miércoles, setiembre 20, 2006

Clic de la Semana

Hay quienes dicen –quizás con ingenuidad, tal vez con excesivo entusiasmo- que Dios es peruano.

Ellos tendrán sus razones para decirlo. A mí, particularmente, no me consta y para ser sincero, tengo grandes dudas sobre la nacionalidad y otros asuntos relacionados al todopoderoso… pero dichas incertidumbres no vienen al caso.

En fin, no sé si Dios es peruano; lo que si sé y de eso estoy segurísimo, es que aquí –en el Perú- abundan los diablos, como el festivo y tentador sajra paucartambino que aparece en este clic que alguna vez fue semanal y que ahora más bien sale cuando quiere, a la usanza del ya casi mítico tren macho.
Los diablos nacionales –al menos los que conozco y he visto directamente- son endemoniadamente bailarines y suelen escaparse del averno en las fiestas patronales, como ocurre en Paucartambo (Cusco), donde los sajras, con sus máscaras de espanto y sus trajes brillantes y estrafalarios, no se pierden ningún detalle de las celebraciones en honor a la Virgen del Carmen.

Pero los diablos nunca dejan de ser perversos y cuando todo el pueblo venera a la virgencita en sus recorridos procesionales, ellos se dirigen a los techos y balcones, con la perversa intención de “tentar” a la respetada imagen.

Nunca lo consiguen, sus esfuerzos son vanos. El bien se impone y los sajras, entre avergonzados y rencorosos, se tapan los ojos cuando se acerca la multitudinaria procesión, para no ver a la madre de Cristo. Ellos aceptan a regañadientes su perpetua derrota.

jueves, setiembre 14, 2006

Anécdotas del camino

Relatos de viajes azarosos (parte I)…
...aunque nadie sabe, ni siquiera el autor de este blog, si habrá una segunda parte, porque como dice el dicho popular, las segundas partes nunca fueron buenas.

Así es el Perú, verseó una sombra en tono de excusa, como si la mención del nombre patrio fuera un bálsamo capaz de aplacar la naciente incomodidad, el fastidio, las ganas casi incontenibles de decir hasta aquí nomás llego compadrito y el deseo apremiante de dar la media vuelta y largarse de una buena vez, tirando un portazo que le añadiera un efecto entre dramático y teatral a la retirada.

Pero todo eso era imposible por varias razones prácticas, como la inexistencia de una puerta que se pudiera tirar con artístico encono o la falta del espacio mínimo indispensable para dar la media vuelta; entonces, lo mejor era quedarse calladito, economizar palabras y creer –o tratar de creer- que aquel hombre ensombrecido tenía razón y que el Perú era así, pues, desde siempre y para siempre. Amén.

No hubo más palabras. El hombre se alejó de la tolva, volvió a la cabina, abrió la puerta –él si tenía una puerta que tirar- y arrancó el motor de ese camión enano, raquítico y con ansias de jubilación que, en vez de andar, parecía pelear con las curvas, las pendientes y los agujeros negros –perdón, los cráteres, perdón, los huecos- de una carretera desnuda de asfalto.

La situación tenía ribetes surrealistas. Si no lo creen les pido imaginar la escena: una noche exageradamente fría, un camión añoso y humeante y un chofer que no era chofer, sino un alcalde que por esas cosas de los presupuestos que nunca alcanzan, hacía de todo un poco para sacar adelante a su pueblo chiquito y breve como un suspiro, pero de nombre largo e inquietante: Chupamarca.

El cuadro no termina allí. Lo más sorprendente ocurría en la tolva descubierta, donde cinco personas –incluida el autor de estas líneas- viajaban sobre sacos de azúcar y bidones de keroseno.


Uno al lado del otro, echados y juntitos, con los pies apuntando a la cabina, los brazos pegados a las piernas como un soldado en atención y la cabeza al lado de la baranda que marcaba el final del espacio.

