lunes, setiembre 15, 2008

Antes del sueño

Dormiré en un cuarto de adobe que no logra exterminar al frío. Su piso es de madera y cruje al más leve movimiento.

El techo es a dos aguas y varias calaminas horrorosas impiden el paso de una lluvia ruidosa que no llega a ser tormenta en Canchacucho, un puñado de casas frente al Santuario Nacional de Huayllay.

Para enfrentar a la noche sólo cuento con un colchón, varios pellejos de cordero, un par de frazadas con tigres y mi siempre combativa –pero poco abrigadora- bolsa de dormir.

Nada más que eso en un cuarto que estaría completamente vacío, si no fuera por aquel colchón y unos cuantos objetos arrumados de olvido en una esquina sombría, empolvada, con telas de araña.

En esta habitación amplia y rechinante existen dos ventanas. A través de ella se ve el bosque sin árboles, pero con sus piedras enormes, raras, acaso de otro planeta.

También observo la carretera de asfalto que conduce al pueblo de Huayllay, aún más alto, tal vez más frío que el mismísimo Canchacucho.

Allí hay hoteles que no son muy buenos y no son muy caros. Una plaza en remodelación, un par de cabinas de internet y muchas camionetas que te llevan a Cerro de Pasco.

Pero no me gusta el pueblo. Lo siento triste, aterido, desangelado. Prefiero el bosque con sus pétreos misterios y Canchacucho con sus habitaciones de adobe y su colchón reinando sobre el piso de madera.

Sí, dormiré bien a pesar del frío y la lluvia.

lunes, setiembre 08, 2008

Llamas en el bosque


Y las llamas llamaron mi atención. No se trata de un trabalenguas como aquel de los tres tristes tigres que comen trigo, aunque nadie, jamás de los jamases, los haya visto comer trigo.

Pero hoy no voy a filosofar sobre los hábitos alimenticios de los tigres, sino que escribiré de aquellas llamas impetuosas, monumentales y hasta me atrevería a decir felices y contentas (a diferencia de los felinos antes mencionados), que llamaron mi atención en el bosque de piedras de Huayllay (Pasco), escenario natural que el último fin de semana se llenó de vida por la celebración del Rural Tour.

Baile, música, gente que iba y venía entre las piedras colosales. Tributos a la tierra y a las montañas, mate de coca para espantar el frío y pachamanca de varios sabores o truchitas a la parrilla para doblegar al hambre.

Todo eso en tres días de fiesta y jolgorio, de brindis y sonrisas en uno de los parajes más extraños y alucinantes del país.Y entre toda esa vorágine de movimiento y festiva inquietud, aparecieron estas llamas que, repito, llamaron mi atención.

Por eso me acerqué a ellas y las fotografíe y me sorprendieron sus "aretes" y vi cómo sus arrieros las vestían, las ponían lindas para una competencia; entonces, mientras miraba y admiraba todo eso, me di cuenta que era justo y necesario -caray, pasé del trabalenguas a la misa- darles un espacio en Explorando.

Y no es que las llamas vayan a saltar en una pata ante "semejante" honor, pero al menos no sentirán celos de las vicuñas, a las que si les he dedicado sendos textos laudatorios y hasta me he atrevido a calificarlas de doncellas y reinas de las pampas.

Para corregir tal omisión, publico esta entrada con algunas de las llamas que me llamaron la atención -dale con ese jueguito de palabras- en el frío y pétreo bosque pasqueño.

Sólo espero que las alpacas y los guanacos -los otros camélidos sudamericanos-no se pongan "saltones" por esta publicación y aleguen con razón que también merecen su textito y varias fotos, porque también son andinas, representativas y -quizás- tan históricas como sus elegantes primas.

Eso sí, para ganarse un espacio en esta bitácora, ellas tendrán que llamar mi atención como lo hicieron las llamas del Rural Tour...; caramba, lo siento, al final este texto si parece un trabalenguas. Y pensar que comencé deslindando con los tigres tristes que comen trigo.

*Si quiera saber como llegar a Huayllay, visite Viajar x Perú

jueves, setiembre 04, 2008

No hay primera sin segunda

Era la segunda vez que visitaba Tingo María. Aunque viéndolo bien podría decir que fue la primera.

Y es que en la ocasión anterior no conocí nada, excepto el aeropuerto y un puñado de chacras.

Allí un grupo de funcionarios y técnicos de no recuerdo bien que ONG o agencia internacional, se afanaban por mostrarme que la sustitución de cultivos era un exitazo en tierras tingalesas.

