viernes, mayo 29, 2009

Mujer fatal...

Tú no estabas aquí la primera vez que vine. No soy tan desmemoriado ni ha pasado tanto tiempo. Además, sería difícil que pudiera olvidarme de una imagen como la tuya.

Y no es que seas preciosa, tentadora o deslumbrante. Tu belleza, si es que la tienes, es más que discutible.

Pero esa no es tu culpa, total, eres la obra de un creador sin demasiadas luces, de un autor que no debería ser anónimo, para decirle con nombre propio unas cuantas o muchas verdades.

Sabes, no deberías estar aquí pero lo estás. Seguro ya son varios años y quizas por falta de presupuesto o, tal vez solo por desidia, nadie, absolutamente nadie ha querido o podido borrarte.

O será que tu existencia es un mal irreversible. Un tatuaje imborrable en la piel de adobe del Palacio Inca de Tambo Colorado (Humay, Pisco).

Lamento decírtelo, pero eres una afrenta contra el patrimonio arqueológico y una evidencia clara y dolorosa de la ignorancia supina de algunos ¿ciudadanos?.

Y es que tus trazos de insinuante mujer fatal no son los únicos que laceran este legado incaico, singularísimo por ser erigido con materiales costeños como el adobe.

Eso sí, eres la más notoria y tu estúpido creador -disculpen el adjetivo- debió demorarse horas en darte forma y nadie interrumpió su supremo acto de "inspiración". Tampoco lo hicieron con aquellos que, a tu lado o muy cerca de ti, han escrito sus nombres o plasmado sus firmas con descarada impunidad.

Con razón que al ingresar al complejo, un cartel pide a los visitantes no hacer pintas en los recintos incásicos. El problema es que nadie los cuida ni los protege.

De eso puedo dar fe, porque la primera vez que estuve en Tambo Colorado -hará cinco años- ingresé sin que nadie me controlara, paseé solo, hice muchas fotos y cuando salía también solo, al fin apareció el guardián. Él volvía de pastear sus cabras.

En aquel entonces observé varias inscripciones en los muros, de esas que por desgracia existen en otras huacas del país. Eso sí, en ningún lado he visto una imagen que se parezca a ti.

Por eso eres inolvidable, tristemente inolvidable. Ojalá te borren pronto.

viernes, mayo 22, 2009

Verón y Riquelme en Lampa

La primera vez que estuve en Lampa conocí a Verón. No recuerdo la circunstancia del encuentro ni como se inició la conversación.

Quizás fue en la plaza Grau con sus queñuales o en el atrio de la fabulosa iglesia de Santiago Apóstol; tal vez en las afueras de la casa que habitó el libertador Simón Bolívar o en ese patio colonial en el que los principales de la ciudad se divertían jugando a la oca.

Sea donde fuere, Verón se unió a nuestro grupo y empezó a mostrarnos su tierra y a contarnos su vida. Si la memoria no me falla, nuestro guía espontáneo mencionó que era torero.


También nos dijo que Lampa era la “Ciudad Rosada”, apelativo que no merecía mayor explicación. Bastaba con echarle un vistazo al color de las fachadas para comprenderlo todo.

Luego nos habló de las “7 maravillas”, punto que sí mereció un profundo esclarecimiento porque varias de esas maravillas no eran tan maravillosas como uno podría pensar.


Por el contrario, la lista incluía algunos lugares de irónico atractivo, como un hospital sin enfermos, una cárcel sin presos y hasta un río sin agua, pero con un puente del siglo XIX para pasar sin “mojarse”.

Más allá de las bromas, Lampa conserva un rico legado arquitectónico y un vistoso entorno paisajístico. Eso no me lo dijo Verón, aunque quizás sí, porque el torero-guía hablaba bastante, tanto que, al redactar la crónica sobre mi visita a la “Ciudad Rosada”, lo describí, lo mencioné y lo cité varias veces, casi, casi, como si fuera la “octava maravilla”.

Eso habría ocurrió en el 2001, máximo en el 2002, cuando con dos viejos amigos, James Posso y Jean Paul Campos –alias el “tigre”- viajamos a Puno, para divertirnos –perdón, recopilar información- sobre la fiesta de la Virgen de la Candelaria.


Cuando no había baile y los devotos descansaban, aprovechábamos las horas para conocer alguito más del altiplano.

Antes de continuar, déjenme decirles que no estoy sufriendo un ataque de nostalgia. Estos recuerdos –aunque no lo crean- tienen un propósito, porque en mi reciente visita a Lampa, volví a escuchar el nombre de Verón en boca –nada más y nada menos- que de Riquelme.


