fue Motupe y sus tierras ahítas de verdor, Motupe y esa gruta húmeda y silenciosa convertida en Santuario; Motupe y su cruz hacedora de milagros, capaz de resolver hasta los problemas imposibles.

Querida, reverenciada y festejada los 5 de agosto, la Cruz de Motupe se encuentra en la cima del cerro Chalpón (razón por la que se le conoce también con ese nombre). Hasta ahí suben los devotos, reviviendo los pasos de José Mercedes Anteparra y Rudesindo Ramírez, quienes hallaron ese símbolo de la cristiandad de madera guayacán y 1 metro 60 de altura, que salvaría al pueblo de todos los males.

Eso fue en 1868, cuando se anunció un cataclismo de proporciones universales. Los motupanos, a pesar de su desesperación, recordaron las palabras del anacoreta Juan Agustín de Abad, quien proclamó que después de su muerte deberían de buscar la Cruz que lo acompañaba en su gruta, porque ésta protegería y libraría al pueblo de desastres y desgracias. Y así lo hicieron. Así nació el culto. Así nació una fiesta de fe...

Desaparecen las brumas. Ya no estamos en Motupe –pueblo localizado a 46 kilómetros al norte de Túcume y a 79 de Chiclayo- sino en la senda dispareja que conduce a Apurlec, pero los restos no se ven por ninguna parte. La noche acecha, se despliegan las primeras mantas de la oscuridad... “señorita, dónde están las ruinas”, “tienen que subir ese monte, debajo de lo verde están”.

Hasta este punto de la historia no hay nada sorprendente ni fuera de lo común, tampoco ocurrió nada extraordinario cuando se abandonó la camioneta... pero todo cambió al darse los primeros pasos; entonces, lo imposible si hizo posible y lo increíble, por la fuerza de los acontecimientos, se hizo creíble.

Algo raro ocurría. No era normal. Sería el espíritu de Santos Vera, el mítico brujo tucumano que era tan poderoso que sus paisanos decían “Dios en el cielo y Santos Vera en la tierra” y lo creían tan fervientemente que alguna vez aquel hombre que hablaba con las fuerzas oscuras se convirtió en alcalde del pueblo, derrotero seguido por uno de sus hijos, que hasta hoy atiende en un rincón del Túcume viejo.

O fueron los dioses prehispánicos los que enviaron esa lluvia descabellada, inusual e inexplicable, porque dónde se ha visto –exceptuando los dibujos animados- que una nube rechoncha de lluvia aparezca en cuestión de segundos en un cielo despejado e inicie una certera persecución, derramando sus explosivas y persistentes lágrimas sólo sobre las cabezas de los ya humedecidos visitantes.

Pero la cosa no quedó ahí. Los frustrados “descubridores” de Apurlec –restos arqueológicos localizados a 31 kilómetros al norte de Túcume- regresaron a la camioneta, sufriendo la tenaz persecución de la nube, que sólo desapareció cuando el vehículo retornó a la Panamericana Norte.
La noche adelantó su llegada. El pueblo seguía sumido en la quietud...¿alguien creería nuestra historia?


Un algarrobo milenario
Ahora sí, estimado lector, puede leer con total tranquilidad los párrafos siguientes, porque ya no escribiremos de nubes afanadas en húmedas persecuciones. De ahora en adelante, el texto transcurrirá por las vías normales sin brujos ni maldiciones de dioses prehispánicos. Sólo datos y pinceladas descriptivas de árboles milenarios, de huacas que limitan con el horizonte y una iglesia asediada por gallinazos.

Retorcido, añejo y de formas caprichosas. Una cruz le hace compañía y en su base bailotea la llama de una vela. La luz es incierta, las ramas absorben o secuestran los brillantes rayos del sol, creando sombras y claro oscuros en los aproximadamente 300 metros cuadrados que ocupa ese viejo algarrobo, conocido como el árbol milenario.

Ya no estamos en Túcume con sus enhiestas pirámides ni en Motupe con su cruz milagrosa. Estamos en el Santuario Histórico Bosque de Pomac, en la provincia de Ferreñafe, un área en la que se busca proteger el bosque natural de algarrobo (Prosopis sp.) más extenso de la costa peruana.

