jueves, setiembre 14, 2006

Anécdotas del camino

Relatos de viajes azarosos (parte I)…
...aunque nadie sabe, ni siquiera el autor de este blog, si habrá una segunda parte, porque como dice el dicho popular, las segundas partes nunca fueron buenas.

Así es el Perú, verseó una sombra en tono de excusa, como si la mención del nombre patrio fuera un bálsamo capaz de aplacar la naciente incomodidad, el fastidio, las ganas casi incontenibles de decir hasta aquí nomás llego compadrito y el deseo apremiante de dar la media vuelta y largarse de una buena vez, tirando un portazo que le añadiera un efecto entre dramático y teatral a la retirada.

Pero todo eso era imposible por varias razones prácticas, como la inexistencia de una puerta que se pudiera tirar con artístico encono o la falta del espacio mínimo indispensable para dar la media vuelta; entonces, lo mejor era quedarse calladito, economizar palabras y creer –o tratar de creer- que aquel hombre ensombrecido tenía razón y que el Perú era así, pues, desde siempre y para siempre. Amén.

No hubo más palabras. El hombre se alejó de la tolva, volvió a la cabina, abrió la puerta –él si tenía una puerta que tirar- y arrancó el motor de ese camión enano, raquítico y con ansias de jubilación que, en vez de andar, parecía pelear con las curvas, las pendientes y los agujeros negros –perdón, los cráteres, perdón, los huecos- de una carretera desnuda de asfalto.

La situación tenía ribetes surrealistas. Si no lo creen les pido imaginar la escena: una noche exageradamente fría, un camión añoso y humeante y un chofer que no era chofer, sino un alcalde que por esas cosas de los presupuestos que nunca alcanzan, hacía de todo un poco para sacar adelante a su pueblo chiquito y breve como un suspiro, pero de nombre largo e inquietante: Chupamarca.

El cuadro no termina allí. Lo más sorprendente ocurría en la tolva descubierta, donde cinco personas –incluida el autor de estas líneas- viajaban sobre sacos de azúcar y bidones de keroseno.


Uno al lado del otro, echados y juntitos, con los pies apuntando a la cabina, los brazos pegados a las piernas como un soldado en atención y la cabeza al lado de la baranda que marcaba el final del espacio.

Me sentía una momia y la bolsa de dormir era mi mortaja. Si quería moverme debía pedir permiso a mi compañero de al lado y este al que estaba más allacito y así sucesivamente. Todos a una, como "Fuente Ovejuna", sea a la derecha o a la izquierda, pero sólo un poquitito, sólo unos cuantos centímetros. No había espacio para grandes evoluciones.


Las condiciones eran críticas, viajábamos expuestos al viento, tragando polvo, sintiendo los sacudones del camino como si fueran los golpes demoledores de un boxeador de peso completo. Lo peor de todo es que recibíamos los puñetazos sin la menor posibilidad de defendernos y mirando resignadamente al cielo, eso sí, estrelladísimo, precioso, inolvidable.

Cuando el alcalde-chofer pronunció su célebre e inolvidable así es el Perú, ya llevábamos como cuatro horas de camino. En ese momento no sabía que aún faltaban ocho horas de sufrimiento y tenía la esperanza que Chupamarca, en la provincia de Castrovirreina, Huancavelica, aparecería atracito nomás de la siguiente curva.

Y pensar que ese viajecito tortuoso se había iniciado con una cartita inocente llegada a la redacción de Señales, una revista de transporte, ecología y turismo en la que trabajé entre el año 97 y 98 del siglo y milenio pasado.


La misiva decía algo así como que en Chupamarca había una iglesia bien bonita que de puro olvido se estaba poniendo bien feita. Al final del texto, el lector sugería que sería bueno que "un periodista de su respetable publicación", visitara la zona.

La pelota estaba en mi campo, así que decidido a hacer un golazo de media cancha, llamé al “toque nomás” al autor de la carta. En un par de minutos todo estaba coordinado y, al menos en el teléfono, la travesía parecía sencilla.


