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Jaguar... ¿dónde estás?


Nunca he visto un jaguar en libertad. No es fácil, me han dicho con verdad los hombres del monte durante mis travesías por los verdes laberintos de la selva. Sin embargo, no me resigno ni pierdo la esperanza de toparme con el gran felino de la Amazonía.

Ojalá nomás que el encuentro sea sumamente amistoso y que el otorongo –como también se le llama- no me confunda con un apetitoso bocadillo (chicas, ustedes si pueden confundirse) y decida “darme curso” o “echarme diente”, porque si bien es cierto que otorongo no come otorongo, nunca he leído ni escuchado que otorongo no coma periodista.

En todo caso, durante el posible encuentro, sería adecuado mantener una distancia prudente. Y es que uno no es manco, señoras y señoras, y si el jaguarcito se pone saltón o faltoso, no tendría más remedido que presentarle pelea como los machos o, en caso contrario y Dios me libre de semejante papelón, recurrir a la huída vergonzosa al grito de “patitas pa’que te quiero”.

Sí, lo mejor será no estar ni tan lejos ni tan cerca, es decir, que nos separen los metros justos y necesarios para que el lente de mi cámara pueda retratar a plenitud al animal. Con eso me basta y sobra, total, no necesito una foto carné del audaz felino.

Pero más allá de mis delirios narrativos, el esperado encuentro –al menos lo es para mí... desconozco la opinión del jaguar- todavía no se produce. Sólo me queda ser paciente y creer que en mi próxima aventura selvática, veré por fin a la Pantera onca (ese es su nombre científico).

Soy optimista al respecto, porque el deseado encontronazo estuvo a punto de producirse en mi última visita a la Reserva Nacional Tambopata (Madre de Dios). Falto poquito, cuestión de minutos, 10 o 15 en opinión de Elesván, personaje emblemático del albergue Explorer’s Inn, que conoce los secretos del bosque y sus criaturas como una gitana las líneas de las manos.

Retornamos al albergue. Somos cinco personas (Elesván, tres turistas -dos españoles y un australiano- y su seguro servidor) caminando sin prisa pero sin pausa por una trocha enfangada por la lluvia matutina. De pronto, nuestro guía se detiene y con la punta de su machete nos muestra una huella fresca y bien definida al lado de un charquito de agua.

Era la huella de un jaguar, del jaguar que no pude ver o casi veo, del jaguar que, tal vez, me estaba viendo, porque el agua aún se movía y eso, nos reveló el guía, indicaba que el animal todavía andaba por ahí.

Seguro nos mira o algo parecido, comentó luego con tranquilidad pasmosa, como si ser observado por el felino más grande de toda Sudamérica, fuese cosa de todos los días, como toparse con la mascota del vecino o con un gatito enamorado que ronda los techos del barrio.

Cerca, muy cerca, tal vez cerquísima. Por ahí debía estar… pero dónde. Ojos bien abiertos. Nada, sólo verdor, árboles, lianas… selva. Después de unos minutos de espera, Elesván sugiere el reinició de nuestro andar, sepultando definitivamente la posibilidad del encuentro.

Será para la próxima vez, me consuelo mientras en la pantalla de la cámara, veo hipnotizado la imagen de la huella. Algo es algo, pienso antes de acelerar el paso, antes de seguir recorriendo los laberintos de verdor de la Amazonía.

Comentarios

Anónimo dijo…
hola rolly despues de tiempo q entro al blog lei varios de tus articulos sobre todo el de navidad me hizo reir.espero q el otorongo no te haya echado el diente porq extrañaria tus escritos un abrazo de año nuevo y q este te traiga muchos viajes felices chao.

flor
Qué tal Flor,
Se hacían extrañar tus mensajes. Me alegra que hayas vuelto por Explorando.
En cuanto al otorongo, este no se deja ver. Espero que en el 2008, cuando vuelva a la selva, aparezca sonriente para la foto.
Éxitos en el año que empieza.

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