miércoles, diciembre 14, 2011

Clic de la semana

Negocio soñado
Estimado señor Rodolfo, aunque no tengo el gusto de conocerlo y ni siquiera estoy seguro de su existencia, porque los carteles, como el papel,  aguantan todo y de todo. Y si bien en esta imagen se lee claramente el nombre Rodolfo, eso no asegura que un Rodolfo sea el dueño del negocio.

Tal vez sea en honor al padre querido del fundador o de un esposo devoto y fiel -sí, existen algunos-. Siendo un poquito mal pensado, podría tratarse de algún lejano amor, de un vecino demasiado cariñoso, o de un dependiente siempre atento y servicial a los pedidos o caprichos de la dueña, si es que se tratara de una dueña. En fin, vaya uno a saber.

Quién le dice que al propietario o propietaria no se le ocurrió nada mejor. Es más, de repente en todo puerto Callao y en las orillas habitadas de Yarinacocha -con sus caseríos y comunidades nativas-, no vive ni un solo Rodolfo, por lo que el inicio de esta entrada no tendría ningún sentido o al menos no el sentido que se le ha querido dar.

Así que para evitar la "patinada", utilizaremos la vieja y eficaz fórmula de a quién corresponda, para expresarle merecidamente a quién corresponda, mi más sincera felicitación por su ingenio, visión y olfato empresarial que lo ha llevado a crear el novedoso concepto comercial de Licobrería.

Un negocio singular, desconocido y por qué no, hasta soñado, al menos para este viajero que no arruga cuando se trata de uno o varios brindis y que, por otro lado, más de una vez, se ha sentido embriagado con la lectura de un buen libro (¿quién dijo Relatos del Perú?).

Le confieso, señor Rolando, digo señor o señorita a quién corresponda, que su negocio en la calle Aguaytía del distrito de Yarinacocha, provincia de Coronel Portillo, región Ucayali, me sorprendió por esa extraña, atrevida e inusual mezcla entre botellas y libros.

Y no es que las letras no puedan llevarse bien con las bebidas espirituosas. Todo lo contrario. Leer y tomarse una copita es más que inspirador, pero, de allí a vender libros, útiles de escritorio y textos escolares con cerveza, ron, pisco y otras bebidas espirituosas y nada santas, hay una diferencia terrible y abismal que, probablemente, ha causado indignación y ataques hepáticos a más de uno.


Pero lo más curioso del asunto, es la de haber bautizado este nuevo concepto como Licobrería y anunciarlo con un colorido cartel, el cual acaparó la atención del acalorado y sediento lente de Explorando que, ahora, está tentadísimo de cambiar de rubro laboral y dedicarse a administrar su propia Licobrería. 

¿Negociamos la franquicia con quién corresponda?...

lunes, noviembre 14, 2011

Clic de la semana

Avistando ballenas
La cola de una ballena jorobada emergé prodigiosa de las aguas oceánicas de la costa norte del Perú. El paso de estos gigantes marinos se repite todos los años entre agosto y octubre, permitiendo o tentando a los viajeros a surcar las aguas, para ser testigos de uno de los espectáculos naturales más impresionantes del planeta. 

El lente de Explorando no podía quedarse en tierra y, hace unas semanas, zarpó temprano del muelle artesanal de Los Órganos (Talara, Piura), en la búsqueda de estos enormes cetáceos. Y fue emocionante surcar el Pacífico. Navegar entre la expectación y el relajo, aguzando siempre la vista, escudriñando el horizonte y respirando a plenitud los vientos marinos.

La travesía fue exitosa. Un chorro de agua expulsado con fuerza -como si se tratara de un géiser hirviente- anuncia la presencia -una y otra vez- de las ballenas. La embarcación despierta, acelera, se acerca. Todo pasa con prisa. El corazón se desboca, pero hay que mantener o tratar de mantener la calma y el pulso firme a pesar del bamboleo de las olas.

Y las ballenas vuelven a sumergirse. Sus colas salen del agua como si se tratara de un ritual de despedida. Disparas. Aciertas. Tienes algunas imágenes. Quieres más. Hay que seguir esperando, tratar de verlas una vez, quizás más cerca o capturarlas en pleno salto, para perpetuar ese momento con un clic memorable. 
  
"Setiembre es la mejor época", explicaría el capitán de la nave al volver al muelle. "Están con sus crías. Es espectacular", diría también, como invitando a repetir la experiencia el próximo año... y por qué no, el lente de Explorando quiere más clic's, para compartirlos con ustedes en esta bitácora.

miércoles, octubre 26, 2011

Hoy es el día

Todos están invitados. Todos son bienvenidos a la presentación de Relatos del Perú. Así que anímese. Salga de la casa, róbele unos minutos al trabajo (los jefes sabrán entender) y enrumbe hacia el Centro Cultural José María Arguedas CAFAE-SE, para ser parte del lanzamiento oficial del primer libro del autor de esta bitácora; aunque, muchos -y vaya uno a saber por qué- quisieran que el "lanzado" sea precisamente el escriba y no su obra.

Sea como fuere, la invitación está hecha. No hay excusas, estimados lectores. Allá los esperos, para conversar de periodismo y viajes, de crónicas y rutas, de la fascinante aventura de convertir en palabras e imágenes más de 10 años de travesías por el Perú.

Nos vemos entonces. Será un gusto compartir con ustedes y, escuchar, también, las palabras de Juan Carlos Bondy (editor de Ojo Pródigo y cómplice en la aparición de Relatos) y de los periodistas viajeros Roberto Ochoa, fundador del recordado suplemento Andares, y Jesús Raymundo, un difusor incansable de la cultura y el folclore de los pueblos originarios. 

Nos vemos en la noche.

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lunes, octubre 17, 2011

Clic de la semana

Ñusta en apuros

Como si se tratara de una película de aventuras, una señorita vestida a la usanza inca, cruza el puente colgante Pucayacu, paso obligado en el camino pedestre que une los distritos de Llama y Yauya, en la llamada Zona Conchucos (provincias de Mariscal Luzurriaga y Carlos Fermín Fitzcarrald, Áncash).

Paso a paso. Con lentitud. Aferrándose a las cuerdas. Calculando cada una de sus pisadas, la Ñusta avanza con sigilo sobre el puente maltrecho. "No mires hacia abajo", le gritan, le ordenan... pero es imposible no ver el vacío, la profundidad, los 20 metros de altura que la separan del cauce torrentoso del río Yanamayo.