El itinerario era más o menos así: en Lima debía tomar un bus que me llevara a Chincha (a 205 kilómetros al sur), al llegar continuaría en un taxi hasta el distrito de Pueblo Nuevo, donde estaba la casa del alcalde de Chupamarca, quien me trasladaría al pueblo en el camión del municipio.

Sí, el plan era sencillo. Chincha es un pueblo-ciudad que conozco desde niño por ser la tierra de mi madre; además, encontrar la vivienda del burgomaestre no sería complicado y viajar en la cabina de un camión no me parecía un drama.

Todo se desarrolló de acuerdo al plan hasta mi llegada a la casa de la autoridad chupamarquina. Y es que al bajar del taxi me sentí decepcionado con la estampa poco bravía del camioncito que me transportaría a las alturas andinas.

Si bien no era una esperpento ni una desgracia total, me había imaginado uno de esos recios e invencibles volvos que van y vienen por los caminos del Perú o un gallardo dogde con tolva de madera, nunca ese juguetito probablemente chino con baranditas de metal.

Bueno, no importa, el asiento delantero se ve amplio, pensé para animarme mientras tocaba la puerta, pero mi ánimo se cayó al piso al descubrir que no sería el único pasajero; al darme cuenta que el camión iría cargado de paquetes y bultos; al percibir que ni a balas entraría la cabina, porque había tres chicas en el grupo y por esas cosas del maldito machismo, ellas irían abrigaditas al ladito del chofer.

Pensé en blandir mi carné fotocopiado de la revista Señales, argüir la importancia y el respeto que merece la prensa libre y sus "nobles representantes" y, como último recurso, mandarme con aquello de que la pluma es más fuerte que la espada y si no me dejan ir de copiloto, caramba, los agarro a sablazos a toditos juntos o uno por uno, ustedes deciden.

Pero no hice nada. Me reservé el carné para mejores usos –son infalibles frente a los policías que te quieren sacar un sencillo-, total, era o quería ser un periodista viajero y los periodistas viajeros no deben arrugar ante la posibilidad de pasar unas horitas en un tolva. Lo reconozco, me dejé vencer por unas ansias de aventura que -en ese entonces- ni imaginaba tener.

Allá vamos mis valientes, fue mi grito de guerra y con un salto acrobático me acomodé como pude –aunque casi no pude- al lado de mis flamantes compañeros de travesía, arquitectos o ingenieros –ya no recuerdo bien cuál era su profesión- que iban a evaluar la monumental iglesia.

El viaje-tortura comenzó con las últimas luces de la tarde. La carretera fue amigable en sus primeros tramos, cuando seguíamos pegaditos al llano; luego, a medida que ascendíamos, a medida que sumábamos metros sobre el nivel del mar, se volvió hostil, quebradiza y polvorienta, con razón la llamaban la culebrilla o algo parecido, eso me había dicho mi madre, como queriéndome advertir que no la pasaría bien, que mejor me quedara en casa.

Las madres son sabias, caray; lo malo es que muchas veces no les hacemos caso, quizás porque uno busca descubrir el mundo a su manera, por su cuenta y riesgo, para encontrar respuestas propias
a las inquietudes, trascendentales o vanas, que surgen y se arremolinan en nuestra mentes, también en nuestros corazones.

No sé si eso pensé en aquel momento, pero lo pienso ahora, cuando escribo y me esfuerzo por recordar la incomodidad, los dolores en la espalda, las piernas entumecidas, las punzadas del hambre nocturna y el frío intenso, intensísimo, realmente insoportable que pasé en ese camino que presumí infinito.

Lo extraño es que la experiencia no me espantó de las rutas aventureras. Desde entonces, en varios momentos de mis andanzas he pasado por situaciones similares que han reafirmado mi vocación itinerante.

