jueves, setiembre 27, 2007

Viajar...

Viajar, viajar, viajar, viajar, viajar… y un viajar más por si acaso, para que no quepan dudas, para que quede claro que vuelvo a explorar el Perú después de muchas lunas, demasiadas lunas, tantas, que ya pensaba cambiar el “y a veces vivo en Lima” de mis datos personales, por el de “y a veces, muy pocas veces, casi nunca salgo de Lima”.

Pero no lo haré (¡bravo!, ¡hurra!, ¡redoble de tambores!). Se acabo la mala racha, el anclaje urbano, la retahíla de salidas postergadas. Y es que no hay mal que dure cien año ni viajero que lo resista, así que hoy, sí, hoy en la noche, partiré hacia Huamachuco, en la sierra de La Libertad, un destino pendiente en mi agenda andariega.

Rencuentro con la aventura, con los caprichos del camino, con el palpitar de una travesía inédita. Me voy contento. Me despido feliz, tan feliz, que ahora solo tengo ganas de escribir: viajar, viajar, viajar, viajar, viajar… y un viajar más por si acaso. Vuelvo al camino.

viernes, setiembre 14, 2007

Conozca Pacaipampa

“Un lugar que no aparece en el mapa ni en la carta nacional”, esa fue una de las frases que escribí en noviembre del 2005, al volver de la laguna el Páramo, en el distrito de Pacaipampa (Ayabaca, Piura).

Lo más probable es que la laguna sigue estando ausente en los mapas y en la carta nacional. Pero, a diferencia del 2005, el nombre de Pacaipampa se publica ahora con frecuencia en la prensa, aunque la mayoría de quienes lo mencionan ni siquiera saben muy bien donde se encuentra y jamás han hablado con uno de sus pobladores.

Quizás, si hubieran visitado la zona o compartido con su gente, su opinión respecto a los campesinos y comuneros de la sierra piurana, sería totalmente distinta.


Sin duda, lo pensarían mil veces antes de escribir o decir con tanta ligereza, que ellos son violentos, intransigentes, opositores del progreso y fácilmente manipulables.

Es curioso, pero antes de que surgiera un movimiento ambientalista contrario a la ejecución del proyecto minero Río Blanco, se sabía muy poco de la provincia de Ayabaca y sus distritos. A nadie le importaba su pobreza secular, la carencia de escuelas, la desnutrición de su gente.

Hoy, cuando las autoridades de Pacaipampa, El Carmen de la Frontera y Ayabaca, proponen una consulta a sus pueblos para saber si están a favor o en contra de la mina Majaz, los antes pacíficos e ignorados comuneros se han convertido en enemigos del desarrollo, en lastres para el despegue económico del Perú.

El domingo, a pesar de la oposición del gobierno, se realizará la consulta. Sea cual fuera el resultado, el problema seguirá latente en estas tierras. El nombre de Pacaipampa seguirá en la prensa. Eso sí, al menos cuando los lectores de Explorando se refieran al tema, podrán decir que conocen la zona… aunque sea por foto.


Historias de buenos y malos

Del Castillo el cachascanista

Donde el autor se disfraza de editorialista y, recontra asadazo, mete su cuchara en la actualidad nacional.

Como si se tratara de una película de bajo presupuesto o un espectáculo de cachascán, el gobierno pretende llevar todos los conflictos sociales a una pelea entre buenos y malos, entre técnicos y rudos, entre patriotas que aman la libertad y apátridas renegados.

No hay más. Así de simple, facilito y sin entrar en disquisiciones mayores, total, con ese argumento basta y sobra para que amplios sectores de la prensa apoyen con fervor al presidente de la República y despedacen a los “malos” de turno con sus plumas viperinas o su verbo cáustico.

Todo sea por la democracia, el estado de derecho y la libre competencia. Y es por eso que Aldo Mariátegui ha olvidado su odio visceral al partido que alguna vez fue de Haya de la Torre, y ahora escribe –con pañuelo en mano y la marsellesa aprista como música de fondo- cenagosas editoriales en contra de los enemigos del país.

