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Los santos de Piscobamba

San Andrés es muy educado y respetuoso, todo un caballero. Libre de la envidia y de otros sentimientos ponzoñosos -esos que envenenan las almas de los simples pecadores- se enfundó sus mejores galas y, en hombros de sus devotas, salió rapidito para la iglesia de Piscobamba.

El santo, todo un galanazo con su sombrero rojo, quería saludar con suma reverencia y afecto a sus colegas, Pedro y Pablo, que estaban de fiesta, como siempre ocurre a finales de junio.

No se trata de una celebración cualquiera, claro está. De esas que empiezan y acaban con la procesión. Nada que ver. Todo lo contrario. A San Pedro y a San Pablo los agasajan a lo grande, como manda y ordena la costumbre. Así no se resienten y siguen bendiciendo a la ciudad, a la provincia de Mariscal Luzuriaga (Áncash), a todo el Callejón de Conchucos.

San Andrés, el ilustre visitante, fue recibido con beneplácito por los agasajados. Ellos, muy circunspectos y ceremoniosos, lo invitaron a ser parte de la procesión; entonces, los tres recorrieron el perímetro de la plaza de Armas, escuchando las plegarias de sus fieles, el estallido de las bombardas, las armoniosas melodías de la orquesta y el contagiante ritmo de las roncadoras (grupo de flauta y bombo).

A su paso, los caballeros se quitan los sombreros o las gorras; las damas apreitan más las cuentas de sus rosarios y, los niños, se mueren de ganas por irse a jugar, aunque sus padres les exigen estar quietecitos y muy serios porque ya vienen los santitos.

Pero la seriedad que les falta a los niños, les sobra a los "huancas", danzantes que visten chaquetas azules, corbatas rojas y camisas blancas. Ellos están enmascarados, portan espadas y se protegen del sol cordillerano con un sombrero con penachos de varios colores.

Cuando sale la procesión, guardan sus pasos, dejan de bailar, caminan con parsimonia y hasta cruzan los brazos en señal de recogimiento. Igual se comportan los "huanquillas", también enmascarados, también con espadas y sombreros estrambóticos.

Quienes no respetan nada son los "sargentos" o "tuyrurus". Traviesos y chispeantes, se aprovechan que lo santos patrones y su dilecto invitado están de buen humor y no los castigan por andar culebreando y saltando cuando los demás oran y escuchan las sabias palabras del "señor cura".

Así se la pasan toda la procesión y buena parte de la fiesta, porque cuando San Pedro y San Pablo vuelven al templo -después de despirse con tres venias de San Andrés- los "sargentos" continúan con sus brincos al son de las roncadoras.

Eso sí, ahora también le entran al ritmo los "negritos" que en verdad no tienen mucho de negritos, los "huancas", los "huanquillas" y los devotos que se van corre-bailando a la casa del prioste o mayordono. Allí hay almuerzo, chicha de jora y cerveza.

Todos están invitados, menos San Pedro y San Pablo que se quedan descansando en la iglesia de Piscobamba. Cosas de la tradición y las costumbres.


*Para ver más fotos de la fiesta de San Pedro y San Pablo de Piscobamba, haga click aquí.

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