
Hace más de una década, cuando me despedía de Ayacucho por primera vez, un arco iris apareció en el horizonte de la vieja Huamanga.
Al verlo tuve la certeza de que tarde o temprano, volvería a esa ciudad de nostalgias y tristezas que empezaba a sacudirse de las sombras del terror que acecharon sus calles y plazas, en las últimas décadas del siglo pasado.
El pálpito se haría realidad. Desde entonces, retorné varias veces a esta tierra de eximios cantores y guitarristas, de hábiles artesanos y diestros panaderos que hornean la chapla, ese pan sin miga o corazón, igualito a "las mujeres huamanguinas", como aseguran con insistencia las voces del despecho.
Y en todas esas idas y venidas por los templos huamanguinos, por los talleres de los artesanos de Santa Ana y Belén, por las gloriosas pampas de Ayacucho y las calles eternamente silenciosas del pueblo de Quinua, el arco iris jamás volvería a aparecer.
La semana pasada, los caminos me llevaron otra vez a esta región andina. El sol, la lluvia y la niebla acompañarían mis pasos, también las serpentinas, los bailes y cortamontes carnavaleros.
Fiesta en la ciudad y en el campo, en los valles y en las alturas, en fin, en la tierra y hasta en el cielo que, de puro contento, se vistió de colores en una tarde de contrastes.
La noches se acercaba. Soleaba y llovía en la carretera. Huamanga no podía estar lejos. Pronto estaría allí, viendo y gozando su bullente desfile de comparsas, después de haber recorrido el siempre sorprendente complejo arqueológico de Wari.
Pero la ansiedad por el arribo próximo fue interrumpida por la súbita aparición de un perfecto arco iris. Había que detenerse. Había que bajar a pesar de la lluvia.
El lente viajero de Explorando no podía ni debía perderse ese instante que, al igual que la primera vez, le pareció un augurio de pronto y constante retorno. Y es que Ayacucho, con sol o con lluvia, siempre será un buen destino.
Comentarios
Saludos,
r.v.ch.
Espero que lo sigas visitando y lo descubras a profundidad.
Saludos,
r.v.ch.
Saludos,
r.v.ch.