Tejido hace algunos años con las técnicas que emplean los pobladores de Queswachaca (el mítico puente incaico del Cusco), Pucayacu debe ser restaurado. Ese fue uno de los mensajes que propagó la I Caminata de Integración Mancomunidad Municipal Zona Conchucos, un esfuerzo andariego por los antiguos caminos del Inca, en el que Explorando participó activamente. 

Y arribaron los caminantes. Y se escuchó el pututu de Felipe Varela y las autoridades de Llama y Yauya se reunieron en una playa fluvial. Propuestas, debates, un acuerdo: faenas comunales, reparación del puente, carrera de Chasquis el 20 de noviembre, entre las fiestas de aniversario de los dos distritos.

La reunión terminó con una merienda: cancha y cuy, chicha y unas cuantas cervezas. Después, la vuelta al camino, el ascenso fatigante... y el clic de la Ñusta haciendo pirueta en una superficie que se bambolea, que presenta vacíos, que parece a punto de venirse abajo. 

Pero no pasa nada. Las cuerdas resisten. La realidad es diferente a las películas. Pucayacu no cae. Pucayacu, a pesar del olvido, sigue uniendo a dos pueblos.

lunes, setiembre 19, 2011

El viaje de Relatos del Perú

Paso a paso y poquito a poco, Relatos del Perú empieza a difundirse en diversos espacios. Los diarios La República y El Comercio comentaron el libro en sus ediciones del sábado y el lunes respectivamente. 

De la misma manera, fuimos invitados al programa En el ojo de la tormenta, que se emite los sábados en radio Exitosa. Allí fuimos entrevistados por el colega Rubén Sánchez (escúchela aquí y aquí).

En la Internet, las revistas Sentidos y Rutas del Sol, hicieron mención de Relatos en sus páginas web, mientras que los alumnos del primer ciclo de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional Federico Villarreal, conversaron conmigo sobre periodismo, viajes y crónicas en el local central de dicha casa de estudios (vea la entrevista aquí).

Las actividades de difusión de esta nueva aventura periodística no se detienen. Esta semana se inicia el ciclo de presentaciones en diversos foros y claustros universitarios, habiéndose programado la ceremonia principal para el miércoles 26 de octubre en el Centro Cultural José María Arguedas.

Queda mucho camino por recorrer en la difusión y promoción de Relatos del Perú, pero, hasta ahora, y gracias a ustedes mis lectores de siempre, se va avanzando lento pero seguro, como ocurre muchas veces en las travesías que nutren las páginas del libro y, también, las entradas de este blog.


Gracias a todos,

r.v.ch.

*Siga a Relatos del Perú en facebook.

miércoles, agosto 24, 2011

Ya salió Relatos del Perú

No voy a reventarme cohetes ni echaré mano al destestable recurso del autobombo. No diré que Relatos del Perú está bien bonito o que es el mejor libro de crónicas de viajes publicado en los últimos tiempos.

Nada de eso diré respecto al libro -recién salidito de la imprenta- que reúne 30 crónicas de viaje de mi autoría, publicadas en diversos medios de comunicación peruanos y extranjeros, entre los años 1999 y 2010.

Lo que si haré, es pedirles disculpas a los lectores de Explorando. Y es que en mis afanes de autor y compilador, dejé de publicar en esta bitácora viajera durante varias semanas, a pesar de haber visitado distintos lugares en este lapso de tiempo.

Espero me comprendan y puedan entenderme, como espero también, que compartan un poquito de la alegría que sentí al ver los primeros ejemplares de Relatos, una idea que nació en los caminos, en un viaje largo en un bus con escasas comodidades. "Y si junto mis crónicas", pensé aquella vez y me emocioné y me di cuenta que no estaría del todo mal. Sí, había que intentarlo, hacerlo, lograrlo.

Hoy, después de varios meses, el libro está listo. Sólo me queda agradecer al Perú que me permite recorrerlo, a la gente que me recibió y me recibe en sus pueblos y comunidades, a la naturaleza pródiga y a la riqueza cultural de mi país. Todo esto facilita mi trabajo de contar historias.

Lo que si voy a decirles es que el libro es el resultado de miles de kilómetros recorridos en bus, a pie, en acémila, y de horas de enfrentarme a la pantalla en blanco; y, que más allá de mis limitaciones, cada crónica pretende transmitir las experiencias de un periodista viajero que recolecta anécdotas, viviencias, sonrisas en cada uno de sus recorridos.

Gracias por leerme. Eso es todo por ahora.

martes, julio 12, 2011

Clic de la semana


A todo color by Explorando Perú
Ella no siembra flores. Las borda con hilos brillantes en las polleras, fustanes y chalecos de los danzantes que inician el jolgorio en las fiestas patronales. 

Allí -entre los brindis y los rezos, entre los pasos sincopados de las parejas de huaylas y el andar controlador de los chutos- se impone el colorido de sus bordados, esos que ella hace con paciencia, puntada a puntada en su modesto bastidor.

"Tengo trabajo todo el año", dice Soledad Rosales, mientras ilumina con sus hebras mágicas un pedazo de tela. Ella tiene razón. Las fiestas no escasean. Siempre hay un santito milagroso al que se debe agasajar con bailes y procesiones. 

No solo en su distrito, Tomas, sino en el rosario de pueblos que son parte de la reserva paisajística Nor Yauyos Cochas (en las regiones de Lima Provincias y Junín) e, incluso, hasta en Chupaca y Huancayo, donde sus trabajos también son conocidos, se lucen, destellan en las celebraciones.

Y eso que no tiene tanto tiempo en esta arte. "Un año y medio más o menos", confiesa Soledad a la volada y media distraída. Está concentrada en sus vistosas flores, aquellas que atraparon al lente de Explorando, mientras recorría la XI Feria Noryauyina, realizada el domingo pasado en el campamento Siria, en las afueras del pueblo de Tomas. 

"Se lleva alguito, caserito", ofrece la artesana como queriendo cortar la conversación. Seguro quiere concentrarse en su trabajo y espantar al extraño que la aburre con tantas interrogantes. 

