
Pero más allá de mis delirios narrativos, el esperado encuentro –al menos lo es para mí... desconozco la opinión del jaguar- todavía no se produce. Sólo me queda ser paciente y creer que en mi próxima aventura selvática, veré por fin a la
Pantera onca (ese es su nombre científico).
Soy optimista al respecto, porque el deseado encontronazo estuvo a punto de producirse en mi última visita a la Reserva Nacional Tambopata (Madre de Dios). Falto poquito, cuestión de minutos, 10 o 15 en opinión de Elesván, personaje emblemático del albergue Explorer’s Inn, que conoce los secretos del bosque y sus criaturas como una gitana las líneas de las manos.
Retornamos al albergue. Somos cinco personas (Elesván, tres turistas -dos españoles y un australiano- y su seguro servidor) caminando sin prisa pero sin pausa por una trocha enfangada por la lluvia matutina. De pronto, nuestro guía se detiene y con la punta de su machete nos muestra una huella fresca y bien definida al lado de un charquito de agua.

Era la huella de un jaguar, del jaguar que no pude ver o casi veo, del jaguar que, tal vez, me estaba viendo, porque el agua aún se movía y eso, nos reveló el guía, indicaba que el animal todavía andaba por ahí.
Seguro nos mira o algo parecido, comentó luego con tranquilidad pasmosa, como si ser observado por el felino más grande de toda Sudamérica, fuese cosa de todos los días, como toparse con la mascota del vecino o con un gatito enamorado que ronda los techos del barrio.
Cerca, muy cerca, tal vez cerquísima. Por ahí debía estar… pero dónde. Ojos bien abiertos. Nada, sólo verdor, árboles, lianas… selva. Después de unos minutos de espera, Elesván sugiere el reinició de nuestro andar, sepultando definitivamente la posibilidad del encuentro.
Será para la próxima vez, me consuelo mientras en la pantalla de la cámara, veo hipnotizado la imagen de la huella. Algo es algo, pienso antes de acelerar el paso, antes de seguir recorriendo los laberintos de verdor de la Amazonía.