viernes, diciembre 25, 2009

Un pedido al niño Manuelito

Niño Manuelito regálame muchos viajes pero haz que siempre vuelva a casa sano y salvo. Lo demás corre por mi cuenta.

No te pido mucho...
sólo que me libres de los choferes sin brevetes y sin experiencia, de los conductores cansados o demasiado achispados que pestañean en la noche o después de almorzar, de los que pisan con entusiasmo el acelerador y rebasan camiones en las curvas cerradas, de los que se detienen a recoger pasajeros en la mitad de la vía, sin orillarse ni salirse del carril.

Sé que puedes alejarme de los buses sin frenos y con llantas a punto de reventarse, de las carcochas sin luces para la niebla y de las que se malogran en las curvas o subiendo una pendiente. Sálvame de las empresas piratas que carecen de permiso de circulación, de los policías que se hacen de la vista gorda o quedan cegados por el brillo de unos cuantos soles.

También de los inspectores de tolerancia cero que al final lo toleran todo, de los viajeros inconscientes que siempre exigen ir más rápido, de los asaltantes de gatillo rápido que siembran el terror en algunos caminos y hasta de los rebaños que aparecen súbitamente en las vías.

Sí, líbrame de los huaycos, de las lluvias y el granizo, de los abismos y las curvas traicioneras, de la niebla que borronea los trazos carreteros. Líbrame de esos y de otros peligros que acechan en la ruta.

Ya te lo dije. No te pido más (¿o te estoy pidiendo demasiado?)... En verdad, quiero que cuides mis pasos y el de todos los viajeros que recorremos tu país, niño Manuelito, porque tú –gemelo de Jesusito- naciste aquí, en esta tierra que se enluta por la imprudencia y la desidia, en esta tierra que ya no soporta más listas de heridos y fallecidos, en esta tierra que no quiere más vidas y sueños truncados
por una falla mecánica o una maniobra suicida.

Déjame volver a casa siempre, niño Manuelito, que lo demás -ya te lo dije-correrá por mi cuenta.

viernes, diciembre 04, 2009

Voces contra el cambio climático

Voces que te hablan de una tragedia que muchos no quieren ver o prefieren ignorar. Voces de tristeza en un campo yerto que siempre fue fértil y en las orillas de un gran lago que extraña la lluvia. Voces de indignación en un bosque de árboles quemados y en las faldas ahora grisis de una montaña que fuera de nieve.

Voces del campo y el monte, de los valles y las cordilleras. Voces que no mienten porque narran lo que viven, lo que sienten los hombres y mujeres de un país que cambia dramáticamente. Voces que te llevan a pensar en un futuro incierto: sin agua en los ríos y lagunas, sin tierras que sembrar, de naturaleza enferma.

Voces que escuchas y no olvidas. Voces que dicen: antes no era así, todo era verde... El agua llegaba hasta acá arriba, mire dónde está ahora... Cuando era joven había harta nieve, lindo se veía... Jamás caía granizo en esta época, el clima está loco... Ya debería venir la lluvia, sino nada crecerá en las chacras.

Tantas voces expresando lo mismo. Tantas voces que revelan una tragedia ecológica y los profundos males que aquejan al planeta, nuestro planeta. Tantas y tantas voces que se deberían tener en cuenta ahora, porque el "tiempo es hoy", como lo cantan los artistas nacionales que sumaron sus voces a la campaña global tck tck tck Time for climate justice.

Voces peruanas que se juntan para exigirle a los líderes mundiales que enfrenten seriamente el problema del calentamiento global y lleguen a acuerdos trascendentes en la Conferencia sobre el cambio clímático de la Organización de las Naciones Unidas, que será inaugurada el próximo lunes y concluirá el viernes 18 de diciembre.

Explorando se auna a la voces de Cecilia Bracamonte, Willian Luna, Daniel F, Rafo Ráez, Julio Andrade, Brenda Mau, Damiris, Julio Pérez (La Sarita), Julie Freundt y Patricia Saravia, entre otros, para pedirle a los dignatarios de los cinco continentes, que escuchen con atención los clamores de sus pueblos, los clamores de salvación de nuestro único planeta.

Y para que todos ustedes sean partícipes de este mensaje, comparto el vídeo del Tiempo es hoy, producido por Maia Films, gracias a la iniciativa del Movimiento Ciudadano Frente al Cambio Climático y Oxfam Internacional... porque ahora es tiempo de oír y de actuar.

*La foto que acompaña esta entrada es parte del vídeo. Es el aporte de Explorando a esta campaña y una forma de transmitir simbólicamente la voz de todos aquellos que en los caminos, me han hablado de los cambios que se producen en sus tierras.

martes, noviembre 24, 2009

Clic de la semana


La esplendora belleza del Titicaca se ve mancillada por la contaminación que afecta a la bahía de Puno. Descuido y desidia, daño ecológico que no se castiga ni se remedia, que se observa impune y dolorosamente en las orillas lacustres de la ciudad principal del altiplano peruano.

Una terrible tragedia, un artero atentado contra la fuente generadora de vida en esta región del país. Evidencia clara de la ingratitud del hombre frente a su entorno, de su incapacidad de preservar su medio ambiente, de cuidar sus recursos naturales y económicos.

El Titicaca está enfermo en Puno. Lo saben quienes viven en la ciudad, lo descubren con congoja los miles de turistas que zarpan del puerto, que recorren la bahía, que llegan hasta el hotel Sonesta Posada del Inca, para visitar el buque Museo Naval Yavarí, uno de los colosos de la llamada "flota de hierro", la poderosa escuadra que la Marina de Guerra mantuvo en las aguas del lago navegable más alto del mundo.

La contaminación está en todos lados. En el muelle donde zarpan las lanchas con sus motores que tosen esmog, en las orillas habitadas donde se depredan y queman los totorales, en las áreas ribereñas convertidas en infectos basureros, en las aguas sagradas que se mezclan con los desagues de la capital regional, también al lado de la terraza de un hotel con todas las estrellas, donde el lente de Explorando, perpetuó esta imagen.

El lago está enfermo. Cuándo empezaremos a curarlo...

viernes, noviembre 06, 2009

Clic de la semana


Nace el día. Se impone el sol. Las sombras se repliegan creando panoramas distintos, entonces, una cruz de camino "sembrada" en un pequeño promontorio, se convierte en una silueta insinuante que constrasta con la luz del horizonte, con su propio reflejo en un espejo de agua.

Lugar de descanso para los andariegos, en este paraje que está detrás de un bofedal y al final de un senderito medianamente tortuoso, se realizan rituales cargados de sincretismo, para pedir la protección del apu Allincapac (5,877 m.s.n.m.), la montaña más alta de la cordillera de Carabaya, un deslumbrante ramal de la cadena oriental de los Andes.

Durante el solaz y la reflexión casi mística, el camino regaló esta imagen al "lente cordillerano" de Explorando que despertó antes del alba, que partió antes del amanecer de Macusani, la capital provincial, para arribar motorizadamente a la pampa de Antajahua, donde inició su periplo -no muy largo, no muy corto- hacia el macizo congelado.

Se termina el relajo. Volvemos a la ruta. El Allincapac parece estar muy cerca.

domingo, octubre 18, 2009

Tata Pancho, perdóname

No es fácil Tata Pancho. Entiéndeme, perdóname… todavía soy un alma débil. Créeme que lo intenté con todas mis fuerzas, que luché con férrea decisión y que, durante horas, resistí heroicamente los provocadores embates de aquellas huestes demoníacas que, valiéndose de sensuales argucias, buscaban afanosamente guiarme y perderme por el mal -¿o buen?- camino.

Sabes que no miento. Tú lo ves todo desde tu anda florida y bendecida, esa que ahora está en el atrio de un templo que jamás será tuyo, aunque seas la imagen más querida, la que todos veneran y engríen en la primera quincena de octubre, cuando tu fiesta es lo más importante en la provincia fronteriza de Yunguyo (Puno) y centenares de hombres y mujeres te rezan, te cantan y hasta bailan en tu honor.

A pesar de eso, la iglesia no lleva tu nombre sino el de Nuestra Señora de la Asunción. Ella ocupa el altar mayor. Quizás sea injusto… bah, pero tú eres un santo y no sientes ni celos ni envidia, tampoco te molestas. Y no creas que te adulo para que olvides mi falta, mi penosa claudicación frente a unos guiños seductores y el vuelo pecaminoso de varias falditas microscópicas.

Tú tienes la certeza de que mis intenciones –al inicio del día- eran buenas y sinceras. Me viste contrito en la iglesia, escuchando al párroco que relataba algunos pasajes de tu vida: tu origen noble, tu servicio a los reyes, tu entrega a Dios, tu afán evangelizador, tu vida sacrificada y los milagros que te llevarían a los altares, San Francisco de Borja, el querido Tata Pancho de Yunguyo.

