viernes, noviembre 21, 2008

El retorno del "señor parapenti"

En más de una ocasión he narrado la historia del legendario vuelo en parapente desde el apu Aijamarca. Incluso, en mi último viaje al distrito de Carmen Salcedo – Andamarca, conversé sobre este hecho con varios pobladores. Ellos recordaban emocionados aquella gran aventura.

Pero mis recuerdos no estaban completos. Sabía que el piloto era venezolano y que la gente del pueblo lo rebautizó con el nombre de señor parapenti.


De tanto hablar o escribir del señor parapenti, se me fue olvidando el verdadero nombre del avezado deportista que voló de la montaña tutelar del pueblo andamarquino.

Ayer, luego de escabullirme de los policías que siguen vigilándome (ver el texto anterior), me di cuenta que en la entrada Razones para Volver, aparecía un comentario que decía lo siguiente:

Soy el piloto de parapente que voló por entonces en la Fiesta del Agua Nueva en Andamarca. Mi primer vuelo desde la cumbre del Aijamarca, fue el 23 de agosto de 1996. En días posteriores y en honor a las fiestas realice mas vuelos siendo un total de 5 hasta el final de las fiestas y en uno de ellos logre sobrevolar todo el pueblo. Desde entonces no he estado allí por lo que desconozco si se han seguido haciendo vuelos”.

El comentario era firmado por Gerardo Ibelli. Al fin y gracias a la Internet, resolvía mi laguna mental. Sí, el recuerdo tenía un nombre propio y, de paso, también, imágenes propias.

Y es que el piloto venezolano, en un correo posterior, me envió las fotos que ustedes observan en esta entrada y que según sus propias palabras “son mi único testimonio de mi vuelo inédito en el Aijamarca”.

Ibelli me comentó además que recuerda que los niños “empezaron a fabricar paracaídas de plástico y, al tirarlos por el aire, (estos) se quedaban enredados en los cables del entonces generador que iluminaba por la noche”.

En su mensaje me pide saludar afectuosamente a todas las personas que lo recuerden. Sin duda una tarea bastante complicada, porque cada uno de sus cinco vuelos, han quedado grabado en la memoria de muchos andamarquinos… y, claro, también en la de este modesto y viajero escriba.













miércoles, noviembre 19, 2008

APEC verde... verde policial

Dónde al autor pierde la cordura -no la gordura por si acaso- e imbuido por un inusual e incomprensible delirio de grandeza -a quién le ha ganado este muchacho- se queja a su manera de las medidas de seguridad implantadas para la APEC.

Sé que soy un cronista reputado y conocido internacionalmente. Sé, también, que mis palabras e imágenes contribuyen decididamente a salvaguardar las riquezas culturales y naturales del Perú.

Sé eso y muchas cosas más, como por ejemplo que el país no sería el mismo sin mí y que miles –no, perdón- millones de personas en la grandes urbes y en los caseríos más recónditos, llorarían a lágrima viva si llegara a ocurrirme alguna desgracia.

Y ni hablar del vacío que dejaría mi ausencia en el ámbito periodístico. Allí siempre he ocupado un lugar privilegiado, brillando intensamente desde mi aparición centellante en las páginas de la ya fenecida revista Sí, publicación que no sobrevivió a mi ausencia.

Soy consciente de todo eso, pero igual me parece injustificable que las más altas autoridades del gobierno nacional, hayan decidido movilizar nutridos contingentes policiales –incluyendo francotiradores y perros con pinta de asesinos-, en las áreas urbanas por las que suelo movilizarme o perderme cuando estoy en esta “tres veces coronada villa" o en el viril puerto chalaco.

Esa preocupación por mi integridad física y moral, me conmueve y halaga sobremanera; pero mi reconocida humildad y conciencia social, me impide aceptar semejante despliegue. Es absurdo que tantos policías se dediquen a mi custodia, cuando en muchas calles limeñas campea la delincuencia.

Además, este pechito sabe defenderse, porque más allá de mi talante reposado y pacífico, domino a la perfección milenarias técnicas de lucha, aprendidas solapadamente en mis viajes por los Andes y la Amazonía. Eso
me convierte en un arma letal.

Pero volviendo al tema central de mis observaciones, debo admitir que a pesar de reconocerme como un patrimonio viviente de la cultura peruana, no esperaba que tantos efectivos fueran encomendados a cuidarme. Nunca antes el gobierno había decidido protegerme de esa manera.


¿A qué se debe tanto alboroto?, me pregunto. Será acaso que la inteligencia policial o algún chuponeador subrepticio ha descubierto un plan para atentar contra mi vida. No lo creo. Eso es imposible. Si la mitad del país me quiere y la otra mitad sencillamente me adora.

Sin embargo, los aguafiestas que nunca faltan me dicen que me ubique y me deje de tonterías. Incluso los
más deslenguados tienen el desparpajo de preguntarme qué diablos te has fumado.