Y es por eso, también, que todas las noches desde su Ventana en la Casa del Pueblo, perdón, desde su Ventana Indiscreta en Frecuencia Latina, “Chichi” Valenzuela trata con delicadeza extrema a los “buenos” -¿vieron su entrevista a Jorge del Castillo?-, aceptando sus argumentos pueriles y justificando cualquiera de sus acciones: legales o ilegales. Eso es lo de menos.

Su defensa del status quo es tan ciega y ardorosa, que no saldrá ni a la ventana de su casa para pedir la reapertura de radio Orión de Pisco ni espetará su famoso uyuyuy de alerta o indignación, si le pasara lo mismo a la emisora piurana Cutivalú.

Y pensar que la periodista se rasgó las vestiduras y levantó el puño y protestó encolerizadísima frente a la embajada de Venezuela, por el cierre de RCTV. ¿Dónde quedó la consecuencia?

Por el contrario, “Chichi”, como ocurre con otros “líderes de opinión”, creen o fingen creer a pie juntillas la explicación legal de del Castillo, respecto al cierre de la emisora.


Ahora es conveniente aceptar sin chistar la verdad oficial, amén, oleada y sacramentada, amén, indiscutible e incuestionable, un amén más por si las dudas. En esta coyuntura la ética no sirve de mucho; lo que realmente importa es exterminar a los malos.

Sí, los malos, los retrógrados, los resentidos. Esos que protestan sólo por fastidiar, esos que siempre son manipulados por Sendero Luminoso o Patria Roja o los agentes infiltrados de Chávez o Castro o por cualquier otro comunista nostálgico o los temibles “caviares” de las ONG’S.

En la última semana los “rudos” andan más fieros que nunca y han conseguido que se arme un bochinche en Pisco, que se censure un aviso del gobierno en una radio piurana y se haga una consulta popular en Ayabaca, Pacaipampa y El Carmen de la Frontera (Piura), para saber si la gente está de acuerdo con la explotación minera del proyecto Río Blanco.

Esos hechos han puesto al borde del infarto al “señor gobierno” y a todos sus defensores de oficio; entonces, el premier se pasea por los medios de comunicación y se despacha de lo lindo contra los “verdes” que engañan a los campesinos pobres y los “curitas rojos” que le piden a Dios que la minería no se asiente en la sierra piurana.

Con histrionismo hollywodense, del Castillo pasa de la cólera a la angustia, de la enjundia a la aflicción, de la amenaza al sentimentalismo novelero, cuando dice que las minas ya no
dañan el ambiente (¿se habrá enterado que La Oroya es uno de los 10 lugares más contaminados del planeta) y sólo traen progreso y bienestar (habría que preguntárselo a los trabajadores de Casapalca o Marcona).

Pobrecito del Castillo. Es triste escucharlo argumentar que si Majaz no ingresa a Río Blanco, el Perú nunca será como Chile, nunca podrá superarlo (ya lo saben entonces: sólo Majaz salvará al país).


El curtido político asevera, además, que si la mina no entra, centenares de informales lo harán y ahí si que habrá contaminación como ha ocurrido en Tambo Grande (ya lo saben comuneros malcriados, ese será su castigo por andar de levantiscos).

Cuando entenderá el gobierno que la realidad no es blanca ni negra, que los supuestos “buenos” no son santos y los “malos” no son tan perversos como ellos creen. Las crisis tienen
matices y no todos los que protestan son enemigos del país ni comunistas recalcitrantes ni masa engañada.

La polarización no conduce a ninguna parte, tampoco la mentira y la satanización de quienes tienen un pensamiento distinto. El Perú no es un programa de Titanes en el Ring ni una película barata. Dejemos a los buenos y malos para los filmes de vaqueros y los espectáculos de lucha libre.


En caso contrario, que Alan se enfunde de una buena vez la máscara del Santo, y del Castillo rete a duelo a los alcaldes de la sierra de Piura... sí, la "Chichi" sería una excelente madrina.

martes, setiembre 11, 2007

Vivencias en el Sur (II Parte)

Los goles que no hice en el Campín

Fin de semana en Chincha, la tierra de mi madre. Aventuras infantiles jugueteando en las polvorientas orillas de una acequia o viendo pelotear a mis hermanos y primos en el Campín, un terreno baldío convertido en mítico templo futbolero, en donde se disputaban ardorosas y apasionantes pichanguitas.