Luego, acompañé tu procesión. Lluvia de papel picado a la salida del templo, vibrar de notas musicales, alboroto de fe en una plaza exultante de fiesta. Me acerqué a ti, burlando a los serenos que querían cortarme el paso, como si fuera un indeseable que pretendiera hacerte daño. Sólo quería verte de cerca para fotografiarte, para tener un recuerdo de tu imagen, de tu rostro barbado, de tu sombrero campesino.

Hasta ahí todo iba bien. Reflexión y plegarias. Nada más. Estaba alejado de las tentaciones y de cualquier pensamiento sombrío. Tú eres testigo, Tatita Panchito, que estaba decidido a marcharme, a volver a Puno, a ignorar a las diablitas que esperaban el fin de la procesión, para imponer sus movimientos condenatorios en la misma plaza que tú recorriste en hombros de tus devotos.


Pero me quedé. Tal vez porque quería mostrarte que podía derrotar a esas chinitas endemoniadas, imponer mi férrea voluntad frente a sus mohines turbadores. Y empecé bien. Estuve a tu lado, viéndolo todo con gesto de indiferencia, reprobación y desdén. No las seguiría, no brindaría con ellas, tampoco me acercaría para perpetuar con mi cámara, alguna de sus perniciosas sonrisas.

Quería portarme como un santo al menos una vez en mi vida. Ser como tú, que renunciaste a los privilegios de la nobleza y a las frivolidades de la corte,
para ser un fiel servidor del Señor que está en los cielos; sí, allá arriba, lejísimos y, quien sabe, si ese fue el origen de mi desgracia, porque mientras el todopoderoso seguía refugiado entre las nubes, aquí, en el altiplano, decenas de diablos y diablas desfilaban ante mis ojos confundidos.

Y ellas me miraban, me coqueteaban, me invitaban a acercarme y se les veía tan lindas, tan alegres, tan animadas. De pronto, no sé como -quizás tú puedas explicármelo San Francisco de Borja- me alejé de ti, me acerqué a las bailarinas. Esa fue mi perdición.


Me olvidé de las oraciones. Me dejé llevar por la música contagiante de las bandas de nombres espectaculares y auténticos, por la algarabía de las chinas diablas, el menear de caderas de las morenitas y el ritmo divertidamente sobrio de las cholitas veteranas; entonces, fui perdiéndome en el palpitar de los conjuntos y brindé con diablos de máscaras abstractas, con gorilas y osos y hasta con hombres vestidos de toro.

No es lo que quería, no es lo que buscaba, Tata Pancho; pero las cosas se presentaron así. Sé que vas a perdonarme. Tu bondad es infinita. Eso me lo han dicho tus devotas y devotos que te quieren tanto, aunque se vistan como el maligno y conozcan las maña para desviar a los aspirantes de santos.

Todo es parte de la fiesta, tú lo sabes, tú lo entiendes; por eso, año tras año, sales al atrio, para ver a los conjuntos, y, también, por qué no, a los viajeros que como este humilde cronista, se pierden, se alejan y se vuelven parte de ese jolgorio que tu piedad y tus milagros, Tata Pancho, generan en todo un pueblo, tu pueblo de Yunguyo.


*Para ver más fotos de Tata Pancho haga clic aquí.

lunes, octubre 05, 2009

Juguemos a la Oca



El tablero está ahí. No luce impecable ni reluciente, pero todavía se ve, aún podría ser utilizado si alguien quisiera hacerlo, aunque eso no ocurre desde hace lustros. Quizás porque los tiempos de boato y esplendor son parte del pasado, tal vez porque nadie en la ciudad se acuerda de las reglas.

El último que las conoció no quiso revelarlas y ni siquiera se las contó a don Rolando Añasco, el propietario actual de la llamada Casa de la Oca, una de las tantas maravillas de Lampa, una ciudad que vivió envanecida por el animado derroche de hacendados y mineros de caudalosas fortunas.

En aquella época -siglos pasado, milenio pasado-, la casa de don Rolando, que pertenecía a la familia Valdez Carrión, fue el escenario de intensas jornadas del juego de la Oca, divertimento de raíces españolas en el que se formaban equipos, se lanzaba un dado y se avanzaba por un camino numerado en el que no escaseaban los castigos y los premios.

"Algo así como el ludo. Se formaban cuatro equipos: el cóndor, el perro, la liebre y el venado", comenta el propietario. No hay más explicaciones. Sólo queda imaginar las risas, el bullicio, la alegría desbordante de aquellas jornadas de relajo y distensión.

Pero la costumbre se perdería con los años; bueno, no es lo único. También se está perdiendo -poquito a poco- la prestancia de ese tablero gigante, único, vistoso, hecho con miles de piedrecitas blancas y negras.

Se calculan que son más de diez mil, perdón, eran más de diez mil. Muchas ya no están en su lugar. Se salieron. Culpa del descuido. Lo peor de todo es que seguirán "perdiéndose" sin que nadie haga algo para evitarlo. Y es que nadie quiere iniciar el juego de la restauración.

El tablero de la Oca de Lampa, la "Ciudad Rosada", va perdiendo la partida, sigue sin encontar la suerte. Ahora está deteriorado, maltrecho, en vías de desaparecer como los hacendados y mineros derrocharadores que recorrieron sus casilleros, como el hombre que jamás quiso revelar las reglas y se las llevó a la tumba.

jueves, octubre 01, 2009

De celebraciones y puyas

Sí, lo sé, lo mejor sería decirle a mi jefe –ese renegón que se cree un gran periodista- que hoy nos olvidemos de los textos, las fotos, la búsqueda de información y que cerremos el quiosco hasta nuevo aviso, para irnos de pachanga con algunos colegas y varias coleguitas.

Pero él quiere pegársela de santurrón y responsable, cuando en verdad es un plomazo; entonces, me sale con eso de que el periodismo es un apostolado y que la mejor forma de celebrar este día –o nuestro día- es escribiendo como locos; sobre todo, porque las últimas semanas por andar medios perdidos en las alturas puneñas, no se ha publicado ni una coma en Explorando.

“El lector merece respeto”, sentencia con odioso aire dictatorial. Y como es inútil discutir con él -jura que es infalible- aquí me tienen golpeando el teclado, más que fastidiado a decir verdad, porque setiembre –a pesar de todos los anuncios (ver entrada anterior)- se pasó sin festejos y octubre, que empieza con un día de aspiraciones bailables, pinta igual de aburrido.

Lo que no tuvo nadita de aburrido, eso sí, fue el último periplo a Puno. Viaje intenso y vital, en el que no alcanzó el tiempo para publicar. Y eso es lo que le revienta al explotador de mi jefe que –emponzoñado de envidia por su carencia de planes- me ordena que escriba al toque nomás, sobre las puyas en floración que encontré o encontramos en el altiplano.

Bah, que gran noticia. Las puyas de Raimondi florecen desde siempre por más que el pelmazo de mi jefe, se desgañite diciéndome que es un espectáculo que pocos han visto, menos en Puno, jamás frente al lago Titicaca. “Esa es una primicia”, se entusiasma, se frota las manos, se llena de orgullo y hasta parece que por la emoción va a disparar las dos “primeras”.

Falsa alarma. Se tranquiliza, se concentra, está pensando en esas puyas que sólo florecen una vez en su larga existencia, la cual, según dicen porque a mi no me consta, bordea los 100 años.

Tengo que seguir escribiendo, encontrar los datos en la libreta de apuntes, resaltar que en Lampa, al ladito nomás de la carretera que conduce al cañón de Tinajani (uno de los atractivos de la provincia de Melgar) aparece el rodal de Tarucani, grande, enorme, con muchas puyas.

Varias florecen, varias son acosadas por picaflores sin soroche que buscan su néctar y diseminarán sus semillas.

Eso sí que no lo había visto ni el parque nacional Huascarán (Ancash) ni en Titancayoc (Ayacucho). Al final, quizás mi jefe tenga una pizca de razón y está bien que posterguemos –ojo, postergar, no cancelar- los festejos. Sí, hay que trabajar, publicar, mostrar las imágenes y el texto que, a regañadientes, empecé a redactar hace varios minutos.

Y creo que ya está. Oleado y sacramentado. Subo la nota. Me voy. Me escapo... Me quedo. El odioso me sale con la cantaleta que no he puesto nada, nadita, sobre Piata, una comunidad lacustre en la provincia de Huancané, conocida como el Valle del Titicaca.

A Piata llegamos al final de la tarde, al final del viaje. Fue nuestra última parada. Ya habíamos visto el gran lago desde muchos sectores. Siempre fascinante y distinto, aquí nos mostraba un camino trepador que conducía a una especie de atalaya donde se veían inmensos totorales y orillas pesqueras.