Me sentía una momia y la bolsa de dormir era mi mortaja. Si quería moverme debía pedir permiso a mi compañero de al lado y este al que estaba más allacito y así sucesivamente. Todos a una, como "Fuente Ovejuna", sea a la derecha o a la izquierda, pero sólo un poquitito, sólo unos cuantos centímetros. No había espacio para grandes evoluciones.


Las condiciones eran críticas, viajábamos expuestos al viento, tragando polvo, sintiendo los sacudones del camino como si fueran los golpes demoledores de un boxeador de peso completo. Lo peor de todo es que recibíamos los puñetazos sin la menor posibilidad de defendernos y mirando resignadamente al cielo, eso sí, estrelladísimo, precioso, inolvidable.

Cuando el alcalde-chofer pronunció su célebre e inolvidable así es el Perú, ya llevábamos como cuatro horas de camino. En ese momento no sabía que aún faltaban ocho horas de sufrimiento y tenía la esperanza que Chupamarca, en la provincia de Castrovirreina, Huancavelica, aparecería atracito nomás de la siguiente curva.

Y pensar que ese viajecito tortuoso se había iniciado con una cartita inocente llegada a la redacción de Señales, una revista de transporte, ecología y turismo en la que trabajé entre el año 97 y 98 del siglo y milenio pasado.


La misiva decía algo así como que en Chupamarca había una iglesia bien bonita que de puro olvido se estaba poniendo bien feita. Al final del texto, el lector sugería que sería bueno que "un periodista de su respetable publicación", visitara la zona.

La pelota estaba en mi campo, así que decidido a hacer un golazo de media cancha, llamé al “toque nomás” al autor de la carta. En un par de minutos todo estaba coordinado y, al menos en el teléfono, la travesía parecía sencilla.


El itinerario era más o menos así: en Lima debía tomar un bus que me llevara a Chincha (a 205 kilómetros al sur), al llegar continuaría en un taxi hasta el distrito de Pueblo Nuevo, donde estaba la casa del alcalde de Chupamarca, quien me trasladaría al pueblo en el camión del municipio.

Sí, el plan era sencillo. Chincha es un pueblo-ciudad que conozco desde niño por ser la tierra de mi madre; además, encontrar la vivienda del burgomaestre no sería complicado y viajar en la cabina de un camión no me parecía un drama.

Todo se desarrolló de acuerdo al plan hasta mi llegada a la casa de la autoridad chupamarquina. Y es que al bajar del taxi me sentí decepcionado con la estampa poco bravía del camioncito que me transportaría a las alturas andinas.

Si bien no era una esperpento ni una desgracia total, me había imaginado uno de esos recios e invencibles volvos que van y vienen por los caminos del Perú o un gallardo dogde con tolva de madera, nunca ese juguetito probablemente chino con baranditas de metal.

Bueno, no importa, el asiento delantero se ve amplio, pensé para animarme mientras tocaba la puerta, pero mi ánimo se cayó al piso al descubrir que no sería el único pasajero; al darme cuenta que el camión iría cargado de paquetes y bultos; al percibir que ni a balas entraría la cabina, porque había tres chicas en el grupo y por esas cosas del maldito machismo, ellas irían abrigaditas al ladito del chofer.

Pensé en blandir mi carné fotocopiado de la revista Señales, argüir la importancia y el respeto que merece la prensa libre y sus "nobles representantes" y, como último recurso, mandarme con aquello de que la pluma es más fuerte que la espada y si no me dejan ir de copiloto, caramba, los agarro a sablazos a toditos juntos o uno por uno, ustedes deciden.

Pero no hice nada. Me reservé el carné para mejores usos –son infalibles frente a los policías que te quieren sacar un sencillo-, total, era o quería ser un periodista viajero y los periodistas viajeros no deben arrugar ante la posibilidad de pasar unas horitas en un tolva. Lo reconozco, me dejé vencer por unas ansias de aventura que -en ese entonces- ni imaginaba tener.

