viernes, febrero 20, 2009

Te vas, te vas y no te has ido

Hace horas que estoy esperando el momento para partir del Cusco. Pensé que sería a las dos de la tarde, al menos eso es lo que decía el boleto de Tepsa que compré al bordear las 10 de la mañana, recién llegadito de Ollantaytambo.

Ya con el boleto en mano empecé a hacer hora en el terminal. Como buen viajero lo recorrí varias veces de arriba a abajo y de abajo arriba, me senté en sus butacas de plástico, busqué una cabina de Internet y hasta me comí un pan con queso para engañar el hambre.

Como siempre ocurre, el tiempo corrió de manera inexorable. Casi sin darme cuenta habían pasado como tres horas desde la compra del pasaje y sólo faltaban 60 minutitos para enrumbar hacia Lima, la ciudad en la que a veces vivo, según reza mi descripción.

Una vez más había logrado matar a la espera y vencer al aburrimiento; además, la cosa parecía estar a punto de mejorar, porque la señorita del local de Tepsa comenzó a llamarme con desmedido entusiasmo.

Ajá, una más que cae ante mis encantos, pensé, mientras me acercaba sacando a relucir mi mejor sonrisa, esa que mataría de envidia a cualquier galancito de mucha o poca monta; pero el que casi termina muerto es este viajero y no precisamente por un mohín seductor de la ya mencionada señorita, sino por la irritante noticia que ella me comunicó con frialdad de verdugo:

"Se ha suspendido el servicio por falta de pasajeros. Si quiere le devuelvo la plata o lo embarco en Flores", me dijo sin anestesia, como si fuera lo más normal del mundo.

Protesté, reclamé, me envalentoné y casi hasta me mandé con un berrinche. Fue inútil. No viajaría en Tepsa. Tampoco en Flores, no le tengo mucha fe a esa empresa. Recuperé mis 100 solcitos y me fui a buscar otra alternativa.

De mostrador en mostrador. Cial, Civa y Molina... uhmm, paso, no me dan buena espina. Ormeño, tampoco, el que atiende tiene cara de amargado; Cruz del Sur, pucha, muy caro.

Hasta que llegué a Internacional Palomino. Es buena empresa me había dicho más de un cusqueño, confirmando la impresión que tuve el año pasado, cuando viajé hasta Puquio en una de sus unidades.

Soy Palomino, sentencié y saqué mi boleto para las cinco de la tarde. Segundo piso, asiento semi cama, servicio directo. El único problema es que tenía que seguir haciendo hora.

Más vueltas por el terminal. Comprar un par de periódicos -así me enteraba del triunfo de la U sobre San Lorenzo y de la juramentación de Meche en el ministerio del Interior-, devorar un octavito de pollo a la brasa en un local llamado -oh casualidad- Roly. A pesar de faltarle una "l", me sentí en casa, en mi propio negocio.

Llegó la cinco. Fui al andén indicado. Esperé unos minutos. Palomino no apareció por ningún lado, el único que apareció fue un señor -supongo el administrador- que con total desparpajo anunció que el viaje se suspendía hasta las 7 y 30, porque el bus estaba pasando una revisión.

La culpa, claro está, no era de ellos: "es el ministerio que hace esos operativos sorpresas", explicó sin pizca de vergüenza.

Se repitió el ciclo. Protesté, reclamé, me envalentoné y casi hasta me mandé con un berrinche. Todo, una vez más, fue inútil. "Si quiere le devuelvo su dinero y se va con otra empresa", me ofreció con "gran generosidad" el mencionado personaje. No acepté. Hoy no estoy para creer que a la tercera va la vencida.

No hay más remedio que esperar. Ahora mato el tiempo escribiendo esta entrada, que debió ser cáustica y corrosiva, pero vaya una a saber por qué razón, salió así medio chistosona.

Quiero creer que la energía positiva del Cusco es la que ha amainado mi enjundia. Pensándolo bien, quizás no sea tan malo quedarse una noche de viernes en la "Ciudad Imperial". Todo depende de los buses amarillos del "señor Palomino". Sigo esperando...

sábado, febrero 07, 2009

Clic de la semana


Volví a la reserva nacional de Paracas. Desde hace mucho quería reencontrarme con esa tierra yerma, con ese mar pródigo. Pero no me animaba, lo postergaba, siempre lo dejaba para la próxima.

Quizás, pienso ahora, una parte de mí no quería retornar, como si quisiera aferrarme al recuerdo de aquellas travesías anteriores, cuando la Catedral -esa formación natural que se convirtió en el símbolo de la reserva- aún estaba intacta, soberbia, sencillamente imponente.

Pero esa imagen desapareció para siempre en agosto del 2007, cuando la tierra tembló con furia en Pisco, destruyendo vidas y sueños, pueblos y ciudades, también la vistosa Catedral de Paracas.

La imagen actual no concuerda con las de mis añoranzas. Y sentí nostalgia. Era el mismo mar, el mismo desierto, el mismo sol que calienta con furia, pero, en el fondo, nada era igual.

Faltaba la Catedral, aquella que el océano y el viento esculpieron con paciencia infinita; aquella que la enjundia telúrica desapareció para siempre en un puñado de segundos devastadores.

Paracas no ha dejado de ser un lugar precioso; pero, igual, le seré fiel a mis recuerdos y, cada vez que vuelva, creeré o trataré de creer que la Catedral se mantiene intacta e imponente.

**Si desea ver más fotos de la reserva nacional de Paracas, haga clic aquí.