Pero esa no era todo, lo más impactante, lo realmente inolvidable eran las puyas que se erguían florecientes e impetuosas, frente al lago legendario. No lo esperaba. Era extraño, inusual, tal vez fuera de contexto. Esas titancas –así las llaman en varios lugares de la sierra- no deberían estar ahí, pero allí estaban y era fantástico, absolutamente hermoso.
Listo. Ahora sí. Mi jefe parece contento. Capaz me da asueto y me deja salir a rumbear. Total, es el día del periodista y eso de trabajar puede ser contraproducente, genera estrés y quizás hasta alergia. Esta tiene que ser una jornada festiva, relajante, dispendiosa, también rebelde.

Corto el yugo. Me largo. Fue un gusto escribir para ustedes. Hasta el lunes, jefe renegón… bueno, soñar no cuesta nada.

El orden se impone. La jornada recién empieza y hay que editar textos, seleccionar fotos, bajar información y esto y lo otro y ese alguito más, brama mi jefe, mi otro yo. Discúlpenme, creo que cometeré un asesinato... o será un suicidio.

lunes, setiembre 14, 2009

Invitación a mi quinceañero

Señoras y señores, lectores y lectoras, amigos y hasta enemigos, a través de estas líneas, tengo el agrado de comunicarle que el autor de Explorando –es decir, este guapo viajero, ah, cómo, quien dijo huaco- viene conmemorando sus 15 años de desempeño periodístico o, dicho en otras palabras, “es mi quinceañero”.

Espero sepan disculpar mi última frase, bastante rosa para ser sincero. Aclaro, por si las moscas- que no habrá fiesta con bajadita de escaleras ni que estoy en busca de un “chambelán” –guarda ahí compadre-; eso sí, anuncio con bombos, platillos y hasta con rata blanca, que el programa de celebraciones se extenderá hasta fin de mes y no precisamente por querer emular a las grandiosas fiestas patronales que se realizan en el país.

La amplitud del homenaje está más bien relacionada con una falla en mi memoria, porque aunque no lo parezca, este servidor ya tiene sus añitos y una que otra cosa se olvida.


Una de ellas es la fecha exacta en que pisé por primera vez la desaparecida redacción de la revista Sí, con un cuaderno Minerva bajo el brazo, un horroroso cuaderno que fungió de libreta –o libretón- de notas, en mis primeras comisiones.

Lo que recuerdo es que fue en la segunda quincena de setiembre del 94 del siglo y milenio pasado. Desde entonces, con una terquedad acaso digna de mejores causas, no he dejado de trabajar como periodista. Me ha ido bien, regular y pésimo. He hecho de todo un poco, desde investigación hasta horóscopos, desde editoriales hasta sumarios, y, claro, crónicas de viaje, muchas crónicas de viaje.

La primera apareció en el 95 y trató acerca de unas ranas enanas que salían de contrabando por el aeropuerto de Tarapoto. La publicaron en Sí con llamada de portada y todo eso. La experiencia fue más que satisfactoria. Eso de viajar para escribir no estaba mal, era divertido, emocionante, te hacía -en cierta forma- un aventurero.


Fue en la selva donde me picó el bichito del periodismo viajero. Intenté encontrar un antídoto, pero ha sido inútil hasta hoy. El mal se agravó a finales del 2000, cuando me alejé de las "redacciones formales" para probar suerte en un portal de Internet dedicado al turismo; y se convertiría en una enfermedad incurable, cuando, tiempo después "debutara"... -ey, no sean malpensados- como free lancer.

Así que ya lo saben, señoras y señores, lectores y lectoras, amigos y hasta enemigos, estoy cumpliendo mis 15 años. Y aunque sé que vendrán muchos más, este mes voy a celebrar como se merece. Ustedes, por supuesto, serán mis invitados de honor. Eso sí, no habrán “chambelanes” ni bajaditas por escaleras, solo brindis, viajes y recuerdos. ¿Me acompañan?

lunes, agosto 31, 2009

Clic de la semana


En el resquicio de las sombras rocosas que flanquean las riberas de la laguna Parón (provincia de Huaylas, Áncash), se perfila el pico nevado del Chacraraju, creando una imagen contrastante, de luz y oscuridad, imposible de ser ignorada por el inquieto lente de Explorando.

Parón (4,185 m.s.n.m.) es la laguna más grande del parque nacional Huascarán y, también, una de las de mayor belleza por estar rodeada de los nevados Huandoy, Pisco, Garcilaso (una perfecta pirámide de hielo), Paria, Artesonraju, Caraz y Aguja.

Su cercanía a las ciudades de Caraz (32 kilómetros por una vía sin asfalto) y Huaraz (100 km), convierten a este espejo de agua en un potencial atractivo turístico que, manejado con inteligencia, puede ser un bastión ecológico y una fuente de ingresos para los poblaciones locales.

Pero todo es una utopía. En Parón hay un conflicto entre las comunidades y la empresa Duke Energy Egenor. La tensión llegó a su límite el 29 de julio del 2008, cuando la población de Cruz de Mayo, tomó la laguna, ante la dramática disminución del volumen de sus aguas, empleadas por la compañía en la operación de la central hidroeléctrica del Cañón del Pato.

No hay solución definitiva. Papeleos y juicios. Los comuneros controlan el acceso al lugar. Una garita, una tranquera, un aire de tensión. Luego, la paz de la naturaleza, el silencio, el viento helado, las aguas adormiladas y las cumbres de nieve que aparecen entre las sombras, creando este clic.

martes, agosto 18, 2009

Retratos de Puerto Inca


Rostros, miradas, gestos. Retratos de la selva. Gente del bosque. Nativos e inmigrantes. Yaneshas, ashaninkas y mestizos en Santa Teresa, hermanos de todas las regiones en Puerto Sira y hasta un descendiente de colonos tiroleses en un fundo ganadero.

Obviar el paisaje. Desdeñar el bosque, los quiebres del río, la cordillera que se dibuja en el horizonte, para fijar tu objetivo en los hombres barbados y pelilargos que adoran a Jehová, en las niñas que aprenden a rezar, en los jóvenes que le regalan melodías a Dios, con guitarras y un órgano electrónico.

Ofrendas y plegarias en Puerto Sira. Frontera viva, "lugar sagrado" para los israelitas del nuevo pacto universal, los seguidores del extinto Ezequiel Ataucusi, el "profeta" que reinterpretó las sagradas escrituras y los diez mandamientos. Él propagó su palabra en las zonas más deprimidas de un país doliente, sufrido, sin muchas esperanzas.

Se termina la luz, se avecina la noche. El jefe de la comunidad de Santa Teresa está molesto. "Los estábamos esperando, han llegado tarde", dice, refunfuña, espeta su cólera.

A su lado, un cazador con una cushma hecha de rafia, lo observa con absoluto respeto. Su rostro está pintado de rojo, como el de la mujer que aparece de pronto y nos da la bienvenida en su lengua materna.

El jefe se tranquiliza, se calma, pero jamás sonríe, sigue dolido mientras la mujer canta y baila, mientras el cazador tiempla su arco y exhibe sus flechas, mientras la gente sale a curiosear. Todos sonríen, saludan, no se molestan con las fotos.

Más rostros, más gestos. No en un "lugar sagrado" ni en una comunidad nativa, sino en un fundo ganadero, donde un descendiente de los colonos austro-alemanes -aquellos que llegaron a la selva de Pozuzo (región Pasco) hace 150 años- reposa en las cercanías de su casa con sus compañeros de faena.

También en Puerto Inca, la capital de la provincia del mismo nombre (Huánuco), donde una jovencita baila una danza tradicional cerca a una fogata, cuyas lenguas ígneas pretenden rasgar la oscuridad de una noche amazónica.

Sólo algunos rostros, miradas y gestos de los hombres y mujeres que habitan en el monte, en la selva siempre lejana, distante y olvidada. Siempre incomprendida.

lunes, agosto 10, 2009

Clic de la semana


Nunca hay que fiarse del todo. Siempre debe quedar un resquicio para la duda. ¿Cuánto hay que caminar?, ¿qué es lo que vamos a ver?. Las preguntas se repiten, se formulan una y otra vez.

Es cerca, dicen. Es bonito, se entusiasman. Es una catarata, te ilusionan. Sales temprano. Te guían, te acompañan. Tus pasos dejan huella en el barro, en la tierra fecunda, en los ejércitos de hormigas que tratas de esquivar... pero están en todos lados.

Oyes el rumor del agua. Estás cerca. Falta poco. Te apresuras. Te gana la ansiedad. "Hay que bajar", te dicen. Más barro, un senderito inclinado entre el follaje. Resbalones. Pasos en falso. No importa, hay que seguir. Son gajes del camino.