Allá vamos mis valientes, fue mi grito de guerra y con un salto acrobático me acomodé como pude –aunque casi no pude- al lado de mis flamantes compañeros de travesía, arquitectos o ingenieros –ya no recuerdo bien cuál era su profesión- que iban a evaluar la monumental iglesia.

El viaje-tortura comenzó con las últimas luces de la tarde. La carretera fue amigable en sus primeros tramos, cuando seguíamos pegaditos al llano; luego, a medida que ascendíamos, a medida que sumábamos metros sobre el nivel del mar, se volvió hostil, quebradiza y polvorienta, con razón la llamaban la culebrilla o algo parecido, eso me había dicho mi madre, como queriéndome advertir que no la pasaría bien, que mejor me quedara en casa.

Las madres son sabias, caray; lo malo es que muchas veces no les hacemos caso, quizás porque uno busca descubrir el mundo a su manera, por su cuenta y riesgo, para encontrar respuestas propias
a las inquietudes, trascendentales o vanas, que surgen y se arremolinan en nuestra mentes, también en nuestros corazones.

No sé si eso pensé en aquel momento, pero lo pienso ahora, cuando escribo y me esfuerzo por recordar la incomodidad, los dolores en la espalda, las piernas entumecidas, las punzadas del hambre nocturna y el frío intenso, intensísimo, realmente insoportable que pasé en ese camino que presumí infinito.

Lo extraño es que la experiencia no me espantó de las rutas aventureras. Desde entonces, en varios momentos de mis andanzas he pasado por situaciones similares que han reafirmado mi vocación itinerante.

Ahora estoy convencido que los golpes del camino enseñan, te hacen fuerte y te animan a proseguir, a volver a intentarlo una y otra vez, intentarlo siempre... en fin ya me salí del relato, mejor pongo punto y salto a otro párrafo.

Cada cierto tramo el alcalde se orillaba, apagaba las luces y el motor. Dormía, eso nos comentaron las chicas al día siguiente. Ellas habían vivido su propio calvario y es que el bisoño conductor iba “cabeceando”, “tirando una pestañita” entre las curvas y las pendientes, entonces, tenían que codearlo, sacudirlo, despertarlo y sugerirle que no estaría mal parar un ratito y descansar.

La noche fue eterna pero los caminos –por más pesados que estos sean- siempre tienen un fin. Llegamos vivitos y coleando a Chupamarca, un pueblo olvidado, pobre, sembrado en la ladera de una montaña; un pueblo tan pequeño que no tenía centro, un pueblo en el que todo era entrada y salida al mismo tiempo.

Eso o algo similar escribí en una de las crónicas que aparecieron en la revista Señales y que hoy se amarillean en mi archivo personal. Lo que no se amarillea aún, es el recuerdo de unos de los viajes más singulares
en mis afanes de periodista viajero... Y eso que sólo les he contado la ida; uyyyy, si escribiera del retorno.

**La imagen del camión que aparece en el post no corresponde al vehículo en el que viaje. Es, más bien, la unidad motorizada que esperaba encontrar.

jueves, setiembre 07, 2006

Clic de la Semana


El desborde de la arena y la sarna galopante del óxido, "secuestran" a una señal de tránsito en Cangrejos (provincia de Paita, Piura), un balneario popular, inquieto y concurridísimo en el verano, que se viste de nostalgia y soledad cuando el radiante sol norteño aminora la contundencia de sus rayos.

Prohibido estacionar, se lee entre las manchas del óxido...pero no hay nadie con auto ni siquiera un alma montada en bicicleta; sí, todo es arena, arena invasora en la vereda con pretensiones de boulevard, en la pista de asfalto agujereado, también en las casas de playa, ahora abandonadas, sombrías, fantasmales.

En el verano (diciembre a marzo) la situación cambia. La playa se llena de animación y la arena es "desalojada" de las áreas urbanas; entonces, la señal vuelve a prohibir y recupera su poder y se escapa del abandono, como el boulevard y las casas fantasmales. Ya no hay óxido ni olvido, sólo risas y cuerpos bronceados. Así es la vida en Cangrejos.