Su estrategia es certera. El preguntón se marchó, acaso espantado por los precios: Trecientos soles un chalequito... uhmm, mucho para un periodista viajero que ni siquiera sabe bailar y, para colmo de males, no es devoto de ningún santo. 

Lo mejor era retirarse y seguir dando vueltas por los puestos de una feria agrícola, gastronómica, ganadera y artesanal, que convocó a pobladores y comuneros de la primera reserva paisajística del Perú. 

*Quieres leer más de la feria de Tomas, haz clic aquí.

viernes, junio 24, 2011

La huida del torero

Advertencia: los hechos relatados en esta historia son reales y ocurrieron en un pueblo de la sierra peruana hace varios años. El autor -vaya uno a saber porqué- ha preferido mantener en reserva el nombre de la localidad y de todos los personajes involucrados, incluyendo al astado que es uno de los protagonistas principales de esta historia.

Y salió corriendo. Sí, rapidito se fue, como alma que lleva el diablo se fue. En dos papazos trepó el muro y salto. Agilito era o sería el susto el que lo puso así porque detrás de él andaba medio pueblo. La gente echaba chispas. Quería agarrarlo y no para pasearlo en hombros. Ellos se morían de ganas por meterle una paliza de padre y señor mío.

La cosa se había puesto fea, como nunca antes en la fiesta. Bueno, también era la primera vez que venía un matador de la mismísima España. Eso le daba un gustito especial a la corrida y estábamos bien contentos. Sacando pecho y sonriendo de oreja a oreja esperábamos la llegada de los cargontes, las autoridades y de los invitados.

Ellos vinieron con banda de músicos, bailando y tomando chicha. Entraron al ruedo y le dieron la vuelta completita. Esa es la costumbre. Todos los años es igual, desde antes de que hubiera plaza, cuando las corridas se hacían cercando una calle. Bravo, era. Los toros se escapaban saltando. Uy, viera como se asustaba la gente. Salían embalados.

Desde que se hizo el coso la situación es distinta. Ya los toros no se escapan. Ahora solo huyen los toreros, bueno, no son toreros de verdad, solo aficionados entusiastas o borrachitos que se hacen los valientes o, lo que es peor, ni siquiera se dan cuenta de lo que están haciendo. Casi siempre los revuelcan pero ellos se pasan de tercos e insisten. Así nomás son las corridas en el pueblo.

Pero esta vez iba a ser distinto porque una paisana recién llegadita de los Estados Unidos, quiso demostrar su alegría por el retorno, contratando a un matador auténtico. Al fin la gente vería en vivo y en directo el arte de la tauromaquia. Por eso creció la expectativa. Todos queríamos que de una buena vez saliera el español e hiciera un faenón. Con eso les sacaríamos cachita a nuestros vecinos.

Lo bueno demora. Tuvimos que esperar un montón. Los toros, como siempre, se pusieron rebeldes. Es que no son animalitos de casta, son de la chacra. De allí los traemos y allá vuelven cuando termina la corrida. Ay, los pobrecitos se asustan, se desesperan, se ponen bravos con los gritos y la música de la banda. Varios comuneros tienen que jalarlos para hacerlos entrar.

En fin, lo de todos los años. Lo único nuevo era la expectativa por el “gringuito”. Ya va a salir, a qué hora entra, ya lo has visto, preguntaban por aquí y por allá. Más de uno alegraba la espera brindando con cerveza o caliche (calentito). Trago no falta en la celebración y a quién no le gusta empinar el codo. Lo malo es que a varios cabezas de pollo se les pasó la mano y, cuando llegó el gran momento, dormían como guagüitas.

Con hartos aplausos recibimos al torero que se paseó por el ruedo. En verdad el joven  tenía su estampa y su traje de luces era bien bonito, aunque -y no lo digo por rajón- su ropa le quedaba muy apretada. Se le veía rarito, pero igual a las chicas se le salían los ojos y por timidez nomás no lo piropeaban. 

Los chibolos sí que se pusieron saltones y de pura piconería comenzaron a silbarlo, pero se aburrieron rápido y dejaron de meter bulla. En el fondo también estaban ansiosos por ver la corrida.  Claro, era lógico. En ese momento nadie dudaba de su éxito. Sí, pues, nadie –ni el más pesimista- imaginó lo que iba a suceder después.

Al principio el espectáculo prometía. El españolito se defendía bien con el capote, ponía la rodilla en el piso, reclamaba teatralmente la ovación del público y se daba maña para atraer a un toro que parecía más interesado en volver a la chacra que en embestir. A pesar de eso, la corrida estaba linda. Nos ardían las manos de tanto aplaudir y, los más picaditos, lanzaban vivas en honor a la madre patria.

Y así, la fiesta se encaminó bien bonito a su momento cumbre. El maestro se preparaba para matar y dar su última estocaba. Y lo hizo… pero no tan bien. La espada cayó en la arena y el toro seguía vivito y coleando. La escena se repetiría dos veces más con similares resultados.  

Ese toro parecía gato. Tenía siete vidas. Y el español –enojado y frustrado- seguía metiéndole la espada al animalito que ya ni oponía resistencia. Eso nos molestó. Mucho abuso, pues. Pobre torito. Ahí sufriendo y el otro torturándolo. No era justo y comenzamos a pifiar, a gritarle que lo dejara en paz. En vez de hacernos caso, el matador se asó, perdió el control, se puso malcriado. Nos enseñó el dedo.

Para que lo hizo. Hasta ahorita debe estar arrepintiéndose. Los paisanos saltaron en mancha a la arena, entonces, salió corriendo, así como le conté al principio. Los policías al toque se pusieron en marcha. Detrás de la gente iban, intentando calmar a la muchedumbre. Algunos dicen que uno disparo al aire, pero no lo recuerdo. A mí me pareció que reventó un cohetón.

Ahora me da risa recordar lo ocurrido. El torero escapándose de los indignados comuneros, de los chibolos picones y de los borrachitos con ganas de armar pelea. Atrás, los policías tratando de poner orden. Ellos iban con la lengua afuera. Después del tumulto volví a la plaza a seguir con la fiesta. Todos hablábamos de la corrida y del torero faltoso que, según decían, se salvó por poquito. Un ojo morado nomás se llevó por su gracia.