Llegas. Un espejo de agua en el verdor de la selva. Es vistoso, es lindo, es sosegado. ¿Y la catarata?... Nada, no existe, sólo pequeñísimas caídas de agua que se precipitan entre rocas humedecidas. "Más allá está", te explican. "Demora y hay que abrir trocha", agrega otra voz.

No hay cataratas ni cascadas en Sungarillo. Te tientan las ganas de renegar, de exigir una explicación, de hacer hasta un berrinche. No lo haces, te calma la belleza del primoroso balneario natural en el que los pobladores de Puerto Súngaro (provincia de Puerto Inca, Huánuco), ahogan al calor sofocante de la amazonía y refrescan sus ánimos festivos durante las celebraciones de San Juan.

Admiras. Contemplas. Te olvidas de la supuesta catarata. Será para la próxima, sentencias, como si tuvieras la certeza de que pronto volverás. Quizás suceda, tal vez nunca ocurra. Eso lo sabrás con el tiempo.

Por ahora sigues en Sungarillo, que realmente está cerca, que realmente es bonito, pero que -contrariamente a lo que te habían dicho- no tiene una catarata. Son cosas que pasan. Eso te ocurre por preguntón por querer siempre anticiparte a las sorpresas que deparan los caminos.

*Para ver más fotos de Puerto Súngaro y Puerto Inca haga clic aquí.

domingo, agosto 02, 2009

Con atraso también vale

Hace unas semanas -varias, muchas, quizás demasiadas- viajé hasta Pomabamba y Piscobamba (Áncash), para traerle a los lectores de Explorando, la historia escrita por los pasos presurosos y acrobáticos de decenas de chasquis, en los caminos agotadores, exigentes y a veces atemorizantes de su tierra, el Callejón de Conchucos.

Pero este vez he sido un pésimo mensajero. Escribí otras historias, publiqué otras imágenes, volví a alejarme de Lima y, al retornar, me tomé los feriados de las fiestas patrias con excesiva seriedad, tanta, que me olvidé de mi clásico mensaje por 28 de julio y de redactar alguna entrada sobre mi aventura en Puerto Inca, en la lejana selva de Huánuco.

Y antes de que los jóvenes mensajeros de Conchucos decidan emprender su marcha a Lima, para apanarme o agarrarme a huaracazos, publicó estas imágenes de la "Karrera de Chaskis" que unió el observatorio de Yaino (alturas de Pomabamba) con la plaza de Armas de Piscobamba. El recorrido superó los 30 kilómetros. Estos se cubrieron en dos jornadas, implantándose un sistema de postas similar al utilizado por los correos del inca.

Las andanzas de los jóvenes competidores de Pomabamba, Piscobamba, Musga, Conopa y Llama, coincidieron con las fiestas patronales de San Juan y de San Pedro y San Pablo. Ellos formaron equipos de 15 integrantes (hombres y mujeres).

Fue una prueba intensa, trepidante y emotiva. Todos lucharon con tenacidad por el triunfo, esforzándose al máximo para dejar en alto el nombre de su pueblo. Al final, la victoria le sonrió al equipo de Llama.

Risas, abrazos, un sinfín de bromas entre los participantes, marcó el colofón de una competencia inédita que, por culpa de este mensajero, parecía condenada al olvido.

*Una crónica sobre la carrera aquí (vea pag 12 y 13)




domingo, julio 19, 2009

Hacia el puerto del inca

Dentro de unas horas volveré al camino. Mi destino será Puerto Inca. Antes he estado ahí, pero solo unos minutos. Llegué luego de un largo viaje que acabó en una lancha. Solo tuve tiempo para tomar un jugo, antes de embarcarme hacia Yuyapichis.

Lo que allí ocurrió ya lo narré anteriormente y, para no imitar a un disco rayado, sólo diré que mi ansias de conocer la cordillera del Sira, se vieron truncadas por unas ampollas con apariencia de cráteres lunares.

Después de una jornada en el monte, tuve que retornar en canoa a Yuyapichis. Allí
estuve con Badwin y su familia -ellos tienen una tienda bastante surtida-, esperando un auto que me acercara a Pucallpa.

Recuerdo que no me sentía muy bien. Mis pies daban pena y tal vez hasta algo de miedo. Quizás por eso, el médico de la posta no se atrevería a tocarlos cuando me atendió. Sólo me entregó unas pastillas y me dijo que descansara.

Hoy me preparo para retornar a esa parte de la región Huánuco. Y si bien no iré a Yuyapichis, en esta ocasión tomaré más que un jugo en Puerto Inca,
la capital de la provincia del mismo nombre y en el distrito de Honoria.

Esta vez las ampollas no frustrarán mi camino -al menos es lo que espero- y aunque no llegaré caminando al Sira, estoy seguro que descubriré parajes exuberantes y pletóricos de verdor.

Me jugaré una revancha simbólica, porque la verdadera revancha todavía está pendiente. Cuando esta ocurra, me reencontraré con Badwin, su madre y su hermano, pero no con el médico que me atendió de lejitos nomás.

viernes, julio 17, 2009

Los santos de Piscobamba

San Andrés es muy educado y respetuoso, todo un caballero. Libre de la envidia y de otros sentimientos ponzoñosos -esos que envenenan las almas de los simples pecadores- se enfundó sus mejores galas y, en hombros de sus devotas, salió rapidito para la iglesia de Piscobamba.

El santo, todo un galanazo con su sombrero rojo, quería saludar con suma reverencia y afecto a sus colegas, Pedro y Pablo, que estaban de fiesta, como siempre ocurre a finales de junio.

No se trata de una celebración cualquiera, claro está. De esas que empiezan y acaban con la procesión. Nada que ver. Todo lo contrario. A San Pedro y a San Pablo los agasajan a lo grande, como manda y ordena la costumbre. Así no se resienten y siguen bendiciendo a la ciudad, a la provincia de Mariscal Luzuriaga (Áncash), a todo el Callejón de Conchucos.

San Andrés, el ilustre visitante, fue recibido con beneplácito por los agasajados. Ellos, muy circunspectos y ceremoniosos, lo invitaron a ser parte de la procesión; entonces, los tres recorrieron el perímetro de la plaza de Armas, escuchando las plegarias de sus fieles, el estallido de las bombardas, las armoniosas melodías de la orquesta y el contagiante ritmo de las roncadoras (grupo de flauta y bombo).

A su paso, los caballeros se quitan los sombreros o las gorras; las damas apreitan más las cuentas de sus rosarios y, los niños, se mueren de ganas por irse a jugar, aunque sus padres les exigen estar quietecitos y muy serios porque ya vienen los santitos.

Pero la seriedad que les falta a los niños, les sobra a los "huancas", danzantes que visten chaquetas azules, corbatas rojas y camisas blancas. Ellos están enmascarados, portan espadas y se protegen del sol cordillerano con un sombrero con penachos de varios colores.

Cuando sale la procesión, guardan sus pasos, dejan de bailar, caminan con parsimonia y hasta cruzan los brazos en señal de recogimiento. Igual se comportan los "huanquillas", también enmascarados, también con espadas y sombreros estrambóticos.

Quienes no respetan nada son los "sargentos" o "tuyrurus". Traviesos y chispeantes, se aprovechan que lo santos patrones y su dilecto invitado están de buen humor y no los castigan por andar culebreando y saltando cuando los demás oran y escuchan las sabias palabras del "señor cura".

Así se la pasan toda la procesión y buena parte de la fiesta, porque cuando San Pedro y San Pablo vuelven al templo -después de despirse con tres venias de San Andrés- los "sargentos" continúan con sus brincos al son de las roncadoras.

Eso sí, ahora también le entran al ritmo los "negritos" que en verdad no tienen mucho de negritos, los "huancas", los "huanquillas" y los devotos que se van corre-bailando a la casa del prioste o mayordono. Allí hay almuerzo, chicha de jora y cerveza.

Todos están invitados, menos San Pedro y San Pablo que se quedan descansando en la iglesia de Piscobamba. Cosas de la tradición y las costumbres.


*Para ver más fotos de la fiesta de San Pedro y San Pablo de Piscobamba, haga click aquí.

lunes, julio 06, 2009

Clic de la semana



Lo llaman el guardián de Yaino (provincia de Pomabamba, Áncash), un complejo arqueológico a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, al que solamente se llega caminando, ascendiendo, retando al cansancio, al sol, a la falta de aire.

Su nombre es Mariano Jaramillo y es mucho más que un guardián o, mejor dicho, él, es un guardián distinto, porque se entiende con la tierra y las montañas. Las ama, las respeta, las engríe con pagos y rituales, con hojitas de coca y palabras en quechua.

Amable, risueño y andariego, Mariano acompaña sus pasos con un bastón. "Tuve un problema en mi rodilla y me querían amputar la pierna". No quiso, se dio de alta, volvió a su tierra, al callejón de Conchucos. "Aquí me curé con un ungüento de llama", se ufana, sonríe, sigue caminando, aunque despacio. No hay que exagerar. Ya no es un muchacho.

