martes, enero 25, 2011

Clic de la semana

Amor en el Pacífico 
Varias horas después de la aparición bullanguera y polvorienta de "el aventurero" --un camión medio destartalado que espetó brumas de monóxido a diestra y siniestra en el desierto que encajona el mar de Tortugas (Casma, Áncash)--, una niebla espesa borroneó el fulgor veraniego, opacando al sol y convirtiendo a la brisa acariciante en viento alboratado.

Cuando ese panorama se imponía y la nostalgia amenazaba con golpear al viajero, una voz inspiradora lo anima, lo alerta, le hace levantar la mirada hacia el horizonte mustio, hacia aquel espigón bastante maltrecho y acosado por la marea, en el que una pareja de recién casados, estrena sus sonrisas y ensaya sus primeros mohínes de esposos.

Una imagen inesperada en una tarde escasamente pasional. Eso les importa poco a Maylín y Miguel. Ellos están frente al mar, acaso tan inmenso como el cariño que les llevó a unir sus vidas, a juntar sus caminos y esperanzas, a prometerse amor eterno e incondicional en una tarde de enero.

Se despeja la nostalgia. El viajero enrumba presuroso hacia aquel horizonte cercano. Ya está el espigón. Se aproxima, saluda, les desea buena suerte a la flamante pareja proveniente de la cercana Chimbote. Los esposos responden con sonrisas. Derrochan alegría... también estan nerviosos.

Pero no se molestan ante aquel lente intruso que retrata su felicidad y que ahora se atreve a compartirla con todos los lectores de Explorando, una bitácora ciento por ciento aventurera que, a veces -muy pocas veces felizmente-, se pone medio romanticona.

jueves, enero 20, 2011

El primer clic del 2011

El primer clic del 2001

En una mañana de sol austero y niebla galopante, un camión veterano y al borde de la jubilación, irrumpe bullicioso en el desierto marítimo de Tortugas (Casma, Áncash), una pacífica ensenada que despunta como un oasis en el horizonte norteño.

De andar humeante, su estampa poco bravía despertó la atención del lente viajero de Explorando que, justo en ese instante, reflexionaba sobre si era pertinente que su clic inaugural del 2011, retratara a aquel pescadito frito con cebollita y tomate, que le hacía guiños desde un plato bien servido.

Y en esas sabrosas y sesudas disquisiciones se encontraba, cuando apareció el camión amarillo con su tolva de madera y esas letras rojas que formaban la frase: El Aventurero; entonces, pensó que aquello no era una casualidad, sino uno premonición, una señal de los dioses viajeros -si es que estos existen-. 

El pescadito podía y debería esperar. El camión, no. Tenía que ser la primera imagen del año porque su nombre se revelaba como una promesa de muchos viajes, travesías y exploraciones aventureras, en las que -al igual que ese heroico vehículo- llegaría con las justas para retornar siempre victorioso. 

Con la certeza de muchos clic's, otros camiones y varios pescaditos fritos, Explorando se mantendrá en la ruta en el 2011. Espero que continúen acompañándonos.

martes, enero 18, 2011

Simplemente Lima, la ciudad de todos

Ya pues. Despierta. Avívate. Mucho pensar y poco escribir. Ni que el aniversario de Lima fuera un tema tan complicado. Así que no te pierdas en elucubraciones y rapidito nomás redacta tus mil palabras. Nadie te va a creer ese cuento de que no tienes inspiración o que te falta una musa. Esas son tonterías, huachaferías de poetas romanticones sin versos y sin amores.

Tú no eres poeta ni pretendes serlo. Tonto y huachafo quizás… uy, discúlpame por dejarte en evidencia; pero, volviendo al punto, no sé porqué te enredas tanto. Qué manera de complicarte. Si es tan fácil empezar con aquello de que fundada un 18 de enero de 1535 por el conquistador español Francisco Pizarro y que, desde siempre, es llamada la Ciudad de los Reyes o las Tres Veces Coronada Villa.

Así de sencillo. Luego, coloreas tus párrafos haciendo referencia a Taulichusco, el último cacique del valle del Rímac, a Nicolás de Ribera “el viejo”, el primer alcalde; a Pancho Fierro y sus acuarelas costumbristas, a las enigmáticas tapadas, a los viandantes y pregoneros de zanguito y revoluciones calientes, a los criollos que armaban tremendas jaranas con sus guitarras y cajones.

Y si lo que buscas es llenar espacio para terminar rápido, redactas sobre inga y hasta de mandinga… y es que de todo hay, todo se ha visto y se verá en la Lima señorial, en la Lima cosmopolita, en la Lima provinciana. Una ciudad que es bruma y es brisa, que es nostalgia y esperanza, que es gozo y es sufrimiento, que es amor y es odio.