Luego, en tono de profesor que trata de hacerle entender al más corcho de la clase que dos más dos son cuatro, me dicen: “ninguno de esos tombos –así hablan ellos sin respetar a los representantes de la ley y el orden- está en la calle para protegerte a ti…”.

No les creo. Tampoco lo hago cuando me explican que las rejas que han aparecido súbitamente en decenas de intersecciones y avenidas, no son para impedir que mis seguidores y fanáticos -eufóricos y al borde de paroxismo-, se lancen sobre mí en busca de un autógrafo.

Mas bien, aseguran, la misión policial es la de alejarme a mí y a todos los limeños, de las delegaciones internacionales que han llegado a la ciudad para participar en la XVI Cumbre de Líderes del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC), que se realiza esta semana.

O sea que tanto barullo es por mister Bush y un grupo de presidentes y primeros ministros que conversarán, brindarán y, al final, no solucionarán ningún problema; aunque los entusiasta de siempre dicen extaltadísimo que habrá un
desborde de inversiones y se generarán miles de puestos de trabajo después de la cumbre.

Pero -en estos momentos- las únicas cumbres que me interesan son las cumbres nevadas de la cordillera. Esas que ya empiezan a derretirse por falta de políticas adecuadas de protección del ambiente y el desinterés manifiesto o, lo que es peor, el interés hipócrita de muchos de los gobernantes que por estos días, estarán a unas cuantas cuadras del lugar en el que escribo estas líneas.

Lástima que no pueda cantarles varias verdades. En el fondo me temen. Saben que mis argumentos los dejarían en ridículo, que mi lógica destruiría cualquiera de sus manidas excusas.


Es triste decirlo, pero ese encuentro no se dará. Los beneméritos agentes policiales están preparados y decididos a impedir por las buenas o las malas, que cualquier hijo de vecino se acerque a tan insignes y dilectos visitantes. Lo realmente inaudito es que a pesar de todos mis méritos y honores, seré igualmente expectorado si pretendiera conversar con alguno de los dignatarios.

Vistas así las cosas, aprovecho este mensaje para decirle a todos ellos -sí, lo sé, ustedes leen Explorando- que no es justo que por su "bendita" presencia, gran parte de la ciudad esté de cabeza o más de cabeza que de costumbre.

En verdad, hoy prefiero pecar de iluso y pensar que se
ha redoblado la seguridad para protegerme a mí y a los millones de personas que sobrevivimos en esta metrópoli. Total, somos igual de importantes que nuestros ¿ilustres? visitantes.

martes, noviembre 11, 2008

Clic de la semana


Al que canta y baila se le seca la garganta, dicen casi con devoción los músicos y danzantes en las fiestas populares, para justificar su sed de jolgorio y desbande, de trago corto o cerveza, de vasos llenos que pronto quedan secos y volteados.

Y como más vale prevenir que lamentar una sequedad inoportuna que estropee el bailongo o el canto, en muchas comunidades andinas los grupos de danzantes y las bandas de músicos, son acompañadas por señoras agilitas, bien apertrechadas con bebidas de todos los colores y sabores.

Las mamachas reparten e invitan sus tragos a propios y extraños. Nadie se salva. Todos reciben y brindan y toman y la fiesta se agranda y se zapatea con más fuerza, para defender el orgullo del pueblo, honrar a la virgencita milagrosa, al santo patrón o al Dios montaña que protege los valles y quebradas, también las pampas del mundo andino.

Antes de caer en la tentación de esas bebidas corrosivamente espirituosas, el lente ebri... perdón, viajero de Explorando, atrapó con un clic a esta señora que paseaba con su bandeja en el bosque de piedra de Huayllay, en la región Pasco.

Lo que pasó después es preferible no contarlo. Así dejo abierta la duda. Así ustedes podrán sacar sus propias conclusiones.

*Si desea ver más fotos de la fiesta en Huayllay, haga clic aquí.

miércoles, noviembre 05, 2008

Un camino, varios clic



Todo comenzó en Selva Alegre. Hasta aquí entran los autos provenientes de Rioja, y Moyobamba, de Soritor y San Marcos (región San Martín), también los arrieros y caminantes provenientes de Galilea, El Dorado y Nueva Omia, entre otros caseríos a los que sólo se llega andando.

Selva Alegra es diminuto. Pocas casas, un par de lugares para comer al aire libre, autos en espera de pasajeros y hombres que acomodan costales y paquetes en los lomos de las mulas.
Nosotros -es decir el autor de estas líneas y su amigo Felipe Varela Travesí, el Chasqui- no tenemos ninguna bestia que cargar. Las mochilas van sobre nuestras espaldas o sobre nuestros "lomazos" -chicas, tranquilas por favor- así iríamos andando hasta Galilea, donde pasaríamos la primera noche.

