martes, febrero 27, 2007

Clic de la Semana


Con ojotas, chullos y ponchos, un grupo de comuneros de Qollana, distrito de Lares (Calca, Cusco) posa para la foto del recuerdo, antes de iniciar una ardorosa pichanguita entre solteros y casados, a más de 3,500 m.s.n.m.

A pesar de los malos resultados, las eliminaciones constantes, las goleadas recurrentes y la costumbre nacional de involucrar a las matemáticas, para mantener vivas las esperanzas de triunfo, el fútbol en el Perú sigue siendo una auténtica pasión de multitudes.

Se juega en todos lados y en cualquier cancha: una calle sin asfalto, un terreno abandonado, un patio comunal, entonces, el simple hecho de ver correr ese balón ¿de cuero?, ¿de plástico?, quizás sólo de trapo, se convierte en una fiesta, aquí, en Qollana, como en cualquier otro lugar del país, acaso en una caleta pesquera, en una chacra serrana, también en la espesura de la selva amazónica, donde comunidades enteras surcan los ríos en canoas, para jugarse un partidito con sus vecinos de la otra ribera.

Y si bien la selección peruana no asiste a un mundial desde 1982, en el país se juegan auténticas finales todos los días... y si no lo creen, pregúntenle a los comuneros de Qollana.

martes, febrero 20, 2007

Brevísimo comunicado

Hoy llegué al Cusco. La ciudad está sombría, melancólica, huérfana de su padre el sol. Llueve a ratos, con gotas robustas, rápidas y persistentes, como si el cielo estuviera ametrallando la ciudad.

Felizmente esta vez no me olvidé del poncho impermeable, aunque ahora que lo uso, me doy cuenta que son pocos los cusqueños que llevan paraguas o buscan refugio bajo los balcones y aleros de las casas. La mayoría no se protege, sólo acelera el paso y anda rapidito por las calles humedecidas. Caminan resignados a mojarse.

Será que ellos están acostumbrados a las lluvias inesperadas, a veces cortas, a veces inacabables de la sierra andina; yo, por mi parte, iré a todos lados con el poncho. Total, soy un hijo de la costa desértica. Fin del reporte...

sábado, febrero 10, 2007

Anécdotas del camino

Buenos días, malas noches

Hoteles sin estrellas, sin encantos, sin más comodidades que una cama rechinante, un colchón exhausto y un par de frazadas traslúcidas y tan poco abrigadoras que, hasta los tigres que alguna vez las decoraron, ya se han marchado para buscar calor en otra parte.

Cuartos compartidos, baños sin duchas, sin agua, también sin taza. Movimientos y ruidos sospechosos, pulgas, zancudos, mosquitos y una tarántula en hospedajes sombríos, cochambrosos, tórridos o gélidos, que espantan los sueños felices y convocan pesadillas, miedos, a veces sospechas, a veces hasta a la policía.

Alojamientos que son o se convierten en el último o, quizás, el único refugio en una comunidad de la puna, en un pueblo minúsculo embriagado de fiesta, en una caleta de pescadores que se derrite de verano o en una villa amazónica en las riberas de un río torrentoso.

Dormir donde se pueda, donde alcance el presupuesto; dormir sin dormir por culpa de las risas y los improperios de unas voces borrachosas, en un hotelito en Chala, en la costa arequipeña; dormir con un ojo abierto por temor a que alguien tumbe la puerta del cuartucho en un hostal con apariencia de antro, de lupanar, de paupérrima casa de citas en Trujillo, la capital de La Libertad.

Y maldices al taxista que te condujo allí. Sí, claro, uno buenazo y barato, había dicho para convencerte y le creíste y al final no era tan barato y el cuarto parecía una celda y se oían gritos, gemidos, golpes y pensaste que alguien podría tumbar la puerta: un maleante, quizás la policía y ya te veías siendo detenido y ya te imaginabas en TV cubriéndote la cara con un polo y una voz que te calificaba de simple y vulgar parroquiano.

Dormir donde haya un espacio, donde quede aunque sea una camita, por favor, como ocurrió en Corongo, en pleno furor de la fiesta de San Pedro. Hotel salvador, con habitaciones comunitarias, múltiples, hacinadas, en los altos de una casa maltrecha, con pisos de madera que crujían y lloraban, cuando algún huésped se animaba a dar un paso.