¡Qué haces! Eso no lo puedes poner en una nota de aniversario, vas a quedar como un aguafiestas. Además, a quién diablos le interesa tu visión o tus conflictos con la ciudad en la que naciste. Esa que te harta cada cierto tiempo y de la que huyes cuando ya no aguantas su anarquía motorizada, su cielo sin brillo, sus bocinazos y prisas, sus tragedias cotidianas.

Mejor te sigo aconsejando para que este texto no sea un desastre. Mira, después de la fundación, es indispensable que resaltes que por su monumentalidad arquitectónica expresada en iglesias y conventos coloniales, en mansiones solariegas y casonas de preciosísimos balcones, el Centro Histórico de la Ciudad Jardín –otro de sus apelativos- fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1988,

También tienes que precisar que fue la urbe mayor de la época virreinal, que es la única capital de Sudamérica con vista al mar, que es el hogar de más de ocho millones de personas, que ostenta vestigios prehispánicos engarzados en su faz urbana y… ah, claro, como no mencionar que aquí se come riquísimo en restaurantes, carretillas, puestos de mercados y en un sinfín de huariques.

Total, la gastronomía está de moda y hasta el más puritano y santurrón se ve tentado a caer irremediablemente en el pecado capital de la gula, cuando tiene al frente un plato de ceviche, una causa, un lomito saltado, una porción de anticuchos o una mazamorra bien morada, como el hábito del señor de los Milagros, el patrón de la capital que fuera pintado por un negro angola, en un muro del barrio de Pachacamilla.

Viste, es papayita, pan comido, mi hermano. Adórnalo un poquito y listo. Y ya cambia esa cara de velorio. Al final, pongas lo que pongas, nada va a cambiar, la metrópoli seguirá gustándote y molestándote. Seguirás sintiéndote feliz cada vez que te marches y, al retornar, te darás cuenta que vuelves a tu lugar en el mundo, a las calles y plazas que son o sientes tuyas. Allí están tus recuerdos más preciados.

Sé sincero. No quieres escribir de Lima, quieres escribir sobre tu Lima. Esa que empezaste a conocer desde un balcón en Jesús María, correteando en la plaza San José o en el Campo de Marte, aprendiendo en la 1100, un colegio que ya no existe, incursionando con tus padres en el Cercado, en el parque Universitario, en el mercado Central, en el barrio Chino y el palacio de Gobierno con sus cambios de guardia.

En tus recuerdos no hay Pizarros ni Taulichuscos, no hay tapadas ni pregoneros. Hay paseos por la Costa Verde en las tardes domingueras. Hay algodón dulce en el parque de las Leyendas o en la feria del Hogar. Hay viajes colgados del estribo en la 2 y en la 37; pero, también, hay apagones y bombazos. Velas que se encienden. Lamparines de luces sombrías.

Noticias de muertes en un país que se desangra. Aparecen pintas y banderas, terrucos y militares en el campus de San Marcos. Clases, marchas, explosiones. Rastrillajes. Las primeras crónicas. El amor y sus decepciones en placitas cómplices. El descubrir de las noches insomnes con sus bares y huariques. Los boleros cantineros, el bullicio embriagado, el aserrín en el piso. Brindis y resacas. 

Y la ciudad crece, se expande, recibe en sus cerros y arenales –con indiferencia, a regañadientes- a los miles de desplazados por el conflicto. Lima cambia, se transforma, se vuelve una metrópoli que se moviliza en combi y en mototaxi, baila cumbia y huayno. Ya no es de los Reyes. Es de millones de peruanos sin coronas, de migrantes, de emprendedores y achorados, de ambulantes y apuntadores.

Esa urbe de contrastes es la que celebra su aniversario y a la que tenías que regalarle mil palabras, pero no sabías cómo. Por eso te recomendé que te quedaras en lo histórico y en lo turístico. Es lo más fácil, te dije. Es lo que todos hacen, trate de convencerte. Y lo estaba logrando hasta que afloraron tus sentimientos y el corazón se impuso al raciocinio, entonces, los latidos se convirtieron en palabras y recuerdos.

Y es que tú, que eres un tonto y un huachafo, prefieres complicarte involucrando tus sentires por esa urbe de las que tantas veces escapas, harto de sus problemas y dramas, renegando por sus carencias y desigualdades pero sabiendo que siempre volverás, porque más allá de tus furias y enconos, es el lugar donde naciste, el lugar donde probablemente mueras.