Desde entonces, no he vuelto a la fiesta. Mis paisanos me cuentan que ningún otro matador de verdad ha llegado al pueblo. Solo aficionados y borrachines se enfrentan a los toros sin casta que abren los surcos de nuestras chacras. Sí, pues, esa es la costumbre.

jueves, junio 23, 2011

Atención: dos ciudadanos polacos habrían desaparecido en Atalaya

Ayer por la mañana, recibí una comunicación del periodista polaco Tomek Surdel. En su mensaje, me informaba que dos de sus compatriotas habrían desaparecido en Atalaya (Ucayali), localida a la que arribaron con la intención de navegar en kayak hasta Pucallpa, la capital regional.

En su mensaje, Surdel -editor de la página web Tierra Latina- mencionó que los presuntos desaparecidos serían los esposos Jaroslaw Frackiewicz (70) y Celina Mróz (58), quienes en viajes anteriores habrían realizado travesías similares en ríos de Canadá, India y Egipto, entre otros países.

Hace unos minutos llegó a mi bandeja de correo, una comunicación del ciudadano polaco Pawel Jan Mróz, quien me hizo llegar la nota que transcribo a continuación y que confirma la expuesto en los párrafos anteriores.

Explorando difunde este hecho para aletar a las autoridades peruanas y con el deseo de recabar información valiosa que permita develar el paradero de los deportistas europeos.

Dos canoeros famosos desaparecieron en Ucayali


Dos experimentados canoeros de Polonia, Jaroslaw Frackiewicz y Celina Mróz desaparecieron en Perú. Sabemos que pasaron por el río Urubamba y se estaban preparando para navegar 600 km por el río Ucayali. Ayer iban a volver a Polonia. No volvieron.

La última vez que se contactaron con la familia de Polonia fue el día 26 de mayo. Estaban en Atalaya, un pueblo cerca de la desembocadura del río Ucayali. Planificaban navegar 600 km con el kayak hasta Pucallpa, la ciudad más grande de la región.

Según su plan querían estar de vuelta en Lima, los días 16 y 17 de junio. De la capital peruana partirían de retorno a Polonia el lunes pasado. Ayer deberían haber aterrizado en Polonia.

No aterrizaron. No se contactaron con nadie. La verdad que no sabemos que está pasando con ellos desde el día 26 de mayo, cuando salieron de Atalaya.

Jaroslaw Frackiewicz es filósofo, jubilado profesor de la Politécnica en Gdansk. También trabajó en la Universidad de Gdansk. Su mujer, Celina Mroz, es jubilada en ingeniería hidráulica. Practican piragüismo juntos desde hace 20 años. Pasaron por los ríos en Egipto, India, Turquía, Canadá, España y Portugal.

Los servicios diplomáticos ya se enteraron de la desaparición. Los familiares y amigos de los canoeros, piden ayuda a los peruanos, a la polícia, a los polacos en Perú e incluso a los turistas de Polonia que están de vacaciones en ese país.

Nuestro e-mail es paweljanmroz@gmail.com Estaremos agradecidos por cualquier información.

jueves, junio 02, 2011

Cuando el viajero no quiere escribir...

Repite diez veces: debo olvidarme de las elecciones. Vamos. Dilo. Hazlo. Tú puedes… aunque sea un ratito, al menos lo suficiente para que escribas alguito y lo subas a Explorando.

Hace semanas que no publicas nada por andar metiendo tus narices en la coyuntura política que -con sus olores poco fragantes o más bien putrefactos- te ha constipado el olfato viajero.

No te distraigas. Ya, dime, cuántas veces lo has repetido. ¿Qué?, ¿una?… eso es ninguna o jamás has oído esa arenga clásica, infaltable y bien mentadita en cantinas de poca monta y chinganas de dudosa reputación… o al menos eso es lo que me han contado, porque –valgan verdades y sin querer pegármelas de zanahoria- aquellos lugares los “desconozco” mayormente.  

En tu caso, me parece que la situación es distinta, pero tampoco voy a aprovechar este espacio para sacar tus trapitos al sol. Mi único propósito, por ahora, es hacerte reaccionar, entrar en razón y sacarte del hipnotismo en el que te encuentras en los últimos días y semanas.

Por eso te pido y, si quieres, hasta te imploro, que repitas 10 veces: debo olvidarme de las elecciones. Lo hago por tu bien y por el de tus lectores, aunque de esto último no estoy muy seguro.

A estas alturas fácil que no te queda ninguno o ellos están mejor sin leer tus enrevesados textos… ey, tranquilo, que te pasa, es una broma. La campaña te avinagrado el humor y, en vez de estar renegando por la coyuntura con sus ráfagas de guerra sucia, deberías de contar tu último viaje.

Pero no quieres. Prefieres seguir pegado al twitter leyendo todas las noticias y comentarios sobre la votación del próximo domingo, en vez de contar lo que hiciste el último fin de semana.

Volviste al camino. Un breve adiós a Lima gris. Una calidad bienvenida en Lunahuaná y su río, sus cerros y sus mosquitos que pican más que un sorbo de buen pisco o de la copita de vino que se prueba casi a la volada en sus bodegas.

Tantas veces Lunahuaná. Tantas, que ya no quieres ni contarlo o, al menos, esa es tu excusa para seguir pegado a las redes, buscando resultados de encuestas que por ley no se pueden publicar en el país.

Tú, como buen peruano, deberías cumplir esa norma aunque sea absurda; pero, si hablamos de cosas disparatadas, fácil te llevarías el premio por tu injustificable abandono de Explorando.

Así que déjate de cosas y repite conmigo: “debo olvidarme de las elecciones y escribir sobre Lunahuaná”… Ah, te pones malcriado. Que no te fastidie, que no lo harás, que te preocupa demasiado la votación del domingo y que –a fin de cuentas- todos saben o han escuchado del clásico festival deportivo que organiza la Asociación Latinoamericana de Deportes de Aventura (Aldea).

Esto es demasiado. Uno quiere ayudar y lo terminan gritando. Sabes, mejor me voy. Te dejo con tu política y tu rabia electoral. 

Tarde o temprano escribirás y colgarás fotos como éstas, que evidencian todo lo que viviste el fin de semana pasado sin noticias de los candidatos y sin decir una sola vez “debo olvidarme de las elecciones”. 