En su casa -una vivienda solitaria cerquísima a Yaino, un legado arqueológico de la cultura Recuay- Mariano descansa y reflexiona de cara a una cadena de nevados, mirando de frente -con admiración y nostalgia- las cumbres congeladas de la cordillera Blanca, la cordillera tropical más alta del mundo.

"Ese es el Anqa, el otro el Puqaraju y el de allí el Taulliraju. Esa puntita es el Huascarán y el último el Huandoy", parece pasar lista Mariano quien asegura que antes, no hace mucho, allá por el año 60, todos los picos que hoy se ven en el horizonte de Yaino, tenían nieves perpetuas.

El mundo se está calentando. La cordillera se deshiela. Mariano lo observa diariamente, y, por más que él se entienda con la mamapacha y los apus, no podrá evitar lo inevitable. Cada vez habrán más picos negros en el horizonte y más nostalgia en su mirada.

viernes, junio 19, 2009

Una presentación imaginaria

Donde el autor pierde la cordura y, al relatar un suceso imaginario, tiene la desfachatez de describirse como alto, guapo y elegante. ¡El colmo!...

Quiero pedirles un favor. Imaginen una noche cálida y un cielo estrellado. Piensen en un estrado al aire libre aún con los reflectores apagados. Escuchen el redoble de un tambor, el estallido de las bombardas, el aplauso y los vítores cuando un rayo luminoso irrumpe en la oscuridad despejando las sombras.

El estrado resplandece. Alguien se acerca al micrófono. Sonríe, saluda, dice buenas noches. Se acallan las bombardas, se apaciguan los aplausos, se agranda la expectativa.

Ahora, el personaje del micrófono se dirige a la anhelante multitud. Habla de exploraciones y destinos, de crónicas y fotografías viajeras, de aventuras por caminos virtuales y globalizados; entonces, llega el momento del gran anuncio, ese que convocó a las masas que usted y yo nos esforzamos en imaginar, para que este escrito tenga sentido.

Y se escucha el último redoble del tambor, el estallido postrero de una bombarda; luego, se impone silencio cargado de expectación.


Los ojos están fijos en la figura del estrado –alto, guapo y elegante, recuerden que estamos fantaseando- que revela exultante que Explorando Perú se expande, que traspasa las barredas del blog y ya da sus primeros pasos en el twitter.

Una nueva ventana de comunicación, un espacio más para explorar, hablar de viajes y, a veces, como en esta entrada, desatar un poco la imaginación.

Gracias por asistir a esta presentación imaginaria y ser testigos de mis primeros pasos en el twitter.


Los aplausos y vítores –estos sí de verdad- son para todos ustedes, esforzados lectores de Explorando Perú.

*Para seguirnos en el twitter haz clic aquí.

jueves, junio 18, 2009

Clic de la semana


No sólo el Cusco ostenta espléndidos muros incaicos. El legado arquitectónico de los "Hijos del Sol" se mantiene en pie -a pesar del descuido y la desidia de las autoridades- en diversos lugares del país, evidenciando la grandeza de los antiguos peruanos.

Piedra sobre piedra. Muros perfectos, vistosos y de apariencia indestructible en Huaytará, la "Capital arqueológica de Huancavelica", una región olvidada y sumida en la pobreza, que podría encontrar en el turismo, una oportunidad de desarrollo económico, sustentada en la conservación del ambiente y de las tradiciones de sus pueblos originarios.

En Huaytará, a sólo 112 kilómetros de Pisco, resalta la iglesia colonial San Juan Bautista, erigida sobre las paredes del templo del Sol. Hoy, en las hornacinas prehispánicas, reposan las imágenes de santos y vírgenes católicos, aquellos que llegaron con los hombres de occidente.

Es extraño, contradictorio, es el Perú sincrético, diverso, con su crisol de colores y creencias. Un Perú que, al igual que los muros incaicos, debe mantenerse unido y sólido, respetando la cultura ancestral de sus ciudadanos y escuchando todas las voces. Eso es vivir en democracia.

lunes, junio 15, 2009

Más que baños termales


Viajé a Churín. Pensé en baños termales. Agua tibia y relajante. Aguas que curan.

Pero como soy un mal pensado o, mejor dicho, siempre pienso mal, al final no estuve mucho tiempo en Churín. Apenas recorrí sus calles, visité sus famosos baños de la Juventud y, sólo al caer mi último día, pude conocer el velo de la Novia y la gruta de la legendaria Mama Warmy.

Y como estuve poco en Churín (la capital del distrito de Pachangará) pude librarme de la seducción de sus aguas querendonas; entonces, me escabullí por los caminos de la provincia de Oyón, en busca de lagunas, iglesias, nevados y pueblos pletóricos de quietud.

Llegué a los espejos de agua de Surusaca y Guengue, a los pantanos de Rumbro. Bromeé con una niña de Quichas, sentí el viento frío proveniente de varias cumbres de nieve, caminé por las calles pacíficas de Andajes que, en otros tiempos, conocieron del terror de la guerra interna.

Hoy todo está tranquilo en el "Balcón de los Andes". Hoy endulzo mi tarde con manjar blanco, luego de visitar la iglesia colonial Santiago Apóstol, una casa de Dios, sin padre y sin sacristán, con candado en la puerta para espantar a diablos y diablillos.

Ojalá vuelva pronto a Churín. Cuando lo haga, ya no pensaré tanto en los baños termales.

No quiero equivocarme. No quiero ser un mal pensado.

sábado, junio 06, 2009

El arte de lavarse las manos

Nadie reconoce sus culpas. Todos dicen que son inocentes y señalan al otro, al opositor político, al que piensa distinto.

Se fijan en los errores ajenos, jamás en los yerros propios. Y dicen que sienten dolor por las víctimas, aunque terminarán convirtiéndolas en una mera estadística, en un argumento útil para fustigar al contrario.

La consigna es lavarse las manos, conservar el cargo y salvar su futuro político. Lo demás no importa demasiado, son cosas que pasan o, mejor dicho, les pasan a otros, no a ellos, no a quienes gobiernan, no a quienes dirigen.

Se habla de la defensa de la democracia, del orden interno, del imperio de la ley; también de terroristas, de infiltrados, de hordas manipuladas. Son los argumentos de siempre. Pretextos trillados para justificar la violencia y la muerte.

Y hoy se dice, con absoluto descaro, que fue un operativo exitoso. La carretera se desbloqueó, comentan, se ufanan y hasta casi sonríen. La triste conclusión de una jornada dolorosa que pudo evitarse, que jamás debió vivirse.

No debemos olvidar. Recordemos los rostros, las voces, las explicaciones ridículas de aquellos que sólo se preocupan en limpiarse, de tirar agua para su molino.


Ellos no sienten verdadera congoja por los compatriotas enviados como carne de cañón. Ellos solo piensan en votos y en campañas, en curules y bandas presidenciales. Su obsesión es el 2011.

Y mientras el presidente, los ministros y los congresistas acusan a sus opositores como niños de escuela jugando al yo no fui, los deudos lloran a sus muertos, peruanos caídos en una lucha fraticida, originada por la necedad de quienes nos gobiernan y de quienes nos quieren gobernar.

*Explorando Perú expresa su pesar e indignación por los hechos acaecidos en Bagua (Amazonas). El país hoy está de luto y todos los que queremos esta tierra, debemos reflexionar y aceptar nuestra parte de culpa, como ciudadanos de un estado incapaz de integrarse plenamente.

viernes, mayo 29, 2009

Mujer fatal...

Tú no estabas aquí la primera vez que vine. No soy tan desmemoriado ni ha pasado tanto tiempo. Además, sería difícil que pudiera olvidarme de una imagen como la tuya.

Y no es que seas preciosa, tentadora o deslumbrante. Tu belleza, si es que la tienes, es más que discutible.

Pero esa no es tu culpa, total, eres la obra de un creador sin demasiadas luces, de un autor que no debería ser anónimo, para decirle con nombre propio unas cuantas o muchas verdades.

Sabes, no deberías estar aquí pero lo estás. Seguro ya son varios años y quizas por falta de presupuesto o, tal vez solo por desidia, nadie, absolutamente nadie ha querido o podido borrarte.

O será que tu existencia es un mal irreversible. Un tatuaje imborrable en la piel de adobe del Palacio Inca de Tambo Colorado (Humay, Pisco).

Lamento decírtelo, pero eres una afrenta contra el patrimonio arqueológico y una evidencia clara y dolorosa de la ignorancia supina de algunos ¿ciudadanos?.

Y es que tus trazos de insinuante mujer fatal no son los únicos que laceran este legado incaico, singularísimo por ser erigido con materiales costeños como el adobe.

