martes, agosto 26, 2008

Clic de la Semana


Desde el interior de una pequeña capilla, varios comuneros andamarquinos observan con atención a un niño que hace palpitar el tambor, anunciándole a las montañas, al viento y la madre tierra, que la tradición se ha cumplido.

Todos los años, el camino pedregoso que viborea hasta la laguna de Yarpo -a 40 minutos a pie del centro urbano-, se estremece con los sonidos del tambor y el andar de quienes se alejan del pueblo para realizar el pagapa.

El tributo a la pachamama es uno de los momentos más emotivos y trascendentes del Yaku Raymi o Fiesta del Agua que remece las alturas del distrito de Carmen-Salcedo Andamarca (Lucanas, Ayacucho).

Una vez más, Explorando estuvo allí, viendo a don Nicanor preparar y entregar las ofrendas a la tierra. Observamos su paciencia y sabiduria. Recibimos la coca que nos invito, escuchamos sus palabras en quechua y compartimos sus deseos de buena siembra, de buenas cosechas.

Después de la ceremonia, iniciamos el retorno. No hubo prisas. Brindamos con vino mezclado con aguardiente, jugamos con barro y nos detuvimos en Yarpocapilla, donde Nicanor y su ayudante ingresaron para colocar la cruz de camino que, el 1ro de mayo, habían llevado a la iglesia de su pueblo.

Fue en ese instante que ellos y sus acompañantes se convirtieron en las sombras que motivan este clic, con el que iniciamos las entradas sobre la vistosa, colorida y siempre emotiva celebración andamarquina.

martes, agosto 19, 2008

Razones para volver

La primera vez que fui a la fiesta del agua en Andamarca, un hombre voló en parapente desde el apu Ajaimarca y uno de los toros de esa fiesta brava sin matadores ni cortes de oreja, se escapó ladina y fieramente del ruedo improvisado.

Eso fue en el 96 o, quizás, en el 97, cuando en el pueblo no había teléfono ni corriente, apenas unos equipos de radio y un rugiente grupo electrógeno que se encendía brevemente en las noches, nunca más allá de las 11.

En ese viaje precursor, me hospedé en el hotel Municipal –creo que era el único en ese entonces- y en la tarde del atipanakuy (duelo), pude ver bailar al Alacrán, un danzante de tijeras que dejaría su arte para buscar una vida distinta en Canadá.

También recuerdo haber bailado o zapateado o intentado zapatear de casa en casa, en una noche fría que la danza convirtió en calurosa. Probé el calentito y la chicha, invitándole el primer sorbo a la Pachamama.


A la mañana siguiente, en la orilla de una laguna, unos hombres oficiaron un pagapa (pago a la tierra). Ellos me contaron que el lugar del pago era sagrado y que si alguien lo abría antes de la fiesta, se enfermaba o moría.

No bromeaban, sus palabras transmitían una verdad que habían aprendido de sus padres y abuelos.

Luego de honrar a la tierra con maíz y hojas de coca, aquellos comuneros me invitaron a merendar y unas señoras tímidamente sonrientes, me cachetearon con barro, porque así es la costumbre, joven, se excusaron, rieron, me hicieron parte de su fiesta.

Cuando todo terminó, un bus bastante maltrecho me trajo de regreso a Lima. El viaje fue duro. La carretera no conocía de asfalto hasta Nasca. En total, fueron como 20 horas de camino.


Hasta hoy no puedo olvidar el cansancio ni el polvo de la carretera pegado en mi ropa, tampoco el extraño presagio que me acompañó desde el primer kilómetro: volvería.

No me equivoqué. Desde entonces he visitado Andamarca en varias ocasiones. Siempre para la fiesta de agosto, nunca para el carnaval, cuando los andenes tallados por los rucanas -un aguerrido pueblo prehispánico- están rebosantes de verdor.

Capaz me animo el próximo año. No lo sé. Por ahora mi única certeza es que el jueves partiré de nuevo, como lo hice antes, como lo haré cada vez que pueda.


Y es que he aprendido a querer a este pueblo de la provincia de Lucanas (Ayacucho), por ser uno de los primeros que visité en mis afanes de periodista itinerante.

Sí, regresaré para conversar con sus comuneros. Ellos me contarán sus vivencias, sus recuerdos y me hablarán de sus costumbres y tradiciones; entonces, me olvidaré del brillo eléctrico de las farolas, del repiquetear de los teléfonos celulares; y, creeré que el tiempo ha retrocedido, que he regresado al 96 o al 97, cuando era un aprendiz de andariego, lleno de ilusiones, lleno de inquietud.