Viajar, como siempre, es la mejor terapia, la mejor manera de encontrar al relajo.  

viernes, mayo 13, 2011

De pimponista a viajero

Donde el autor se deja ganar por su nostalgia sanmarquina  y, exprimiendo su memoria, garabatea una de sus tantas anécdotas estudiantiles en la Decana de América que, a pesar de estar más que veterana -ayer celebró su 460 aniversario- sigue dando cátedra y marcando la pauta en el Perú.

En San Marcos me estrené como pimponista de alta o baja -por mi tamaño- competencia, cuando fui parte del equipo de la facultad de Letras que participó en la olimpiada de Cachimbos del 90.

No voy a engañarlos. Mi participación fue poco decorosa. Casi un debut y despedida y, a pesar que el recuerdo de aquella justa deportiva no es muy grato para mí, trataré de contárselos de manera objetiva. 


Para empezar les diré, que el momento más trágico ocurrió cuando un inmisericorde estudiante de química, me metió una catana de padre y señor mío. Mientras esta se perpetraba, en el gimnasio surgió el rumor qué ese gordito jugaba en la selección nacional… el gordito, lamentablemente, no era yo. En qué lío me había metido…

Nunca comprobé la veracidad de aquellos comentarios. Total, al asumirlos como verdad, mi derrota era menos vergonzosa.

No había perdido ante un desconocido, sino contra un seleccionado nacional, un deportista calificado y bien entrenado, a diferencia de su modesto, achaparrado y, en ese entonces, lánguido contrincante, que mal aprendió a jugar al ping pong en la mesa de su casa, previo retiro del mantel y el florero.

Antes de recibir aquella paliza memorable, me había enfrentado a un estudiante de educación. Le hice lucha. Jugué como nunca pero perdí como siempre, aunque en uno de los set alargué mi agonía hasta más allá del punto 21. Sí, me fui con la frente en alto porque había defendido estoicamente mi honor, el de la escuela de Comunicación Social y el de la gloriosa facultad de Letras y Ciencias Humanas.

Con el de química no hubo defensa alguna. Lo intenté, puse lo mejor de mí, pero aquel gordito era intratable. Barrió la cancha conmigo. No tuvo piedad. Me sometió con sus saques engañosos y unos mates que parecían cañonazos.

De los efectos que le daba a la pelota mejor ni hablar y menos de su raqueta, una sofisticada monstruosidad que, al verla nomás, ya daba miedo. Se presentaba como un mal presagio. 

Los dos set fueron una pesadilla. Recuerdo risitas burlonas en el gimnasio sanmarquino y mis intentos fracasados de meterle un pelotazo en la cara a aquel pimponistas fanfarrón. ¿Acaso no podía ganarme sin hacer alarde de su capacidad? No era necesaria semejante masacre.

Felizmente el partido no duró mucho. Después de mi derrota, no quedaron ni posibilidades matemáticas de clasificar. El equipo de Letras hizo un papelón insuperable. Sí, el equipo, porque el torneo era tipo copa Davis y, este pechito ahora viajero y ya nomás pimponista, era la raqueta número 1. ¡Es fácil imaginar el pobre nivel de quienes completaban el equipo!

Eliminados en primera ronda por Educación y Química. Todos los partidos perdidos. Los individuales y los dobles. No ganamos ni un set. Qué tal roche. 

Mi desempeño fue tan pobre que, un adversario dolido, al que había derrotado sin atenuantes en mi corta etapa de preparación (dos viernes en la mañana), decía casi horrorizado que no se explicaba cómo había perdido conmigo.

Tras la dolorosa eliminación no volví más al segundo piso del gimnasio. El pimpón universitario terminó para mí. Ahora, después de tantos años, me gustaría retornar para jugarme una revancha. Dime cuándo, gordito, para empezar a entrenar.

domingo, mayo 01, 2011

Reflexión viajera: lo que soy, lo que seré

Soy quién quise ser o soy lo que la vida quiso que fuera. Soy consecuencia y certeza o soy el fruto del azar... la bolita lanzada por un crupier perverso y todopoderoso.

Tal vez soy un poco de todo. Una mezcla de esto y de aquello. Soy inga y mandinga. Llano y altura, valle y montaña. Soy mestizo –o al menos eso creo- en un país de mil razas, en un país milenario, en un país aún fraccionado.

Qué fui, qué soy, qué seré. Fui sanmarquino, como fui “diegoferrino” y de la 1100 y hasta una vez fui “rabanito” en el jardín Perú, donde una niña –ay qué atrevida, ay que descarada- me lanzó un piropo, el primero -¿el último?- que recibí en mi vida.

Eso es pasado. Ahora soy un ciudadano gris en una nación de contrastes, en un mundo desastroso. Soy de los que votan en blanco, de los que viajan en combi, de los que dudan de Dios, de los que aman la paz pero conviven con la violencia.

Soy hijo, hermano, tío, amigo y enemigo. Soy lector de textos que no escribo, admirador de fotos que no hago. Soy futbolero persistente, iluso, matemático. Soy jefe y esclavo. Soy periodista. Soy viajero. Soy arribo y partida. Soy adiós y bienvenida.

A veces soy bar y tertulia: sonrisa fugaz, baile sin ritmo, soledad acompañada.

A veces soy nostalgia: versos sin musas, amores perdidos, amores que no aparecen.

A veces soy rebeldía: ceño fruncido, puño cerrado, enjundia y enojo.

Soy luz y sombra, acierto y error, felicidad y tristeza, sosiego e inquietud. Soy de aquí y de allá y, quizás por eso, hoy me pregunto –les pregunto- quién soy o qué soy.

miércoles, abril 27, 2011

Clic de la semana

Esplendor 69 by Explorando Perú















No alardeaban quienes habiendo hecho la 69, describían su experiencia como fantástica y proclamaban entre sonrientes y exhaustos, su intención de repetirla, una, dos, muchas veces... todas las veces que pudieran.

De tanto escucharlos y para no morirme de la envidia o algo parecido, me despojé de todos mis temores y decidí hacer de una buena vez la famosa 69. 

Era justo y necesario. Uno ya no es un jovencito y si seguía dudando, fácil que cuando me decidiera a hacerla, ya no tendría el físico necesario o suficiente.

Y es que se necesita estar en forma o medianamente en forma, para llegar al ansiado objetivo sin estar dando pena o lástima o, lo que es peor, sin disfrutar absolutamente nada de la fantástica experiencia. 
 