Eso sí, eres la más notoria y tu estúpido creador -disculpen el adjetivo- debió demorarse horas en darte forma y nadie interrumpió su supremo acto de "inspiración". Tampoco lo hicieron con aquellos que, a tu lado o muy cerca de ti, han escrito sus nombres o plasmado sus firmas con descarada impunidad.

Con razón que al ingresar al complejo, un cartel pide a los visitantes no hacer pintas en los recintos incásicos. El problema es que nadie los cuida ni los protege.

De eso puedo dar fe, porque la primera vez que estuve en Tambo Colorado -hará cinco años- ingresé sin que nadie me controlara, paseé solo, hice muchas fotos y cuando salía también solo, al fin apareció el guardián. Él volvía de pastear sus cabras.

En aquel entonces observé varias inscripciones en los muros, de esas que por desgracia existen en otras huacas del país. Eso sí, en ningún lado he visto una imagen que se parezca a ti.

Por eso eres inolvidable, tristemente inolvidable. Ojalá te borren pronto.

viernes, mayo 22, 2009

Verón y Riquelme en Lampa

La primera vez que estuve en Lampa conocí a Verón. No recuerdo la circunstancia del encuentro ni como se inició la conversación.

Quizás fue en la plaza Grau con sus queñuales o en el atrio de la fabulosa iglesia de Santiago Apóstol; tal vez en las afueras de la casa que habitó el libertador Simón Bolívar o en ese patio colonial en el que los principales de la ciudad se divertían jugando a la oca.

Sea donde fuere, Verón se unió a nuestro grupo y empezó a mostrarnos su tierra y a contarnos su vida. Si la memoria no me falla, nuestro guía espontáneo mencionó que era torero.


También nos dijo que Lampa era la “Ciudad Rosada”, apelativo que no merecía mayor explicación. Bastaba con echarle un vistazo al color de las fachadas para comprenderlo todo.

Luego nos habló de las “7 maravillas”, punto que sí mereció un profundo esclarecimiento porque varias de esas maravillas no eran tan maravillosas como uno podría pensar.


Por el contrario, la lista incluía algunos lugares de irónico atractivo, como un hospital sin enfermos, una cárcel sin presos y hasta un río sin agua, pero con un puente del siglo XIX para pasar sin “mojarse”.

Más allá de las bromas, Lampa conserva un rico legado arquitectónico y un vistoso entorno paisajístico. Eso no me lo dijo Verón, aunque quizás sí, porque el torero-guía hablaba bastante, tanto que, al redactar la crónica sobre mi visita a la “Ciudad Rosada”, lo describí, lo mencioné y lo cité varias veces, casi, casi, como si fuera la “octava maravilla”.

Eso habría ocurrió en el 2001, máximo en el 2002, cuando con dos viejos amigos, James Posso y Jean Paul Campos –alias el “tigre”- viajamos a Puno, para divertirnos –perdón, recopilar información- sobre la fiesta de la Virgen de la Candelaria.


Cuando no había baile y los devotos descansaban, aprovechábamos las horas para conocer alguito más del altiplano.

Antes de continuar, déjenme decirles que no estoy sufriendo un ataque de nostalgia. Estos recuerdos –aunque no lo crean- tienen un propósito, porque en mi reciente visita a Lampa, volví a escuchar el nombre de Verón en boca –nada más y nada menos- que de Riquelme.


Sí, lo sé, parece un partido de la selección Argentina, pero no es mi culpa, pues. Así son las coincidencias.

Riquelme, que no se llama Juan Román, sino Jorge, es un joven emprendedor que se está jugando un auténtico partidazo, para sacar adelante un restaurante turístico, limpio y bien puesto, en una ciudad que a pesar de todas sus maravillas, no recibe muchos viajeros.


Esa es una tarea pendiente y si bien se han dado varios pasos interesantes, gracias al apoyo de Gestur Puno y Swiss Contact, aún falta mucho camino por andar.

Palabras van palabras vienen y por allí se mencionó a Verón. ¿Verón el torero? pregunté y Jorge retrucó ¿lo conoces?; claro, me guió la primera vez que vine, precisé; entonces, mi compañero de cháchara se rió y dijo algo así como aaaah, así que tú eras el periodista.

La frase me descuadró por complento porque no entendía muy bien que significaba ese aaaahh. ¿Bueno?, ¿malo?, vaya uno a saber.

Mi cara de desconcierto debió ser más que evidente. Necesitaba una explicación y la recibí de inmediato. Esta fue más o menos así:
Después de mi primera visita, Verón no perdió la oportunidad de comunicarle a sus paisanos que había sido entrevistado por la prensa nacional.

Como es comprensible, muchos no le creyeron ni una palabra.
Fastidiado ante la desconfianza de su gente, el torero espero pacientemente y con tenacidad digna de otras causas, se consiguió el ejemplar de la revista Andares en la que aparecía su nombre.

Ese fue el momento de su venganza. Él no había mentido y ahí tenía la prueba y no se cansaría de mostrarla a diestra y siniestra, a quien quisiera y, a veces, también, a quienes no quisieran.

“Hasta ahora la debe tener”, concluye Riquelme, sentado en una de las mesas de su restaurante Tukuy Mikhuy (terminar de comer). Y aunque esa información no la pude comprobar, igual me tomo un tiempo para escribir sobre Verón quien, quizás, imprima esta entrada y se la muestre a sus paisanos.
Así nunca más dudarán de sus palabras.

viernes, mayo 15, 2009

Visiones del Titicaca...


Titicaca, una vez más. Sol, altura, viento, frío nocturno. Aguas azules, brillantes, resplandecientes, a veces mansas, otras encrespadas... furibundas.

Lago sagrado, legendario, pletórico de historia y cultura. Vestigios prehispánicos, pueblos antiguos en un espacio geográfico compartido, binacional, peruano y boliviano.

Retorno a Taquile. Sus arcos de piedra, sus escaleras y caminos, sus hombres tejedores, su paisaje impactante.

Descubrir Titilaka. Bahía de Chucuito, otra visión del lago: sembríos, una playa, un hotel encantador, muchos totorales y un pequeño islote.

Aventurarte hasta Anapia. Lancha colectivo. Dos horas de viaje entre cajas de cerveza y bultos de todo tipo. Ver la cordillera Real de los Andes, navegar entre islas bolivianas y peruanas. Llegar a una isla pequeña, silenciosa, solidaria.

Aquí no hay hoteles ni restaurantes. Sólo casas hospedajes, casas familiares donde siente calor de hogar, donde se aprende y comparten experiencias.

Salir al campo, sembrar o cosechar, buscar el ganado, preparar la huatia (similar a la pachamanca), ser parte de un matrimonio. Brindar y reír con nuevos amigos que parecen viejos conocidos.

Titicaca, una vez más estuve frente a ti. Ahora, sólo queda extrañarte y recordarte, hasta la próxima vez que vuelva a verte.

*Para ver más imágenes haga clic aquí.

jueves, mayo 07, 2009

Clic de la semana


Dos viajeros detienen su andar para contemplar y sentirse pequeños al lado de una de las enormes puyas Raimondi, que se yerguen imponentes a la vera del camino sin asfalto que une Lampa con Tinajani (región Puno)

Consideradas como las inflorescencias más grande del mundo, las titancas adultas -así también son llamadas- superan fácilmente los 10 metros de altura, mientras que su ciclo de vida bordea los 100 años.

Enormes, singulares y pintorescas, las puyas sólo florecen al final de su existencia. Al estar cerca a ellas, sólo queda levantar los ojos -acaso con respeto, tal vez con fascinación- para apreciar su magnificencia y grandeza, como lo hicimos en Lampa, como lo hicimos otras veces en el parque nacional Huascarán (Ancash) o en el bosque de Titancayoc (Ayacucho).

lunes, abril 27, 2009

En una cabina puneña...

Estoy en Puno, guareciéndome del sol altiplánico en una cabina del jirón Lima, la agitada vía peatonal que une el parque Pino con la Plaza de Armas, la sencilla iglesia de San Juan -el hogar de la virgen de la Candelaria- con la enorme Catedral de piedra con su fachada barroca, donde un par de sirenas tocan charango.

Hay varios turistas en la cabina. Gritan, vociferan, meten chacota. Están felices. Me pregunto si así se comportarán en sus países, mientras peleo con este teclado que para variar tiene la tilde en el lugar incorrecto y un espaciador que no entiende de delicadezas. Sólo funciona con porrazos o golpes de karate.

Así que estas palabras son el fruto de una batalla campal, sólo espero que tanta lucha no estropee mi estilo y menos me desvíe de lo que pensaba relatar en esta entrada; aunque para honrar a la verdad no tengo muy en claro que cosa escribir. Ni en este instante ni cuando subí a la cabina, luego de disparar mis primeras tomas, aprovechando el solcito y la ausencia de nubes grises de lluvia.