Ahora que golpeteo el teclado con la única pretensión de ordenar un poco mis recuerdos, termino por convencerme que esa sensación de retornar al principio de mi propio camino, es el que me impulsa a volver a Andamarca, una, diez, tal vez mil veces.

lunes, agosto 11, 2008

De ovejas y coronas

Estimados amigos, para taparle la boca al autor de las líneas que leerán a continuación, publico las fotos de la Corona del Inca. ¡Cómo te quedó el ojo rajón!

No pues autodenominado viajero. Así no es. Cómo es eso que te fugas hasta vaya uno a saber donde para fotografiar la Corona del Inca y, a la hora de los loros, terminas publicando otra cosa.

O será que ya no eres el mismo de antes. Tal vez te dio soroche y las fuerzas sólo te alcanzaron para tomar aquella foto de las pastoras que apareció en tu último Clic de la Semana. No te digo que esté fea. Tiene su gracia y todo eso, pero ¿dónde diablos está la corona?.

No es serio que la menciones y no la muestres. Acaso las estás guardando para otro publicación o te salieron más feas que el hambre o, lo que es peor aún, ni siquiera te dignaste a tomarlas. Mal, muy mal presunto andariego. Ahora, por respeto a tus lectores, deberías explicar cómo es la nuez.

Sabes, si yo fuera tú, hubiera hecho un post simpaticón, jugando con el hecho de haber encontrado la Corona del Inca en el pueblo de Ayapiteg (Huánuco). Te das cuenta. Esa era la gracia, presentar el hecho como un suceso de trascendencia mundial, un gran hallazgo histórico, fruto de las arduas pesquisas de la unidad de investigación de Explorando.
Y es que es sabido que los incas nunca usaron corona. O acaso no lo sabes. Seguramente te tirabas la pera en las clases de historia del Perú y por eso no jugaste ni ironizaste con ese dato. O será que ya perdite tu ingenio -bueno, si es que alguna vez lo tuviste-.

El asunto es que -en mi modesta opinión- te falta cancha para colorear los hechos y atrapar a los lectores. Y no me vengas que tú escribes para ti nomás. Ese es un cuentazo, una reverenda tontería. Es como si te dijera que Lima será sede de una olimpiada... uy, perdón, lo siento, señor Presidente.

Así que dizque explorador, te sugiero muy amablemente que nos expliques que fue lo que paso: te dio soroche y no pudiste fotografiar la Corona, estás guardando la "exclusiva" para alguna revista que te "remunerará jugosamente" o,
lo que es peor, tu ingenio ya no da para bromear con tus lectores.

Ya no quiero malograrme el día. Te salvaste falso explorador sino seguía poniéndote al fresco. Por ahora me retiro pero amenazo con volver la próxima vez que metas la pata...

Atentamente: el otro yo de Explorando.


jueves, agosto 07, 2008

Clic de la Semana


Cuando el sol se perdía tras las montañas y la noche proyectaba sus primeras sombras en las alturas de Huánuco, el cotidiano andar de dos mujeres pastoras distrajo al inquieto lente de Explorando Perú, que ya estaba más que listo para retratar a una formación rocosa conocida como la Corona del Inca.

Pero hubo un cambio de objetivo en la tarde viajera en la que llegué a Ayapiteg -distrito de Chavinillo, provincia de Yarowilca, Huánuco- después de interminables zarandeos y brincos en una combi que cambió los asesinatos por la tortura.

Al pisar tierra firme, tuve que esforzarme por recuperar la movilidad de buena parte de mi cuerpo. Después de tan penoso emprendimiento, me sentí preparado para dar el clic que inmortalizaría la Corona del Inca.

Sí, había valido la pena soportar los embates motorizados, porque la corona tenía su pinta y nada me impide fotografiarla ahora... bueno, perdón, hay algo que me lo impide: la polvareda levantada por el rebaño de ovejas que ahora invade una de las calles del pueblo.

Lo siento coronita, será para más tarde. Las ovejas son lo único importante en la agonía del sol. Trotan, se empujan, nada las detiene y debo salir del sendero para dejarlas pasar. Al final del lanudo tropel, veo a las dos mujeres que dirigen y orientar la marcha con paciencia y destreza. Era el momento de disparar.

Cuando las pastoras se alejaron volví a pensar en la formación pétrea. Tenía que fotografiarla de todas maneras, total, para eso he llegado hasta a Ayapiteg.

miércoles, agosto 06, 2008

Buena, Lucho...

No me sorprende que una de las imágenes de Luis Yupanqui –Lucho para los amigos- fuera seleccionada entre las 60 finalistas del concurso Mountains & People Global Digital Photo, organizado por el Centro Internacional para el Desarrollo Integrado de las Montañas (ICIMOD por sus siglas en inglés).

Y es que su calidad profesional está fuera de toda discusión. Sus imágenes son el fiel reflejo de la pasión que siente por la fotografía y del espíritu viajero que lo impulsa desde hace muchos años, a recorrer el Perú con la cámara al ristre, para pintar con ayuda de la luz y de las sombras, las maravillas naturales y culturales del país.