Ahora estoy convencido que los golpes del camino enseñan, te hacen fuerte y te animan a proseguir, a volver a intentarlo una y otra vez, intentarlo siempre... en fin ya me salí del relato, mejor pongo punto y salto a otro párrafo.

Cada cierto tramo el alcalde se orillaba, apagaba las luces y el motor. Dormía, eso nos comentaron las chicas al día siguiente. Ellas habían vivido su propio calvario y es que el bisoño conductor iba “cabeceando”, “tirando una pestañita” entre las curvas y las pendientes, entonces, tenían que codearlo, sacudirlo, despertarlo y sugerirle que no estaría mal parar un ratito y descansar.

La noche fue eterna pero los caminos –por más pesados que estos sean- siempre tienen un fin. Llegamos vivitos y coleando a Chupamarca, un pueblo olvidado, pobre, sembrado en la ladera de una montaña; un pueblo tan pequeño que no tenía centro, un pueblo en el que todo era entrada y salida al mismo tiempo.

Eso o algo similar escribí en una de las crónicas que aparecieron en la revista Señales y que hoy se amarillean en mi archivo personal. Lo que no se amarillea aún, es el recuerdo de unos de los viajes más singulares
en mis afanes de periodista viajero... Y eso que sólo les he contado la ida; uyyyy, si escribiera del retorno.

**La imagen del camión que aparece en el post no corresponde al vehículo en el que viaje. Es, más bien, la unidad motorizada que esperaba encontrar.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja.

Sólo te puedo decir, que he disfrutado mucho este post.

Saludos

n.t.v.

Explorando Perú dijo...

Ese era el objetivo del texto...Misión Cumplida,entonces.

Saludos,

Anónimo dijo...

aahi esta el gusto de esos viajes
asi a la mala. y claro no falta alguien que diga "asi es el peru" es casi la vitamina o slogan para tener un recuerdo de esos viajes, y esos viajes casi a dedo son lo maximo o lo cambiaras por uno que de las comodidades como del primer mundo, bueno en mi caso prefiero esos viajes en una tolva en auto destartalado que en todo momento te tiene en sobresalto es peligroso ....que parapente ni puenting, ni rafting sufre con uno de esos viajes !!! ejjee ARRIBA EL PERU!!!

Explorando Perú dijo...

A veces, viajar por el Perú es un auténtico deporte de aventura. Por eso y otras razones, es tan apasionante.

Anónimo dijo...

HOLA me llamo Carolina Espinoza Utcañe, nací en Chincha pero soy chupamarquina de corazón, que gusto me da saber como le fue en el viaje a mi querida tierra Chupamarca, yo desde niña he pasado viajando de Chincha a Chupamarca y viceversa, ahora no estoy en mi querida Chupamarca, pero la extraño como a mi madre y a mi familia, pues estoy muy lejos, estoy estudiando en la universidad de Zamorano en Honduras, me vine por que me favoreció una beca..., espero regresar a ella dentro de un año, pero ya he pasado dos años sin ver a mi familia y a mi hermosa tierra, como dice Antología: Volveré y seré la persona más felíz de este mundo cuando los vuelva a ver, alla llego dentro de dos años linda gente... Dios los bendiga, muchos saludos a través de la distancia.

Explorando Perú dijo...

Qué tal Carolina,
Me alegra mucho que una chupamarquina de corazón, recuerde un poquito más a su tierra, a través de mi relato.
Suerte en Honduras.

ronald cullanco canto dijo...

Hola a todos, me llamo Ronald Cullanco Canto,me siento muy orgulloso de haber nacido en Perú, y ver que cada dia nuestra economía va mejorando, lo puedo notar cada vez que realizo un viaje a Chincha, Ica, Pisco, el lugar donde he vivido casi toda mi vida, cada dia se ve mas movimiento economico, las competencias entre colegios y vuestra juventud que sale cada día con el fin de prepararse para la vida y tomar el liderazgo economico mundial,...el Perú es fabuloso desde su gente , cultura, asta la comida,vengan a Perú se llevaran un recuedo fabuloso una historia que ustedes querran escribirla en libros...felicidades a todos.!ARRIBA PERU|, Y VAMO PA CHINCHA FAMILIA, que la carapulcra esta muy buena

Explorando Perú dijo...