Sí, lo sé, parece un partido de la selección Argentina, pero no es mi culpa, pues. Así son las coincidencias.

Riquelme, que no se llama Juan Román, sino Jorge, es un joven emprendedor que se está jugando un auténtico partidazo, para sacar adelante un restaurante turístico, limpio y bien puesto, en una ciudad que a pesar de todas sus maravillas, no recibe muchos viajeros.


Esa es una tarea pendiente y si bien se han dado varios pasos interesantes, gracias al apoyo de Gestur Puno y Swiss Contact, aún falta mucho camino por andar.

Palabras van palabras vienen y por allí se mencionó a Verón. ¿Verón el torero? pregunté y Jorge retrucó ¿lo conoces?; claro, me guió la primera vez que vine, precisé; entonces, mi compañero de cháchara se rió y dijo algo así como aaaah, así que tú eras el periodista.

La frase me descuadró por complento porque no entendía muy bien que significaba ese aaaahh. ¿Bueno?, ¿malo?, vaya uno a saber.

Mi cara de desconcierto debió ser más que evidente. Necesitaba una explicación y la recibí de inmediato. Esta fue más o menos así:
Después de mi primera visita, Verón no perdió la oportunidad de comunicarle a sus paisanos que había sido entrevistado por la prensa nacional.

Como es comprensible, muchos no le creyeron ni una palabra.
Fastidiado ante la desconfianza de su gente, el torero espero pacientemente y con tenacidad digna de otras causas, se consiguió el ejemplar de la revista Andares en la que aparecía su nombre.

Ese fue el momento de su venganza. Él no había mentido y ahí tenía la prueba y no se cansaría de mostrarla a diestra y siniestra, a quien quisiera y, a veces, también, a quienes no quisieran.

“Hasta ahora la debe tener”, concluye Riquelme, sentado en una de las mesas de su restaurante Tukuy Mikhuy (terminar de comer). Y aunque esa información no la pude comprobar, igual me tomo un tiempo para escribir sobre Verón quien, quizás, imprima esta entrada y se la muestre a sus paisanos.
Así nunca más dudarán de sus palabras.

viernes, mayo 15, 2009

Visiones del Titicaca...


Titicaca, una vez más. Sol, altura, viento, frío nocturno. Aguas azules, brillantes, resplandecientes, a veces mansas, otras encrespadas... furibundas.

Lago sagrado, legendario, pletórico de historia y cultura. Vestigios prehispánicos, pueblos antiguos en un espacio geográfico compartido, binacional, peruano y boliviano.

Retorno a Taquile. Sus arcos de piedra, sus escaleras y caminos, sus hombres tejedores, su paisaje impactante.

Descubrir Titilaka. Bahía de Chucuito, otra visión del lago: sembríos, una playa, un hotel encantador, muchos totorales y un pequeño islote.

Aventurarte hasta Anapia. Lancha colectivo. Dos horas de viaje entre cajas de cerveza y bultos de todo tipo. Ver la cordillera Real de los Andes, navegar entre islas bolivianas y peruanas. Llegar a una isla pequeña, silenciosa, solidaria.

Aquí no hay hoteles ni restaurantes. Sólo casas hospedajes, casas familiares donde siente calor de hogar, donde se aprende y comparten experiencias.

Salir al campo, sembrar o cosechar, buscar el ganado, preparar la huatia (similar a la pachamanca), ser parte de un matrimonio. Brindar y reír con nuevos amigos que parecen viejos conocidos.

Titicaca, una vez más estuve frente a ti. Ahora, sólo queda extrañarte y recordarte, hasta la próxima vez que vuelva a verte.

*Para ver más imágenes haga clic aquí.

jueves, mayo 07, 2009

Clic de la semana


Dos viajeros detienen su andar para contemplar y sentirse pequeños al lado de una de las enormes puyas Raimondi, que se yerguen imponentes a la vera del camino sin asfalto que une Lampa con Tinajani (región Puno)

Consideradas como las inflorescencias más grande del mundo, las titancas adultas -así también son llamadas- superan fácilmente los 10 metros de altura, mientras que su ciclo de vida bordea los 100 años.

Enormes, singulares y pintorescas, las puyas sólo florecen al final de su existencia. Al estar cerca a ellas, sólo queda levantar los ojos -acaso con respeto, tal vez con fascinación- para apreciar su magnificencia y grandeza, como lo hicimos en Lampa, como lo hicimos otras veces en el parque nacional Huascarán (Ancash) o en el bosque de Titancayoc (Ayacucho).