Pero más allá de mis enredos, la única certeza es que desde la noche de ayer estoy en Puno. Y si bien la ciudad no está embriagada de fiesta y baile, como ocurre en febrero durante la fiesta de la Candelaria, me alegra estar aquí, recordando viviencias y acumulando nuevas anécdotas, para colorear mis próximas crónicas que, a diferencia de esta entrada, serán más lúcidas y ordenadas.

Bueno, eso es lo que espero. Total, conmigo nunca se sabe y quizás, en el momento cumbre en el que debe primar una redacción sobria, me olvide de las teorías periodísticas y termine escribiendo algún disparate viajero, como aquel de la raya que era no era raya sino un punto, que publiqué hace mucho en esta misma bitácora.

Y ya que hablamos de punto, mejor me voy despidiendo. Escucho una banda que se acerca. Quizás sean diablos y diablitas nostálgicas de la fiesta de la Candelaria que se resisten a dejar de bailar. Vamos a ver que pasa...

lunes, abril 20, 2009

Salvado por la campana

Explorando no está muerto. Explorando vive y palpita. Explorando vuelve con sus relatos, crónicas y clic´s que muestran un Perú distinto, ese Perú que se descubre en cada travesía, en cada aventura.

Explorando acalló su voz viajera temporalmente y se refugió en el silencio por exclusiva responsabilidad de su autor, que se dejó absorber por los problemas urbanos y hasta se vio enredado –vaya uno a saber como- en la telaraña de la crisis internacional y el supuesto boom inmobiliario que vive el país.

Esas razones -tan mundanas, tan ajenas a las rutas-, lo pusieron al borde del nock out, entonces, ante el riesgo inminente de besar la lona, varias voces le advirtieron –acaso con goce, tal vez con preocupación- que ya estaba bueno, que era hora de tirar la toalla, de abandonar, de volverse un periodista serio.

Días de crisis y tensiones. Semanas de cuestionamientos y dudas. ¿Qué hacer? seguir peleando y aguantar los golpes hasta que suena la campana o, simplemente, dejarse caer y admitir que la realidad le dio una paliza a los sueños, tus sueños.

El combate ha terminado por ahora. No voló ninguna toalla y el autor de Explorando se mantuvo en pie. Hoy –como muchas otras veces- planifica nuevas escapadas.

Sí, seguirá explorando caminos. En ellos no hay voces que lo inciten a abandonar, en ellos se siente viajero y periodista… serio, muy serio.

miércoles, abril 01, 2009

Semana Santa... las de antes

De niño me ponía triste en Semana Santa, a pesar que los feriados del jueves y el viernes, solían interrumpir las clases escolares.

En cualquier otra época del año, dos días sin colegio hubieran sido motivo de alegría extrema para mí, tal y como sucedía cuando los microbuseros se ponían de paro o los maestros del SUTEP, iniciaban sus clásicas huelgas indefinidas.

Recuerdo que el gozo era aún mayor, si la protesta coincidía con alguna competencia deportiva, como un mundial de fútbol o las olimpiadas.

En aquellos tiempos –vale la pena decirlo- la selección peruana al menos se defendía. También la goleaban, claro está, pero no en las eliminatorias sino en el mundial. Eran goleadas de otro nivel.

Pero mi tristeza pascual no se cimentaba en la falta de transmisiones deportivas. Existían otros y muchos motivos que me ponían gris.

Y es que todo parecía estar lleno de nostalgia, de tristeza y culpa. Eso lo sentía en la calle y en mi casa, donde teníamos que estar particularmente tranquilos. Sin alborotos ni muchas bromas, casi sin juegos.

Tampoco podíamos cantar. Eso era malo, un auténtico despropósito en un día santo. Algo tan grave que ni las emisoras de radio se atrevían a poner música movida. Sólo emitían tonadas deprimentes o tediosos sermones.

La situación era igual de crítica en la TV. Allí Cristo era golpeado y crucificado a toda hora, en los tres canales que existían en mi infancia.

Ver esas películas terminaban por bajarme la moral hasta el piso; entonces, deseaba que los días se fueran rapidito para volver al colegio.

Admito que ese sentimiento me hacía sentir como un traidor a mis nacientes convicciones, porque desde pequeño casi cualquier cosa me parecía mejor que estar en el colegio.

No es que fuera un vándalo o un niño problema o la “lorna” del salón, tampoco me paraba “tirando la vaca”, simplemente nunca me consideré un fanático de las aulas de la 1100 o del Diego Ferré.

Semana Santa era la excepción. No sólo por la TV y la radio sino por la obligación de comer sólo pescado, visitar las iglesias en la noche y escuchar, aunque sea a lo lejos, la interpretación de las Siete Palabras del hijo de Dios.

La situación habría sido más llevadera con sólo cambiar el bacalao por un buen ceviche o jalea. Pero era un niño. Mi opinión no importaba.

Todo hubiera sido distinto, también, si los templos no lucieran tan lúgubres en jueves santo, con esas imágenes impactantes –desde mi perspectiva- de Jesús crucificado, sangrante o dolorosamente yerto en una urna de vidrio.

Lo del sermón no tenía arreglo. Lo pasaban por radio y TV y siempre lo sintonizaban en mi casa. Era un clásico. Tres horas de aburrimiento.

Así era mi Semana Santa. Qué fácil la tienen algunos niños de hoy, con cable, con Internet, con posibles campamentos o viajes; bueno, aunque pensándolo bien, eso no es del todo cierto. Ellos no han visto -ni verán- a la selección jugando un mundial.

domingo, marzo 22, 2009

Visiones de un desafío



Azul intenso. Sombras que prolongan su dominio e imponen sus matices claroscuros sobre el mar de Paracas, en el inicio de un nuevo día que despierta tarde por la ausencia del sol.

Y en esa mañana que sigue vestida de amanecer, el viento corre con premura propagando en las orillas del desierto costero, el aroma salino del Pacífico.

Y en esa mañana de cielo sin brillo ni resplandores que se impone en la playa Atenas, aparece un mechón del arco iris... breve, fugaz, acaso milagroso.

Azul intenso que empieza a suavizarse. Sombras que se difuminan, se aclaran, desaparecen. Renace el sol, Paracas calienta. Se llena de luz, de brillos intensos.

Noche de campamento en las orillas de una Laguna Grande. Noche de vientos rumorosos, de carpas que flamean como banderas y de pequeños remolinos de arena.

Y en esa larga noche de sueños postergados en una laguna que no es una laguna, sino una sosegada orilla del Pacífico, un zorro del desierto se acerca, invade, se entromete al campamento con andar dubitativo, con pasos desconfiados.

Su presencia despierta el interés de los aventureros noctámbulos que esperan la llegada de los participantes del Desafìo Perú 8mil Paracas 2009.

Varias linternas se encienden, lo alumbran, lo desconciertan; entonces, se queda quieto, duda, huye sin espanto. Se pierde en la penumbra de esa laguna que no es una laguna.

Lejos de los zorros, los integrantes del equipo Patagonia - Pucón (Chile), estudian la carta geográfica de la reserva nacional de Paracas.

Ellos trazan o buscan el camino correcto hacia Lagunillas, uno de los puestos de transición del Desafío, una competencia de aventura y orientación que congregó a una decena de equipos nacionales y extranjeros.

Todo comenzó la noche del viernes 13 de marzo con una caminata nocturna. Después tuvieron que nadar y volver a andar la noche entera. En su intento por llegar al puesto de transición, varios de los equipos -conformados por tres hombres y una mujer- extraviaron el rumbo y pasaron por alto varias zonas de control.

Volver. Desandar lo andado. Retornar con cólera y frustración. Antes de hacerlo, los chilenos verificaron las coordenadas en el mapa. No querían desperdiciar su energía, esforzarse en vano, equivocarse de nuevo. Querían encontrar el rumbo y caminar hacia el triunfo. Y así lo hicieron. Ellos serían los vencedores.

Manos que se estrechan. Sonrisas compartidas tras una ardua competencia que empezó una noche de viernes y culminó el domingo en las afueras del Chaco.

Jornadas de treking, bicicleta de montaña, kayak y natación. Esfuerzos compartidos, solidaridad, emoción, también dramas y esperas.

Una gran aventura en el desierto y en el mar. "En una geografía de otro planeta, tan distinta a la nuestra", explicaría después un competidor de Costa Rica que está seguro de volver, para jugarse su revancha, para ocupar el primer lugar.

No dudamos que vuelva, porque Paracas... perdón, el Perú entero, es una tierra sorprendente que hay que recorrer una y otra vez. Eso lo sabemos de sobra en Explorando.

*Si quiere ver más fotos del Desafío Perú 8mil Paracas 2009, haga clic aquí.

lunes, marzo 09, 2009

Clic de la Semana


Detrás de los muros zigzagueantes de Sala Punku, uno de los complejos arqueológicos del santuario histórico de Machu Picchu, aparecen como una contradicción los vagones del tren que se dirige a Aguas Calientes.

