lunes, agosto 13, 2012

Solo para zurdos

Donde el autor, olvidándose de cualquier criterio de objetividad,  recuerda algunas anécdotas, vivencias y peripecias relacionadas con su zurdera, con la única intención de difundir que hoy es el Día Internacional del Zurdo y que, por lo tanto, merece ser saludado y, por qué no, quizás hasta recibir un regalito. ¡Vaya descaro!

Cuando era un alumno del ya probablemente desaparecido jardín Perú, al que asistía con un "alegre" guardapolvo plomo, descubrí que mi relación con las tijeras no era para nada armónica. Cortaba mal, puro flecos y jamás pude seguir las líneas punteadas de las figuras que debía siluetear. En aquellos momentos me sentía tremendamente torpe, en aquellos momentos no sabía que las tijeras estaban diseñadas para ser usadas con la mano derecha... y, bueno, yo soy zurdo, un zurdo en un mundo para diestros, un zurdo que, en cosas tan simples, tenía que esforzarse más que la gran mayoría de sus compañeros. Lástima que la profesora no lo entendiera.

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Cuando el jardín Perú y su "alegre" guardapolvo plomo era ya tan solo un lejano recuerdo, mis pasos de estudiante -jamás aplicado, siempre relajado- me llevaron después de varios tumbos, a la escuela de Comunicación Social de la UNMSM. En sus aulas nunca tuve problemas con las tijeras, es más, no recuerdo haber cortado nada en aquellos tiempos, pero como la perfección es una utopía, allí encontraría serios conflictos con las carpetas unipersonales. Todas estaban diseñadas para ser usadas por diestros, lo que me creaba una tremenda incomodidad, un derroche extra de energía que, a veces, me hacía desistir de tomar notas, distraerme y ser tentado por el sueño. Sea como fuera, entre bostezos o totalmente lúcido, pasé buena parte de mi vida universitaria, escribiendo sin tener un pedazo de fórmica o de madera para apoyar mi brazo.

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Cuando todavía persistía mi conflicto con las carpetas unipersonales de la UNMSM, los vaivenes de la vida terminarían por llevarme a la cocina familiar. Allí jamás vestí un “alegre” guardapolvo plomo como en el patriótico jardín Perú; y, quizás por eso, no me fue tan mal. Mi sazón era aceptable y me desenvolvía adecuadamente en el manejo de los utensilios, aunque jamás tuve una relación llevadera con el abrelatas y el pela papas. Estos, al igual que las tijeras de mi infancia y las carpetas de las aulas sanmarquinas, no son para zurdos. Por esa razón, preparar cualquier platillo con atún o con papa, significaba un esfuerzo doble, un esfuerzo que jamás entenderán los comensales diestros.

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Cuando la fotografía irrumpió seriamente en mi existencia en aquellas aulas con carpetas para diestros de la UNMSM, redescubrí que todas las cámaras, incluyendo a la modestísima Zenith, tenían el disparador y la mayoría de sus controles al lado derecho. No me quedaba otra, tenía que adaptarme pero sin renunciar a mi zurdera. Desde entonces disparo con la derecha, pero enfocando siempre con mi ojo izquierdo, sino, la toma sale mal, aunque nunca tan mal como aquellas figuritas de papel que cortaba en el jardín Perú, sí, allí donde siempre vestí un "alegre" guardapolvo plomo.

martes, agosto 07, 2012

La invasión de las chunchachas

Las muchachas, perdón, las “chunchachas” irrumpieron al cuarto, perdón, al salón de clases, como Pedro, perdón otra vez, como Pedra (¿existe ese nombre?) por su casa. 

No tocaron la puerta ni anunciaron su ingreso con un insinuante “prepárense jovencitos” o un cauto y previsor “hay alguien ahí”.

Las muchachas, perdón,  las “chunchachas” no dijeron nada. Entraron a la mala al cuarto,  perdón, al salón de clases, entonces, no parecían las damitas angelicales que bailan con desbordante gracia para la Virgen del Carmen de Paucartambo, sino, más bien y, sobre todo, avezadas policías que allanaban con rudeza la guarida de dos desprevenidos malhechores.

A aquellas muchachas, perdón, “chunchachas”, parecía importarles poco los rostros de sorpresa, las confusas interjecciones y hasta los bostezos mezcla de cansancio y espanto, de los dos circunstanciales habitantes de ese cuarto, perdón, de ese salón de clases del colegio Serapio Calderón, acomodados a lo que salga y al Dios nos ayude en ese lugar de enseñanzas temporalmente suspendidas, por la fiesta de la “mamacha” Carmen.

Y esos muchachos, que en verdad ya no eran tan muchachos, desconocían mayormente las intenciones de esas muchachas, perdón, “chunchachas”, que tomaron por asalto su cuarto, perdón su salón de clases, arguyendo que ellas habían alquilado todito el colegio, situación que a su entender incluía, digamos como yapa, a ese par de viajeros que por la escasez de alojamientos en el pueblo, se vieron obligados a reposar su cansancio en el piso de madera de un aula escolar.

Y, quizás, porque ya no eran unos muchachos, ambos se sentían como trapos después de su casi congelada espera del amanecer en Tres Cruces, donde solo vieron nubes y a harto místico que, en su desesperación y apartándose abiertamente de sus predicamentos de armonía universal, rompieron su silencio contemplativo con unas palabrotas bien condimentadas en un vano intento por convocar al astro ausente.    

Esas palabrotas –hay que admitirlo- también cruzaron por la cabeza de aquellos muchachos que ya no son tan muchachos, cuando se sintieron invadidos en su espacio vital por las “chunchachas” –sin pedir perdón porque ahora sí acerté-. Pero no dijeron nada. Calladitos se quedaron y ni siquiera se levantaron, cuando ellas –rápidas, enérgicas, voluntariosas- comenzaron a hacer lo suyo.
 
No, no se pusieron a bailar. Eso harían después. En las calles, en la plaza y hasta en el colegio que fungió de hospedaje y comedor, justo al final de un buen almuerzo con lechón y yuca. 

Pero aquella mañana de despertar arrebatado, las “chunchachas” se desplegaron por todo el cuarto, perdón, por todo el salón, para sacar, cargar y llevar al primer piso -donde se había acondicionado un comedor- las carpetas y las sillas estudiantiles,  apiladas contra el viento traicionero por los ocasionales huéspedes del Serapio Calderón.

Esa era su misión en el primer día de la fiesta. La cumplieron sin sonrisas, sin máscaras y sin palabras. Su accionar fue impecable e implacable. No se ablandaron ante el temeroso desconcierto de aquellos viajeros que jamás soñaron que su cuarto, perdón su salón de pernocte, sería allanado por una cuadrilla de muchachas, ay, caray, perdón, de “chunchachas”.

Y si bien el despertar pudo o debió ser mejor. Y si bien no hubiera estado nada mal que las “chunchachas” irrumpieran con otro talante. Digamos, por ejemplo, con ganas de bailar con aquellos muchachos que si bien ya no son muchachos, todavía tienen lo suyo, todavía se defienden, todavía pueden –o creen poder- seguir el ritmo de aquellas devotas bailarinas de la virgen del Carmen de Paucartambo.