Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas de febrero, 2009

Te vas, te vas y no te has ido

Hace horas que estoy esperando el momento para partir del Cusco. Pensé que sería a las dos de la tarde, al menos eso es lo que decía el boleto de Tepsa que compré al bordear las 10 de la mañana, recién llegadito de Ollantaytambo.
Ya con el boleto en mano empecé a hacer hora en el terminal. Como buen viajero lo recorrí varias veces de arriba a abajo y de abajo arriba, me senté en sus butacas de plástico, busqué una cabina de Internet y hasta me comí un pan con queso para engañar el hambre.
Como siempre ocurre, el tiempo corrió de manera inexorable. Casi sin darme cuenta habían pasado como tres horas desde la compra del pasaje y sólo faltaban 60 minutitos para enrumbar hacia Lima, la ciudad en la que a veces vivo, según reza mi descripción.
Una vez más había logrado matar a la espera y vencer al aburrimiento; además, la cosa parecía estar a punto de mejorar, porque la señorita del local de Tepsa comenzó a llamarme con desmedido entusiasmo.
Ajá, una más que cae ante mis encantos, pensé, mi…

Clic de la semana

Volví a la reserva nacional de Paracas. Desde hace mucho quería reencontrarme con esa tierra yerma, con ese mar pródigo. Pero no me animaba, lo postergaba, siempre lo dejaba para la próxima.Quizás, pienso ahora, una parte de mí no quería retornar, como si quisiera aferrarme al recuerdo de aquellas travesías anteriores, cuando la Catedral -esa formación natural que se convirtió en el símbolo de la reserva- aún estaba intacta, soberbia, sencillamente imponente.Pero esa imagen desapareció para siempre en agosto del 2007, cuando la tierra tembló con furia en Pisco, destruyendo vidas y sueños, pueblos y ciudades, también la vistosa Catedral de Paracas.La imagen actual no concuerda con las de mis añoranzas. Y sentí nostalgia. Era el mismo mar, el mismo desierto, el mismo sol que calienta con furia, pero, en el fondo, nada era igual. Faltaba la Catedral, aquella que el océano y el viento esculpieron con paciencia infinita; aquella que la enjundia telúrica desapareció para siempre en un puñad…