Una de esas maravillas, el puente colgante Pukayaku en el Callejón de Conchucos (Ancash), lograría ubicarse entre las 60 mejores del evento. En total, los organizadores recibieron 1,100 imágenes enviadas por 336 fotógrafos de todo el mundo. El ganador fue Prem Hang Banem, con una fantástica toma del lago Gufa-Pokhari en Nepal.

Compañero de travesía en más de una ocasión, a Lucho –puedo llamarlo así porque me considero su amigo- lo conocí en febrero del 2005, minutos antes de subir a un bus que nos conduciría a Huaraz.


Sin duda un excelente lugar para conocer al colega con el que recorrería durante cinco días el Inka Naani, un vistoso tramo del Qhapaq Ñan que une las regiones de Ancash y Huánuco.

Ambos habíamos sido comisionados por la revista Rumbos de Sol & Piedra, para preparar un reportaje de la ruta. Él haría las fotos y yo me encargaría de la redacción.


Ya en la agencia, no tuvimos mayores problemas para reconocernos. Nos saludamos, hablamos, coincidimos en que febrero no era un buen mes para andar en la sierra. Acertamos. La lluvia, el barro, el granizo, la carpa enclenque que dejaba pasar el agua, terminarían por complicar la ruta y sellar nuestra amistad.

Semanas después, sus imágenes y mis palabras le darían vida a un aguerrido reportaje, en el que tratamos de transmitir a los lectores, el aura mística y legendaria del sendero inca.

Desde entonces los caminos nos han vuelto a juntar en varias oportunidades, aunque no hemos publicado un reportaje compartido. Tarde o temprano ocurrirá y, sin duda alguna, será un excelente material periodístico.


Hoy, al enterarme de su inclusión como finalista, me permito dedicarle este post en Explorando, con el cual sólo pretendo reconocer su profesionalismo y resaltar la obstinada vocación que lo lleva a seguir viajando, fotografiando, descubriendo los rincones más bellos e inhóspitos del país.

No es fácil persistir. Él lo sabe tanto como yo. Pero igual seguimos. Somos tercos o tontos, quién sabe; aunque eso no importa cuando tu corazón y tu mente te piden o exigen que sigas haciendo lo que más te gusta. De eso se trata la vida o ¿no?

viernes, agosto 01, 2008

Caminos de tristeza

Dónde el autor reflexiona de una manera bastante extraña, sobre los últimos accidentes en las carreteras.

Algún día, quizás, mi nombre estará en una de esas listas y será leído apresuradamente por un reportero y escuchado a nivel nacional por hombres y mujeres que recién despiertan, que bostezan en el desayuno, que cabecean en el camino al trabajo.

Sí, mi nombre –algún día, quizás- será escrito con la letra apresurada y temblorosa de un bombero o un médico de guardia; entonces, cuando esté gravemente herido o muerto en la Panamericana, en la carretera Central o en cualquiera de las vías anónimas que serpentean por la geografía peruana, dejaré de ser quien soy para convertirme en una fría estadística. Sólo eso, nada más que eso.

Mis heridas o mi muerte serán parte del cuadro anual sobre los accidentes en las carreteras, con el que un burócrata cándidamente optimista o perfectamente estúpido, tratará de demostrar que estamos mejorando, que el orden se impone y los controles funcionan.


Esa voz oficial leerá cifras y mencionará porcentajes, pero nunca dirá nada de los sueños frustrados, del dolor de los deudos, de las vidas que se perdieron para siempre en los caminos.

No quiero ser una estadística pero, algún día, quizás, termine siéndolo. Lo sé, lo pienso, a veces hasta me asusta. Ya no viajes, quédate en Lima, me dicen quienes no quieren oír mi nombre en un noticiero matutino. Los escucho, los comprendo, les sonrío y les explico –medio en broma, medio en serio- que a mi me protegen los apus y todos los santos y vírgenes que he fotografiado y también descrito.

Es mejor confiar en ellos que en el plan Tolerancia Cero, en el chofer que se toma siete cervecitas antes de ponerse al volante, en el empresario que incumple todas las normas para aumentar sus ganancias o en el policía de carreteras que se deja corromper por un par de monedas.

Desorden, caos, impunidad. La sombra de la muerte como compañera de asiento. No soy pesimista ni trágico, sólo escribo sobre algo que podría suceder -algún día, quizás- mientras no se haga ningún esfuerzo serio por solucionar la crisis del transporte.


Por ahora, todos los que viajamos corremos el riesgo de que nuestros nombres sean leídos a la volada y con premura en un noticiero matutino; entonces, nos convertiremos en un número, en un nombre vacío, en una cruz en el camino con flores marchitas. Sí, ese puede ser el destino de nuestra próxima travesía...