Y digo “viendo pelotear” porque por más que sea el autor de esta bitácora, no estoy dispuesto a falsear la historia ni a presentarme como un Maradona en ciernes o como un jugador capaz de embrujar con sus fintas y dejar mal parado -es decir tirando cintura, es decir dando pena- a los recios defensores chinchanos.
Nada de eso puedo contarles. Y es que nunca hice un quiebre ni robé una pelota ni siquiera me acuerdo muy bien si alguna vez jugué o vagabundeé en aquel terral convertido en cancha.
En el mejor de los casos, se podría decir que era un suplente de lujo.

Lo único malo es que no había entrenadores que ordenaran los cambios. Para colmo de males, yo era de lejos –y también de cerca- el menor y el más chato entre todititos los jugadores, entonces, era prácticamente imposible que alguno de esos grandullones se apiadara de mí y, de pura buena gente, me dejara ingresar al ahora ya urbanizado Campín chinchano, pariente lejano y pobretón del célebre Nemesio Camacho, el “Campín” de Bogotá.

Y es que adelantándose a la globalización, los palomillas de la “Cuna de Campeones” –así es llamada la ciudad de Chincha- bautizarían a su modesta cancha con el nombre del estadio colombiano, en el que se jugaría una de las tres finales de la Copa América de 1975.

Cuentan las crónicas futboleras (confieso que por razones de edad no recuerdo nada de ese partido) que aquel encuentro terminó 1 a 0 a favor de los norteños. En la revancha en el estadio Nacional de Lima, ganaríamos por un claro 2 a 0. El resultado obligó a un partido definitorio en Caracas, Venezuela.

En el enfrentamiento decisivo, el arquero colombiano Pedro Antonio Zape le atajaría un penal al talentoso Teófilo “Nene” Cubillas, estrella indiscutible del fútbol peruano, del fútbol mundial.


Pese a la sorprendente acción del golero –que repetiría su hazaña en las eliminatorias para España 82-, la bicolor se llevaría el título, gracias al golazo de Hugo “Cholo” Sotil.

Perú era campeón de América por segunda vez en su historia. Y, quizás de la pura emoción, mis primos y su collera decidieron bautizar como Campín a su estadio particular, acaso para recordarles a los colombianos que su triunfo en el Nemesio Camacho, sólo había servido para prolongar la agonía de su equipo.

Sea cual fuera la razón del nombre, el Campín existió y fue el escenario de partidos maratónicos que acababan cuando el sol se perdía o la madrecita del dueño de la pelota,
llamaba a su hijo con carácter de urgencia. En tono dictatorial.

El partido terminaba a la mala. No había tiempo para los descuentos ni la definición por penales, porque cuando uno es niño, las madres tienen cierto parecido con los árbitros. Ellas manejan las reglas, imponen la justicia –o la ¿injusticia?- y sus fallos son inapelables; ah, y cuando se molestan, te ponen la tarjeta roja, te expulsan, te mandan a tu cuarto hasta nuevo aviso.

Han pasado muchos años desde las jornadas en el Campín, de los viajes memorables en el Hillman familiar, del peregrinaje por las casas de todita la parentela, de la visita al cementerio para adornar con flores la tumba de mis abuelos, de los matrimonios y bautizos en los que se servían platazos de carapulcra y sopa seca y, también, del clásico seco de raya con pallares de la tía Lucha.

Tanta añoranzas andariegas en Chincha, con sus viñedos y bodegas, con su frijol colado y sus chapanitas, con su Verano Negro y su beata Melchorita… y, claro, con mi familia, con mis tíos y primos.

Sí, en las calles de esa ciudad devastada por el terremoto del 15 de agosto, se escribieron mis primeras anécdotas viajeras; anécdotas entrañables que se mantienen firmes en mi memoria, a pesar del tiempo y la furia del planeta, que borró en dos minutos muchos de los escenarios de mis recuerdos infantiles, mis recuerdos de siempre.

lunes, setiembre 03, 2007

Vivencias en el sur (I Parte)

La ruta del Hillman

Donde al autor, a manera de homenaje, recuerda sus viajes infantiles a Chincha, la tierra de su madre, una de las ciudades más golpeadas por el terremoto del pasado 15 de agosto.