Su estridente paso quiebra el silencio, rompe la atmósfera que induce a la serena contemplación del legado incaico y de la inspiradora belleza de un valle sagrado.

Resistido por muchos, defendidos por otros, el tren es el principal medio de transporte para los turistas que visitan Machu Picchu.

En los últimos años, la frecuencias se han incrementado y, en los próximos meses, es bastante probable que una empresa más empiece a operar en la línea férrea.

Esta situación, más allá de lo comercial, debería llevarnos a pensar en los daños ambientales que el aumento del tráfico ferroviario podría ocasionar en la flora y fauna del santuario, espacio que se debe proteger no sólo por su riqueza natural, sino por sus monumentales complejos de piedra.

Explorando estuvo en la zona, recorriendo durante tres días varios tramos de camino inca que culebrean centenarios entre el kilómetro 82 y 88 de la línea férrea.

Así llegamos a Sala Punku, que habría sido una puerta de control para los viajantes que, en la época prehispánica, unían con la persistencia de sus pasos, la distancia que separa Machu Picchu y el Cusco.

Ahora no hay controles. Sólo varios obreros que trabajan en la restauración y, claro, ese tren querido y odiado que todos los días va y viene, se acerca o entromete, por las antiguas rutas de los Hijos del Sol.

*Si desea conocer más de Sala Punku y de otros complejos arqueológicos del Santuario de Machu Picchu, haga clic aquí.

*Más fotos de la ruta aquí.

martes, marzo 03, 2009

Como la primera vez

Donde el autor recuerda con cierta dosis de nostalgia su primera vez...en Pisac y Ollantaytambo por si acaso; o ustedes pensaban otra cosa.



No es la primera vez que estoy en Pisac y Ollantaytambo, pero extrañamente siento que nunca antes he estado frente a sus prodigiosos andenes, sus colosales recientos de piedra, sus extenuantes escaleras.

Es extraño, pero tengo la impresión que mis pasos me llevan por caminos nuevos y que mi vista se regocija ante panoramas aún desconocidos; entonces, nace la misma emoción, la misma energía revitalizadora que apareció en mi visita precursora al valle Sagrado de los Incas, cuando mis sueños de ser un periodista viajero estaban a punto de hacerse realidad.

Varios años han pasado desde aquella travesía, pero en este retorno extrañamente ataviado de primera vez, me acompaña una sensación de descubrimiento mientras asciendo por escaleritas casi infinitas o me pierdo con deleite por las calles estrechamente empedradas.

Camino sin prisas, lejos del bullir de los grupos de turistas que oyen las explicaciones mil veces repetidos por los guías. Ahora no busco detalles históricos ni pretendo interpretar el pasado.

Sólo tengo ganas de andar sin prestarle atención a las nubes ennegrecidas con sus amenazas de tormenta. De visitar con calma los magníficos recintos incaicos y de contemplar con respeto las montañas tutelares o el devenir torrentoso del río.

Y las horas pasaron sin que me diera cuenta. Se acercan las sombras. Gotas efímeras humedecn la tierra andina y acompañan mi adiós a Pisac y Ollantaytambo, dos pueblos, dos complejos arqueológicos que he visitado varias veces pero que, por una extraña razón, sentí que recién los conocía.

*Vea más fotos de Pisac aquí y de Ollantaytambo aquí.

viernes, febrero 20, 2009

Te vas, te vas y no te has ido

Hace horas que estoy esperando el momento para partir del Cusco. Pensé que sería a las dos de la tarde, al menos eso es lo que decía el boleto de Tepsa que compré al bordear las 10 de la mañana, recién llegadito de Ollantaytambo.

Ya con el boleto en mano empecé a hacer hora en el terminal. Como buen viajero lo recorrí varias veces de arriba a abajo y de abajo arriba, me senté en sus butacas de plástico, busqué una cabina de Internet y hasta me comí un pan con queso para engañar el hambre.

Como siempre ocurre, el tiempo corrió de manera inexorable. Casi sin darme cuenta habían pasado como tres horas desde la compra del pasaje y sólo faltaban 60 minutitos para enrumbar hacia Lima, la ciudad en la que a veces vivo, según reza mi descripción.

Una vez más había logrado matar a la espera y vencer al aburrimiento; además, la cosa parecía estar a punto de mejorar, porque la señorita del local de Tepsa comenzó a llamarme con desmedido entusiasmo.

Ajá, una más que cae ante mis encantos, pensé, mientras me acercaba sacando a relucir mi mejor sonrisa, esa que mataría de envidia a cualquier galancito de mucha o poca monta; pero el que casi termina muerto es este viajero y no precisamente por un mohín seductor de la ya mencionada señorita, sino por la irritante noticia que ella me comunicó con frialdad de verdugo:

"Se ha suspendido el servicio por falta de pasajeros. Si quiere le devuelvo la plata o lo embarco en Flores", me dijo sin anestesia, como si fuera lo más normal del mundo.

Protesté, reclamé, me envalentoné y casi hasta me mandé con un berrinche. Fue inútil. No viajaría en Tepsa. Tampoco en Flores, no le tengo mucha fe a esa empresa. Recuperé mis 100 solcitos y me fui a buscar otra alternativa.

De mostrador en mostrador. Cial, Civa y Molina... uhmm, paso, no me dan buena espina. Ormeño, tampoco, el que atiende tiene cara de amargado; Cruz del Sur, pucha, muy caro.

Hasta que llegué a Internacional Palomino. Es buena empresa me había dicho más de un cusqueño, confirmando la impresión que tuve el año pasado, cuando viajé hasta Puquio en una de sus unidades.

Soy Palomino, sentencié y saqué mi boleto para las cinco de la tarde. Segundo piso, asiento semi cama, servicio directo. El único problema es que tenía que seguir haciendo hora.

Más vueltas por el terminal. Comprar un par de periódicos -así me enteraba del triunfo de la U sobre San Lorenzo y de la juramentación de Meche en el ministerio del Interior-, devorar un octavito de pollo a la brasa en un local llamado -oh casualidad- Roly. A pesar de faltarle una "l", me sentí en casa, en mi propio negocio.

Llegó la cinco. Fui al andén indicado. Esperé unos minutos. Palomino no apareció por ningún lado, el único que apareció fue un señor -supongo el administrador- que con total desparpajo anunció que el viaje se suspendía hasta las 7 y 30, porque el bus estaba pasando una revisión.

La culpa, claro está, no era de ellos: "es el ministerio que hace esos operativos sorpresas", explicó sin pizca de vergüenza.

Se repitió el ciclo. Protesté, reclamé, me envalentoné y casi hasta me mandé con un berrinche. Todo, una vez más, fue inútil. "Si quiere le devuelvo su dinero y se va con otra empresa", me ofreció con "gran generosidad" el mencionado personaje. No acepté. Hoy no estoy para creer que a la tercera va la vencida.

No hay más remedio que esperar. Ahora mato el tiempo escribiendo esta entrada, que debió ser cáustica y corrosiva, pero vaya una a saber por qué razón, salió así medio chistosona.

Quiero creer que la energía positiva del Cusco es la que ha amainado mi enjundia. Pensándolo bien, quizás no sea tan malo quedarse una noche de viernes en la "Ciudad Imperial". Todo depende de los buses amarillos del "señor Palomino". Sigo esperando...

sábado, febrero 07, 2009

Clic de la semana


Volví a la reserva nacional de Paracas. Desde hace mucho quería reencontrarme con esa tierra yerma, con ese mar pródigo. Pero no me animaba, lo postergaba, siempre lo dejaba para la próxima.

Quizás, pienso ahora, una parte de mí no quería retornar, como si quisiera aferrarme al recuerdo de aquellas travesías anteriores, cuando la Catedral -esa formación natural que se convirtió en el símbolo de la reserva- aún estaba intacta, soberbia, sencillamente imponente.

Pero esa imagen desapareció para siempre en agosto del 2007, cuando la tierra tembló con furia en Pisco, destruyendo vidas y sueños, pueblos y ciudades, también la vistosa Catedral de Paracas.

La imagen actual no concuerda con las de mis añoranzas. Y sentí nostalgia. Era el mismo mar, el mismo desierto, el mismo sol que calienta con furia, pero, en el fondo, nada era igual.

Faltaba la Catedral, aquella que el océano y el viento esculpieron con paciencia infinita; aquella que la enjundia telúrica desapareció para siempre en un puñado de segundos devastadores.

Paracas no ha dejado de ser un lugar precioso; pero, igual, le seré fiel a mis recuerdos y, cada vez que vuelva, creeré o trataré de creer que la Catedral se mantiene intacta e imponente.

**Si desea ver más fotos de la reserva nacional de Paracas, haga clic aquí.