Cuánto le cuesta, cuánto le vale. Diez soles la noche. Trato hecho. Subir y descubrir que los cuartos están conectados por un mismo pasadizo y que para llegar al último ambiente, hay que esquivar camas, cuerpos dormidos y una serie de bultos desperdigados. Sueños y ronquidos compartidos. Buenos días, señor, buenos días, señora. Qué siga la fiesta.

Dormir en el hotel municipal de Andamarca, Ayacucho, con sus oscuros cuartitos de adobe y sus baños siempre inundados o en el hospedaje-pollería de la profesora –hum, no recuerdas su nombre, ¿te estarás volviendo viejo?- que saca tu mochila y hasta la cama del cuarto que ocupabas, para armarla en el patio. Eso sí, la señora puso un par de frazaditas de refuerzo, porque no es cosa fácil dormir a la intemperie a más de tres mil m.s.n.m.

La dueña ignoraba tus reclamos y amparaba su decisión en razones de mercado, de oferta y demanda, porque dos pagan más que uno y "usted puede acomodarse allí afuerita”; entonces, la perspectiva nocturna era tan adversa, que los flamantes huéspedes tuvieron que apiadarse del pobre viajero desterrado. Total, es sabido por todos que donde entran dos entran tres.

Dormir en un hotel de madera en Yuyapichis, Huánuco, cuya única “decoración” es una tarántula paralizada en la pared... ¿estará viva?, ¿será venenosa?, ¿con qué la mato? y pensar en aquello de que ante la duda es mejor abstenerse. Así que buscas asesoramiento y armas un pelotón de combate para atacar a la invasora. La lucha es cruenta. Se presentan bajas en el lado de los arácnidos.

Y son tantos los recuerdos. Y se te viene la imagen de otro hotel de madera en Puerto Ocopa, en Junín, una imagen tan paupérrima y desoladora, que casi lleva al llanto o al desmayo a una de sus huéspedes; pero no hay que derramar lágrimas ni desfallecer; lo mejor es acomodarse y aguantar, porque las noches no son eternas, aunque a veces lo parezcan.

Buenas o malas noches en Perú. Noches que, por buenas o malas, siempre son y serán inolvidables.

sábado, febrero 03, 2007

Pisco Sour...

No es que uno ande buscando o inventando motivos para brindar o empinar el codo, pero hay ocasiones en esta vida (digo en esta por si acaso hayan otras) en las que se presentan algunas señales tentadoras que, de una u otra manera, te incitan o te llevan por el “mal camino”.

Y como uno no es un santo, cualquier indicio o señal para romper con la penosa rutina de viajero anclado -sólo temporalmente- a la gran ciudad, se convierte en un hecho prodigioso… más aún si es sábado, más aún si es verano, más aún si uno está que suda la gota gorda en una oficina con complejo de sauna.

Así que aquí andaba de lo más aburrido peleándome con un texto sin pies ni cabeza y quejándome lastimeramente del calor, cuando de pronto se me ocurre chequear mi bandeja de correo, sin mayores pretensiones que las de eliminar los mensajes spam.

Justo en lo mejor de mi faena de exterminador de basura publicitaria, aparece en mi pantalla una irresistible copa de pisco sour, acompañada de un titular que informa que hoy,
sí, este sábado de bochorno y sudor, se celebra el Día Nacional del famoso cóctel que, según algunas versiones, fue inventado en el bar Morris del centro de Lima, en la primera mitad del siglo pasado.

El mensaje, enviado por la Comisión de Promoción del Perú (PromPerú), era una de esas señales de las que escribí al principio; pero, a diferencia de muchas otras, esta tenía, además, una marcada connotación patriótica, porque en los últimos años el pisco sour se ha convertido en un auténtico símbolo de peruanidad.

Y como no se deben ignorar los llamados de la patria, no tengo más remedio que unirme a las celebraciones y alzar una –o quizás dos, tal vez tres- copas de la emblemática bebida. Ah, los “sacrificios” que uno debe hacer por su país.