“Vamos a ver los algarrobos”, comunicó el Chiclayanito, el aguerrido conductor de uno de los vehículos de la Municipalidad de Túcume -cedido por el alcalde Carlos Santamaría Baldera para facilitar nuestro recorrido norteño- mientras esquivaba con pulso y precisión digna de un cirujano, a un pobre burro que luego de cometer una proverbial “burrada”, se había caído de patas abiertas en mitad del camino.

Durante el trayecto hacía el mundo de los algarrobos, el hábil conductor nos habló de Ferreñafe –a 13 kilómetros al sur de Túcume y a 20 de Chiclayo- nos dijo que era un lugar tranquilo, con casonas republicanas que rodean la plaza principal y la iglesia de Santa Lucía, que a la sazón era la patrona de la ciudad fundada en 1550.

Lo que no nos dijo –quizás por olvido, tal vez por desgano- es que en las cruces que coronan sus campanarios, era posible divisar un par de gallinazos, descansando plácida y tranquilamente; y, que muy cerca de la ciudad, se hallaba el moderno Museo Nacional Sicán, una joya que merece ser visitada.

Pese a los olvidos, el hombre cumplió con su palabra. Ya estábamos en el sinfín de algarrobos, ese árbol longevo de tronco retorcido que alcanza hasta 18 metros de altura y dos metros de diámetro y que por su habilidad para captar nitrógeno y agua, a través sus largas raíces, puede vivir en el desierto; además, produce una vaina que tiene entre 16 y 30 centímetros de largo.

Eso no es todo. Desde el bosque observamos el lejano perfil de la huaca el Loro, una de las pirámides de barro construida por los hombres de Sicán, ese pueblo que era desconocido hasta que los estudios del arqueólogo japonés Izumi Shimada, determinaron que muchos hallazgos y piezas de gran valor atribuidas al pueblo Chimú, pertenecían a esta cultura perdida en los meandros de la historia.

La tiranía del espacio
La tiranía de las líneas y caracteres vuelve a imponer su yugo. Inspiración resumida, cercenada por el espacio limitado...ah, y hay tanto por relatar, tantas anécdotas por contar... ¿ya hemos escrito de Lambayeque?, esa ciudad sosegada, donde se encuentra el balcón más largo del Perú, un monumento nacional que encaja y conjuga con la belleza de las casonas antiguas y la emblemática Catedral.

¿Hemos escrito de Chiclayo?...la bulliciosa capital del departamento creada el 18 de abril 1835, con su constante ir y venir, su inagotable actividad comercial, sus mujeres lindas de primorosas sonrisas, y esa singular Plaza de Armas, un poco larga, tal vez un poco desordenada, pero siempre ajetreada, siempre concurrida.

Se agota el espacio y no hemos escrito de Eten (a 55 kilómetros de Túcume y 22 de Chiclayo) y su muelle quebrado, sus casas detenidas en el tiempo, sus vagones de trenes abandonados y el orgullo de ser la tercera ciudad eucarística del mundo, porque en 1649 el niño Jesús apareció, travieso y juguetón, en la custodia del templo.

Queda muy poco y nos falta detenernos en Zaña, la ciudad castigada por Dios, debido a los excesos mundanos, el desenfreno, los bailes sensuales y lujuriosos de mulatos y negros frente a los atrios de los templos y conventos, símbolos de una fe que se tambaleaba ante los arrebatos libertinos de hombres y mujeres seducidos por el dinero.

Pero la paciencia de Dios no es ilimitada. La ciudad envanecida por sus riquezas seguía su ritmo frenético. De nada sirvieron las advertencias ni los llamados de atención de las autoridades eclesiásticas, tampoco recapacitaron cuando el pirata inglés Eduardo Davis, saqueó e incendió Santiago de Miraflores de Zaña, el 4 de marzo de 1686.

Ahora sólo quedan las ruinas. La furia celestial arrasó las casas y los templos. El castigo había llegado con las embravecidas aguas de un río que rompió su cauce para inundarlos todo. Zaña nunca se recuperó. Nunca más los arrebatos, nunca más el despilfarro. Sólo el recuerdo, la pena inacabable por esas columnas y esas fachadas debilitadas que aún existen en la ciudad.

Se acabó el espacio. La historia culmina. El frío del otoño limeño comienza a sentirse...hum, parece increíble, al terminar de escribir esta nota se extraña el calor del norte...también las raspadillas, la chicha y el cebiche con sarandaja.

Publicado en la revista Andares