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A mí con papeletas

Donde el autor, valiéndose del estreno de las papeletas para los peatones, recuerda un suceso ocurrido en un lugar de Lima hace algunas semanas... o ¿fueron meses?

En una esquina en la que no escasean los peligros y en la que delincuentes y facinerosos de todas las edades hacen de las suyas a punta de chaveta, pico de botella, punzantes verduguillos y hasta con míseras hojitas de afeitar, porque todo vale, todo sirve a la hora de amedrentar a cualquier transeúnte desprevenido que ni se imagina que ya perdió.

Sí, en ese lugar de Lima la gris, donde maleantes de toda laya se perfeccionan en su oficio con indignante conchudez, un muchachón que alguna vez fuera tildado de oscuro personaje en un diario de circulación nacional -que jamás se digno a rectificar su error, haciendo oídos sordos de los encendidos e incendiarios pedidos del agraviado- se aprestaba a cruzar la pista cívica y civilizadamente por una esquina con semáforo y policía de tránsito.

A su lado, una agraciada señorita que nadie se atrevería a calificar -ni siquiera por error- como de accionar oscuro y sombrío, acompañaba a dicho sujeto quien, en el colmo de la necedad y la estulticia, parecía concentrarse más en devorar unas yuquitas altamente grasosas y espolvoreadas de smog, que en florear con sagacidad, astucia y elegancia de caballero antiguo a la belleza que tenía a escasos centímetros.

Quizás su única justificación era que el reloj marcaba la hora del almuerzo. El hambre apretaba y, como si eso fuera poco, en ese espacio urbano de la que alguna vez fue la Ciudad de los Reyes y que ahora nadie sabe de quién diablos es, los bisoños pirañitas y los choros fracasados que jamás llegarán a cabeza de banda, te arranchan hasta una bolsa de yuquitas, solo por meter chacota y mantenerse en forma.

Así que para evitar malos ratos, decidió desaparecerlas con premura, mientras lo hacía, la esquina se llenó de gente. Todos –como él- anhelaban cruzar pero un par de policías de tránsito –uno apertrechado en la caseta, el otro esquivando autos con elasticidad de acróbata - se esmeraban en contradecir al semáforo que, maquinal, periódica e inútilmente, daba paso a los transeúntes.

Los vehículos no se detenían, más bien circulaban frenéticamente ante el beneplácito de los agentes y la desesperación creciente de los transeúntes, incluido el oscuro personaje de este relato que, después de despachar con voracidad de fiera su bolsa de yuquitas, empezaría a refunfuñar, a quejarse, a armar desorden entre la naciente y variopinta multitud.

Policías abusivos, déjennos pasar, ya van como 10 minutos, esto es colmo, por qué maltratan al ciudadano de a pie, entre otras frases en las que no escasearon los sapos y culebras, espetaría alharaquiento generando la sorpresa de su deslumbrante compañera que, a pesar de su talante inofensivo, también tenía fama de bochinchera, aunque en esta ocasión se mantenía tranquila como agüita de pozo.

Ella se quedó rotundamente atónita ante el accionar casi revolucionario del devorador de yuquitas que vaya uno a saber si por miedo al ataque de algún malhechor que pudiera robarle el par de solcitos que cargaba en el bolsillo o acaso motivado por la esperanza de picarle un menú a la piropeable damita, quería pasar al otro lado de la pista cuanto antes.

Esa desesperación lo llevó a sugerir en voz alta que había que cruzar a la mala, a como sea, total, si el pueblo unido nunca es vencido menos va a ser atropellado. Así que bajo esa premisa, fue instigando a los transeúntes -que ya formaban algo así como una marea humana- a ir avanzando de a poquitos, ignorando olímpicamente las órdenes policiales.

Pasito a paso. Obligando a frenar a los vehículos. Eso sí, él no iba como punta de lanza ni predicaba con el ejemplo, sino, más bien, se encontraba bien custodiado por varios conciudadanos. No arriesgaba el pellejo porque las luchas populares, no pueden ni deben quedarse descabezadas en las primeras de cambio. Eso permitiría el triunfo de las fuerzas represivas del Estado.

La masa perdería el rumbo. Y eso es inadmisible, diría rebeldísimo mientras utilizaba a su mismísima compañera como escudo protector. Pero más allá de su nula caballerosidad, el plan empezaría a dar resultados y los carros paraban derrapando ante el paso triunfante de los ciudadanos de a pie, aquellos mencionados hasta la saciedad por los políticos, pero que en la vida de todos los días son absolutamente relegados.

Y en esa calle de la vieja ciudad de Lima, donde te pueden despellejar por un par de zapatillas bambas compradas en Polvos Azules, la gente se envalentonó y recuperó su derecho al libre tránsito, ante la desazón de los policías que movían los brazos y estaban a puntos de reventar sus silbatos para que los automóviles pasaran y la gente volviera a su esquina.

Sus esfuerzos fueron inútiles. Todos cruzaron a la mala porque ya no podían ni querían ni debían seguir esperando. Ya en la otra acera, cuando la multitud se dispersaba, el oscuro personaje saboreaba su supuesto triunfo contra el sistema. Ya no se sentía tan oscuro, se sentía iluminado, tanto, que al fin se decidió a florear a su amable y atrayente compañera.

Si tuvo éxito o no en esa delicada empresa, es tema de otro relato que, seguramente, jamás será contado. Total, este es un blog de viajes aunque a veces, solo a veces, no lo parezca.

Comentarios

Juan Hidalgo dijo…
tal parece que esa nueva ley será letra muerta para muchos limeños, desadaptados o no..
Si, será un saludo a la bandera, como se dice.

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