Y aunque últimamente mi forma es... digamos media redonda, igual la hice y la disfrute y me sentí agotado, pero la intensidad de la 69 me cargaría de energías, tantas, que hoy me atrevo a decir y anunciar que volveré a hacerla,
porque no hay primera sin segunda y en la repetición está el gusto.

Claro, el gusto, el gustazo de caminar hacia la 69... sí, caminar, ¿qué estaban pensando? Este es un blog de viajes, caray, un blog serio, caray, jamás triple XXX, caray... aunque reconozco que lo de la 69 se presta a confusiones. 

Así que mejor disipo las dudas. La 69 que hice no fue ninguna pirueta, malabar o contorsión de esos que explica con lujo de detalles la tía Rampolla. 

Lo hasta aquí escrito, hace referencia a la ruta que conduce a uno de los espejos de agua más bellos del parque nacional Huascarán.

Sus aguas espléndidas se vislumbran al final de un sendero. Un nevado, el Chacraraju, copa el horizonte. Silencio. Soledad. Orillas que tientan al reposo y a la admiración de una laguna a la que únicamente se llega caminando. 

Tres horas de andar entre pendientes y velos cristalinos, entre lagunas sin número y glaciares que se derriten por el cambio climático. Esa es la 69 que hice, que vi, que fotografié. La 69 que tarde o temprano volveré a hacer sin contorsiones ni malabres. Solo con la fuerza de mis pasos.

viernes, abril 15, 2011

Un confuso adiós

Adiós. Me voy. Ya vuelvo. Hasta la vista. No me extrañen o mejor sí, extrañenme. Ya, ya, no pido mucho, que al menos alguien lo haga o, mejor, que solo ellas me extrañen; no, no, que digo, ella, el plural me hace quedar mal, como viajero conquistador que anda de pueblo en pueblo con inquietud y vocación de picaflor.

Sí, que me extrañe ella… pero quién es ella o cuál ella o será que, tal vez, no hay ninguna ella. Qué fastidio. Qué horror. Nadie notará mi ausencia ni esperará mi pronto retorno. Bah, qué importa. Igual me voy y vuelvo, sin decirles adiós ni hasta la vista a las ellas que conozco.

Mejor me reservo la despedida para ustedes, aguerridas lectoras y lectores de Explorando, que siempre están allí o supongo que están allí, siguiendo mis pasos andariegos, renegando porque a veces redacto medio o completamente enredado, o, lo que es peor, solo posteo a la muerte de un obispo como se dice.

Y no es que tenga algo contra los obispos, pero así se están dando o presentando las cosas. Y no es que no hayan itinerarios que contar, por el contrario, este 2011 ha empezado inquieto y… por qué estoy diciéndoles todo esto. Mi intención era la de despedirme, decirles adiós, me voy, ya vuelvo y no me extrañen, pero allí surgió el dilema entre unas ellas y una ella que jamás sentirán nostalgia por mí.

Quizás porque no existen o no sé si existen, porque mi única certeza por el momento es que esta noche me voy de viaje, hacia Huaraz, hacia Yungay, hacia Cebollapampa y desde allí caminaré hacia una laguna que no tiene nombre o, mejor dicho, cuyo nombre es un número: 69.

Ahora todo se vuelve número. Siete a ocho kilómetros de ida, los mismos de vuelta y ya tenemos 14 o 16 y por más que sumo no llegó a los 69. Y si le agrego los 30 que me han dicho que hay que recorrer en carro desde Yungay, me sigo quedando corto. 

Así que me olvido de la aritmética y empiezo a preparar mi mochila y a cerrar esta entrada que, como tantas otras, salió media disparatada.

Tal vez sea por eso de andar de disparate en disparate que ella ni ellas notan mi ausencia, pero, igual, como no hay peor gestión que la que no se hace, les digo o les pido que me extrañen.

jueves, abril 07, 2011

Trabalenguas de votos

Y otra vez la misma cantaleta. Que votar es tu derecho, que votar es tu deber, que hay que votar sin miedo. Que no debes votar en blanco, que no debes viciar tu voto, que te cae la multa si no votas.

Y te hablan sobre el voto de conciencia, sobre el voto democrático, sobre el voto por el Perú que ya nadie lo para; también sobre el voto perdido, sobre el voto estratégico, sobre el temible voto anti sistema.

Y esos que se la pasan hablando sobre los votos de otros, se complican tanto con esto de los votos que al final malpiensan su propio voto.

Y no faltan quienes te preguntan por quién vas a votar, quienes te discuten por qué vas a votar por ese, justo por ese, y quienes te aconsejan o te exigen que lo mejor es cambiar tu voto.

Y es que si votas así: “electarado”. Y es que si votas asá: resentido. Y es que si no votas así ni asá: capitalista o pituco; chavista o retrógrada.

También te alertan sobre que hay que cuidar el voto, que se pueden robar los votos, que los personeros anulan los votos, que los miembros de mesa no saben contar los votos, y hay tanto enredo con los votos que ya no sé para qué voto.

Pero, al final, igual voto o hago la finta de que voto y en verdad vicio mi voto. Mi voto que es secreto como millones de votos. Así que ya lo saben, no me pregunten por quién voto.

Y como nadie sumará suficientes votos, esta cantaleta de los votos no se acabará con mi voto. Mi voto dominguero. Mi voto obligatorio. Mi voto de ley seca. Mi voto de tinta indeleble.

Así que mejor guardo mi voto para la segunda ronda de votos, porque esta novela de los votos, de todos los votos, que son muchos votos, tiene para más votos, porque en esta fiesta de votos –como en todas las fiestas- una siempre es ninguna y no hay primera sin segunda.

jueves, marzo 10, 2011

Clic de la semana

Colores del cielo
Hace más de una década, cuando me despedía de Ayacucho por primera vez, un arco iris apareció en el horizonte de la vieja Huamanga.

Al verlo tuve la certeza de que tarde o temprano, volvería a esa ciudad de nostalgias y tristezas que empezaba a sacudirse de las sombras del terror que acecharon sus calles y plazas, en las últimas décadas del siglo pasado.

