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¿Se fue el verano?

Cuando el sol ya casi ni aparece en el cielo limeño y la niebla gris impone su presencia, rescatamos esta crónica con aroma a mar, escrita hace algunas semanas para una revista que nunca salió. Cosas de la prensa.

Máncora...
Nostalgia veraniega

Una brisa de nostalgia y las ansias de retornar cuanto antes al paraíso costero de Máncora (provincia de Talara, Piura), son las claves de este relato playero que va más allá del mar, la arena y los hoteles de lujo, para describir las vibrantes pulsaciones de un antiguo pueblo de pescadores.

Debo ser sincero, hoy no tengo ganas de escribir ni las iniciales de mi nombre. A pesar de eso, estoy aquí, sentadote frente al computador, viendo desde hace un montón de minutos, una pantalla en blanco que parece gritarme a la cara –sin piedad ni recato alguno- la rotundidad de mi fracaso.

Es extraño lo que pasa y aunque no sé como explicarlo, tengo la esperanza que este relato -tarde o temprano, por milagro o de pura chiripa- se convierta en esa crónica de arena y mar que, seguramente, anuncia con entusiasmo el titular que presenta esta nota.

Así que para apurar el milagrito, pido encarecidamente a San Judas Tadeo y a San Cristóbal –patrones de los periodistas y los viajeros, respectivamente-, que valiéndose de sus excelentes relaciones con el todopoderoso, gestionen con carácter de urgencia la aparición de una musa playera -bronceadita y sensual, de preferencia- que me ayude a convertir en palabras mis vivencias en Máncora.

No es un delirio ni sigo atontado por la impetuosidad del astro rey. Tampoco soy víctima de una resaca prolongada por todo lo sufrido o, mejor dicho, todo lo bebido en las noches de desvelo e insomnio, de brindis y bailes, de acercamientos y conquistas en los pubs y discotecas mancoreñas… excitantes, sombrías, ¿pecaminosas?

Sospecho que las cosas empiezan a aclararse. No es culpa de las musas –muy tarde chicas, ya no estoy disponible- ni de la inoperancia de los santos, más bien es un problema geográfico el que me impide redactar la crónica prometida. Y es que de sólo pensar en ese paraíso del eterno verano, me dan unas ganas terribles de apagar la máquina, coger la mochila y enrumbar hacia el norte.

Sí, debería irme para sentir las caricias oceánicas y deleitarme con un cebichito fresco y picante. Pero no es posible, debo continuar en la ciudad, escribiendo lleno de nostalgia y bajo un cielo encapotadamente gris, que en Máncora el sol brilla con sabrosa intensidad y las olas se muestran más provocativas que un bikini.

Olas del pasado
Cuenta la historia o, para ser más exactos, me cuentan la historia de un Máncora desconocido, pequeño, modesto, apenas visitado por puñados de jóvenes que llevaban bajo sus brazos unas extrañas tablas. Ellos, acaso los precursores del surfing nacional, recorrían más de mil kilómetros desde Lima en busca de olas excitantes que pusieran a prueba su destreza y habilidad.

Tiempo pasado. Tiempos distintos en los que no existía nada o existía muy poco en ese pueblo de discreta belleza, en esa caleta de hábiles y jacarandosos pescadores que carecían hasta de un muelle bien puesto para sus embarcaciones. Ni pensar en discotecas o resort, con suerte un hotelito paupérrimo para adormecer o engañar al cansancio.

Pero los muchachos –limeños en su mayoría, aventureros en su totalidad- no dejaban de aparecer por aquellas playas riquísimas de aguas cariñosamente cálidas, tan distintas a las de la capital. Máncora empezaba a ganar fama.

La parte final de la historia no me la contaron. Sencillamente la viví y la disfruté. Y es que aquella caleta de hermosura ignorada, es, actualmente, un indiscutible destino playero, porque el Pacífico –tan lindo aquí, tan querendón aquí- convoca a surfistas y a trotamundos, a parejas enamoradas y a amigos a punto de enamorarse, a familias completitas y a solitarios empedernidos.

Gente de todos lados, de todos los tipos y todos los colores tostándose bajo un ser persistente. Ese es el lugar que extraño, ese es el lugar en el que quiero estar una vez más, contemplando un encendido ocaso o dormitando en una hamaca que bailotea bajo la sombra de una palmera.

Cara y sello
Hoy, cuando no tengo ganas ni de escribir las iniciales de mi nombre, declaro con total desparpajo y en absoluto control de mis facultades mentales –ojalá ustedes piensen lo mismo- que, contrariamente a lo que dicen los mapas, las guías viajeras y los documentos oficiales, en el norte existen dos Máncoras.

Eso sí, ambas comparten su mar exquisito y son algo así como los lados de una misma moneda. Cara y sello: lados distintos y a la vez complementarios. Cara y sello. Máncora pueblo, Máncora turística. Cara y sello: Máncora de pescadores que se enfrentan al olaje en lanchas y balsas heroicas, Máncora de refugios perfectos, íntimos y placenteros al ladito del océano, donde la vida siempre es más sabrosa.

Pasas de una cara a la otra. De las playas festivas y coloridas de la zona urbana, con sus cabañitas rústicas que ofician como templos del buen sabor y sus grupos de rastrafaris y hippies ofreciendo peculiares artesanías; a la serenidad y la calma del solitario balneario de Las Pocitas (10 minutos del centro en mototaxi).

Moneda al aire. Las caras se mezclan. Vas y vienes del pueblo jovial con sus niños incansables que corretean, ríen y la pasan de lo lindo en su mar azulito, a los impactantes hoteles y bungalows, donde la única preocupación es la de elegir entre un buen ceviche de conchas negras, una enorme langosta o un apetecible filete de mero. Lo demás es sencillo: broncearse, nadar, cabalgar, tal vez salir de pesca.

Y aunque todos me digan que sólo hay un Máncora, seguiré proclamando que existen dos. Ambos tienen su encanto y a ambos quiero volver, tarde o temprano, por milagro o de pura chiripa. Eso sí, ojalá que me acompañen un par de musas atrevidamente inspiradoras, con el perdón de San Cristóbal y San Judas Tadeo.

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