El camino empezó bien. Seco y hasta amable. Después vendría una subida, digamos criminal, y unos charcos de barro que parecían pantanos. Estos nos acompañarían por toda la ruta, dificultando nuestros -o mejor dicho- mis pasos, porque el Chasqui, como siempre, trekkeaba de lo más campante y fresquito, dándose el lujo, incluso, de sacarme cachita. Debí ahorcarlo.

La primera noche dormimos en la casa de Mauro Huamán Jiménez. Mientras nosotros buscábamos el sueño, él y sus amigos buscaban a la suerte en un juego de cartas. Afuera, un grupo de evangélicos buscaba a Jesús entre cantos y oraciones. Total, todos buscábamos algo. Todos estábamos en Galilea.

Al día siguientes partimos a El Dorado (ya en la región Amazonas). Más subidas más barro, más cansancio. Caminamos tres horas. Debimos hacer menos tiempo, pero mis pies empezaron a torturarme. Antes del mediodía ingresamos al minúsculo caserío. A diferencia de Galilea aquí hay luz eléctrica, aunque no siempre funciona.

Nos detuvimos en una bodega para tomar alguito. Al final, tomamos más que alguito: varias cervecitas que animaron la jornada, cortesìa del dueño de la tienda, don Héctor Rojas, quien, ni corto ni perezoso, nos pide que nos quedemos, que su casa es grande y tiene un cuarto libre. "Así conversamos", nos dice y nos convence. Charlamos, brindamos, dormimos hasta el otro día.

Ni bien canta el gallo, salimos para Nueva Omia. El camino a Nuevo Omia me resulta agotador. El barro se ha multiplicado por mil y mis ampollas están en su máximo esplendor.

La travesía se vuelve tortuosa y, siendo sincero, doy pena o lástima -o las dos juntas- cuando ingreso al pueblo. Con las justas alcanzó la casa de la familia Jiménez - García, mencionada en entradas anteriores. Ellos nos cobijarían calurosamente.

Debido a mis ampollas me quedo varios dias en el pueblo. Mis pasos no me llevan más allá de la bodega-bar El Peluche, donde el propietario, apodado Peluche o Peluchito -qué casualidad-, nos cuenta su azarosa vida en la sierra y en la selva.

Sus peripecias tienen como música de fondo a los Yennix, un grupo tropical en el que un pelucón con lentes (cualquier parecido es pura coincidencia) se desgañita diciendo que busca un amor que sea difícil, porque no le gustan las fáciles y le gusta sufrir. Salud por eso.

Pero el que realmente sufre es este pechito y no por el desaire de alguna chica buenamoza, sino por las famosas ampollas que me impiden seguir en la ruta con Felipe. El Chasqui continuaría hacia Rodríguez de Mendoza, yo pernoctaría una noche más en Nueva Omia. Después retornaría, en mula, hasta Selva Alegre. Donde todo comenzó y terminó.

sábado, noviembre 01, 2008

Desayuno en Nueva Omia

La leña arde alimentando el fuego. Ollas ennegrecidas, reposan sobre unas hornillas que no son hornillas, son frutos del ingenio.

Minutos de espera. El desayuno no está listo, pero ya falta poco, entonces, la familia entera conversa con el par de huéspedes inesperados, aparecidos -debilucho uno, vigoroso el otro- por el caminito de barro que conduce a su pueblo: Nueva Omia, en la región Amazonas.

La ollas tapadas ocultan el arroz y la pitucas -las primas selváticas de la papa- que se servirán en el desayuno.

La señora Genoveva es generosa con las porciones del cereal y del tubérculo. A veces exagera un poquito. Sus platos son abundantes y, siempre, cuando comienzan a quedar vacíos, ella ofrece y -sin esperar respuesta- agreta un poquito más de pituca y arroz, de plátano o yuca, dependiendo del menú, de lo que sirve en el almuerzo o en la cena.

Pero hoy no hay plátano sancochado ni yuca -recurrentes en la mesa de la familia Jiménez - García.

Hoy hay café recién tostado, pasadito, bien rico, según se presume por el aroma que se escapa de la tetera; un café que los cordiales anfitriones prepararon especialmente para sus inusuales visitantes: un chasqui que "jironea" por los caminos incas y un periodista que pasea sus ampollas y calambres por distintos destinos del país.

"Nosotros producimos café pero rara vez nomás lo tomamos", explica con una breve sonrisa don Santiago, mientras su hija menor sirve la humeante bebida y su esposa, con habilidad de ilusionista, saca bajo la manga o, mejor dicho, del caliente corazón de una de sus ollas, un guisito de gallina.

El desayuno está servido. Buen provecho. Buen recuerdo de Nueva Omia y de la familia que, por decirlo de alguna manera, me "adoptó" durante varios días, demostrándome una vez más, que el Perú está lleno de gente buena y solidaria. Por eso sigo viajando, por eso sigo escribiendo y contando mis historias.