El pálpito se haría realidad. Desde entonces, retorné varias veces a esta tierra de eximios cantores y guitarristas, de hábiles artesanos y diestros panaderos que hornean la chapla, ese pan sin miga o corazón, igualito a "las mujeres huamanguinas", como aseguran con insistencia las voces del despecho. 

Y en todas esas idas y venidas por los templos huamanguinos, por los talleres de los artesanos de Santa Ana y Belén, por las gloriosas pampas de Ayacucho y las calles eternamente silenciosas del pueblo de Quinua, el arco iris jamás volvería a aparecer.

La semana pasada, los caminos me llevaron otra vez a esta región andina. El sol, la lluvia y la niebla acompañarían mis pasos, también las serpentinas, los bailes y cortamontes carnavaleros. 

Fiesta en la ciudad y en el campo, en los valles y en las alturas, en fin, en la tierra y hasta en el cielo que, de puro contento, se vistió de colores en una tarde de contrastes.

La noches se acercaba. Soleaba y llovía en la carretera. Huamanga no podía estar lejos. Pronto estaría allí, viendo y gozando su bullente desfile de comparsas, después de haber recorrido el siempre sorprendente complejo arqueológico de Wari. 

Pero la ansiedad por el arribo próximo fue interrumpida por la súbita aparición de un perfecto arco iris. Había que detenerse. Había que bajar a pesar de la lluvia. 

El lente viajero de Explorando no podía ni debía perderse ese instante que, al igual que la primera vez, le pareció un augurio de pronto y constante retorno. Y es que Ayacucho, con sol o con lluvia, siempre será un buen destino. 

viernes, febrero 04, 2011

Los novios persiguen a Explorando

No sé si será un indicio, una señal, un vaticicio o una mera casualidad. Sea lo que sea, he empezado a preocuparme. Y es que ya ha ocurrido dos veces seguidas, sin buscarlo y sin quererlo. 

En mis años de viajero jamás había pasado algo así. Sólo encuentros espaciados que no me causaron ninguna conmoción, más bien fueron detalles pintorescos, simpáticos, de esos que sazonan las andanzas.

Uno ocurrió en la pileta de plaza de Armas del Cusco, otro en Yanahuará, cuando los novios compraban caramelos a una ambulante, unito más en la isla de Anapia, donde toda la comunidad -más su yapita de turistas- fue invitada al festejo de tres días.

Pero ahora la situación es diferente. Van dos viajes y dos encuentros. Uno en Tortugas -reseñado en la entrada anterior- otro en Trujillo, el sábado pasado, en plena plaza de Armas, en medio del corso por el LI Concurso Nacional de Marinera, cuando todo era un volar de pañuelos.

Dos de dos. ¿Será una pérfida tendencia? El inició simbólico de un camino que me llevará al altar con traje de pingüino, que terminará conmigo bien casado o, mejor dicho, bien cazado, hasta que la muerte me separe... ¿de quién?. Ese es otro problema. Otro motivo de inquietud.  

No, no y no -copiándome la rabieta de un candidato presidencial- ese no puede ser mi futuro. Quizás estoy entendiéndolo mal. Capaz el indicio o la señal vaya por otro lado. No será que acabaré en el altar como fotógrafo de bodas. Eso sería mucho mejor que andar allí como novio-futuro esposo, aunque tampoco es que me emocione demasiado.

Sea lo que fuere, lo mejor es esperar para ver que sucede en mi tercer viaje. Por lo pronto y como quien no quiere la cosa o, como para ir practicando, aproveché el encuentro fortuito para fotografíar a los nuevos esposos trujillanos. 

Después del clic, seguí con la marinera.  

martes, enero 25, 2011

Clic de la semana

Amor en el Pacífico 
Varias horas después de la aparición bullanguera y polvorienta de "el aventurero" --un camión medio destartalado que espetó brumas de monóxido a diestra y siniestra en el desierto que encajona el mar de Tortugas (Casma, Áncash)--, una niebla espesa borroneó el fulgor veraniego, opacando al sol y convirtiendo a la brisa acariciante en viento alboratado.

Cuando ese panorama se imponía y la nostalgia amenazaba con golpear al viajero, una voz inspiradora lo anima, lo alerta, le hace levantar la mirada hacia el horizonte mustio, hacia aquel espigón bastante maltrecho y acosado por la marea, en el que una pareja de recién casados, estrena sus sonrisas y ensaya sus primeros mohínes de esposos.

Una imagen inesperada en una tarde escasamente pasional. Eso les importa poco a Maylín y Miguel. Ellos están frente al mar, acaso tan inmenso como el cariño que les llevó a unir sus vidas, a juntar sus caminos y esperanzas, a prometerse amor eterno e incondicional en una tarde de enero.

Se despeja la nostalgia. El viajero enrumba presuroso hacia aquel horizonte cercano. Ya está el espigón. Se aproxima, saluda, les desea buena suerte a la flamante pareja proveniente de la cercana Chimbote. Los esposos responden con sonrisas. Derrochan alegría... también estan nerviosos.

Pero no se molestan ante aquel lente intruso que retrata su felicidad y que ahora se atreve a compartirla con todos los lectores de Explorando, una bitácora ciento por ciento aventurera que, a veces -muy pocas veces felizmente-, se pone medio romanticona.

jueves, enero 20, 2011

El primer clic del 2011

El primer clic del 2001

En una mañana de sol austero y niebla galopante, un camión veterano y al borde de la jubilación, irrumpe bullicioso en el desierto marítimo de Tortugas (Casma, Áncash), una pacífica ensenada que despunta como un oasis en el horizonte norteño.

De andar humeante, su estampa poco bravía despertó la atención del lente viajero de Explorando que, justo en ese instante, reflexionaba sobre si era pertinente que su clic inaugural del 2011, retratara a aquel pescadito frito con cebollita y tomate, que le hacía guiños desde un plato bien servido.

Y en esas sabrosas y sesudas disquisiciones se encontraba, cuando apareció el camión amarillo con su tolva de madera y esas letras rojas que formaban la frase: El Aventurero; entonces, pensó que aquello no era una casualidad, sino uno premonición, una señal de los dioses viajeros -si es que estos existen-. 

El pescadito podía y debería esperar. El camión, no. Tenía que ser la primera imagen del año porque su nombre se revelaba como una promesa de muchos viajes, travesías y exploraciones aventureras, en las que -al igual que ese heroico vehículo- llegaría con las justas para retornar siempre victorioso. 

