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En una cabina puneña...

Estoy en Puno, guareciéndome del sol altiplánico en una cabina del jirón Lima, la agitada vía peatonal que une el parque Pino con la Plaza de Armas, la sencilla iglesia de San Juan -el hogar de la virgen de la Candelaria- con la enorme Catedral de piedra con su fachada barroca, donde un par de sirenas tocan charango.

Hay varios turistas en la cabina. Gritan, vociferan, meten chacota. Están felices. Me pregunto si así se comportarán en sus países, mientras peleo con este teclado que para variar tiene la tilde en el lugar incorrecto y un espaciador que no entiende de delicadezas. Sólo funciona con porrazos o golpes de karate.

Así que estas palabras son el fruto de una batalla campal, sólo espero que tanta lucha no estropee mi estilo y menos me desvíe de lo que pensaba relatar en esta entrada; aunque para honrar a la verdad no tengo muy en claro que cosa escribir. Ni en este instante ni cuando subí a la cabina, luego de disparar mis primeras tomas, aprovechando el solcito y la ausencia de nubes grises de lluvia.

Pero más allá de mis enredos, la única certeza es que desde la noche de ayer estoy en Puno. Y si bien la ciudad no está embriagada de fiesta y baile, como ocurre en febrero durante la fiesta de la Candelaria, me alegra estar aquí, recordando viviencias y acumulando nuevas anécdotas, para colorear mis próximas crónicas que, a diferencia de esta entrada, serán más lúcidas y ordenadas.

Bueno, eso es lo que espero. Total, conmigo nunca se sabe y quizás, en el momento cumbre en el que debe primar una redacción sobria, me olvide de las teorías periodísticas y termine escribiendo algún disparate viajero, como aquel de la raya que era no era raya sino un punto, que publiqué hace mucho en esta misma bitácora.

Y ya que hablamos de punto, mejor me voy despidiendo. Escucho una banda que se acerca. Quizás sean diablos y diablitas nostálgicas de la fiesta de la Candelaria que se resisten a dejar de bailar. Vamos a ver que pasa...

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