Cuando era un niño mis andanzas viajeras se reducían a los 200 kilómetros de pocas curvas y mucha niebla que separan a Lima de Chincha; 200 kilómetros que recorríamos casi a paso de tortuga en el auto familiar, un Hillman verde del 66 que solía emberrincharse en plena carretera, dándole la razón a mis compañeros del CE 1100, que sin respeto alguno por aquel ¿bólido? europeo, le clavaron el deshonroso apelativo de “carcacha”.

En varias ocasiones defendí aguerridamente el “honor” del auto de los Valdivia o de los Rolly’s -así llamaban a nuestro clan cuando aparecía victoriosa y cansadamente en tierras chinchanas-, pero mis argumentos se estrellaron siempre contra la cruda realidad: la “carcacha” era una carcacha, aunque me desgañitara diciendo lo contrario o decidiera cortársela para la salida a todo el salón o a todo el colegio.

Con el paso del tiempo desistí a cualquier tipo de alegato verbal a favor de la “carcacha”; tampoco recurrí al famoso te la corto pa’ la salida.

Y no es que fuera el Ghandi de la educación primaria o creyera en aquello de poner siempre la otra mejilla. Nada que ver, en realidad, me sentía preparado para meter patadas, puñetes y hasta cabezazos, pero existía un inconveniente: no me sentía tan preparado para recibirlos.

Eso me preocupaba sobre manera, especialmente porque todos mis compañeros de la 1100 –que por esos enredos burocráticos educativos funcionaba en el local de las 1084- eran más grandes y fornidos que yo; y si bien la maña vale más que la fuerza, no me parecía correcto o admisible, poner a prueba la validez de ese dicho.

Además, tenía fundadas sospechas de que varios o muchos de mis compañeros podrían darme una auténtica paliza o propinarme una surra inolvidable, porque a ellos les importaba un comino aquello de la maña y la fuerza.

Luego de esas sesudas consideraciones, decidí guardar mis dotes boxísticas y de peleador callejero, para hechos y ofensa más graves, de esas que nunca faltan, de esas que no se pueden eludir, salvo que quieras convertirte en la “lorna” del salón.

Y es que en el colegio –al menos en el que yo estudié- un puñete bien dado o una paliza recibida con dignidad, te hacía merecedor al respeto. Te libraba de las burlas y las crueldades de los compañeros.

Pero lo de la “carcacha” no era una de esas ofensas graves. Al final, terminaría por aceptar el apelativo, total, lo que no mata engorda y más allá de las burlas de mi collera colegial, los Valdivia seguíamos yendo y viniendo de Chincha en el Hillman, recorriendo la antigua Panamericana Sur, esa que corre en paralelo a la actual autopista y pasa por Lurín y Mala. Chicharrones y pan.

Lima–Chincha-Lima. Siempre en el Hillman, nunca en el 511 (el Soyuz de la época) o en el Chinchano, tampoco en los autos colectivos que salían del centro. Íbamos en la “carcacha” así su capota se abriera de manera imprevista en plena carretera, así su llanta de repuesto se cayera en la mitad del camino, así la bomba de gasolina estuviera sucia y el motor cabeceara y sufriera como si estuviera agonizando.

Chincha, sólo Chincha, nada más que Chincha, como si la carretera o el Perú o acaso el mundo entero, acabara allí; en las casas de mis tíos –hermanos de mi madre- o en la iglesia donde se celebraba el matrimonio de algún familiar, también en esa playa solitaria que llamaban la “Ladrillera” o en el santuario de la Melchorita, donde los rezos sabían a picarones.

Nunca íbamos más allá y si fuimos no lo recuerdo. Tal vez era culpa del Hillman que no podía llegar al distrito de El Carmen ni a la hacienda San José ni a la huaca de la Centinela, el mayor resto arqueológico de la provincia; menos a la vecina Pisco o la calurosa Ica.


Esos lugares no estaban incluidos en la ruta de la “carcacha”, la ruta de mis primeros viajes, la ruta de mis viajes infantiles. (Continuará).