Qué tal Ronald,

Me alegra tu optimismo respecto al futuro del país. Todos juntos debemos sacar adelante al Perú y aprovechar al máximo sus potencialidades.

Respecto a la carapulcra... tienes razón. Está buenaza.

Saludos,

Anónimo dijo...

Estimado periodista, no creo que hayas llegado a chupamarca, ni siquiera has tomado una foto de la zona ni al camión con que has viajado.
Tu narración es como si hubieras salido de un zótano de cuatro pardes y te sientes descubridor de chupamarca - Perú, al menos deberías comentar de las cosas lindas que tiene Chupamarca o no sabes apreciar la naturaleza. T e recomiendo que viajes de nuevo y tomes fotos de las lagunas, cataratas, bosque de piedras, vicunñas y desfrutes de la rica trucha, queso, la papa Chupamarquina y la pachamanca.

Saludos
Anónimo

Explorando Perú dijo...

Estimado amigo,

Lamento que no entiendas el sentido de la nota. En ella no estoy hablando de los atractivos turísticos de Chupamarca, sino sobre el viaje en sí, que fue bastante complicado.

Respecto a las imágenes que tomé, la mayoría se quedaron en el archivo de la revista Señales, la cual, lamentablemente, dejó de circular. Es por eso que no las he colocado.

De otro lado, no te entiendo muy bien. Al inicio de tu mensaje dices que no crees que haya llegado a Chupamarca y, al final del mismo, me conminas a retornar. Ponte de acuerdo, fui o no fui.

Saludos cordiales

Anónimo dijo...

1º Chupamarca es un hermoso lugar y no bastaría con simples palabra para describirlo
2º no hubo tal alcalde en aquella época que fuera camionero
3º hubo un camioneta que pertenecía a la comunidad campesina que fue otorgad por el presidente Alberto Fujimori 1995
4º si quiere decir algo de este hermoso pueblo demuéstrelo con fotos o grabaciones, y deje de hacer ese tipo de comentario que parece un payaso

Explorando Perú dijo...

Estimado anónimo,

Si soy o parezco un payaso no debería tomar mi crónica tan en serio. Relájese un poco, por favor.

Respecto a sus cuestionamientos.

1. Coincido con su apreciación. Chupamarca es hermoso. Nunca he dicho lo contrario.

2. En ningún momento he dicho que el alcalde era camionero. Dije que manejaba un camión.

3. Camión chico o camioneta. La diferencia no es muy grande.

4. Las crónicas y las fotos de mi viaje a Chupamarca, fueron publicadas en la revista Señales, en el año 97 o 98, no lo recuerdo muy bien. Sin embargo, buscaré en mis archivos, para darle el dato preciso.

En todo caso, lamento si alguna de mis palabras hiere su susceptibilidad. No era mi intención hacerlo.

Anónimo dijo...

Interesante tu crónica.
Hola me llamo Johny Lume Mendoza, nací en Chupamarca...se por tu relato las viscicitudes que has pasado...pero que dirías si ese viaje resulta "papayita" con lo que realizabamos antes de que llegara la carretera. Al principio desde la Chincha a la serranía de castovirreyna incluyendo Chupamarca a pie nomás no había otra, en días de caminata de arduo trajín. En fin con el pasar de los años las vias de comunicación se fueron acercando más a los pueblos.
En fin aprovecho para saludar a mi pueblo y a mis paisanos, que a pesar de la lejanía siempre los llevo en mi corazón.

Explorando Perú dijo...

Así es, imagino que antes era mucho más difícil llegar hasta Chupamarca. Me gustaría saber como está el camino ahora.
Saludos,
r.v.ch.