Aquellos hombres sonrientes y entusiastas no parecían darse cuenta o –mejor dicho- no querían darse cuenta que al ladito nomás, crecían vigorosamente varios plantones de coca. Ellos sólo tenían ojos para el cacao y el café, sembríos que, en su opinión, acabarían con el reinado cocalero.

Todo esto paso hace varios años, quizás en el 99, tal vez en el 2000. Bah, no lo recuerdo con exactitud, lo que si tengo muy en claro es que el día se pasó volando en las chacras y ya era hora de regresar, también volando, al mustio desorden limeño y a la amodorrada redacción en la que trabajaba.

Ida y vuelta nomás fue aquel viajecito. Ida y vuelta que casi se frustra por una tormenta sorpresiva que atrasó el despegue e hizo surgir el rumor de la cancelación.


Rumor bien acogido por este pechito que no veía con malos ojos el pasar una noche exóticamente lluviosa en Tingo María (provincia de Leoncio Prado, Huánuco).

Qué no despegue, qué no despegue, pensé y deseé con la misma convicción con la que hace unos días, volví a pensar y desear que por obra y gracia de una de las tantas cosas raras y hasta inverosímiles que suelen ocurrir en el país, el ómnibus que me traía de retorno a Lima, diese la media vuelta y regresara a la ciudad de la Bella Durmiente.

Y faltó muy poquito para que eso ocurriera. Esta vez no fue la tormenta sino el motor del bus el que exhaló su último suspiro en plena carretera. No daba más y nos quedamos botados a sólo 45 minutos de la ciudad. ¿Vamos a regresar ?, ¿se acabo el viaje?, pregunté con franca alegría al chofer; pero su respuesta me bajó la moral, mató mi postrera esperanza.

“Cómo cree señor, vendrá el retén” dijo y tuvimos que esperar dos horas hasta la aparición del bus suplente. Retornaría sin querer retornar. La historia se repetía aunque esta vez, a diferencia de la primera visita, no paseé por ninguna chacra y logré conocer más de un lugar interesante…

¿Cuáles?... uhm, eso lo relataré en otra entrada. Paciencia estimados lectores. Debo irme ahora. Tengo que arreglar mi mochila. En la noche salgo para el bosque de piedras de Huayllay en Pasco. Y es que la aventura continúa. No hay tregua cuando se trata de explorar el Perú.

miércoles, setiembre 03, 2008

Quién da menos

Dónde el autor - a falta de chelas- se toma una licencia para describir brevemente, los penosos tira y afloja que tiene que enfrentar en su condición de colaborador y periodista libre.

Escribo contra el tiempo. Pronto alguien vendrá a visitarme. Hablaremos de negocios. No me gusta hablar de negocios. Me da sueño. Me aburre el tira y afloja. Me fastidia ponerle precio a mi trabajo.

¿A cuánto el kilo de palabras? ¿A cómo el quintal de fotografías, caserito? Mercado libre. Regateo. Pedirás X. Nunca querrán pagarte X. Siempre alguito menos. Siempre mucho menos. ¿Dónde está el comercio justo?

Me ofrecerán un sencillo. No aceptaré un sencillo. Diré que tengo experiencia. Me dirán que eso no importa, que fácil me reemplaza un aprendiz. Ellos no cobran. Ellos no exigen. Ellos se conforman con ir “agarrando cancha”.

Discutiremos por soles más y dólares menos. Tensión. Incomodidad. Ceder o no ceder. ¿Te convencen? ¿Lo convences? No hay humo blanco. Punto muerto. ¿Se frustra la negociación?

Continúo escribiendo. Pronto estaré hablando de presupuestos y cotizaciones. De precios por unidad. De tarifas al por mayor. Me sentiré como un mercachifle. Odio sentirme así. Prefiero sentirme periodista. Prefiero sentirme viajero.

Escucho el timbre. Hora de dejar el teclado. Hora de negociar, de poner las cartas sobre la mesa. Hagan juegos señores. ¿Qué pasará? Éxito. Fracaso. ¿Nos mandaremos al diablo mutuamente? Se acaba el tiempo. Voy a abrir la puerta.

lunes, setiembre 01, 2008

Sólo Andamarca



Volví a tus calles, a tu plaza y a tu iglesia. Vi tus casas de adobe, tus breves balcones de madera y guardé silencio frente al apu (montaña sagrada) que te protege desde siempre.

Volví para sentir simplemente la alegría del retorno y mostrarle a los lectores de Explorando Perú, cómo es Andamarca, ese pueblo entrañable del que siempre hablo y del que siempre escribo.


Más información en Viajar x Perú