Con la certeza de muchos clic's, otros camiones y varios pescaditos fritos, Explorando se mantendrá en la ruta en el 2011. Espero que continúen acompañándonos.

martes, enero 18, 2011

Simplemente Lima, la ciudad de todos

Ya pues. Despierta. Avívate. Mucho pensar y poco escribir. Ni que el aniversario de Lima fuera un tema tan complicado. Así que no te pierdas en elucubraciones y rapidito nomás redacta tus mil palabras. Nadie te va a creer ese cuento de que no tienes inspiración o que te falta una musa. Esas son tonterías, huachaferías de poetas romanticones sin versos y sin amores.

Tú no eres poeta ni pretendes serlo. Tonto y huachafo quizás… uy, discúlpame por dejarte en evidencia; pero, volviendo al punto, no sé porqué te enredas tanto. Qué manera de complicarte. Si es tan fácil empezar con aquello de que fundada un 18 de enero de 1535 por el conquistador español Francisco Pizarro y que, desde siempre, es llamada la Ciudad de los Reyes o las Tres Veces Coronada Villa.

Así de sencillo. Luego, coloreas tus párrafos haciendo referencia a Taulichusco, el último cacique del valle del Rímac, a Nicolás de Ribera “el viejo”, el primer alcalde; a Pancho Fierro y sus acuarelas costumbristas, a las enigmáticas tapadas, a los viandantes y pregoneros de zanguito y revoluciones calientes, a los criollos que armaban tremendas jaranas con sus guitarras y cajones.

Y si lo que buscas es llenar espacio para terminar rápido, redactas sobre inga y hasta de mandinga… y es que de todo hay, todo se ha visto y se verá en la Lima señorial, en la Lima cosmopolita, en la Lima provinciana. Una ciudad que es bruma y es brisa, que es nostalgia y esperanza, que es gozo y es sufrimiento, que es amor y es odio.

¡Qué haces! Eso no lo puedes poner en una nota de aniversario, vas a quedar como un aguafiestas. Además, a quién diablos le interesa tu visión o tus conflictos con la ciudad en la que naciste. Esa que te harta cada cierto tiempo y de la que huyes cuando ya no aguantas su anarquía motorizada, su cielo sin brillo, sus bocinazos y prisas, sus tragedias cotidianas.

Mejor te sigo aconsejando para que este texto no sea un desastre. Mira, después de la fundación, es indispensable que resaltes que por su monumentalidad arquitectónica expresada en iglesias y conventos coloniales, en mansiones solariegas y casonas de preciosísimos balcones, el Centro Histórico de la Ciudad Jardín –otro de sus apelativos- fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1988,

También tienes que precisar que fue la urbe mayor de la época virreinal, que es la única capital de Sudamérica con vista al mar, que es el hogar de más de ocho millones de personas, que ostenta vestigios prehispánicos engarzados en su faz urbana y… ah, claro, como no mencionar que aquí se come riquísimo en restaurantes, carretillas, puestos de mercados y en un sinfín de huariques.

Total, la gastronomía está de moda y hasta el más puritano y santurrón se ve tentado a caer irremediablemente en el pecado capital de la gula, cuando tiene al frente un plato de ceviche, una causa, un lomito saltado, una porción de anticuchos o una mazamorra bien morada, como el hábito del señor de los Milagros, el patrón de la capital que fuera pintado por un negro angola, en un muro del barrio de Pachacamilla.

Viste, es papayita, pan comido, mi hermano. Adórnalo un poquito y listo. Y ya cambia esa cara de velorio. Al final, pongas lo que pongas, nada va a cambiar, la metrópoli seguirá gustándote y molestándote. Seguirás sintiéndote feliz cada vez que te marches y, al retornar, te darás cuenta que vuelves a tu lugar en el mundo, a las calles y plazas que son o sientes tuyas. Allí están tus recuerdos más preciados.

Sé sincero. No quieres escribir de Lima, quieres escribir sobre tu Lima. Esa que empezaste a conocer desde un balcón en Jesús María, correteando en la plaza San José o en el Campo de Marte, aprendiendo en la 1100, un colegio que ya no existe, incursionando con tus padres en el Cercado, en el parque Universitario, en el mercado Central, en el barrio Chino y el palacio de Gobierno con sus cambios de guardia.

En tus recuerdos no hay Pizarros ni Taulichuscos, no hay tapadas ni pregoneros. Hay paseos por la Costa Verde en las tardes domingueras. Hay algodón dulce en el parque de las Leyendas o en la feria del Hogar. Hay viajes colgados del estribo en la 2 y en la 37; pero, también, hay apagones y bombazos. Velas que se encienden. Lamparines de luces sombrías.

Noticias de muertes en un país que se desangra. Aparecen pintas y banderas, terrucos y militares en el campus de San Marcos. Clases, marchas, explosiones. Rastrillajes. Las primeras crónicas. El amor y sus decepciones en placitas cómplices. El descubrir de las noches insomnes con sus bares y huariques. Los boleros cantineros, el bullicio embriagado, el aserrín en el piso. Brindis y resacas. 

Y la ciudad crece, se expande, recibe en sus cerros y arenales –con indiferencia, a regañadientes- a los miles de desplazados por el conflicto. Lima cambia, se transforma, se vuelve una metrópoli que se moviliza en combi y en mototaxi, baila cumbia y huayno. Ya no es de los Reyes. Es de millones de peruanos sin coronas, de migrantes, de emprendedores y achorados, de ambulantes y apuntadores.

Esa urbe de contrastes es la que celebra su aniversario y a la que tenías que regalarle mil palabras, pero no sabías cómo. Por eso te recomendé que te quedaras en lo histórico y en lo turístico. Es lo más fácil, te dije. Es lo que todos hacen, trate de convencerte. Y lo estaba logrando hasta que afloraron tus sentimientos y el corazón se impuso al raciocinio, entonces, los latidos se convirtieron en palabras y recuerdos.

Y es que tú, que eres un tonto y un huachafo, prefieres complicarte involucrando tus sentires por esa urbe de las que tantas veces escapas, harto de sus problemas y dramas, renegando por sus carencias y desigualdades pero sabiendo que siempre volverás, porque más allá de tus furias y enconos, es el lugar donde naciste, el lugar donde probablemente mueras.